Societatea Cultural-Științifică "Mihai Tican Rumano"

Berevoești, jud. Argeș • Fondată în 1990

MIHAI TICAN RUMANO

( MICHEL TICAN)

LA VIDA DEL BLANCO EN LA TIERRA DEL NEGRO

(Naraciones de una expedicion al Africa Central y Occidental)

Version espanola por R.Besora

Volumen 1

*

EDITORIAL LUX

Calle Consejo de Ciento, 347

BARCELONA

PRÓLOGO

En las primeras horas del día 17 de noviembre de 1925 me acomodaba en un vagón del expreso de Marsella a Trieste, momentos, casi, después de haber desembarcado del «General Chanzy», en el que había efectuado la travesía desde Argel.

El día anterior había salido de la blanca capital de aquel joyel de la colonización francesa, la bella Argelia, en la cual había pasado unos años que cuento entre los más felices de mi vida. Y enturbiada la visión por la densa humareda que despedían las chimeneas del buque, lentamente desaparecía en el orizonte la ciudad, como sultana sumergiéndose voluptuosamente en las aguas del azul Mediterráneo.

Horas después, ya de noche, el poderoso destello de un faro lejano describiendo infatigablemente gigantescos círculos en medio de las tinieblas, nos señalaba la vecindad de las primeras tierras de Europa. Cruzábamos ante las Baleares, que quedaban a babor.

Luego, unas horas de sueño interrumpido al amanecer por el formidable rugido de la sirena. Por ante la ventana del camarote desfilaran unas construcciones de aspecto militar ; moderó la marcha el buque, hasta ser casi insensible. Chirriaron las cadenas del ancla; viró la nave lentamente acercándose al muelle, y la bella lengua provensal, hermana de mi idioma, parecióme una caricia de mi lejana patria. Estábamos en Marsella.

El alboroto del desembarco de un pasaje numeroso ; el raudo andar de un taxi hasta la estación y el laborioso registro de mi equipaje. No más recuerdos guardo de aquella fugaz carrera a través de la cosmopolita y bulliciosa ciudad.

Un silbido de la locomotora, y rodó el tren a todo andar, casi a nivel del mar cuyas olas besan amorosamente las playas de la imponderable «Corniche». Al paraíso de San Rafael, sucede la aristocrática Cannes. Luego, Niza, coquetona como una mundana frivola, preludia la aparición del enigmático Monte-Carlo. Y Mentón, la última estación en tierras de Francia, aparece a los ojos del viajero como maravilloso broche de tanta belleza, que tiene digno rival en la riente costa italiana, cuando se traspone la frontera en Ventimiglia.

Los albores del nuevo día iluminan la ciudad de los Dux, la poética Venecia, apenas vislumbrada durante la breve Parada del tren ; y describiendo éste la curva del golfo del Adriático, llega, por fin, como jadeante por la larga carrera, a la italianísima Trieste, reintegrada al solar patrio después de larga ausensia.

No por ello perdió el sello que le imprimió lo prolongada dominación austríaca. Resuena todavía en sus calles la gutural pronunciación del habla germana, contrastando con la suavidad del acento veneciano.

El mismo día, a las once de la noche, salía de Trieste en el «Simplon-Orient-Express», hacia Belgrado y en la obscuridad nocturna, apenas disipada por la parsimoniosa claridad de un débil alumbrado, llegaba a Lioubliana, frontera del flamante reino yugoeslavo .

Después de los largos años vividos en el paraíso argelino, volvió a estremecer mi cuerpo el Penetrante frío balkánico, y sufrió mi rostro el áspero contacto con la nieve, que no desaparecería ya de mi vista en los centenares de kilómetros que tendría que recorrer en mi camino hacia las costas del Mar Negro.

Zagreb, Sisaá Brod y Vináovce, nombres apenas recordados por quienes hemos vivido las amargas horas de la fantástica pugna que sostuvo Europa, y al fin, de entre el plomizo crepúsculo vespertino destacáronse las primeras luces de Belgrado, la capital que presenta, netamente ya, el aspecto de una ciudad oriental.

El cansancio del largo viaje hizo que me durmiera profundamente, apenas arrancó nuevamente el tren, que atravesando valles y quebrados montes me acercaba a cada momento a mi suspirada patria.

— Temisoara !...

Cuán gratamente sonó a mis oídos este grito a la mañana siguiente, cuando después del torpe despertar de mi prolongado sueño, frotaba el empañado cristal de la ventanilla para saber cuál era la estación en la que iba a pararse el tren, cuya velocidad disminuía sensiblemente.

Era la primera estación rumana, y aunque nada me obligaba a abandonar el caldeado ambiente del vagón, la cosquilleante emoción de volver a pisar el suelo natal pudo más que la molicie. Salté ligeramente al andén, corriendo al kiosco-librería para comprar febrilmente periódicos y revistas, interesándome en preguntar infinidad de datos que eran perfectamente insignificantes, pero que en aquellos momentos se me aparecían como de primordial interés, quizá porque los pedía y me eran dados en mi idioma.

Rumania, por fin, mi dulce tierra en la que perdura el recuerdo del español Trajano, cuyas huestes arraigaron en el país, cruzando con sangre indígena, la de una raza noble y fuerte que nos legó su habla latina.

El viento helado del monte arremolinaba los espesos copos de nieve, haciendo imposible la estancia al aire libre. El frío me vplvió a la realidad de las cosas, y tiritando me arrellané nuevamente en mi asiento. Aumentó la nevada hasta alcanzar el grado de tempestad, dificultando la marcha del tren y con un retraso considerable sobre el horario, llegué finalmente al término rde mi viaje : Bucarest.

La capital de mi patria es hoy una bellísima ciudad, cruzada por anchurosas avenidas y largas calles, cuyo aspecto e intensa circulación le han valido el renombre de «pequeño París» que le aplican los mismos hijos de la villa-luz.

En invierno, cuando el manto de la nieve la cubre con demasiada frecuencia, alternan en sus calles el nuevo automóvil, cubiertos los bandajes por cadenas que aumenten la adherencia sobre el resbaladizo piso, con el ligero trineo eslavo, tirado por vigorosos caballos cuyos arreos están tachonados de cascabeles como los de una muía-andaluza.

Cuenta un millón y medio de habitantes, población que le da una animación extraordinaria. El movimiento es particularmente mayor en la Calea Victoria, aristocrática avenida que, entre sus más notables monumentos, presenta el soberbio Palacio Real, el severo Ateneo y el Teatro Nacional, uno de los mejores del mundo.

Las costumbres indígenas, en poco difieren de las de cualquier país latino. En mi reciente llegada a Barcelona, he quedado verdaderamente sorprendido de los innumerables puntos de afinidad que presentan, no sólo los hábitos de los dos pueblos entre sí, sino aun los mismos idiomas. Infinidad de palabras hay, exactamente iguales, tanto por la pronunciación como por el significado.

Pero donde culmina la sorpresa, es en el baile típico del país ; entre la clásica «sardana» y el «sarba popilar» de Rumania, no veo más diferencia que el instrumental de los músicos. Y lo curioso del caso es que en Grecia se baila asimismo una danza igual, con la sola diferencia de que, en lugar de darse las manos como en Cataluña, o tomarse los brazos como en Rumanía, los griegos forman el corro cogidos a unos pañuelos que aguantan por los cabos.

Separados los tres países por distancias enormes, ignorados casi unos de otros, habría que buscar en remota antigüedad el lazo que les uniera antaño. No es mi propósito extenderme en tan interesante tema, ni estoy tampoco preparado para ello. Me limito a señalar el hecho, como una curiosidad sorprendente.

Cuando en Argel emprendí el regreso a mi patria, nada presagiaba que solamente podría estar en ella muy contados días. Y tan pocos fueron, tal la premura de los asuntos que me llamaban a muy distantes puntos del planeta, que ni siquiera pude pasar en el hogar paterno la patriarcal fiesta de Navidad.

En veinte de diciembre me arranqué nuevamente del seno de mi familia, emprendiendo un viaje a la lejana Montevideo. Hubiérame entonces parecido quimérica la idea de que había de volver a pisar nuevamente tierra africana.

Tan rápido como a la ida fué mi viaje en sentido inverso. En veinticuatro horas me condujo el tren a Buda-Pest, las dos ciudades gemelas que por encima de las aguas del Danubio se unen con un puente monumental, obra célebre de ingeniería. Luego quedó atrás la majestuosa Viena, inmenso templo del placer antes de los aciagos días de la guerra, silenciosa hoy como eñ penitencia del esplendor de antaño.

A la rápida marcha del «Orient-Express» desfilaron las llanuras austríacas, los rientes valles de Suiza y los imponentes Alpes, llegando a París a las primeras horas del cuarto día de viaje.

No vi, de la capital de Francia, más de lo que se puede ver desde la ventanilla de un taxi en el trayecto de la Estación del Este a la del Quai d'Orsay. A los pocos minutos salía el «Sud-Express», en el que previsor amenté había hecho retener asiento.

Rendido por la fatiga, contemplé indiferente la maravillosa región del Loire y la bella campiña que se extiende por doquier. Por la noche entrábamos en territorio de España, por Irún, con el molesto cambio de coche, que no abandoné ya hasta Lisboa, término del viaje terrestre.

Había anochecido ya cuando llegué a la capital de la República Portuguesa, en donde había de embarcar a bordo del «Cap Polonion>>, un moderno buque alemán, cuya escala estaba señalada para el día siguiente .

Allí empezó mi primer viajé transatlántico, feliz travesía en que ningún incidente vino a turbar la placidez que imperaba a bordo, apenas alterada por la brevísima escala de Tenerife o por el bullicio de la fiesta del paso de la línea, celebrado con un banquete — comida igual a las demás, con aditamento de champagne—y un baile, amén del obligado bautizo de los novatos en trasponer el hemisferio.

Con unos tablones y una tela embreada, se montó una piscina en cubierta, organizando los tripulantes una serie de gansadas, la principal de las cuales es enjabonar al novato de un modo ridículo, sin más finalidad que la de provocar la risa de los demás, y simulando afeitarle con una descomunal e inofensiva navaja barbera, se le empuja a la piscina después de aplicarle el nombre circunstancial elegido por un grotesco enviado de Neptuno.

A mí me tocó en suerte un nombre extraño, y asi, además del que me dieron en las fuentes bautismales, ostento el de «Sirtin» con que se me bautizó a bordo.

Un obsequioso portugués trató de convencerme que el tal nombre era «Sardina» ; sólo que, pronunciado en portugués por una boca alemana, y recogido por unos oídos rumanos, acaba por alterarse de tal manera, hasta no significar absolutamente nada en ninguna de las lenguas conocidas.

Tocó luego el majestuoso buque en Río de Janeiro, ciudad que bien merece el nombre de bellísima, situada al fondo de una bahía sorprendente que reunía en aquel entonces todas las condiciones posibles, menos una que no era de poca monta. La de frescor ; reinaba un calor espantoso, completamente nuevo para mí y probablemente inaguantable para todos mis compañeros de viaje.

Huyendo de aquel infierno, tomé un auto, dejando a la fantasía del mecánico el llevarme a los maravillosos alrededores de la capital, soberbios parques de exuberancia tropical, en los cuales, después de un rato de fresco gracias a la rapidez de la marcha del coche, volví a sentir la molestia de un calor húmedo, pegajoso que me hizo tomar la decisión de volver a bordo para disfrutar, tendido en un diván del camarote, de la brisa de un ventilador.

Santos, puerto de la populosa Sao Paulo, fué la segunda escala en tierras de América ; puerto sucio si los hay desde el cual un accidentado ferrocarril, que en buena parte 'de su recorrido tiene que usar de cables para remolcar los trenes en sus fuertes rampas, nos llevó a pasar breves horas en la ciudad vecina, visita completamente falta de interés, sin más aliciente que la de variar la monotonía de la vida a bordo.

Al último, navegó el buque por las amarillentas aguas del estuario del caudaloso Plata, y a las pocas horas desembarcaba en la preciosa capital del Uruguay.

Y cuando, solventados los asuntos que motivaron mi viaje, estuve en disposición de volver a Europa, no quise abandonar el continente americano sin visitar la famosa Buenos Aires, demasiado conocida para que intente siquiera hablar de ella. Un lujoso buque, fiel trasunto de los «river ships» norteamericanos, bulliciosos palacios de luz, me llevó en pocas horas de una ciudad a otra. Al tratar decididamente de mi regreso, la casualidad, no otra cosa, guió mis pasos a una casa consignatario de líneas de navegación francesas, a la vista de cuyos cartelones anunciando las salidas e itinerarios de los buques, germinó en mí la idea de visitar algunos puntos de la costa occidental africana, uno de mis más fervientes, deseos alimentados en la adolescencia, fomentados por la lectura de los grandes exploradores que ilustraron el siglo pasado con sus casi imposibles viajes al interior, erizados de peligros y de obstáculos casi insuperables, que supieron vencer, la energía de un Livingstone, o la obstinación de un Staniley, entre otros héroes, muy pocos, no por obscuros menos admirables.

Aun el menos iniciado observa la radical diferencia que media entre la salida de un buque, cuando abandona las costas europeas con rumbo a la Argentina, y la del viaje de regreso.

Gozozos, henchidos de esperanza, alimentando quiméricas ilusiones, embarcan los emigrantes para la tierra fabulosa, donde todo es posible. Como una bandada de blancas palomas, asustadas por el fiero rugido de la sirena, aletea en el muelle el incesante agitar de los pañuelos de los que quedan, supremo adiós que los trémulos labios no pueden pronunciar. Y en la inmensa soledad del mar, en las largas horas de navegación, se dilata el ánimo del que va en busca del oro codiciado, dejándose llevar en alas de la exaltada fantasía. Todo es felicidad a bordo de la nave.

Pero contados son los que acuden a despedir a los que regresan. La satisfacción de quienes obtuvieron el logro de sus ambiciones, pasea insolente por entre los rostros adustos de los otros, los descorazonados, los que a fuerza de privaciones pudieron apenas reunir el dinero necesario para el viaje de vuelta. Los sollados en que se albergan los desheredados de la fortuna, permanecen silenciosos, como si el penoso esfuerzo realizado en tierra hubiera agotado las energías de sus cuerpos jóvenes. Nada queda de aquellos resuel¬tos caballeros de la aventura que abandonaron patria y familia, para engrosar el rebaño que llega incesantemente a la tierra de promisión.

El «Ceylán», transatlántico francés en el que embarqué en Buenos Aires el 17 de febrero, conducía numeroso pasaje de tercera, infelices que, con la desesperación del fracaso, llevaban impresas en su rostro las huellas de los sufrimientos pasados, y cuya muchedumbre aumentaron los que embarcaron en las escalas que hizo el buque en Montevideo, Santos, y Rio de Janeiro, antes de aventurarse a la travesía del Océano, con rumbo a Dakar.

A los pocos días de navegación, declaróse una epidemia entre ellos. La enfermería estaba llena a rebosar, y el personal de a bordo tuvo que luchar sin tregua contra la implacable enfermedad que diariamente hacía nuevas víctimas ; gente que no volvería a ver jamás a los seres queridos que febrilmente esperaban el suspirado regreso del ausente.

Horas emocionantes las 'de aquella memorable travesía durante la cual el buque sembraba en el mar los demacrados cuerpos de quienes no tuvieron ya fuerza para resistir la última acometida de la adversidad.

Moderábase la marcha, hasta ser apenas sensible ; la marinería instalaba en la borda una plataforma basculante, y envuelto en un saco de lona que a la vez era féretro y sudario, colocábase el cadáver en ella. En medio de un recogimiento solemne, rezaba el capitán la oración de los difuntos. Oscilaba lentamente, la plataforma, hasta que los despojos del difunto resbalaban, y en un breve y trágico chapoteo desaparecían para siempre en las verdosas aguas del Océano.

Parecióme despertar de una pesadilla cuando a los diez y siete días de navegación apareció ante la proa el suave perfil de la costa africana. Pocas horas después fondeaba el buque en Dakar, capital del Senegal, primera etapa de mi viaje.

CAPITULO I

LOS EUROPEOS EN DAKAR — UN JARDIN DE FIERAS.

— UN CUARTEL INDIGENA.

Obligado por el calor tórrido que abrasa aquellas tierras, desembarqué vistiendo lo más ligero que encontré en mi equipaje, tocada mi cabeza con un ligero sombrero de fieltro, y al punto me asedió una multitud de indígenas que se disputaban mis bagajes. Uno de ellos, más previsor que los demás, brindóme un salacot derrengado por el uso, insistiendo infinidad de veces—en un defectuoso francés que lo atropellado de sus palabras y la baraúnda reinante a mi alrededor hacían más incomprensible todavía—en que cambiara por él mi flamante sómbrente.

Pintóme con tan negros colores los peligros que corría exponiendo mi pescuezo a los rigores del ardiente sol, riesgo que refrendó un europeo habitante en el país, que acabé por colocar en mi cabeza el mugriento sombrero colonial, aligo grande para mí y con más agujeros que una criba. E| papel de un diario corrigió ambos inconvenientes, y recompensé la afectada previsión del negro coronándole el cuidado de llevarme al mejor hotel de la ciudad en su desmirriado coche, trabajosamente arrastrado poi dos mulos escuálidos. Al poco rato me apeaba inte el «Hotel du Palais», en donde, a la sazón, se hospedaba la Comisión Internacional de Médicos, delegada por la Sociedad de Naciones para estudiar sobre al terreno el azote de la fiebre amarilla, la recurrente, el paludismo, la terrible peste y sobre todo la enfermedad del sueño, que asóla el territorio africano, en casi toda la extensión de su costa occidental,

Dakar, ciudad de 25,000 almas, cuenta un buen contingente de población blanca, y en mi breve tránsito por sus calles, al desembarcar, quedé sorprendido al no ver más que contados europeos entre los numerosos indígenas que las animaban todavía con su intensa circulación. No pude abstenerme de comentar esta aparente anomalía, que me fué explicada por M. Forniére, propietario del hotel. Desde las diez de la mañana hasta por allá las cuatro de la tarde, cesa la actividad del europeo, obligado a la ociosidad por el inclemente calor de un sol que abrasa y que no puede afrontar impunemente. En mí mismo pude hacer la prueba.

Poco comí el día de mi llegada y al siguiente tuve algo de fiebre. Probablemente no era mi mal el paludismo, pero el médico que me asistió aconsejóme que cuando cediera la fiebre, tomase a prevención de ciñcuenta a sesenta y cinco centigramos de quinina dos veces al día. Entretanto, me prescribió Champagne como principal medicamento durante los cinco días que duró mi pequeña enfermedad.

A mi restablecimiento, emprendí la visita de la ciudad, que a pesar del sello europeo que le imprime su convivencia con gente blanca, conserva todavía los principales rasgos de una población negra.

Los indígenas visten una especie de albornoces, o simplemente largas camisas o blusas, blancas las más de las veces. Ellas cubren su cuerpo con telas azules o violetas, de tonos vivos, y acentúan sus líneas con ceñidores elegantes, adornando brazos y piernas con brazaletes de plata o de cualquier otro metal, algunos macizos y muy pesados. Los dedos de las manos y de los pies están cuajados de sortijas. Llevan los cabellos como cortados a la garçonne, retorcidos en pequeños grupos de cinco o seis, formando torcidos que cuelgan como los flecos de una toalla. En la parte superior de la cabeza llevan un trozo de madera, sagrada al parecer, por un agujero, del cual pasa un mechón de pelo ; algo por el estilo de la fantasía de los moros. Las más ricas adornan sus cabellos con monedas de oro, atravesadas por flequillos. Sus orejas están espesamente taladradas por múltiples agujeros practicados a lo largo del borde libre, y por otro mayor más cerca del centro de la concha. En cada una de las perforaciones del borde llevan una pequeña sortija, y en la más central, un trozo de madera, de qué se sirven para frotar constantemente sus dientes durísimos, soltando de vez en cuando un dhorro de saliva como si tuvieran una jeringa en la boca.

También los negros se los frotan constantemente, gracias a lo cual su blanquísima dentadura destaca sobre el rojo intenso de sus encías.

Negros y negras rodean de gri-gri sus brazos, codos, muñecas, cuello, pecho y cintura. Los gri-gri vienen a ser collares o sartas de trocitos de huesos, de madera o conchas y hasta excrementos de animales. Creen que los protegen como amuletos contra la muerte, las enfermedades y toda clase de desgracias. Algunos llevan cuatro y cinco series, en los brazos, y hasta diez en la cintura.

Los blancos llevan siempre su cabeza cubierta con el salacot y saludan a la usanza mahometana, es decir, sin descubrirse y llevando simplemente la mano a la altura de la frente, haciendo al propio tiempo una inclinación de cabeza, ligera, para evitar que los rayos de aquel terrible sol se les introduzcan en el cogote por debajo de la ancha ivisera posterior del salacot. Este, lo llevan también las mujeres blancas, añadiéndole, como adorno, un lacito de seda o de gasa. Son las abnegadas esposas de los empleados franceses, que hacen el sacrificio de permanecer junto a sus maridos en aquel clima.

De vez en cuando llegan a Dakar algunas artistas de poca importancia, unozas del partido en su mayor parte, que esperan encontrar allí el oro codiciado ; pero a los ocho días, perdida la ilusión, abandonan el país jurando no poner más en su vida los pies en aquel infierno.

Como ya dije antes, después de las diez de la mañana todos los blancos permanecen encerrados en sus casas, cuyas ventanas tienen pintados los cristales de color azul o negro, y por si esto no bastara, los protegen todavía con cortinas, lienzos u otra cosa que les permita defenderse contra la luz y el calor excesivos. Ha llegado la hora de tomar la quinina profiláctica, y de permanecer en reclusión y reposo.

En cambio, de noohe, hace frío, y la humedad es insoportable. No se puede dormir con las ventanas abiertas porque penetra por ellas el aire saturado de agua.

En el «Café Metropol»—donde un terceto de músicos blancos calma la nostalgia de los europeos con música de sus respectivos países—tuve la suerte de conocer a M. Lucien Lepesteur du Chamen, capitán retirado del ejército francés, entusiasta del África y de las grandes cacerías de leones, panteras, cocodrilos, leopardos, búfalos, etc. En su amplia casa, un verdadero palacio señorial, tiene un anchuroso patio en el que cría monos y numerosos animales feroces, entre los que se contaba un crecido número de cachorros de león, pantera, tigre, chacal y gato-tigre. A mi pregunta de cómo se proporcionaba estos animalitos, me contestó con una tranquilidad que me puso los pelos de punta, que los cogía él mismo en las guaridas de las fieras adultas, las que tenía que matar antes, no siempre sin desesperada lucha, para apoderarse de los pequeños. Me maravilló la docilidad con que se dejaban coger y llevar en brazos los leoncitos y gatos-tigres, que, sobre todo los pequeños, son muy graciosos y juguetones. Pero no obstante su poca edad, muestran ya la ferocidad de su instinto en cuanto ven carne.

En Monsieur Lepesteur encontré al más amable de los guías y al incentivo de sus relatos de las numerosas cacerías en que había participado, verdaderas lecciones de cinegética cuya teoría me ofreció completar con la práctica con tal de que estuviera yo en Dakar algún más tiempo del calculado, se debe el que mi excursión por tierras de África, simple capricho de turista, tomara mayores vuelos y un carácter que ni siquiera sospeché hasta entonces.

En su compañía visité el mercado central, indígena casi todo él, reducido a la venta de atunes y dentones que las vendedoras negras cortan con grandes cuchillos sobre los que descargan golpes con un trozo de madera, produciendo entre todas un tableteo que se oye de lejos al mismo tiempo que el olfato percibe ya el olor del pescado. En este mercado había escasa verdura procedente del Sudán. Reducíase a muy pocas y carísimas coles, coliflores y berengenas diminutas, a una variedad de tomates pequeños como avellanas y gran profusión de guindillas enanas. Además, había mangos—la fruta que los negros prefieren—y algunos racimos de bananas.

Hay, además, un mercado llamado «de Medina», puramente indígena, de unos quinientos a seiscientos metros de largo, bastante céntrico, en el cual pueden adquirirse pescados fresquísimos, de 15 a 20 kilos, por seis o siete francos. Este mercado es, al mismo tiempo, lugar de reunión de los joyeros negros, los que proporcionan a los indígenas los enormes brazaletes y baratijas con que se adornan.

En otra ocasión fuimos a la Mezquita, pequeña, no acabada todavía, situada casi en el centro de la ciudad y en una calle arenosa como una playa. En la Mezquita, los negros rezan principalmente los viernes, comenzando a las tres de la tarde. A esta hora, y desde la calle, vi llegar al templo un morabito, anciano barbudo, que incesantemente repetía las voces de «Alah, Alah». Los negros permanecían sentados al estilo turco en el suelo, casi todo él esterado. El morabito se colocó en medio de los fieles, de pie, y les exhortó. De pronto, los negros empezaron a dar palmadas, y él a danzar.

Como que no podíamos entrar en la Mezquita durante el rezo de los indígenas, y el sol no nos dejaba permanecer en la calle mucho tiempo, pronto hubimos de alejarnos.

Otra curiosidad para el recién llegado a Dakar, desconocedor de las originales costumbres indígenas, es el cuartel de los tiradores senegaleses, situado aproximadamente a un kilómetro del centro de la ciudad. Le rodea una huerta limpia, muy bien cuidada, por la que están diseminadas centenares de pequeñas chozas, albergue de los soldados casados, durante el tiempo del servicio de las armas, que es obligatorio. Los solteros habitan chozas mayores, capaces para una veintena de ellos, y están instaladas al lado opuesto del recinto de las primeras. Los soldados, dirigidos por sus jefes, cuidan en las horas de reposo, del cultivo de la 'huerta que les proporciona abundante.

cosecha de coles, tomates, pimientos, diminutos limones y papayas. En un extremo hay instalado un precioso jardín, pequeño parque sembrado de flores y cuajado de pequeñas palmeras que le dan un aspecto delicioso.

La promesa que me hiciera Mr. Lepesteur de guiar mis primeros pasos por el sendero de la caza de las grandes fieras, hízome sufrir pacientemente el tedio de una estancia demasiado prolongada en Dakar, cuyos atractivos no son de orden a retener el viajero.

Bajo la dirección y consejos de mi nuevo amigo, adquirí el armamento que requiere el arriesgado deporte.

CAPITULO II

EN BUSCA DE LOS LEONES. — DE DAKAR A SAN LUIS. — LA GRAN SELVA DE TUTU. — HISTORIA DE DOS GACELAS. — EN LA CIUDAD DE SAN LUIS. — HACIA TOUMBACTA. — HAMED SEC Y SU FAMILIA. — UN LEÓN

A las cuatro de la tarde de uno de los primeros días de la última primavera, salimos de Dakar con M. Lepesteur y un amigo suyo, en un Ford que guiaba un chófer negro, dirigiéndonos a San Luis del Senegal, que dista de Dakar unos 260 kilómetros. Aunque hay una línea férrea, preferimos ir en auto, para poder cazar por el camino durante la no¬che. Naturalmente, llevábamos municiones de boca y caza, y las piernas protegidas por polainas de cuero. La carretera de Dakar a San Luis era mala y tenía bosque a uno y otro lado. De vez en cuando pasábamos por aldeas de negros. No las veíamos, pero las advertíamos por el olfato. En efecto, se dan a conocer por su olor a pescado seco. En la obscuridad brillaban los ojos de los gatos domésticos, que nunca faltan donde hay pescado, y en aquellas aldeas abundaba extraordinariamente. Por el camino veíamos también de vez en cuando los ojos lumino¬sos de las liebres, cabritas monteses, pequeñas gacelas y aves nocturnas.

A eso de la una de la madrugada, llegamos a la gran selva de «Tutu», donde los amigos decidieron parar, a ñn de descansar un poco y tomar un piscolabis, en el que no faltó el vino de Oporto. Tras este desayuno y descanso, reanudamos el camino, a eso de las dos y media de la misma madrugada. De vez en cuando veíamos chacales, pero no quisimos gastar municiones con ellos.

Al cabo de hora y media, es decir, a las cuatro, llegábamos a una población más importante: «Sombaic». Todavía no había amanecido, mas encontramos ya indígenas levantados—madrugan mucho porque se acuestan a las siete de la tarde o antes—que nos ofrecieron su compañía y conocimiento del país para llevarnos a sitios donde podríamos cazar muchos jabalíes y gacelas.

Aceptamos el acompañamiento de seis indígenas, y, unos seis kilómetros más allá de la aldea, llegamos a sitio de mucha selva, en la que había claros con grandes palmeras. Uno de nosotros vio, de pronto, dos lucecitas. Preguntamos a uno de los indígenas qué era aquello. Nos dijo que debían ser pequeños gatos-tigres o chacales. Nos acercamos hasta unos 30 metros y vimos que era una gacela muy tierna, que los negros cogieron sin disparo alguno.

Al regresar al auto con esta gacelita viva, encontramos un puerco espín, que yo mismo maté con un cartucho de postas del número 4, no sin temer que antes lanzara él contra mí una de sus duras y afiladas púas. En esto, uno de los negros vio brillar otras dos lucecitas. Eran los ojos ansiosos de la gacela madre, que acaso dejó alejar el rebaño de sus compañeras, para permanecer junto a su hijo, de cuyo lado había huido momentáneamente cuando nos vio llegar y al que volvía estremecida y ansiosa, creyendo encontrar todavía vivo a su tesoro.

Pobre gacela, que sólo cuentas con la finura exquisita de tu olfato, vista y oído y con la ligereza de tus piernas—ejercitadas por el temor y sobresalto incesantes—para defenderte de fieras menos aviesas que los hombres ! Cómo debió luchar tu timidez con tu amor maternal y cómo te ofuscó éste, para que, al no encontrar a tu hijito, te acercaras demasiado a las armas impías que truncaron en el acto tu vida!

Tras otro breve descanso y otro piscolabis con Oporto, despedimos a los indígenas que nos habían acompañado, les dimos la mitad de la gacela muerta y reanudamos la marcha con la otra mitad y la viva. Daba compasión ver cómo ésta miraba constantemente la cabeza suelta de su madre. Cruzamos unas frondas en las que, además de muchos pichones blancos y verdes—los últimos de carne sabrosísima—vimos innumerables pajarillíos, de todos los colores, que saludaban con sus gorjeos al nuevo día, y no huían de nosotros, por estar acostumbrados a que los respeten los negros de aquellas tierras—porque no pueden usar escopetas—y confundirnos probablemente con ellos.

Eran esos pardillos, jilgueros, luganos, verderones, etc., etc., que ahora mismo precisamente nos abandonan, emigrando cada día en grandes bandadas hacia el Sur, empujados y guiados por un instinto que nosotros no acertamos a comprender. Aquello era el paraíso de los pájaros.

De vez en cuando hallábamos unas aves gigantescas, de pico más gigantesco aun, enormemente mayor de lo que conceptúan bello nuestros diabólicos cánones estéticos, demasiado prestos a criticar las obras del Sumo Hacedor o, si se quiere, de la Naturaleza, siempre sapientísima. Eran los marabús o jabirus del Senegal, inmóviles como columnas. Quise tirar contra uno, por curiosidad, pero M. Lepesteur me dijo que no lo hiciera, porque son bestias beneficiosas, que limpian el suelo de bichos y sobre todo de «bichas», a las que devoran vivas con sus picos descomunales.

A las diez y media de la mañana llegábamos a San Luis del Senegal, ciudad pintoresca, de unos 18,000 habitantes negros y unos 400 blancos, rodeada por los dos brazos del río Senegal, que parece haberse abierto para poder aprisionarla. Su puerto, en el qre sólo se ven barquichuelos, está cuajado depalmeras. El ambiente de San Luis causa gran tristeza. La ciudad es, desde luego, menos importante que Dakar.

Tiene un mercado con las mismas frulas y verduras que Dakar, pero con peces mayores, más abundantes y todavía más baratos. Por desgracia, no son tan suculentos como los que se pescan más hacia los Polos. Pero es una población sin vida, tan arenosa y cálida como Dakar o más. No tiene más diversiones que una o dos funciones de cine cada semana y la música de los negros instalados en chozas fuera del casco de la población, el «tam-tam» que describiré más adelante.

En San Luis permanecimos dos días, hospedados en el Hotel Continental. Allí vimos la misma raza de negros que en Dakar y, además, moros y mulatos. Estos proceden de la colonia portuguesa de Cabo Verde. Se desviven por parecerse a los blancos, como los cuales visten. Pero, realmente, son negros, y conservan las costumbres de los negros, hasta el extremo de casarse—como estos últimos—por temporadas, especialmente con blancos, del imodo que veremos otro día. Los mulatos—y las mulatas—fuman continuamente ; se pasan el día con la pipa en la boca. Vimos también a hijos de la Mauritania que, con sus camellos, asnos y caballos, iban a comprar y vender mercancías. Son mucho peores que los negros. Generalmente llevan camisas azules y, cosa curiosa, cuando compran telas para confeccionarlas, las frotan contra sus manos o contra su cara—que casi nunca se lavan— y las rechazan si no las tiñen de azul.

Los dos días que pasamos en San Luis los invertimos en descansar y prepararnos para la caza de los leones.

Precisamente los que se hallan en la comarca, tienen fama de ser los más fieros y terribles. Nos aprovisionamos bien de medicamentos y material de cura —quinina, tintura de yodo, menta, calmantes, agua filtrada, vendas, algodón, etc.,—sin olvidar el tubo de caucho para detener la circulación de la sangre, atándolo fuertemente algo más ariba de la herida, cuando se tiene la desgracia de sufrir la picadura de una serpiente ponzoñosa. Nos aprovisionamos especialmente de municiones, cosa difícil en Africa. Pero el gobernador de San Luis nos las facilitó. Y después de regalar al dueño del Hotel Continental aquella gacel i a huérfana que no quitaba sus ojos de la cabeza de su desventurada madre y que nos daba tanta lástima, subimos al auto y partimos hacia «Toumbactá», que dista de San Luis unos 40 kilómetros, provistos de fusiles «Ideal», de Saint Etienne, carabinas «Mannlicher» y balas explosivas, estas últimas para las grandes fieras, especialmente para los leo¬nes que yo ansiaba ver.

Al llegar a «Toumbactá» íbamos en busca del jefe de la aldea para pedirle negros que nos ayudaran a llevar las provisiones y guías que nos acompañaran. Pero él nos había visto ya y venía por curiosidad hacia nosotros. Era un hombre de unos 48 años, lla¬mado Hamed Sec. Iba vestido casi como Adán y vivía en unión de siete beldades, con las que se hallaba casado y unas dos docenas de hijos. Nos acompañó a su casa—de tierra y paja—y nos acogió muy amablemene.

Serían entonces las seis de la tarde. Hamed Sec tenía un farolillo de petróleo, a cuya luz cenamos.

Después de cenar, Hamed Sec organizó en honor nuestro una pequeña fiesta de negros, en la que bailaron éstos dando unos brincos más que salvajes, al compás del tam-tam. Le pedimos informes acerca de la caza en aquellos lugares y, en francés muy defectuoso, nos dijo que a veces los leopardos venían hasta cerca de la puerta de su casa, pero que no podía matarlos porque no se permite tener fusil a los indígenas. Nos facilitó catorce personas que cargaron con nuestras provisiones, mosquiteros, hamacas y tiendas, y, a las cinco de la mañana siguiente, partimos para la gran selva de «Budú», a donde llegamos a eso de las diez.

El bosque de «Budú» es muy arenoso y no es una selva espesa. Lo constituyen muchísimos troncos gruesos de unos árboles cortos, de lo alto de los cuales irradian ramas enormes. En él se hallan con facilidad leones, pues no gustan de la selva espesa. El paisaje era muy triste. No había pájaros. Únicamente se veían bandadas de grajos negros. Los mosquitos revoloteaban con entera libertad. El suelo, lleno de agujeros, que sin duda eran las entradas de los escondrijos de los reptiles, causaba una impresión inquietante, sumamente desagradable.

El sol quemaba horriblemente. Auxiliados por los negros, armamos una tienda, que hubimos de cubrir de ramaje para poder permanecer en ella sin abrasarnos, pues el sol senegalés la incendiaba. Los negros prepararon su comida, compuesta de mijo y pescado. Nosotros intentamos descansar, pero, a mí, la curiosidad, el ansia y cierta inquietud,no me dejaron dormir.

Hacia las cinco de la tarde salimos de la tienda y, dejando en ella los bagajes, nos internamos en la gran selva. Vimos muchos monos por los árboles y encontramos algunos chacales, pero no tiramos contra ellos. Los negros nos indicaron un sitio frecuentado por leones, donde podíamos detenernos y esperar, con probabilidades de ver a los reyes de la selva.

Impacientes, aguardamos hasta las once de la noche. Los mosquitos picaban cruelmente. A esta hora, volvimos muy fatigados a nuestra tienda y, después de cenar algo, a la luz de una lamparilla que llevábamos, intentamos dormir en las hamacas, pero los mosquiteros no tuvieron eficacia bastante para defendernos de los mosquitos. Los negros hicieron un gran fuego, para no ser atacados por las fieras.

A las cuatro de la mañana siguiente volvimos a partir para la caza. Por el camino vimos otra vez chacales, monos y grajos. Anduvimos unos 3ó4 kilómetros por senderos difíciles y, a las siete de la mañana, llegamos a un sitio donde, al decir de uno de los guías, había indudablemente leones, pues hasta los mismos negros, en grupos y con lanzas, habían logrado matar algunos, del modo que describiré en otro lugar. En efecto, a eso de un kilómetro de distancia, no tardamos en divisar un león, mucho más impresionante que los del Parque. Su cabeza se nos antojaba colosal. Nos acercamos a él y cuando llegamos a unos 600 metros del mismo, dio un rugido estentoreo y desapareció.

Le buscamos durante todo el día, pero no pudimos dar más con él.

Fatigadísimos, volvimos a nuestra tienda. Yo estaba descorazonado y resuelto a regresar a San Luis, harto de sol y de mosquitos. M. Lepesteur me dijo que tuviese paciencia, que no se hallan leones a cada momento. Eran las diez de la noche. Quisimos descansar, pero los mosquitos tampoco nos lo permitieron.

A las cuatro de la siguiente madrugada, reanudamos la caza. No había transcurrido una hora, cuando, dos negros, en cuyas caras brillaban, a la luz de la luna, los dientes y los ojos, empezaron a llamarnos « Musiu ! Musiu!», indicándonos dos puntos luminosos, casi rojos, a unos 400 metros de nosotros. Eran los ojos de un león. Yo me veía en semejante trance por primera vez y mi miedo era terrible ; no era dueño de mí mismo y el fusil se me caía de las manos. M. Lepesteur, más habituado que yo, conservaba su admirable sangre fría. Me dijo que yo debía tenerla también, porque la fiera no nos atacaría, mientras no la hiriéramos.

Nos acercamos a unos 200 metros de aquellos ojos fulgurantes que nos miraban curiosos, tal vez porque no habían visto nunca hombres, y mi amigo disparó. El león, rugiendo de modo espantoso, anduvo unos diez metros, hasta un ingente tronco de árbol abatido, al que subió, cayendo inmediatamente al otro lado. Esperamos cautelosamente unos veinte minutos, por si se levantaba de nuevo, y, al ver que no lo hacía, nos fuimos acercando al tronco con gran prudencia, porque según contó M. Lepesteur, a veces los leones, mal heridos, vuelven a levantarse y atacan. En el charco de sangre daba las últimas boquedas un león joven, de unos ocho meses,que luego los negros colgaron de un árbol y dessolaron. La fiera tenía el corazón destrozado.

CAPITULO III

LA CARNE DEL LEÓN. — MI ENVALENTONAMIENTO. — LA SELVA MISTERIOSA DE ABECHER.—ASADOR IMPROVISADO.—UNA CRUZ. — LOS TERRIBLES BÚFALOS.—OTRO LEÓN. — LA MUERTE DE UN BORRIQUITO.

Los negros, formando rancho aparte, se apresuraron a devorar la carne desollada del león, antes de que la humedad y la elevada temperatura de aquellos parajes la hicieran entrar en descomposición. Es fácil de adivinar el placer con que la consumieron, si se considera que se hallan condenados a comer pescado casi perpetuamente. Además, aquella carne debía ser tierna, por proceder de un león joven. De todos modos, creo a los negros capaces de habérselas con carnes de la mayor dureza. Quién sabe si, al mismo tiempo que satisfacían su voracidad, pensaban enriquecer su cuerpo y hasta su alma con alguñas de las energías y virtudes del rey de los animales, mediante una especie de opoterapia leonina en la que quizá no han pensado todavía los más adelantados opoterapeutas blancos. Ya veremos otro día que alguna de las ideas de los negros distan mucho de ser obscurantistas, y no son, desde luego, tan obscuras como ellos.

Cuando yo vi que habíamos logrado matar un león, cobré un valor extraordinario. Ya no deseaba regresar a San Luis—a pesar de mi cansancio, sino proseguir aquella caza enardecedora en la que tanto había soñado desde niño. Mis amigos deseaban lo propio, y, juntos, decidimos marchar hacia Podor, situado en el Sud de la Mauritania. Para esto debimos empezar por volver a Toumbactá—que no hay que confundir con Tumbuctú (Sudán francés), con el fin de aprovisionarnos de víveres y agua.

En Toumbactá encontramos al famoso Hamed Sec, más atento y amable todavía que la primera vez, alegre y satisfecho de la vida, con sus numerosas esposas y su más numerosa prole, todo ello perfectamente legítimo, con arreglo a las leyes negras. En Toumbactá descansamos un día y preparamos la expedición, que debimos hacer acompañados de unos 20 negros, 3 caballos—uno para cada uno de nosotros— y 2 borriquitos.

A las seis de la mañana siguiente—no hacía luna para partir antes—emprendimos la marcha, dirigiéndonos al bosque de Bildna, que M. Lepesteur conocía ya, por haber estado en él.

—¿ Qué hay allí ?—le pregunté.

—Casi todas las bestias, menos la pantera y el leopardo—me contestó.

No me confesó su propósito, pero yo sospeché que iba con el de seguir haciendo víctimas entre las leonas madres, para quedarse con sus pequeñuelos y llevárselos al corral de Dakar, que todavía existe, como puede ver quien allí vaya.

A las diez o diez y media nos detuvimos para descansar—el calor (39-40gr. C. a la sombra) nos obligó a ello—y, a las seis o siete de la tarde, reanudamos el viaje hasta las nueve de la noche. Luego armamos la tienda y tratamos de descansar, cosa que no nos consintieron los mosquitos. Al día siguiente hicimos poco más o menos lo mismo, y al otro llegamos al bosque de Bildna, que dista unos 50 kilómetros de Toumbactá.

El trayecto fué penoso, pero interesante y grato. En todo él únicamente hallamos tres grupitos de siete u ocho pequeñas chozas. De vez en cuando, encontrábamos gacelitas, liebres y gamuzas, que sólo matábamos para que los negros tuviesen comida. Pasábamos las noches en nuestra tienda, que procurábamos instalar junto a las cabanas de los indígenas.

La vegetación del bosque de Bildna—formada por palmeras y otros árboles y arbustos—era profusa y variada. En él encontramos de todo, incluso agua, y unas frutas africanas llamadas en francés acajou. En vista de ello, decidimos permanecer allí un par de días. En semejante oasis las alboradas eran encantadoras. El sol no quemaba, el suelo aljofarado por el rocío nos comunicaba su frescura y nos hacía revivir, y las avecillas que animaban la fronda nos alegraban con sus trinos incesantes, mezclados con los gritos de los monos. Los negros hicieron varias incursiones por el interior del bosque, sin descubrir cosa que nos interesara, fuera de numerosas bestezuelas a las que no quisimos dar caza para economizar los cartuchos.

En vista de que nada encontrábamos en Bildna de lo que deseábamos, proseguimos nuestra marcha, y, después de cuatro días de fatigosísimo viaje, al mediodía del último de ellos llegamos a la vasta, densa y misteriosa selva de «Abecher», que se halla cerca de Podor y es una de las residencias principales de sus majestades los leones.

Hasta llegar a ella encontramos diversos aduares, en algunos de los cuales nos detuvimos para comer y reponer nuestras provisiones, que comenzaban 8 escasear. Pudimos hacer gran acopio de huevos y gallinas, unos y otras muy pequeños, pero baratísimos. Allí no conocen todavía las neveras ni los acaparadores. Una gallina costaba de un franco a 1*50.

En las aldeas veíanse avestruces domesticados, que hasta bailaban el tam-tam.

Con tres gallinas, nuestro cocinero—negro también—hacíanos una comida exquisita. Empleaba una para el caldo de la sopa, y las otras dos las atravesaba con un tronco que hacía girar junto al fuego, como si fuese un asador. Los negros preparaban su mijo y pescado salado aderezado con aceite de palma, que comían sencillamente, sin cuchara ni tenedor, con sus negras manos en las que se destaban blanco-rosadas las palmas y las uñas.

El camino era fatigoso, pero agradable. Los negros mostráronse siempre muy animosos y resistentes. Con los pies descalzos caminaban impávidos por encima de piedras y plantas punzantes. Aprovechaban los arroyos, fuentes y estanques para remojarse. Cuando hallaban un riachuelo algo importante o una laguna con suficiente agua, se arrojaban como ranas a ella, sin tener que perder tiempo en desnudarse, y, al mismo tiempo que refrescaban y lavaban sus cuerpos de antracita, salvaban los obstáculos acuáticos.

Nosotros bebíamos agua filtrada por tejido de fieltro, a la que añadíamos un poco de menta, para no encontrarla tan caliente. De vez en cuando tomábamos café. Por desgracia, el vino se nos había terminado. Pero el afán de cazar nos hacía soportar esto y mucho más.

En el bosque de Abecher, al que llegamos fatigadísimos, permanecimos varios días. Desde nuestra llegada, que, como he dicho, fué hacia el mediodía, descansamos hasta las cinco de la madrugada siguiente. A esta hora emprendimos la primera cacería. Cobramos una gacela bastante grande, que hubimos de consumir el mismo día, porque, al otro, la carne habría entrado ya en putrefacción.

A la mañana siguiente, a eso de las seis, volvimos a la caza en otra dirección. A unos cuatro kilómetros de nuestra tienda encontramos infinidad de monos. Algunos llevaban pequefíuelos, agarrados a la espalda ; la dulce carga de los hijos. Al principio huían de nosotros, pero pronto nos dispensaron su amistad y se atrevieron a venir hasta nuestra tienda, donde hallaban siempre algún trozo de pan o de galleta.

Dentro de la selva de Abecher, o junio a ella, encontramos otro aduar, cuyos pobladores, mauritanos todos, mostraron la mayor indiferencia para nosotros y para los negros. No nos quisieron dar guías. Por allí cerca vimos un jabalí, contra el que disparamos. Hicimos blanco en él, pero huyó y no pudimos cobrarlo. Mas, poco después, a eso de las diez o diez y media de la mañana, descubrimos a unos 100 metros de nosotros un grupo de jabalíes muy ágiles.

Tiramos contra ellos y matamos a dos. Los demás huyeron resoplando. En el sitio donde se hallaban habían hozado grandes hoyos.

Regresamos a la tienda para descansar, y, al tercer día de nuestra permanencia en los bosques de Abecher y de Maó, recorrimos otra parte de los mismos, quizás la más tupida de todas

En un claro llamó nuestra atención un árbol con una cruz de madera en la que había la siguiente inscripción: «Souvenir M. Villari. Gh. Harwodd, 1922». Esta cruz nos indicaba que allí habían estado europeos como nosotros. Al pie de la misma descansamos unos momentos, fumando un pitillo, sobre la verde hierba, meditando acerca de tan curioso encuentro. Entretanto, los negros masticaban hojas de tabaco y recorrían el bosque.

De pronto, vinieron a decirnos que habían oído un ruido lejano y que habían visto pinto a un estanque de agua una bestia grande v negra. Nos acercamos con cuidado hasta unos 200 ó 250 metros del animal y vimos claramente que se trataba de un búfalo, que bebía tranquilamente agua.

Yo, que ya no tenía tanto miedo como cuando vi el león, pregunté a mis amigos si podía tirar. Me dijeron que sí, pero que apuntara bien a la cabeza. Lo hice lo mejor que supe y pude, recordando las lecciones de tiro que recibí en mis cacerías por Europa y durante la gran guerra, y disparé. A pesar de no tener yo miedo, estar bastante cerca y ser desmesuradamente grande, no di en la cabeza, sino en el cuello de aquel monstruo que al sentirse herido, se levantó sobre su tercio posterior, bramando y sacando su larga lengua roja, empezó a marchar. Entonces, uno de mis amigos le atravesó el cuerpo de otro balazo. La bestia rugió de modo increíble, y, agitando aquella cabeza monstruosa siguió marchando, pero sin alejarse de nosotros y hasta como buscándonos, de modo que pudimos continuar disparando contra ella y derribarla, después de varios tiros.

Entretanto los negros empezaban a subir por los árboles y mis compañeros de caza, más enterados que yo del peligro que corríamos, estaban intranquilos. Después me dijeron que habíamos tenido mucha suerte, porque los búfalos de por allá son tal vez más temibles que los mismos tigres y leones. Cuando se sienten agredidos buscan a la persona o a la bestia que los ha herido, y si logran derribarla, continúan pisoteándola o descargando contra ella el martinete de su cabeza descomunal con el mayor ensañamiento.

Han causado muchas víctimas entre los cazadores de fieras.

Cuando llegué a Barcelona, siete meses después, y vi—por primera vez en mi mida—las corridas de toros, pensé que tal vez no sería posible torear a los búfalos como a los toros ; por lo menos a los búfalos del África Occidental. Pero dejo estas consideraciones para más adelante, en que haré también algunas reflexiones acerca de los peligros que podría tener el domesticar los que yo vi, para resolver el problema de la carestía de la carne.

Cuando vimos caer el búfalo, nos acercamos todavía más a él y le hicimos algún otro disparo, para estar seguros de su muerte. Así que tuvimos esta seguridad, nos acercamos decididamente a la fiera. Los negros empezaron a saltar de alegría, Brá negrísimo y tenía numerosas heridas en todo el cuerpo, y, sobre todo, en la cabeza.

Del testuz al origen del rabo medía 3'2o metros y pesaría unos 800 kilos.

Los negros empezaron a quitarle la piel, sumamente gruesa, y tomaron la carne que quisieron. Con parte de ella nuestro cocinero nos preparó una sopa excelente. Nos llevamos las astas y el resto de la carne quedó allí. Al abandonarla lamentábamos no estar en Europa, donde tanto escasea.

Al día siguiente volvimos al mismo sitio, sin pensar que íbamos a tener, si cabe, todavía más fortuna. Sin embargo, los negros hallábanse muy esperanzados. El caso es que al acercarnos al punto donde habíamos dejado los restos del búfalo, vimos desde la espesura un pobre león atareado en devorarlos, y tan absorto en su yantar, que nos permitió aproximarnos a unos 100 metros de donde se hallaba.

Era mucho mayor que el primero que matamos. Nuestro primer disparo le hirió ya gravemente, pero anduvo todavía unos 50 metros. Pero le fuimos disparando, siempre desde la espesura, y acabó por caer. Los negros le quitaron la piel para nosotros y despreciaron su carne, hartos de la del búfalo, indudablemente preferible. Satisfechos de nuestra caza y viendo que las municiones no nos iban a faltar, gastamos algunos cartuchos del número 6 en aves comestibles.

Al regresar a nuestra tienda, encontramos llorando a uno de los negros. Era el dueño de un borrico que había tenido la desgracia de morir.

Nos fué imposible saber si murió por la mordedura de alguna serpiente o por las picaduras de los mosquitos o por otra causa.

Hombres y burros, únicamente sabemos de fijo que morimos, pero no siempre sabemos por qué. Como indemnización, dimos 250 francos al dueño del difunto borriquillo y se quedó contento.

CAPITULO IV

LA CARNE DEL LEÓN. — MI ENVALENTONAMIENTO. — LA SELVA MISTERIOSA DE ABECHER.—ASADOR IMPROVISADO.—UNA CRUZ. — LOS TERRIBLES BÚFALOS.—OTRO LEÓN. — LA MUERTE DE UN BORRIQUITO.

Los negros, formando rancho aparte, se apresuraron a devorar la carne desollada del león, antes de que la humedad y la elevada temperatura de aquellos parajes la hicieran entrar en descomposición. Es fácil de adivinar el placer con que la consumieron, si se considera que se hallan condenados a comer pescado casi perpetuamente. Además, aquella carne debía ser tierna, por proceder de un león joven. De todos modos, creo a los negros capaces de habérselas con carnes de la mayor dureza. Quién sabe si, al mismo tiempo que satisfacían su voracidad, pensaban enriquecer su cuerpo y hasta su alma con alguñas de las energías y virtudes del rey de los animales, mediante una especie de opoterapia leonina en la que quizá no han pensado todavía los más adelantados opoterapeutas blancos. Ya veremos otro día que alguna de las ideas de los negros distan mucho de ser obscurantistas, y no son, desde luego, tan obscuras como ellos.

Cuando yo vi que habíamos logrado matar un león, cobré un valor extraordinario. Ya no deseaba regresar a San Luis—a pesar de mi cansancio, sino proseguir aquella caza enardecedora en la que tanto había soñado desde niño. Mis amigos deseaban lo propio, y, juntos, decidimos marchar hacia Podor, situado en el Sud de la Mauritania. Para esto debimos empezar por volver a Toumbactá—que no hay que confundir con Tumbuctú (Sudán francés), con el fin de aprovisionarnos de víveres y agua.

En Toumbactá encontramos al famoso Hamed Scc, más atento y amable todavía que la primera vez, alegre y satisfecho de la vida, con sus numerosas esposas y su más numerosa prole, todo ello perfectamente legítimo, con arreglo a las leyes negras. En Toumbactá descansamos un día y preparamos la expedición, que debimos hacer acompañados de unos 20 negros, 3 caballos—uno para cada uno de nosotros— y 2 borriquitos.

A las seis de la mañana siguiente—no hacía luna para partir antes—emprendimos la marcha, dirigiéndonos al bosque de Bildna, que M. Lepesteur conocía ya, por haber estado en él.

—¿ Qué hay allí ?—le pregunté.

—Casi todas las bestias, menos la pantera y el leopardo—me contestó.

No me confesó su propósito, pero yo sospeché que iba con el de seguir haciendo víctimas entre las leonas madres, ¡para quedarse con sus pequeñuelos y llevárselos al corral de Dakar, que todavía existe, como puede ver quien allí vaya.

A las diez o diez y media nos detuvimos para descansar—el calor (39-40 C. a la sombra) nos obligó a ello—y, a las seis o siete de la tarde, reanudamos el viaje hasta las nueve de la noche. Luego armamos la tienda y tratamos de descansar, cosa que no nos consintieron los mosquitos. Al día siguiente hicimos poco más o menos lo mismo, y al otro llegamos al bosque de Bildna, que dista unos 50 kilómetros de Toumbactá.

El trayecto fué penoso, pero interesante y grato. En todo él únicamente hallamos tres grupitos de siete u ocho pequeñas chozas. De vez en cuando, encontrábamos gacelitas, liebres y gamuzas, que sólo matábamos para que los negros tuviesen comida. Pasábamos las noches en nuestra tienda, que procurábamos instalar junto a las cabanas de los indígenas.

La vegetación del bosque de Bildna—formada por palmeras y otros árboles y arbustos—era profusa y variada. En él encontramos de todo, incluso agua, y unas frutas africanas llamadas en francés acajou. En vista de ello, decidimos permanecer allí un par de días. En semejante oasis las alboradas eran encantadoras. El sol no quemaba, el suelo aljofarado por el rocío nos comunicaba su frescura y nos hacía revivir, y las avecillas que animaban la fronda nos alegraban con sus trinos incesantes, mezclados con los gritos de los monos. Los negros hicieron varias incursiones por el interior del bosque, sin descubrir cosa que nos interesara, fuera de numerosas bestezuelas a las que no quisimos dar caza para economizar los cartuchos.

En vista de que nada encontrábamos en Bildna de lo que deseábamos, proseguimos nuestra marcha, y, después de cuatro días de fatigosísimo viaje, al mediodía del último de ellos llegamos a la vasta, densa y misteriosa selva de «Abecher», que se halla cerca de Podor y es una de las residencias principales de sus majestades los leones.

Hasta llegar a ella encontramos diversos aduares, en algunos de los cuales nos detuvimos para comer y reponer nuestras provisiones, que comenzaban 8 escasear. Pudimos hacer gran acopio de huevos y gallinas, unos y otras muy pequeños, pero baratísimos. Allí no conocen todavía las neveras ni los acaparadores. Una gallina costaba de un franco a 1,50.

En las aldeas veíanse avestruces domesticados, que hasta bailaban el tam-tam.

Con tres gallinas, nuestro cocinero—negro también—hacíanos una comida exquisita. Empleaba una para el caldo de la sopa, y las otras dos las atravesaba con un tronco que hacía girar junto al fuego, como si fuese un asador. Los negros preparaban su mijo y pescado salado aderezado con aceite de palma, que comían sencillamente, sin cuchara ni tenedor, con sus negras manos en las que se destaban blanco-rosadas las palmas y las uñas.

El camino era fatigoso, pero agradable. Los negros mostráronse siempre muy animosos y resistentes. Con los pies descalzos caminaban impávidos por encima de piedras y plantas punzantes. Aprovechaban los arroyos, fuentes y estanques para remojarse. Cuando hallaban un riachuelo algo importante o una laguna con suficiente agua, se arrojaban como ranas a ella, sin

tener que perder tiempo en desnudarse, y, al mismo tiempo que refrescaban y lavaban sus cuerpos de antracita, salvaban los obstáculos acuáticos.

Nosotros bebíamos agua filtrada por tejido de fieltro, a la que añadíamos un poco de menta, para no encontrarla tan caliente. De vez en cuando tomábamos café. Por desgracia, el vino se nos había terminado. Pero el afán de cazar nos hacía soportar esto y mucho más.

En el bosque de Abecher, al que llegamos fatigadísimos, permanecimos varios días. Desde nuestra llegada, que, como he dicho, fué hacia el mediodía, descansamos hasta las cinco de la madrugada siguiente. A esta hora emprendimos la primera cacería. Cobramos una gacela bastante grande, que hubimos de consumir el mismo día, porque, al otro, la carne habría entrado ya en putrefacción.

A la mañana siguiente, a eso de las seis, volvimos a la caza en otra dirección. A unos cuatro kilómetros de nuestra tienda encontramos infinidad de monos. Algunos llevaban pequefíuelos, agarrados a la espalda ; la dulce carga de los hijos. Al principio huían de nosotros, pero pronto nos dispensaron su amistad y se atrevieron a venir hasta nuestra tienda, donde 'hallaban siempre algún tro/o de pan o de galleta.

Dentro de la selva de Abecher, o junio a ella, encontramos otro aduar, cuyos pobladores, mauritanos todos, mostraron la mayor indiferencia para nosotros y para los negros. No nos quisieron dar guías. Por allí cerca vimos un jabalí, contra el que disparamos. Hicimos blanco en él, pero huyó y no pudimos cobrarlo. Mas, poco después, a eso de las diez o diez y media de la mañana, descubrimos a unos 100 metros de nosotros un grupo de jabalíes muy ágiles.

Tiramos contra ellos y matamos dos. Los demás huyeron resoplando. En el sitio donde se hallaban habían hozado grandes hoyos,

Regresamos a la tienda para descansar, y, al tercer día de nuestra permanencia en los bosques de Abecher y de Maó, recorrimos otra parte de los mismos, quizás la más tupida de todas.

En un claro llamó nuestra atencion un árbol con una cruz de madera en la que había la siguiente inscripción: «Souvenir M. Villari. Gh. Harwodd, 1922». Esta cruz nos indicaba que allí habían estado europeos como nosotros. Al pie de la misma descansamos unos momentos, fumando un pitillo, sobre la verde hierba, meditando acerca de tan curioso encuentro. Entretanto, los negros masticaban hojas de tabaco y recorrían el bosque.

De pronto, vinieron a decirnos que habían oído un ruido lejano y que habían visto pinto a un estanque de agua una bestia grande y negra.

Nos acercamos con cuidado 'hasta unos 200 ó 250 metros del animal y vimos claramente que se trataba de un búfalo, que bebía tranquilamente agua. Yo, que ya no tenía tanto miedo como cuando vi el león, pregunté a mis amigos si podía tirar. Me dijeron que sí, pero que apuntara bien a la cabeza. Lo hice lo mejor que supe y pude, recordando 'las lecciones de tiro que recibí en mis cacerías por Europa y durante la gran guerra, y disparé. A pesar de no tener yo miedo, estar bastante cerca y ser desmesuradamente grande, no di en la cabeza, sino en el cuello de aquel monstruo que al sentirse herido, se levantó sobre su tercio posterior, bramando y sacando su larga lengua roja, empezó a marchar. Entonces, uno de mis amigos le atravesó el cuerpo de otro balazo. La bestia rugió de modo increíble, y, agitando aquella cabeza monstruosa siguió marchando, pero sin alejarse de nosotros y hasta como buscándonos, de modo que pudimos continuar disparando contra ella y derribarla, después de varios tiros.

Entretanto los negros empezaban a subir por los árboles y mis compañeros de caza, más enterados que yo del peligro que corríamos, estaban intranquilos. Después me dijeron que habíamos tenido mucha suerte, porque los búfalos de por allá son tal vez más temibles que los mismos tigres y leones. Cuando se sienten agredidos buscan a la persona o a la bestia que los ha herido, y si logran derribarla, continúan pisoteándola o descargando contra ella el martinete de su cabeza descomunal con el mayor ensañamiento.

Han causado muchas víctimas entre los cazadores de fieras.

Cuando llegué a Barcelona, siete meses después, y vipor primera vez en mi midalas corridas de toros, pensé que tal vez no sería posible torear a los búfalos como a los toros ; por lo menos a los búfalos del África Occidental. Pero dejo estas consideraciones para más adelante, en que 'haré también algunas reflexiones acerca de los peligros que podría tener el domesticar los que yo vi, para resolver el problema de la carestía de la carne.

Cuando vimos caer el búfalo, nos acercamos todavía más a él y le hicimos algún otro disparo, para estar seguros de su muerte. Así que tuvimos esta seguridad, nos acercamos decididamente a la fiera. Los negros empezaron a saltar de alegría, Erá negrísimo y tenía numerosas heridas en todo el cuerpo, y, sobre todo, en la cabeza.

Del testuz al origen del rabo medía 3'2o metros y pesaría unos 800 kilos.

Los negros empezaron a quitarle la piel, sumamente gruesa, y tomaron la carne que quisieron. Con parte de ella nuestro cocinero nos preparó una sopa excelente. Nos llevamos las astas y el resto de la carne quedó allí. Al abandonarla lamentábamos no estar en Europa, donde tanto escasea.

Al día siguiente volvimos al mismo sitio, sin pensar que íbamos a tener, si cabe, todavía más fortuna. Sin embargo, los negros hallábanse muy esperanzados. El caso es que al acercarnos al punto donde habíamos dejado los restos del búfalo, vimos desde la espesura un pobre león atareado en devorarlos, y tan absorto en su yantar, que nos permitió aproximarnos a unos 100 metros de donde se hallaba

Era mucho mayor que el primero que matamos. Nuestro primer disparo le hirió ya gravemente, pero anduvo todavía unos 50 metros. Pero le fuimos disparando, siempre desde la espesura, y acabó por caer. Los negros le quitaron la piel para nosotros y despreciaron su carne, hartos de la del búfalo, indudablemente preferible. Satisfechos de nuestra caza y viendo que las municiones no nos iban a faltar, gastamos algunos cartuchos del número 6 en aves comestibles.

Al regresar a nuestra tienda, encontramos llorando a uno de los negros. Era el dueño de un borrico que había tenido la desgracia de morir.

Nos fué imposible saber si murió por la mordedura de alguna serpiente o por las picaduras de los mosquitos o por otra causa.

Hombres y burros, únicamente sabemos de fijo que morimos, pero no siempre sabemos por qué. Como indemnización, dimos 250 francos al dueño del difunto borriquillo y se quedó contento.

CAPITULO V

ANTROPOFAGIA Y NECROFAGIA. — LA ANTROPOFAGIA EN LA ANTIGÜEDAD Y EN NUESTROS DÍAS. — MUERTOS PROTECTORES Y VENGADORES. — LA ANTROPOFAGIA QUE YO HE VISTO. — SUS DIVERSAS FORMAS. — MIS INTERVIUS CON UNA ANTROPOFAGA.

Ante todo, es posible la antropofagia?

Con esta palabra se quiere indicar el lieoho de que unos hombres—varones o mujeres—devoren o ingieran a otros como ellos. Etimológicamente, antropofagia quiere decir tan sólo ingestión de carne humano. En este sentido serian también antropófagos los animales carnívoros capaces de comérsenos a nosotros. Pero, generalmente, la denominación de antropófagos únicamente se usa para designar a los hom» bres que se comen a sus semejantes.

Ahora bien, los llamados «antropófagos» ingieren la carne humana más o menos palpitante o fresca, o más o 'menos cruda o curada, pero siempre muerta ; la antropofagia es, por lo tanto, una forma de necrofagia. Por fresca, por palpitante que sea la carne procedente de un hombre, no es otra cosa que carne de cadáver.

Así entendida, la antropofagia ha existido quizas en todos los pueblos del mundo en unos u otros tiempos. Los historiadores cuentan que fueron antropófagos los cananeos, escitas, celtas y egipcios. Cuenta Tito Livio que Aníbal hacía comer a sus soldados carne humana para que fuesen más feroces. Los prisioneros de guerra fueron devorados a menudo por sus vencedores. Así aconteció, en todos los continentes en tiempos remotos y en otros más recientes entre los brasileños, caribes, iroqueses, hurones y neozelandeses. Cuando Thével visitó el Brasil, a mediados del siglo XVI, escuchó el relato de un jefe que se jactaba de haber comido su parte de más de 5,000 prisioneros. «He comido tantos—le decía,—he matado tantas de sus mujeres e hijos, que, por mi heroísmo, merezco el tíulo del más grande Morbicha que ha existido entre nosotros. He librado 'muchos pueblos de las fauces de mis enemigos. Soy grande, poderoso, fuerte», etc. Hay muchas maneras de comprender la gloria—comenta Thével.

Voltaire, en el artículo «Antropofagia» de su Diccionario Filosófico, cita el siguiente párrafo de San Jerónimo:

“ Qué os he de decir de las demás naciones, si yo mismo, de joven, he visto escoceses que, pudien-do alimentarse de cerdos y otros animales, preferían comerse las nalgas de niños y los pechos de las niñas como los bocados más exquisitos!”

Los individuos acostumbrados a comer carne humana prefieren la de blanco a la de negro, y la de niño a la de adulto, según Maurice Lachatre. Según este autor, la causa de la antropofagia sería la pereza, que Nietzsche consideraba como madre de la psicología. Para vivir de la caza, pesca, cultivo de la tierra, etc., son menester paciencia y trabajo ; para vivir de la antropofagia, bastan la voracidad y la barbarie.

Actualmente hay más antropofagia de la que se cree y fuera de desear. Desde luego, existe la circunstancial y casi perdonable, determinada por las grandes hambres. Tal vez existe también todavía entre los Blattas de Sumatra la que podríamos llamar jurídica, establecida en un código antiquísimo, pero en vigor aún, por el que son condenados a ser devorados vivos :

1. Los culpables del adulterio.

2. Los que cometen un robo durante la noche.

3. Los prisioneros de guerra.

4 Los que contraen matrimonio dentro de la misma tribu (porque tales cónyuges pueden ser hermanos).

5.0 Los que atacan a traición una ciudad, una casa o una persona.

Quien haya cometido uno de estos crímenes, comparece ante un tribunal competente. Oídos los testigos, los jueces beben un vaso de licor, ceremonia equivalente a la firma de la sentencia. Se dejan transcurrir dos o tres días para que la población tenga tiempo de reunirse y, en el caso de adulterio, por ejemplo, la sentencia sólo se ejecuta cuando todos los parientes de la mujer pueden tomar parte en el festín. Llegado el día de la ejecución, se ata con Has manos en cruz al delincuente a un árbol y el marido se le acerca y elige el trozo que más le agrada, generalmente las orejas ; a continuación, los demás convidados, por orden de rango, van escogiendo a su gusto. Terminada la fiesta, el marido corta la cabeza del condenado, se la lleva como un trofeo y la planta delante de su casa. Lo más disputado son el corazón, la palma de las manos y la planta de los pies. La carne del criminal se come cruda o asada, pero siempre allí mismo, donde no faltan para sazonarla sal, pimienta, limones y, algunas veces, arroz.

Algunos convidados llevan tubos de bambú, con los cuales aspiran la sangre del condenado. Al festín asisten solamente los varones ; a las mujeres les está prohibida la carne humana. Aunque los Batías prefieren esta carne a toda otra, nunca se ha dado el caso, según Stamíord Raffles, de que hayan tratado de satisfacer tal apetito de modo extralegal.

En el África Central se despedaza, come y digiere, sobre todo, los cadáveres de los enemigos para aniquilarlos totalmente. Cuenta Livingstone que un día encontró a seis esclavos atados por el cuello que cantaban. Les preguntó la causa de su alegría y le contestaron que la idea de que, después de muertos volverían, para atormentar y matar a los que les habían vendido, les tenía locos de contento.

Es que temen con verdadero pánico el ser mutilados o quemados después de muertos, porque creen que si tienen tal desgracia, no podrán volver a su país natal y quedarán rotas para siempre sus relaciones con sus familias, a las que ya no podrán proteger, como tampoco podrán hacer mal y vengarse de las personas que detestan.

En el África Occidental y Central, he dedicado mucho estudio y atención a este asunto de la antropofagia, de la que por mi mismo he visto y tocado muchos casos. Todo esto lo explicaré de modo más extenso en otro lugar de este libro. Ahora me limitaré a consignar el hecho actual de la antropofagia, sobre todo en la República de Liberia, Nigeria, Maic, Susu, Buffa, Victoria, Boke, Cacuca, Buba, Fala-cunda, Rokuprú, etc. Espero que mis afirmaciones no molestarán a Gobierno alguno de los países protectores, que hacen cuanto pueden para impedir tan horrible costumbre. De todos modos, existe todavía, y me ofrezco a los aludidos Gobiernos para facilitarles datos auténticos y pruebas documentadas de mis afirmaciones, incluso de observaciones recogidas durante un viaje de 28 días que hube de hacer en hamaca, llevada por negros, en sitios donde las autoridades no ejercen 'la menor influencia.

La antropofagia se verifica de diversas maneras. Entre los negros hay sociedades secretas y sagradas para ellos, cuyos miembros cazan a sus víctimas del siguiente modo: Se visten con la piel de una pantera, leopardo, tigre, o ¡hasta de cocodrilo, se adaptan en las manos unos garfios de hierro y se ponen a la espera en sitios alejados de los poblados. Cuando pasa desprevenido algún desgraciado, se arrojan encima, le desgarran y matan rápidamente para que no grite y se lo llevan. Los que visten la piel de cocodrilo hacen esto mismo en las orillas de dos ríos con los desventurados que los atraviesan en piraguas.

Como la pantera y el cocodrilo u otra de las pretendidas fieras no siempre podían apoderarse de todas las personas cuando iban varias, y como se averiguó por las que habían 'podido escapar a esta caza, que se verificaba de día, en 'los mismos sitios y sin que los hombres atacaran a las fieras, después de haber acontecido muchos casos análogos y de haberse hablado mudho de todo ello durante años, las autoridades europeas decidieron exterminar a dichas fieras.

Cazadores hábiles escondidos cerca de los sitios donde solían acontecer estas fechorías, lograron matar alguna de ellas y descubrieron, con sorpresa, que no eran otra cosa que negros disfrazados de pantera, tigre o leopardo. Con los cocodrilos pasó lo mismo. En 1922, el comandante del puesto de Boke descubrió una de tales sociedades secretas, formada por catorce personas—once varones y tres mujeres,—todas ¡negras. Detenidas y procesadas por el Gobierno francés, fueron ejecutadas en 1923, menos dos, que murieron en la cárcel. Todo esto lo explicaré detalladamente.

En los bosques de Guinea se halla una fruta pequeña, roja, sumamente tóxica, que 'los negros llaman «bubatusc». Con el jugo de esta planta, mezclado con alimentos, matan a la persona que quieren comerse; naturalmente, sin que ésta sospeche el fin que le aguarda. En mi excursión a Victoria, vi a una negra que, a los tres meses de casada, envenenó a su marido, lo enterró en su casa y se lo fué comiendo bárbaramente durante un mes, al cabo del cual todavía se le halló la cabeza y un trozo de pierna de su difunto esposo. Vuelvo a repetir que de todo esto daré más detalles cuando describa el viaje correspondiente.

Otra forma de antropofagia, más franca, consiste en apoderarse directamente de la persona que se quiere devorar, que suele ser un niño, una mujer o un hombre de poco peso y escasa fuerza, para podérselos llevar más fácilmente.

Otra suerte—o desgracia—de antropofagia, consiste en esconderse detrás de unos hormigueros enormes, de dos o tres metros de altura y otros tantos de diámetro, y desde allí sorprender a las personas que pasan, a las que matan y se llevan.

En la Guinea portuguesa, el honorable administrador de la 14 circunscripción civil, Verdu Martins, que vivía en Cacine como único europeo, muy contento de ver por allí a otro europeo como él, se mostró conmigo muy hospitalario. Gracias a él pude permanecer, durante quince días, entre las tribus más misteriosas del África. Durante la primera comida con que me obsequió, me preguntó qué placer encontraba yo en aquellas andanzas. Le contesté que tenía muchas ¡ganas de conocer lo concerniente a la antropofagia, en la que no había creído hasta que pude verla y tocarla. Me parece verle todavía; era un hombre de unos 35 años, muy amable, miope, periodista, corresponsal de los más importantes diarios de Lisboa y entusiasta del África.

—Nada más común en estas tierras—me dijo Verdu Martins—; coma tranquilamente, que luego verá usted los antropófagos que tengo encarcelados aquí mismo.—Después de comer, ordenó a los guardianes, negros también, que trajeran de la cárcel—que dista unos 50 metros—a dos negros ; un varón de unos 55 años y una mujer de 62, de la raza «nalú». El varón era como suelen ser los negros. La mujer, muy vieja y extraña, tenía sólo tres o cuatro dientes en la boca e iba completamente desnuda ; no llevaba más que un corto delantal.

—He aquí los hombres que se comen al prójimo —me dijo Verdu Martins.

Altamente impresionado, le pedí detalles, y él me proporcionó un intérprete, por mediación del cual y valiéndome de la semejanza de la lengua portuguesa con la mía, también derivada de la latina y de mi conocimiento del italiano, pude llegar a entenderle. Porque dicho intérprete me traducía en porr tugues las contestaciones de la negra. Esta me dijo que siempre había comido carne humana, pero que ella no tenía la culpa de ello, sino sus dos hermanos, que eran los que cazaban a las víctimas, pues ella únicamente las guisaba. Uno de sus hermanos fué muerto por un portugués, el cual fué por ello detenido y encerrado en la cárcel de Bulam—capital de la Guinea portuguesa—y castigado por el doble crimen que representa no sólo el matar a un antropófago, sino el matarlo sin autorización. Repito que todo esto lo explicaré mejor a su tiempo. Dicha mujer me dijo que había comido siempre carne humana y que lo que más le gustaba eran los niños de cinco a siete años, de los que prefería, sobre todo, la cabeza y las piernas cocidas.

Pregunté si no le daba lástima comerse niños, y me dijo que era un cosa muy natural en su tierra; que siempre lo había hecho, y que lo que lamentaba era que la hubiesen cogido, porque ahora tendría que comer siempre arroz africano eterno, invariable, que le daría la administración de la cárcel todos los días de su condena perpetua.

Aquella mujer me inspiró lástima y entonces pregunté al comandante por qué no la ejecutaban, como hacen en otras colonias, en casos análogos a éste, según había visto yo. Me contestó que tenía razón, pero que la pena de muerte no .figura en el código penal portugués. Añadió que dentro de pocos días la enviaría a la cárcel de Bulam, una vez terminado el proceso, y que yo tendría ocasión de viajar con ellos en el vaporcito «Barion», por el río de este nombre, que va de Cacine a Bulam.

Todavía me impresionó más tía antropofagia que pude observar en un viaje que hice por Sierra Leona. Una vez fui, en una ,canoa de vela, remada por negros, desde Freetown a Rokuprú, por el río Skarsies. En Freetown, capital de Sierra Leona, me había recomendado la casa comercial Gallizia Brothers a su sucursal de Rokuprú, llevada por negros civilizados.

En Rokuprú, donde llegué de noche, fui bien recibido y pernocté.

Al día siguiente partí en dirección de Cambia y Konakri, deseoso de ver el país. Uno de dos negros me facilitó un guía, que me llevó a unos tres o cuatro kilómetros. Me llamó la atención ver gran número de tumbas a unos quince metros de las chozas de los negros y que las guardaba uno de éstos, armado de una especie de lanza muy larga.

Aquello me intrigó y me hizo preguntar qué objeto tenía. El guía me dijo que aquel negro guardaba durante 20 ó 30 días los cadáveres de personas queridas, hasta que la descomposición de los mismos estuviera bien avanzada, para impedir que otros negros viniesen a desenterrarlos para comérselos. Es una forma de necrofagia moderna de carne humana.

Todo esto no son más que breves apuntes de las principales impresiones que recibí al estudiar este asunto escalofriante de da antropofagia de nuestros días.

La prisa con que redacto este asunto es causa de que ofrezca explicaciones insuficientes y hasta incorrecciones. Así, dejé sin contestar mi pregunta de si era posible la antropofagia. Al hacérmela yó a mí mismo, pensaba que acaso el antropófago es decir, el hombre, además de una parte orgánica, tiene otra psíquica, incoercible y, por lo tanto, imposible de ingerir, digerir y asimilar. Aun en el caso de ser engullido vivo como Jonás, no se podría utilizar más que su parte orgánica. En este sentido la antropofagia no sería posible.

Acaso se diga que la parte psíquica del hombre resulta del funcionamiento de la parte orgánica o hasta de da composición química de la última y que, por lo tanto, ingiriendo carne humana palpitante o sin alteración de su composición química, se ingiere también algo espiritual del hombre. Pero si se considera que por fresca y viva que sea la carne, al

ser digerida experimenta un cambio profundo y radicalísimo, este argumento carece de valor.

Anteriormente afirmé que la carne ingerida en la llamada antropofagia era siempre carne de cadáver. Y precisamente pocas líneas más abajo añadía que los ¡Blattas, de Sumatra, castigan a los adúlteros cortándoles pedazos del cuerpo “todavía vivo”. Por lo menos en este caso, la carne humana que se come no procede de cadáver.

Pero lo esencial y o que debí decir es que la carne humana que los antropófagos ingieren es cadavérica o está en inminencia de serlo. Ahora bien, si la carne, por viva y palpitante que sea, se halla en inminencia de muerte y la digestión de aquélla no es otra cosa que su radical y profunda desorganización, y esta desorganización es indispensable para poder asimilarla, resulta más evidente que lo que

utiliza el organismo del antropófago es únicamente la parte material del hombre.

Por lo tanto, la antropofagia se reduce, al fin y a la postre, a la necrofagia y aun a la alimentación química, puesto que dos alimentos, cuando se hallan preparados para incorporarse a nuestras células, ya no son carne ni pescado, sino compuestos químicos mucho imás sencillos.

Tampoco expliqué bien por qué los negros recibían con tanto contento las cadenas de aquellos tiempos ominosos de la esclavitud. iEl hombre y quizá otros animales de dos que figuran en los peldaños más altos de la escala zoológica, no puede o no quiere creeir en la muerte. Por dura, por dolorosa jque sea la vida, es tan infinitamente superior a la muerte — considerada como total aniquilamiento — como cualquier cantidad positiva comparada con la nada o con el cero. Es un tesoro que no se quiere perder, y si se pierde, no se quiere creer que se ha perdido. De aquí la creencia de que la muerte no acaba con nuestra vida más que de modo aparente y de aquí también la idea de la resurrección, en la que los negros creen como dos blancos.

Pero así como éstos, dotados de una inteligencia más audaz, no dudan de que a resurrección será posible, por mutilados y dispersos que se hallen sus miembros, los negros no pueden concebir semejante síntesis, y no la creen posible si sus miembros todos no se hallan reunidos en un pequeño espacio. Por esto aquellos esclavos estaban contentos; porque al recibir las cadenas de la esclavitud, creían manumitirse del peligro, para ellos horrendo, de ser carne de antropófago, es decir, de ser mutilados, triturados, digeridos y disueltos hasta el extremo de serles imposible toda resurrección.

CAPITULO VI

MUERTE REPENTINA DE UN CABALLO. — LLEGADA DE NUEVO A TOUMBACTA. — DESPEDIDA DE HAMED SEC Y SUS CONVECINOS. — EL TREN DE SAN LUIS A DAKAR

Continuando ahora la narración de mi cacería, debo reanudarla en el momento en que, con 250 francos, hubimos de secar las lágrimas del negro que había tenido la desgracia de que se le muriera el borriquillo. Con aquella suma y con la piel del pobre asno, el negro se tranquilizó y hasta se dio por satisfedho.

Nosotros nos encontrábamos también satisfechísimos de nuestra cacería y deseosos de regresar a San Luis. Pero M. Lepesteur quiso continuar en la selva de Abedher, dominado, por la idea de matar alguna leona con pequeñuelos, para, poder arrebatárselos. Para complacerle, accedimos gustosos a pasar en el osque otro día y otra nodhe. Después de mucho buscar y fatigarnos inútilmente, no logramos hallar la fiera codiciada, y únicamente dimos muerte a un pequeño gato-tigre.

Recogimos nuestra tienda y equipajes, y cargados con ello y con las pieles de nuestras víctimas, entre las que figuraba la del rucio desventurado, dos días después, por la mañana temprano, emprendiónos la marcha regresiva. No habíamos recorrido más de cuatro kilómetros por un sendero de la espesura, cuando uno de nuestros cabadlos empezó a frindharse y a no poder andar, cayó luego al suelo con una gran disnea y en cosa de veinte minutos falleció. Nuestra sorpresa fué grande, pues no pudimos explicarnos la causa de tal fallecimiento. Pensamos ique acaso recibió alguna picadura ponzoñosa o virulenta y, temiendo que pasara lo mismo con las demás bestias de carga que llevábamos, apresuramos nuestro retorno.

Antes de llegar a Toumbactá — que no es el Toumbactú del Sudán francés — pasamos por entre grandes árboles, en los que abundaban los monos. En uno de aquéllos, muy alto, vimos un simio grande, negro con manchas blancas, que llevaba dos pequeñuelos agarrados al dorso. Uno de nosotros disparó contra él y le hirió en lo alto del pedho. A pesar de su herida, el pobre cuadrumano siguió en lo alto del árbol, abrazado a una rama con ambas manos torácicas y con las abdominales.

Al apuntarle por segunda vez, la desgraciada criatura nos conmovió con un gesto enteramente hu-

-mano. Presintiendo que de aquello que le apuntaba saldría otra cosa como la que acababa de hacerie tanto daño, soltó de la rama su mano derecha y se cubrió con ella los ojos. Los pequeñuelos, aferrados a él, nos miraban fijamente. Así que recibió el segundo disparo empezó a caer moribundo. Mientras iba cayendo, trataba de agarrarse a las ramas con que iba tropezando, pero las fuerzas le faltaban para quedar prendido en ellas. Al fin llegó al suelo. Inmediatamente, sus hijos, que habían seguido adheridos a su dorso, le abandonaron y huyeron.

Era, como he dicho, un mono grande. Su cuerpo medía más de un metro, y su piel, abundantemente provista de pelo largo y sedoso, era de las que se pagan bien como adorno de las damas, que acaso las ostentan sin pensar que proceden de seres que casi son semejantes nuestros.

Los negros desollaron al simio, cuya carne desdeñaron por hallarse ahitos de la de búfalo, de la que llevaban todavía no poca, salada y curada al sol abrasador del Senegal.

Sin más incidentes, continuamos presurosos el regreso y, después de pasar en el bosque otra noche, cobijados en la tienda rodeada de grandes hogueras —como es en África costumbre,—a las once de la mañana siguiente llegamos a Toumbactá. Por tercera vez estrechamos la mano del simpático Hamed Sec, jefe del aduar. Sus mujeres e hijos, que ya nos conocían y consideraban como amigos, nos acogieron con grandes muestras de júbilo.

Les dimos unos veinte kilos de tasajo de búfalo, mejor o peor curado al ardiente sol ecuatorial y salado con sal fabricada por los mismos negros en la misma selva, del modo que más adelante explicaré. El y su familia quedaron contentísimos y nos obsequiaron con otra fiesta como la primera, en la que los negros danzaron y brincaron al son del tam-tam.

En Toumbactá dejamos el cortejo de indígenas con sus acémilas, les pagamos el trabajo de acompañarnos y nos despedimos de todos ellos, y especialmente de Hamed Sec. Los negros quedaron satisfechísimos, haciéndose lenguas de nuestra bondad, y Hamed Sec y su familia, un poco tristes al vernos partir, nos rogaron que volviésemos a verles otro día, cosa que les prometimos.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, partimos para San Luis, en compañía de dos negros y un solo borrico, que llevaban nuestros bártulos. Nosotros íbamos a pie. Caminamos hasta las diez de la mañana, descansamos hasta las cuatro de la tarde, reanudamos el camino hasta las diez de la noche, pernoctamos en el trayecto—siempre con arreglo a las costumbres de África—y, a las nueve de la otra mañana, nos encontramos en San Luis.

El «Hotel Continental», que, a nuestra ida, nos parecía insignificante, a nuestra vuelta, después de pasar cerca de quince días en la selva, nos pareció un palacio suntuoso. Allí descansamos y volvimos a ver la gacelita huérfana que dimos al dueño del hotel, quien la cuidaba con cariño, procurando alimentarla con hierba tierna y leche. Nos prometió que no la mataría.

Después de descansar un par de días en San Luis, nos fuimos en tren 'hasta Dakar. El viaje por carretera era realmente tentador, pues aquello es un paraíso. Mas, a pesar de haber descansado en San Luis dos días, nuestra fatiga era todavía grande. Por esto decidimos ir en tren.

En 18 horas recorrimos 260 kilómetros. Como se ve, no es un tren muy rápido. Agregúese a esto el calor asfixiante de aquellos parajes. A cada 10- 12 kilómetros parábamos en alguna estación, cuyo jefe y demás personal eran todos negros, lo propio que la inmensa mayoría de los viajeros. Con arreglo a los reglamentos aprobados por el Gobierno francés, los negros viajan separados de los blancos.

Con su acostumbrada regularidad, a las seis de la tarde llegó el convoy a Dakar. Era un tren mixto, con 6 -7 coches para los viajeros y otros tantos vagones cargados, principalmente de cacahuetes, abundantísimos en el Sénégal, de los que se ven verdaderas montañas en los muelles de Dakar.

Mis amigos me acompañaron hasta la puerta del<<Hôtel du Palais>>, donde nos despedimos. Este hotel, con su relativo confort y su música europea, me pareció el cielo.

CAPITULO VIII

EL JARDÍN BOTÁNICO DE DAKAR. — LA RESIDENCIA DEL GOBERNADOR.—UN JARDÍN PUBLICO. — PRIMERA ETAPA DE DAKAR A CAULAC. — EL HORRIBLE CALOR DE CAULAC. — CONSEJOS MÉDICOS.—BLOQUES DE SAL.

En Dakar me reunía diariamente con mis compañeros de caza, los cuales me mostraron otras cosas interesantes de la metrópoli del África Occidental. A unos tres o cuatro kilómetros al Sudoeste de la ciudad, se halla un vastísimo jardín botánico en el que se cultivan innumerables especies vegetales. Allí se hallan árboles corpulentos, gigantescos, cocoteros, papayas, baobacs, la fortificante y amarga nuez de cola—que los negros prefieren y pagan a siete y ocho francos el kilo,—mangos, bananas, maíz, guisantes, habichuelas, habas, garbanzos, coles y coliflores enormes, lechugas, albahacas, claveles, rosas, gardenias, crisantemas, orquídeas, etc., todo ello admirablemente cuidado y regado con agua extraída de las capas profundas del subsuelo por medio de bombas, tanto más necesarias porque transcurren sin llover temporadas larguísimas.

A derecha e izquierda del camino que conduce al jardín botánico se ven a cada paso secaderos de pescado, industria fácil y productiva de los negros, los cuales, con gran habilidad, pescan, abren, limpian, salan y asolean peces enormes, que son exportados hacia tierras más interiores, para ser consumido, únimente por indígenas. En el mismo camino se halla una fábrica nueva, en la que los franceses elaboran con arena una especie de ladrillos.

En Dakar existen casas exportadoras y Bancos de gran importancia. Hay la Banca del África Occidental, que emite billetes valederos para todo el Senegal. Entre las principales casas de comercio cjtaré las de Morel Premot y Morel Freres, que tienen acaparadas casi todas las industrias de Dakar (fábricas de hielo, almacenes, garages, etc.). Existen, además, numerosos pequeños comercios de sirios que viven tan miserablemente como los negros y sólo piensan en hacer dinero.

Frente al puerto de Dakar surge del Atlántico la islita de Gorea, donde se dice que se hallaba en otro tiempo la capital del Senegal, cuando los negros del Damhel no habían fundado todavía Dakar, a la punta de Cabo Verde, para sustraerse a la tiranía de un soberano feroz. En la isla de Gorea existe una escuela normal de maestros. En Dakar hay otra de practicantes y comadronas.

Maestros y sanitarios realizan una labor de cultura y saneamiento digna de todo encomio.

Además del cuartel de las afueras, que ya describí al principio de este libro, en el centro de Dakar se halla otro, en el que se alojan y viven los soldados indígenas, como los de por aquí, es decir, apartados de sus familias. Llama la atención verles 'hacer la instrucción vestidos de uniforme y armados con el fusil y no llevar zapatos.

A unos cien metros del cuartel, yendo hacia el mar, se halla un palacio magnífico, europeo, con vistas al océano, dotado de grandes jardines y cuidado, guardado y servido todo él por negros militares y civiles : es la residencia del gobernador general del África Occidental.

En el centro de la ciudad existe un jardín público, en donde, dos veces por semana, la música militar senegalesa, formada por negros y algún raro blanco —que suele ser el músico mayor,—hacia la caída de la tarde, cuando lo permite la tiranía del sol, da conciertos, escuchados por los blancos de la población— que nunca dejan la culta cabeza sin la protección del salacot—y por una muchedumbre de negros y negras que huye de la monotonía del tam-tam, unos y otras descalzos y con la cabeza descubierta, ellos enfundados en sus largas camisas, blancas o azules, y ellas vestidas vistosamente y con los hijos a la espalda frotándose incesantemente los dientes y lanzando a gran distancia surtidores de saliva. Frente al «Hotel du Palais», hay un cine—propiedad, del dueño del hotel —donde, dos veces por semana, se proyectan películas que los negros celebran con gran algazara. Son muy aficionados a los espectáculos cómicos y acrobáticos.

Me contaron que tres años atrás fué una compañía italiana de circo a San Luis, y los negros de la ciudad y alrededores no se cansaban del espectáculo que les ofrecían, sobre todo los clowns y pequeños animales amaestrados, hasta el punto de abandonar el trabajo y hacer todos los sacrificios para pagar la entrada, no vacilando en robar dinero y objetos para ello. Los niños robaban el dinero de sus padres, los criados de sus amos, las mujeres de sus maridos y éstos lo sacaban de donde podían. Mediante una crecida indemnización, el gobernador de San Luis hubo de obligar al circo a partir de la ciudad, para evitar la completa desmoralización de aquella gente de mentalidad infantil.

Además de lo dicho y otras cosas, entre las que figuran el Ayuntamiento y una iglesia católica que, gracias a los esfuerzos de los misioneros franceses, hace muchos prosélitos entre los negros, hay en Dakar cónsules y representantes de los principales Estados. Tuve la fortuna de hacerme amigo del cónsul de la República Portuguesa, excelentísimo señor don Francisco de Carregal da Silva Passos, oriundo de la isla de Madera, gran poeta, soldado distinguido en la gran guerra y muy conocido en Lisboa, sobre todo entre la aristocracia. Una tarde me invitó a ir a Ríofisco, juntamente con su familia. Ríofisco es una po-blación importante, que se halla a unos 25 kilómetros al Sur de Dakar.

En una casita de madera que hay en la playa, una cocinera francesa nos preparó una inolvidable bouillabaise, la reina de las sopas.

A eso de las nueve de la noche, cuando acabábamos de cenar, acercóse un puerco espín, a unos diez metros de nosotros, tranquilamente, sin que le invitáramos. Le arrojamos algunos puñados de arena y se alejó con la misma tranquilidad con que había venido, siguiendo la orilla del mar y perdiéndose pronto en la obscuridad nocturna. Luego regresamos a Dakar.

Pocos días después me despedía de los amigos y compañeros de cacería de Dakar y, una madrugada, con el cónsul de Portugal—que precisamente debía ir a resolver algunos asuntos en Caulac, situado a unos 270 kilómetros al Sudeste de Dakar,—emprendíen su automóvil mi viaje hacia el interior del África Occidental, en dirección a Baturst (Gambia inglesa), pasando antes por Ríofisco y Diurbel.

El camino, muy arenoso y desigual, no nos permitía correr mucho; pero, gracias a sus dificultades, pudimos contemplar mejor el paisaje, siempre interesante y magnífico, formado principalmente por flores y árboles gigantescos, animados por numerosos pájaros que cantan y brincan—y por grandes plantaciones de cacahuetes, que los negros iban arrancando en pleno sol, con un punzón de hierro enmangado en un palo. Gracias al cónsul portugués, pude ver estas cosas, que tal vez no habría visto, de hacer mi viaje al interior del África Occidental en el tren que va de Dakar a Caulac.

Ríofisco es una población de bastante importancia comercial. Tiene todo el aspecto de una ciudad europea. Por desgracia, su puesto es poco profundo, como casi todos los de aquella costa, y esto dificulta la descarga de los buques, que han de permanecer a más de 500 metros del muelle. La principal exportación de Ríofisco la constituyen los cacahuetes. Toda la ciudad está cruzada de vías «Decauville» para las vagonetas que los acarrean al muelle.

En Ríofisco hay muchas casas de comercio francesas. Una de las principales es la «Compagnie Française de l'Afrique Occidentale» y otras la «S. C. O. A. R.». Como en Dakar abundan los pequeños comercios de mahometanos de la Siria, miserables, avaros y sórdidos. Los indígenas tampoco se distinguen de los de Dakar. Las negras llevan cortado el cabello del mismo modo, es decir, casi a la garçonne, como se puede ver en la fotografía que aparece en este libro.

Después de pasar unas cuatro horas en Ríofisco, a la caída de la tarde reanudamos la marcha en auto, en dirección de Caulac. Vimos, como siempre, bosques maravillosos y encontramos las bestezuelas de costumbre : chacales, gacelas, etc., etc. Hacia la madrugada, cuando empezaba a clarear, un poco antes de llegar a Diurbel, cazamos al vuelo un pato silvestre. Le hicimos caer de un disparo y pudimos apoderarnos de él y cogerlo vivo, pero nos costó no poco trabajo el rematarlo. El chófer le retorció el cuello varias veces, y cuando lo dejaba en el auto creyéndolo muerto, el pato aleteaba de nuevo. Entonces le apuntó el cónsul en la cabeza un pequeño revólver y con dos disparos logró inmovilizarlo definitivamente. Como todos los animales del África, este pato mostró estar dotado de gran vitalidad. Además, era enorme. Una vez limpio, pesaba todavía unos cuatro kilos.

A eso de las ocho de la mañana paramos en Diurbel, donde desayunamos y descansamos brevemente, para en seguida reanudar la marcha. Por fin, al mediodía, llegamos a Caulac, no sin dificultades ni sufrimientos, pues el camino era sumamente arenoso y el calor el más terrible de todo el África ecuatorial, pues casi constantemente oscilaba entre 39 - 40° grados a la sombra. En las calles de la población, desprovistas de adoquinado y de todo pavimento, había una capa de más de dos palmos de arena. En Caulac no hay hoteles ni fondas. Hubimos de alojarnos en una casa de comercio francesa, que nos acogió con gran hospitalidad y procuró rodearnos de comodidades. No faltaba el ventilador eléctrico en nuestros dormitorios.

Como ihe dicho, Caulac es de los puntos más ardientes de la zona tórrida. Jamás olvidaré la elevada temperatura de su arena, que casi quemaba nuestros pies, incluso a través del calzado. Allí, a las diez de la mañana, ya no se ven europeos y están cerrados todos los comercios. Únicamente se ven negros y negras, más rústicos que los de Dakar y Ríofisco, que, desnudos, descalzos y con la cabeza descubierta, hunden impávidos los pies en la candente arena y reciben en la cabeza y en todo el cuerpo la lluvia de fuego del sol.

En Caulac abundan las fiebres palúdicas. Los médicos aconsejan a los europeos allí establecidos o de paso que tomen de 75 a 100 centigramos diarios de quinina para evitar el paludismo, amén de una serie de precauciones para evitar la insolación y otras enfermedades. Recomiendan, desde luego, el uso de salacots especiales, muy recios y provistos de un sombrerito en la parte superior, con orificios bajo sus aletas, para la ventilación de la cabeza. En fin, en sitio tan tórrido como Caulac, los médicos aconsejan, además, la continencia, trabajar lo menos posible, descansar mucho, comer bien, no salir al sol, defenderse de los mosquitos y beber agua filtrada o algo de champagne.

En Caulac se ven las mismas montañas de cacahuetes que en Dakar y en Ríofisco y grandes bloques de sal, que vienen a buscar con sus camellos—precisamente para el salgado de los últimos—numerosos indígenas del Sudán francés.

CAPITULO VIII

DE CAULAC A SALUM. — LAS GALLINAS DE GUINEA. — SU ORIGEN MITOLÓGICO. — ALGUNAS COSTUMBRES DE LOS SIRIOS... Y DE LOS EUROPEOS. — LOS PELIGROS DE LOS CLIMAS TÓRRIDOS.

Caulac se halla situado unos 270 kilómetros al Sudeste de Dakar, en el interior del Senegal, pocos kilómetros al Norte de la Gambia inglesa y a unos 115 de Baturst, capital de la última, en el vértice de un ángulo casi recto cuyos lados pasan por Dakar y por Baturst, punto este último situado, como veremos, al Sudoeste de Caulac.

Caulac se hall sobre la margen derecha del río Salrón, nacido en el corazón del Senegal, de donde desciende al Océano en dirección aproximadamente Nordeste-Sudoeste y bastante caudaloso para que por él maveguen buques de hasta seis o siete mil tone ladas hasta Caulac

En esta población permanecí dos días, al cabo de los cuales me despedí del cónsul portugués, quien amablemente me proporcionó recomendaciones para todos los puntos por donde debía yo pasar, para llegar a Baturst y sobre todo para esta última población. El regresó a Dakar, por haber despachado los asuntos que le llevaron a Caulac.

La casa comercial donde me alojaba encargó par mi un asiento en una camioneta que casi todos los días va de Caulac a Salum, poblado situado unos 45 kilómetros al Sudoeste de Caulac. A las cinco y media de la siguiente mañana, la camioneta, que me reservaba un asiento preferente, vino a recogerme. Iba cargada de negros. Empezamos el trayecto cruzando el río Salrón por un puente que no debía ser de mudha confianza, porque de la camioneta descendieron todos los negros.

Una vez pasado el río y embarcados de nuevo los negros, reanudamos la marcha por una carretera sumamente arenosa y desigual, que sólo nos permitía recorrer unos diez kilómetros por hora. A uno y otro lado no veíamos más que arenales con raros árboles aislados, muoha hierba seca y alta y algún grupito de chozas de negros.

De vez en cuando elevábanse pesadamente y huían de las proximidades de la camioneta tres o cuatro aves bastante voluminosas. Eran las gallinas de Guinea, que los franceses llaman «pintades» y nosotros <<pintadas» porque tienen la plumazón llena de manchitas o pintitas negras, que, según la leyenda, son testimonio perenne de las copiosísimas lágrimas vertidas por las hermanas de Meleagro, primeras tatarabuelas de las gallinas de Guinea, cuando presenciaron la tragedia que voy a referir. Por no atender Éneo, rey de Calidonia, el culto de Diana, esta diosa le mandó un jabalí furioso, que Meleagro, hijo del rey, logró matar. Las hermanas de Meleagro disputaron a éste la cabeza de la fiera, y Meleagro les dio muerte. La madre de los tres, al ver esto, hizo quemar vivo a Meleagro y hiego se suicidó. Sus hijas, es decir, las hermanas de Meleagro, llamadas también las meleágridas, lloraban copiosamente ante tales horrores, cuando fueron transformadas en gallinas, que resultaron atestadas de mandhitas, por estar en aquel momento anegadas en llanto. Estos antecedentes mitológicos decidieron a Linneo a dar el nombre científico de «Numida meleagris» a la gallina de Numidia o de Guinea.

Como yo llevaba fusil y municiones, mis negros compañeros de viaje me miraban anhelosos y acabaron por suplicarme insistentemente que tirase contra dichas aves. Por complacerles les maté tres o cuatro. Eran de ver las pueriles risotadas de aquellos hombres cuando perseguían corriendo las gallinas heridas.

El sol seguía lanzando incesantemente sus dardos de fuego, pero se podía respirar. Los negros me miraban como a un rey—como hacen siempre que ven a un blanco—y me ofrecían gratuitamente su compañía para llevarme a cazar a sitios que ellos decían conocer, pero no era prudente que yo fuese a donde quisieran aquellos desconocidos. También me ofrecían la cola que mascaban. Todo esto me distrajo, y casi sin darme cuenta llegué a Salum a las once de la mañana,

Salum es una población de unos 3,000 habitantes indígenas. Tiene un jefe negro, pero carece de autoridades blancas. En ella se advierten algunos árboles (gigantescos, un mercado circular, bastante grande y apestando a pescado seco, dos o tres casas comerciales francesas y las tiendas de los avaros y sórdidos mahometanos de la Siria, que ya vimos en Ríofisco y Dakar y que se hallan en toda el Africa Occidental. Más adelante hablaré extensamente de ellos.

A pesar de distar más de 60 kilómetros de Baturst o del mar y ser, por lo tanto, población del interior, Salum no era tan calurosa como Caulac. Al descender de la camioneta todos los negros del poblado me miraban casi con tanta curiosidad como miran a los negros y aun a los mulatos los blancos aldeanos de la culta Europa. Voila blanc, voila blanc!», decían en francés.

De pronto, un europeo alto, barbudo, rubio, de unos cincuenta años, vestido con una especie de sotana blanca y cubierta la cabeza con el imprescindible salacot, vino presuroso y estrechando mi mano con grandes muestras de afecto, muy contento también de ver un blanco. Era M. Lavié, misionero francés.

Me chocó tanto su familiaridad, que hube de expresarle mi extrañeza.

— Por qué me acoge usted con tanta cordialidad? Me conoce, acaso?—le pregunté.

— Oh, no señor ! Pero usted es un blanco, un europeo, un hombre de mi raza y tal vez de mi patria—me respondió.

En cinco minutos le expliqué mis propósitos, y en seguida, para huir cuanto antes del sol—que allí no consiente grupos de blancos en la calle—me acompañó el misionero a la casa Georges Brown, agente de la de Morel Prompt, de Dakar.

Era un domingo, y en Salum no había camioneta ni vehículo para llevarme a Baturst, a donde por de pronto me dirigía, en vista de lo cual hube de aceptar la hospitalidad que amábilísimamente me brindó el agente de la casa Morel Prompt, juntamente con una pequeña partida de caza y aun su automóvil para conducirme hasta la frontera de la Gambia inglesa, pues él no tenía autorización para pasarla y llevarme hasta la ribera de la ría de Baturst.

Después de comer y dormir la siesta—como es en África costumbre y necesidad,—entre cuatro y cinco de la tarde, vinieron a tomar café con nosotros el misionero y otros dos europeos. Les hice mil preguntas acerca de la caza, la vida de los blancos y los negros en África, etc. El misionero me informó de su labor, especialmente con los niños negros, a los que, ade' más de darles la instrucción primaria, procuraba sacarles del fetichismo e imbuirles el cristianismo.

Después visitamos, todos juntos, el poblado, formado por casas de paja y sólo tres o cuatro de manipostería, pero reducidas a la planta baja. Eran las casas de los comerciantes europeos. En las de paja viven también muchos mahometanos de Siria, blancos de piel, pero negros de costumbres.

Hablan, comen y viven como los indígenas, y algunos hasta se casan con dos o tres negritas. Verdad es que también hacen lo propio algunos blancos de la culta Europa. Ya veremos más adelante de qué manera.

Durante la cena me preguntaron qué fines me habían llevado allí. Les dije que, por de pronto, pensaba ir a Baturst, pero que después tenía el propósito de penetrar en las entrañas del África, para estudiar las costumbres, caza, vida y misterios de aquellas tierras, que desde niño me interesaban ; pero que, sobre todo, deseaba yo conocer lo concerniente a la caza.

Me dijeron que casi todos los europeos del poblado eran aficionados a ella y excelentes tiradores. Añadieron que por allí había, especialmente, leopardos, panteras y algunos—muy raros—leones, pero no hipopótamos, ni elefantes, ni búfalos, ni cocodrilos. En cambio—agregaron—abundan los chacales, jabalíes, monos, gacelas, liebres, conejos, antílopes, pintadas, perdices, pichones blancos y verdes, aigrettes, etcétera. Los europeos no necesitan comprar carne. Disponen de cuanta quieren y de la clase que quieren, con sólo coger la escopeta y dedicar unas horas a la caza.

Mis interlocutores me dijeron que, si tenía gusto en ello, podía quedarme hasta el día siguiente y haríamos juntos una pequeña partida de caza.

La casa de Georges Brown era bastante amplia.

Constaba, como todas las casas del lugar, de sólo planta baja, dividida en varios cuartos espaciosos. En uno de ellos había ¡un almacén con toda clase de cosas para los negros : collares, brazaletes, gri-gri, sortijas, pendientes, telas, etc.

Más adentro vi un salón precioso con los muros y suelo tapizados de pieles de panteras, leopardos, gatos, tigres y gacelas grandes. En él había disecados avestruces y otras varias aves, algunas hermosísimas. En un corral había muchos monos domesticados, unos libres y otros atados.

Expresé a mi anfitrión la envidia que me causaba su vida de rey o de sultán en aquellas tierras donde se hacía rico y encontraba cuantos placeres podía desear, mucho más fácilmente que en Europa. Me contestó que así era realmente, pero que aquel clima no podía soportarse mucho tiempo sin que la cabeza se debilitara o trastornara, por lo cual él veíase obligado a pasar en Europa temporadas de seis meses o más cada año y medio, como suelen hacer los europeos que pueden. Así y todo, no es raro que, después de permanecer mucho tiempo en climas tan cálidos, los europeos adquieran alguna chifladura.

Nos acostamos antes de las diez de la noche, y a las cinco de la mañana siguiente una negrita de unos quince años, criada de la casa, me despertó y me trajo una taza de café. Allí es preciso acostarse y levantarse muy temprano. Después de sorber el café me vestí, me reuní con los amigos, almorcé con ellos y con ellas, e hice los preparativos para salir de caza.

CAPITULO IX

PREPARATIVOS PARA LA CAZA DE PANTERAS. — LA CAZA MODERNA DE LAS PANTERAS. — REGRESO A SALUM.

Mientras almorzábamos vinieron diez negros que habían de acompañarnos, cada uno de ellos arrnado de un largo machete de punta encorvada en forma de gancho, arma para ellos preferible a todas las demás, y nosotros preparamos nuestros fusiles y carabinas y—especialmente para las panteras—puñales y sobre todo, revólvers de gran calibre.

Para impedir las picaduras de los ofidios, protegimos nuestras piernas con buenas polainas de cuero y, como principal precaución, pusimos en los zurrones y bolsillos los indispensables tubos de goma para ligarnos fuertemente por encima y por debajo de las heridas en el caso desgraciado de ser mordidos por alguna serpiente venenosa.

Las de por allí no son muy grandes, pues apenas miden medio metro, pero, al picar, inyectan una ponzona mortal, si no se impide inmediatamente su penetración en el cuerpo y su circulación por él, medíanle las ligaduras indicadas y cortando al instante por lo sano y sin vacilar la carne de las proximidades de la herida.

Como sólo debíamos alejarnos del poblado unos dos kilómetros, únicamente nos llevamos agua filtrada y aromatizada con esencia de menta, para disminuir—que no apagar—nuestra inextinguible sed.

Antes de partir, mis compañeros blancos me preguntaron si había yo hedho alguna vez la caza de la pantera y si tenía idea de sus costumbres y tretas. Les respondí que no, pero que había cazado leones y hasta un búfalo, que yo creía más peligrosos que las pateras.

Cierto, me respondieron, que los leones y búfalos tienen más fuerza, pero no son tan peligrosos, ágiles y traidores como las panteras. Así como las demás fieras no suelen atacar mientras no se sientan heridas o perseguidas, las panteras atacan a veces inesperadamente y cuando se les hiere son lo más terrible que puede imaginarse, ya que dan saltos prodigiosos de 10 a 15 metros, alcanzando a sus víctimas en seguida y clavando sus agudísimos dientes en el cuello v cabeza de las mismas, que destrozan instantáneamente.

Los leopardos o panteras trepan por los árboles y persiguen a los monos y a las aves. Ellos mismos viven o pasan mucho tiempo en las copas de los árboles, desde las que se lanzan con terrible violencia contra sus presas.

Se han empleado para cazar animales más inofensivos. Para ello, se lleva la partiera bien atada en una especie de carreta y, en cuanto se ve alguna pieza de caza, se la suelta y lanza contra ella.

La pantera procura matarla del modo más rápido posible, no sólo clavando sus dientes en el cuello, sino basta en la cabeza de su víctima. La pantera es un animal que se irrita y enfurece con gran facilidad ; así, por ejemplo, si no logra extinguir en el acto la vida de su presa, se revuelve furiosa contra el amo, que le arroja, para defenderse, cabritos o corderos vivos.

Lo mismo cuando se la contraría. En Hong-Kong, un comerciante inglés tenía en su casa una pantera que creía domada. Un día invitó a comer a unos amigos, entre los que había señoras. Durante la comida, quiso ensenar el animal a los comensales y mandó a un criado que lo trajera. Como una señora tuviese miedo v suplicase que se lo llevaran del comedor, el amo dijo al criado que se lo llevara. Empezó el criado a tirar de la cadena, pero la pantera, excitada por el olor de la comida, se resistió un instante para en seguida lanzarse contra el cuello del criado, al que dejó en el acto sin vida, en medio de un charco de sangre.

La pantera es la bestia feroz por antonomasia. Su mirada, inquieta, es espantosa. Cuando ataca profiere un rugido sordo y áspero, que algunos naturalistas han comparado al de la serpiente de Java y otros al del bull-dog. Es el enemigo más terrible de los perros y chacales.

En la India existe una variedad llamada leopardo cazador, que se usa para cazar, por ejemplo, gacelas u otras bestias. Conviene coger a estos leopardos cuando empiezan a saber saltar sobre sus presas, es decir, cuando empiezan a ser adultos. Se les coge con una trampa, en seguida se les ata fuertemente, se les cubre la cabeza para que no vean, y se les tiene sin comer, beber ni dormir durante varios días. Para esto último lo más eficaz es la charla de las mujeres, que no cesan de hablarles. No hay criatura que pueda resistir el hambre, la sed, el no dormir y la charla femenina, dice al contar esto Lockwood Kipling.

Para cazar con el leopardo cazador, se le conduce, siempre con los ojos vendados, al sitio de la caza, y cuando se ve alguna, se le suelta contra ella sin la venda de los ojos.

Entre la pantera y el leopardo se han querido señalar diferencias, pero son muy sutiles. Buffon pretendió separar de la pantera el leopardo precisamente del Senegal. Pero, leyendo atentamente sus descripciones, no se aprecia la diferencia. Los zoólogos modernos consideran a las panteras y leopardos como una misma especie, con variedades, naturalmente, algunas enteramente negras.

Mis compañeros deploraron el no poder cazar de noche, por tener la lámpara rota. Porque la caza moderna de la pantera se ihace de noche. Por esto, cuando no bace luna y reina una obscuridad tenebrosa, los cazadores llevan en una especie de cerco una lámpara frontal, con un reflector, que proyecta luz a 150 ó 200 metros, alimentado con una cajita de acumuladores o de carburo de calcio con agua, que se lleva en el lado izquierdo de la cintura y comunica con el reflector mediante conductores o un tubo de goma que, para no estorbar al cazador, pasan por debajo de su brazo izquierdo, cruzan su dorso y ascienden a la lámpara por el lado derecho del cuello.

Al llegar al bosque, se dirige la luz del reflector hacia todos los puntos del mismo. Y si se descubre una pantera, se le lanza la luz a los ojos, procurando seguir siempre su mirada. Así queda como fascinada o ciega, y el cazador puede acercarse a unos 80 metros de la llera y disparar con alguna seguridad. De todos modos, el revólver es necesario siempre, porque, cuando está herida, indefectiblemente ataca.

A eso de las siete de la mañana, en una camioneta del señor Brown nos dirigimos a un bosque situado a unos tres kilómetros de Salum. Era un bosque muy espeso, con árboles muy grandes y mucha maleza. Nos internamos con los negros en la espesura, siempre con el temor de hallar alguna pantera. Mis amigos me dijeron que quizás veríamos alguna interesante cinta cinemática natural.

Por entre arbustos muy tupidos y espinosos trepamos, con las dificultades consiguientes, a un montículo de unos treinta metros, en cuya cúspide había grandes piedras. Llegados a ella, nos detuvimos, tomamos algo de menta, fumamos un pitillo y mis amigos me dijeron;

—Ahora puede usted ver el cinematógrafo natural de que le hablábamos.

Miré hacia donde me señalaban ellos, y, en un claro, pastaba tranquilamente un rebaño precioso de gacelas grandes y pequeñas, a unos 100 metros de nosotros.

Quise tirar contra ellas, pero mis compañeros me dijeron que no lo hiciese, porque aquellas gacelas estaban siempre a nuestra disposición, y aquel día no sabríamos qué hacer de su carne.

Descendimos del montículo y nos metimos de nuevo en la selva, para ver si hallábamos la codiciada pantera, que buscamos en vano hasta las once. A esta hora el sol era ya insoportable y nos vimos obligados a regresar.

Cuando nos dirigíamos a la camioneta, encontramos algunos jabalíes. Yo mismo maté uno, sin dificultad. Era bastante respetable; una vez limpio, pesaba 45 kilos.

En el poblado expresé a Mr. Brown mi sentimiento por no haber visto pantera alguna. Me dijo que si quería detenerme un día más iríamos a otro sitio y quizás tuviésemos más fortuna.

Después de comer y dormir la siesta, el señor Brown me hizo acompañar por unos negros a un estanque situado a unos cuatro kilómetros del poblado, en el que abundan los patos silvestres. Logré cobrar dos, que, limpios, pesaban, uno cuatro kilos y otro j'Soo kilogramos.

Los patos viven allí en grupos de 50 ó 60, y, para cazarlos, es menester acercase con mucha cautela, para que escapen. En cuanto ven el cazador, huyen, empezando por ascender hasta 300-400 metros del suelo,alejándose luego y descendiendo despuės, tambiėn verticalmente.

CAPITULO X

UNA PANTERA ! — DIFERENCIAS ENTRE LEOPARDOS Y PANTERAS. — REGRESO A SALUM. — MIS PREPARATIVOS PARA MARCHAR A BATURST.

La caza de los patos no me satisfizo. Mis compañeros me lo conocieron y me instaron una vez más para que permaneciese con ellos otro día, con objeto de organizar otra tentativa de caza de panteras. Me dijeron que podían disponer de unos negros especializados, que nos guiarían hacia sitios donde hallaríamos alguna, indudablemente. Semejante perspectiva hizo demorar mi partida de Salum un par de días.

A las cuatro de la mañana del siguiente nos esperaban en la puerta de nuestra casa una camioneta y una decena de negros, entre los, que había tres o cuatro muy prácticos y conocedores de los lugares frecuentados por las panteras. La camioneta nos con-

dujo al bosque Hamon, distante unos 35 kilómetros del poblado de Sahim. Los cazadores blancos erarnos : Mr. Brown, M. Roqueta y yo.

A las siete de la mañana llegamos al bosque citado, que parecía un paraíso. Las copas de sus árboles—atestadas de legiones incontables de pajarillos que gorjeaban con la mayor tranquilidad y confianza—proyectaban espesa y fresca sombra sobre la superficie del suelo, todavía humedecida por el rocío. Alguno de los negros refirió que por allí se habían cobrado sin gran esfuerzo importantes piezas por varios cazadores europeos, entre los que figuraba el señor Brown.

En una especie de calle o plaza, dejamos la camioneta, que había podido llegar a este sitio con dificultad, a causa de la blandura y humedad de la tierra y sobre todo a causa de la espesura de la selva, y empezamos a internarnos en ésta. De vez en cuando se alejaban de nosotros algún chacal y abundantes gacelas, pintadas y perdices. Eslas ultimas, no pueden volar ni correr con velocidad, al amanecer, en aquellas entumecedoras tierras ecuatoriales, tan frías y húmedas durante la madrugada, como ardorosas en pleno día.

A pesar de que habíamos podido cazarlas a palos o con piedras, no lo hicimos, porque nuestra intención y nuestro anhelo eran las panteras, y todo sigilo nos parecía poco para no ahuyentarlas.

Razón de más para no disparar nuestras armas de fuego sobre aquellas inocentes y suculentas víctimas propiciatorias.

Llegados a cierto sitio del bosque, nos detuvimos. Los negros que conocían mejor los puntos donde suelen hallarse las panteras, empezaron a recdnocer el terreno. Entretanto nosotros descansábamos y esperábamos. Al cabo de unas tres horas vino corriendo hacia nosotros uno de los negros y, con palabra entrecortada por la emoción y el semblante demudado, nos dijo que acababa de ver una pantera.

Mi miedo, al oir esto, no fué tan grande como yo creía. Después de todo, no era la primera vez que hacía yo semejante caza y tenía ya mi pequeña experiencia, por haber asistido a la de un búfalo y de dos leones. Acudieron, sin embargo, a mi memoria los detalles de la conversación que tuve con Mr. Brown el día anterior acerca de la terrible agilidad, acometividad y fiereza de las panteras.

Sin perder momento, cambié la escopeta de caza por la carabina ((Mannlicher)).

—Hace usted bien—me dijo M. Roqueta—en coger la carabina, pero está usted seguro de tirar bien ? Es usted buen tirador ?—me preguntó.

Le dije que no tuviera miedo, que yo procuraría tirar con todo cuidado, como había hecho ya otras veces.

El se jactaba de haber hecho grandes cacerías y de conocer mucho aquello. Era un hombre alto, fornido y usaba lentes, como yo.

Guiados por el negro, nos acercamos con todo cuidado hasta unos 150 metros del animal, y le vimos absorto, royendo la piel de un gato tigre, que acaso acabara de constituir su desayuno.

En este momentó hinqué una rodilla en tierra para tiraf lo mejor posible, apunté con toda atención y sangre fría y disparé. La fiera cayó un instante como herida por el rayo, pero en seguida se rehizo, y con agilidad pasmosa y rugiendo de modo espantoso, dio un salto vertical de cerca de tres metros y volvió a caer. En seguida trató de saltar nuevamenu-, pero no pudo, y entonces agarróse al árbol inmediato y subió por él hasta unos cuatro metros. En este instante mis compañeros dispararon contra el monstruo, que cayó rugiendo y quedó inmóvil.

Al cabo de unos diez minutos luimos acercándonos con la mayor cautela y cuando rsluvimos a veinte metros del presunto cadáver disparé un tiro de revólver contra su cabeza para tener la certeza de que se hallaba exánime. No le disparamos la carabina porque, a esta distancia, su bala hubiera producido efectos destructores, que habrían disminuido el valor de la piel.

Permaneció inerte, y nos acercamos y vimos que tenía dos heridas ; una en las orejas y otra en un costado. Su tronco medía un metro y veinte centímetros. En opinión de aquellas negros, no era una pantera, sino un leopardo, cosa que opinaron también el señor Brown y el señor Roqueta. Tanto la opinión de los negros, como la de mis compañeros, eran muy respetables, porque todos ellos, amén de otras muchas fieras, habían cazado no poros leopardos y panteras por aquellas tierras.Pregunté a mis compañeros en qué se distinguían la pantera del leopardo. Me dijeron que la pantera es mucho más ágil y agresiva, y al sentirse herida, no trata de huir, ni siquiera de subir a un árbol, como el leopardo que acabábamos de matar, sino que ataca resuelta y fulminantemente con saltos enormes, de doce a quince metros cada uno, como ya me dijeron el día anterior.

Pero quizás las diferencias principales están en la piel, de color más claro y manchas mayores y más raras la de la pantera que la del leopardo. Además, la primera tiene más arraigado el pelo, que no se arranca tan fácilmente como el de la piel del leopardo. Por esto la primera se paga ocho y diez veces más que la segunda.

Muerto el animal, mientras nosotros teníamos la conversación que acabo de referir, los negros ataron con cuerdas las patas del leopardo a un palo, las manos más cerca del extremo anterior y los pies más cerca del posterior, y apoyando estos extremos en los hombros de cuatro negros, lo condujeron a la camioneta.

Nosotros, tras un breve descanso, fuimos también hacia ella, con la idea de regresar. Por el camino hubimos de matar una pequeña gacela, para tener carne fresca, cosa fácil de lograr alií, como ya expuse otra vez, al contrario de por aquí, donde cada día es más difícil.

Ibamos caminando, cuando de pronto, en un punto donde había mucha hierba seca, M. Roqueta em pezó a gritar con grandes alaridos, pidiendo auxilio. Aquel hombre tan robusto, que parecía tan valeroso, y había hecho grandes cacerías, hallábase aterrado con ambas manos cogidas a la cara interna del muslo derecho, diciendo que allí sentía el frío de una serpiente y que se creía perdido.

Con precaución y miedo le abrimos el pantalón con una navaja y apareció... su pañuelo de bolsillo. Era el propio pañuelo del señor Roqueta. Este, después de haberlo empapado en su copioso sudor, se lo había metido en el bolsillo del pantalón, del que había descendido por una rotura.

Llegamos a la camioneta, subimos a ella y nos fuimos a casa, donde comimos en compañía del misionero, comentando satisfecho nuestra cacería. Los negros desollaron el leopardo, entregaron la piel a Mr. Brown y no sé qué hicieron de la carne de la bestia.

Después de comer, traté de reanudar mi camino a Baturst, que dista unos 70 kilómetros de Salum, pero los europeos, y en particular el misionero, me aconsejaron que lo dejara para la mañana siguiente, pues yo estaba íatigado y necesitaba descansar. Me dijeron que ellos conocían mejor que yo los peligros de aquel clima y lo malo de los caminos hasta Baturst y que, además, era ya tarde, pues acababan de dar las tres.

—Debe usted partir por la maňana—me decía sobre todo el misionero, M. Leviere.—Así podra usted llegar antes de las seis de la tarde al pueblecito de Alberdú, en donde habrá de tomar la barca de vela, que al través de la ría le habrá de conducir a la Aduana de Baturst. Conviene que llegue usted antes de las seis de la tarde al pueblecito, porque, si no, tendrá que pernoctar en Alberdú y allí no encontrará europeo alguno, ni la menor hospitalidad.

Luego dimos algunos paseos por Salum, acompañados por el misionero, el cual nos mostró varias chozas indígenas y especialmente la que utilizaba como escuela, donde instruía y enseñaba francés y religión a los negritos. Me dijo que eran muy malos y difíciles de educar, pues a pesar de toda su energía y constancia no había conseguido que hablasen bien, ni menos que dejaran la repugnante costumbre de lanzar saliva incesantemente.

CAPITULO XI

SALUM. — CACERÍA TRÁGICA. — BAILES INDÍGENAS. — EL TAM-TAM. — LA ADUANA EN EL DESIERTO. — EN LOS BARRIZALES DE HUMBU. — ALBERDU. — LAS DESAZONES DE UN EUROPEO. — ESCASEZ DE MUNICIONES.

Terminada la visita de la escuela, en la que poca cosa había que ver, llevóme el buen misionero a visitar el cacique del poblado, Amadon, un negrazo de mediana edad, casado con cinco mujeres, que le ayudaron a hacer los honores de su cabana. Reducíanse a extender por el santo suelo unas cuantas pieles de gacela que suplían a su modo nuestras sillas ; constituían todo el mobiliario de la casa, y tendidos en ellas interesóse por mis cacerías, suplicándome que aplazara mi partida, proyectada para el día siguíente. A poco que lo logra, tales fueron sus ruegos, y el relato de las cacerías de unos europeos que me habían precedido en aquellas lejanas tierras : fueron cuatro, de ellos dos belgas, un francés y un inglés. Durante los seis días que estuvieron en Salum, habían recorrido las espesas selvas de los alrededores dedicados a la caza, y haciendo una hecatombe de antílopes, cuya carne regalaron a los indígenas. En los pastos del poblado figuran los copiosos ágapes que proporcionó aquella cacería, terminada al fin de un modo trágico. Los cazadores habían visto de pronto rodeados de tres panteras, el más terrible de los felinos que pululan en aquellos lugares; a los primeros disparos cayó muerta una de ellas, y herida otra, que en su furor y a pesar de las minuciosas precauciones tomadas, abalanzóse sobre un negro, al que destrozó de un zarpazo. Uno de los cazadores, el belga, corrió en auxilio del pobre negro, pero pagó su generoso impulso con la pérdida de un pie, que le destrozó la fiera ; al fin fué muerta la pantera, pero fueron inútiles todos los esfuerzos que se hicieron para cazar la tercera de ellas, que aprovechó del tumulto para tomar las de Villadiego. Esta desgracia fué el punto negro de aquellos días de orgía..., menos para la viuda del pobre negro, a la cual los cazadores indemnizaron con 600 francos, recibidos por ella con palmas y saltos de una alegría infantil; jamás había podido soñar aquella mujer con tanto dinero, que la colocaba a la cabeza de las fortunas de la tribu. No daba yo crédito a mis oídos y hubiera tomado este relato como una fantasía de mal gusto, a no confirmarla M. Leviére, ya acostumbrado a las costumbres del país.

Iba la tercera y última noche que pasaba en Salum, y siempre acompañado del excelente Mr. Brown, agente de una factoría importante. Terminada ya la cena, y cuando nos disponíamos ya a acostarnos, un ruido comparable al redoble de un tambor me hizo dar un brinco sobre mi asiento : una algarabía de gritos ahogó pronto el ruido de los atabales y aumentó mi alarma, pronto desvanecida cuando se me explicó el origen de aquel batiburrillo. El cacique, correspondiendo a mi visita de cumplido, enviaba una cuadrilla de artistas del país, unas doscientas personas en total, que al verme aparecer en la puerta comenzaron a dar unos saltos increíbles al compás del tam-tam, el único instrumento de los músicos de aquellos andurriales. Había allí gentes de ambos sexos y de todas edades, menos jovencitas. Me extrañó y pregunté la causa de aquella ausencia, explicada por las curiosas costumbres del país, que recluyen a las niñas entre los doce y los diez y seis años de edad. Me reservo para más adelante explicar el curioso motivo de esta reclusión, que de otro modo sería incomprensible.

Terminaron las danzas, los gritos y los sones del tam-tam, ya avanzada la noche, quedándome poco tiempo para el descanso. Instantes me parecieron las horas que pude dedicar al sueño, y apenas pasada la fatiga de aquellos días de ajetreo incesante, partí a la mañana siguiente para Baturst, término de mi siguiente etapa.

Es capital de la Gambia inglesa, y una jornada debía bastar, según me informaron, para llegar allí. No terminaban con mi mardha las atenciones de M. Leviere, el buen misionero que tantas facilidades me había dado y a quien debía tantas atenciones. Una cálida recomendación que me dio para M. Oursel, agente consular de Francia en Baturst, prolongaba todavía la cordial protección de aquel buen hombre.

Emprendí, pues, la mardha, facilitada por una camioneta que me brindó Mr. Brown, con aditamento de una comitiva de seis negros que recibieron orden de acompañarme hasta las mismas orillas del río de Baturst. Distaba mucho de ser bueno aquel camino y el sol cuidaba de hacerle peor todavía. La arena que cubría aquella pista halda difícil la marcha de nuestro eodhe ; en cuanto al sol, implacable en aquéllas latitudes, era sencillamente insoportable. La temperatura competía, y con ventaja creo yo, con la de un horno ardiendo. Los ojos no podían soportar la reverberación de aquella tierra inhospitalaria, desierta aun de las mismas fieras.

A unas cuatro horas de camino, llegamos a la frontera que ¡separa los territorios inglés y francés ; como única delimitación, no supe ver más que un poste que servía de sostén a un madero en el que, pintado de mala manera, indicábase la transición sufrida, el cambio de amo ,de aquella tierra. Poco más allá había una choza igual a la de cualquier poblado de los que había visitado, pero que en aquel caso era el signo de la dominación inglesa. Aquel amasijo de cañas de bambú, de paja y de barro, era nada menos que la «Aduana», regentada por otro negro que ostentaba pomposamente el título o calidad de jefe de aquella oficina, en la que no había más empleado que él. Chapurreaba el francés por su frecuente relación con el territorio vecino : sus seis mujeres le acompañaban en aquella soledad, con tres pequeños frutos de sus amores con todas ellas. Era un hombre joven, pues no tendría más allá de 35 años, y nada tonto. Conocía admirablemente su país y las sencillas costumbres ide sus habitantes. Estos, pese a su condición de negros, obedecen ciegamente las leyes del país que los domina y a ellos se debe el que la frontera quede limitada a oin palo, sin guardias ni vigilantes de ninguna especie. Es desconocido el contrabando y por nada del mundo pasarían de fraude el más pequeño objeto ; manda la ley que se pase por la “aduana” y la acatan, loque es perfectamente incomprensible ipara un ser civilizado. No pude sustraerme a que el aduanero me retuviera más de lo debido y sus razones quedaban apoyadas por la temperatura del exterior; era una locura continuar el viaje a aquellas horas, y me vi obligado esperar a que las brisas de la tarde refrescaran algo la tierra, que en aquellos momentos echaba ascuas. Acepté, pues, lia clásica piel de gacela por asiento, y cruzado de piernas, sentado en el suelo, di buena cuenta de las provisiones con que previsoriamente me cargaron mis anfitriones de Salum. A las tres de la tarde decidí emprender nuevamente la marcha. Di la orden de partida y a los pocos momentos perdíamos de vista

la aduana, en cuya puerta continuaba el «jefe», agitando su mano, dándome el adiós.

Los veinticinco kilómetros que nos separaban de Alberdú debían ser salvados en poco más de dos horas. Así lo calculaba yo, aun previendo alguna dificultad ; pero lo que no podía prever es que la camioneta diera de pronto un bote alarmante y se encharcara en una ciénega que el dhófer no había percibido. Siete hombres, contándome yo entre ellos, bastaban y sobraban para sacar el coche de su atolladero; pero seis negros y un blanco, pues hay que hacer esta distinción, eran incapaces de lograrlo. El negro es perezoso de por ,sí, y los tirones que daban los que tenía a mis 'órdenes, se limitaban a un sencillo balanceo del cuerpo, sin esfuerzo ninguno. Uno de ellos dirigióse a una aldea distante un kilómetro de allí, y vino acompañado de unos cuarenta negros, encantados de ver a un blanco, de prestarle un favor, pero incapaces de mayor esfuerzo. Tiraron de la cuerda, pero tan blandamente, que aun hoy estoy persuadido que la camioneta salió ella sola de la marisma por propia convicción.

Continuamos luego la marcha, y por fin, a las ocho de la noche, llegué a Alberdú. No me hacía ilusiones sobre el grado de confort del alojamiento que la suerte me depararía, pero jamás pude figurarme que se careciese allí de todo, hasta de agua. El alumbrado quedaba enteramente confiado a la Divina Providencia, que cuidaba de enviarles la luz trie la luna, espléndida en verdad aquella noche. A falta de mejor, solicité hospitalidad al jefe del poblado, cuyas chozas cobijaban a unos mil quinientos habitantes, que acudieron como moscas a mi alrededor, atraídos por la novedad de que un solo blanco se aventurara entre ellos. Confieso que sentí miedo al verme rodeado de aquella muchedumbre; de poco me hubiera servido el revólver que llevaba al cinto, y, comprendiendo mis temores, procuró tranquilizarme sirviéndose de una jerga, curiosa mezcla de palabras francesas e inglesas, sazonadas con frases guturales del idioma del país. Comprendí lo que quería decirme gracias a los pródigos gestos con que acompañaba su peroración, pero no calmaba mis temores ni calmarían hasta verme en Baturst, cuyas luces veía al otro lado del río. Así lo hice comprender a ¡mi interlocutor, pero éste negóse en redondo a permitir que ninguno de sus subditos emprendiera la travesía del río a aquellas horas.

Tomé mi resolución obligado por las circunstancias. Estaba en la mano de Dios que aquella noche tenía que pasarla en Alberdú, tendido en las pieles de gacela, de antílope y hasta de gato-tigre que mi huésped acumuló paria mi descanso. Completó el lujo de la instalación con una mezquina lámpara de petróleo que disipó un tanto las tinieblas de la choza. El buen hombre estaba orgulloso de poseer aquel objeto, que usaba muy de tanto en tanto, y solamente en las grandes ocasiones. Acabó por tranquilizarme la actitud del obsequioso negro, que llevaba a tal punto la observancia de las leyes de la hospitalidad y me dispuse a descansar. No por eso se fué mi huésped, que tenía clavada la vista en mi fusil, un excelente «Ideal oo» calibre 12, salido de los talleres de Saint-Etienne. Mitad en signos y mitad hablando, hízome comprender que, a pesar de su probada lealtad a la dominación inglesa, ésta no le permitía poseer más arma de fuego que un fusil antiguo, de igual calibre que el mío, pero con un solo cañón.
Las autoridades le hacían sentir con todo rigor las disposiciones del Gobierno, no facilitándole más que doce tiros, cuyas cápsulas tenía que devolver para que le fuesen facilitadas más municiones cuando las agotaba. Y téngase en cuenta que, a pesar de tanto rigor, gozaba todavía de un régimen de excepción,pues las armas de fuego están vedadas a los indígenas.

Salieron a colación las cacerías, mi tema favorito, y valiéndonos de los medies de expresión de que nos servimos hasta entonces, ofrecióme una cacería para... aquella misma noche. Estaba yo rendido de fatiga, no podía con mi alma, y no obstante acepté.

CAPITULO XII

BATHURST. — SALIDA PARA SIERRA LEONA. — KONAKRY. — UN «MUSIC-HALL» EN LA GUINEA FRANCESA. — FREETOWN

Restauradas mis fuerzas por una copiosa comida a base de un pollo excelentemente preparado a la parrilla, y de huevos, me acosté; pero antes obsequié a mi huésped con una cajita de municiones para su fusil. La recibió radiante de alegría, con un júbilo que exteriorizaba ruidosamente, hasta que pude hacerle comprender que era ya tarde. La cacería quedó fijada para las tres de la madrugada, la hora mejor para el género de caza a que íbamos a dedicarnos

Fué puntual. Marcaba exactamente las tres mi reloj, cuando unos ruidosos batanazos en la puerta dieron al traste con mi profundo sueño. Salí de la cabana dispuesto ya, y en la plazoleta que había ante ella aguardaba el cacique acompañado de varics negros que, a la luz de la reluciente luna aguan taban estoicamente el relente de una noche tan frĭa como caluroso fuera.

dirección a unos matorrales que se distinguían a la orilla del rio dintante unos cuarrenta metros del poblado. Por el camino no cesó mi huésped de recomandarme calma, mucha calma; no tenĭa que aventurar una sola bala. Juzgaba el buen hombre, por las dificuldades con que tropezaba para obtenerlas, de las que a su entender, tendria yo para adquirir las municiones que llevaba conmigo. Por medio de la expresiva mimica, sazonada con algunas palabras inglesas, dijome que el tiraba siempre sobre seguro; sus negros cuidaban de llevarle la pieza a su vera, y asi, a muy pocos metros, estaba La humedadse filtraba hasta los huessos. Tiritando, seguĭ al cacique que empredió la marcha con seguro de no fallar el tiro,

Nos emboscamos tras el matorral; obedeci las instructciones, tantas veces repetidas, de aquel buen hombre, y esperé pacientemente la oportunidad de entrar en acción en aquella cacería que tanto si diferenciaba de aquellas en que había partícipado hasta allí.

Despamáronse los ojeadores, a la orden del cacique, y a poco oí, algo asombrado, los balidos de un rebaňo de cabras, imitados a la perfección por los negros, para atraer la caza. El frío penetraba a más y andar, haciéndose tan intolerable como los rayos del sol a medio día; mis pies estaban metidos en el fango, y el rocío de las plantas mojaba connpletamente mis ropas, dejándome calado.

Sufría lo indecible al no poderme mover, pues el menor movimiento hubiera hecho fracasar lamentablemente la cacería, cuando de pronto, en lo más espeso del matorral, moviéronse las hojas de las plantas, apareciendo una pieza que no pude reconocer.

Era quizá una gacela? Acaso era un antílope? La luz de la luna quedaba velada por las hojas de las palmeras, que crecían allí abundantemente, impidiéndome ver el cuerpo del animal. Veía sólo como dos lámparas de luz verdosa, que movíanse constantemente a deredha y a izquierda. Eran los ojos fosforescentes de aquel animal, que husmeaba sintiendo instintivamente la proximidad del peligro.

El cacique contenía mi impaciencia con gestos quedos ; esperaba a que la pieza se acercara todavía más »para no errar el tiro», mientras que yo ardía en el deseo de acabar de una vez. Preparé mi fusil, que lentamente llevé al hombro, y apunté a la gacela, que, a mi entender, aquel bicho no era otra cosa; dio aquél un brinco, e iba ya a desaparecer en la espesura, cuando mi certera bala, dejóle en el sitio.

Cuál no fué mi sorpresa al ver que la bestia aquella no era una gacela, ni siquiera un antílope, lo más corriente allí? Era un a modo de ciervo de buen tamaño, que dudo figure en ninguna colección europea. Allí lo llaman «zin-zin».

El frío hacíase cada vez más insoportable y hacía perder interés a la cacería, que di por terminada

para substraerme al tormento de aquella fría humedad.

Ños encaminábamos ya hacia el pablado, cuando acertó a pasar por allí una gacela despavorida. Llevaba yo cargado todavia uno de los dos cañones de mi fusil y rápidamente disparé, sin esperanza de matarla; pero la herí lo suficiente para que los negros tuvieran tiempo de abalanzarse sobre ella y cogerla viva todavía. Habia cobrado dos piezas con solo dos tiros, y en condiciones nada favorables, y ello me valió calurosos plácemes de mis acompañantes, siempre admiradores de cuanto signifique destreza.

Corta había sido la caza, puesto que sólo duró unas dos horas, y los primeros resplandores de la aurora empezaban a despuntar cuando llegábamos al poblado. Entre preparer y ordenar mi equipaje y las armas, pasó el tiempo,y serian las siete cuando mi huésped vino a anunciarme que estaba preparada la embarcación que, a través del rio, tenía que llevarme a Batlhurst. Las municionesque le había dado por la madrugada habían tenido el don de aumentar las atenciones de aquel buen negro, que tanto me espantaba en los primeros de nuestro encuentro. El mismo cuidó de hacer llevar mi equipaje a la barca por sus esclavos, lo que efectuaron

éstos con una atención casi religiosa, tales fueron las recomendaciones de su amo.

Cuando llegué a la orilla del rio estaba todo dispuesto, y apenas puesto el pie en la embarcación, pusose ésta en movimienio, impulsada por los remos manejados por los negros con la indolencia que les es característica. Al poco rato, la corriente del río bastó para que navegáramos algo más aprisa, y a poco una fresca brisa hinchó la vela izada por el piloto. A mi vista se deslizaba un paisaje de tanto más agradable contemplación, cuanto que lo veía cómodamente sentado, sin arenales que temer, y sin soportar las intolerables molestias de una marcha a través de la selva.

Bathurst se divisaba ya cerca ; es completamente distinta de la clásica agrupación africana, y se levanta entre una nota de fresco verdor tapizado por las notas de color que presentan las flores de que está cuajada.

Una hora y media haría que había salido de Alberdú, cuando volví a pisar terreno civilizado al desembarcar en Bathurst. Adiós, peligrosa libertad de las selvas !. Quedaban atrás las francas acogidas de los sencillos indígenas, cuyas palabras de bienvenida convertíanse aquí en la antipática pregunta del aduanero, inquiriendo lo que llevaba.

No tenía que ocultar nada ; en territorio francés traspuse el límite de la colonia tantas veces como quise, sin que jamás se me opusiera la menor dificultad ; pero allí era diferente. Estaba en una tierra sujetada por los tentáculos de la vieja Inglaterra.

Todas las colonias de todas las naciones son regentadas por elementos metropolitanos, y sólo los empleos de baja categoría son confiados a nativos del país. Inglaterra constituye una curiosa excepción ; hay, seguramente, en cada colonia, un gobernador o un administrador, inglés, pero son invisibles para el común de los mortales y éstos quedan bajo la férula de los agentes, negros todos ellos, sin excepción, para mayor vejación del blanco que se aventura en aquellos países, mientras, claro está, no sea inglés. Este queda por encima de todo. Los hijos de la rubia Albión son los amos y dejan sentirlo.

Estaba demasiado fresco el recuerdo de las facilidades y atenciones que se me dispensaron por las autoridades francesas, para no echarlas en falta ante la acogida fríamente «legal» de los agentes de Inglaterra.

Mi equipaje fué cuidadosamente revisado, como no lo fuera quizá en la más quisquillosa nación europea. No había nada delictivo; mi documentación, revisada con igual detenimiento que el equipaje, estaba en regla... ; pero iba yo armado y bien pertrechado de municiones, es decir, cometía el mayor delito fiscal que pueda cometerse en aquellas lejanas tierras, en las cuales, sin embargo, las armas de fuego son de primera necesidad.

De nada sirvieron mis explicaciones sobre los motivos que me llevaban allí ; mis aficiones cinegéticas, la absoluta precisión de ir armado para defenderme de las acometidas de los peligrosos felinos que pueblan las selvas del interior, reconocida por las autoridades de los territorios que había recorrido hasta entonces y legalizada por documentos que me apresuré a presentar para vencer la resistencia de la aduana a permitir la introducción de mi reducido arsenal, que ofrecí dejar en voluntario depósito, a condición de que me fuese devuelto al salir de allí, aprovechando la próxima escala de un buque que utilizaría para trasladarme a Freetown, más al Sur, camino del corazón de África, adonde proponía dirigirme.

El negro aquel sabía que la introducción de armas estaba prohibida, y para él no había considerandos de ninguna clase. Fueron inútiles mis gestiones para ver al jefe, proposición que acogió como si le propusiera un sacrilegio. No tenía otro camino más que obedecer el rigor de una ley, y tuve que abandonar mis armas para adentrarme en la ciudad.

En ésta una agrupación de preciosas casitas, con su bien cuidado jardincillo delante, y fas flores crecen y se desarrollan allí con una fuerza que puede calificarse de furor, favorecidas por el clima tropical. Las calles son tiradas a cordel y deliciosamente sombreadas por palmeras, cocoteros y papayas ; la vista se recrea en el verdor de los jardines, mientras que el cuerpo goza de las delicias de la sombra, ventaja inapreciable en aquellas tierras en donde la espesa sombra de una selva es una tortura. Cierto es que no penetran allí los rayos del sol, pero la temperatura caldea, la humedad que emana del suelo, casi en forma de vapor.

Cuenta Bathurst con unos 7,000 habitantes, entre los cuales podrán contarse unos 150 blancos. El principal producto de exportación es el vulgar cacahuete, que se cosecha en cantidades fabulosas.

En el embarcadero hay constantemente verdaderas montañas de este producto, base de la riqueza de las factorías del país, francesas en su mayor parte.

Si bien se carece allí de hóteles y de cafés, o almacenes al estilo europeo, con muy poco esfuerzo de imaginación se creería uno en Europa, a no ser el color de los negros, perfectamente civilizados y correctamente vestidos..., mientras están dentro de la ciudad. Los mismos, a pocas millas de la ciudad, en nada se diferencian de los habitantes no sometidos a las exigencias de una vida común con gente blanca. Una poca distancia basta para que en un momento desaparezca el barniz superficial de una civilización impuesta por los dominadores y aceptada a regañadientes, sólo para disfrutar de las ventajas que les proporciona su condicionada y aparente sumisión. A pesar de cuantos esfuerzos se hagan, transcurrirán siglos antes no se haya desarraigado de ellos su apego a costumbres y usos seculares y vencer su natural indolencia y su repugnancia a asimilar las costumbres de sus colonizadores.

Guiado al azar, di de pronto con la residencia de M. Oursel, agente consular de Francia en aquella colonia inglesa, al que me recomendara el excelente M. Leviére, cuyo solo nombre bastó para que fuera acogido admirablemente y colmado de atenciones, prodigadas con la exquisita cortesía francesa. A las primeras palabras y todavía bajo la impresión que me había causado la pérdida de mi armamento, expliqué a M. Oursel lo que me había ocurrido en la aduana, y entre la infinidad de atenciones que debo a aquel perfecto caballero, cuento como una de las principales el haber recuperado las armas, a las que tenía yo tanto apego, y cuya devolución fué obtenida gracias a las gestiones que practicó inmediatamente. No sólo obtuvo esto, sino que interesóse en que se me concediera una licencia que había de permitirme, para siempre, el porte y uso de armas en territorio colonial inglés. Había desaparecido la pesadilla que enturbió la satisfacción de mi llegada a Bathurst.

Como dije ya, pronto había de presentarse ocasión de embarcarme para Sierra Leona. Estaba anunciada para dentro de tres días la escala de un vapor holandés que iba con dirección al Sur. Gestioné mi pasaje, y, libre ya de preocupaciones, acepté encantado la proposición de M. Oursel, que invitóme a tomar parte en unas cacerías organizadas con unos de sus amigos, diversión sin peligro, puesto que esta vez eran las pacíficas perdices las que iban a ser víctimas de nuestra afición favorita. Fueron dos jornadas sin más interés que el de ser agradabilísimas, pero sin episodios dignos de ser relatados aquí.

Nuestro regreso a la ciudad coincidió exactamente con la llegada del buque en que tenía que embarcar, soberbia nave de unas ocho mil toneladas, matriculada en Rotterdam. Conmigo viajaban unos pocos europeos, aumentando el contingente blanco que viajaba en él, con manifiesta inferioridad numérica en relación a los negros, que poblaban el entrepuente.

Conservaré siempre el mejor recuerdo de las bondades que tuvo para conmigo M. Oursel, de quien me separé con disimulada emoción.

Levó anclas el buque, y poco después surcaba ya las aguas del Atlántico, tersas como un espejo, sin que la menor brisa las rizara. El calor era insoportable en las cámaras, y a duras penas tolerable a la Sombra de los paseos de cubierta. La rápida marcha del buque no aliviaba apenas los rigores de aquella temperatura inclemente, y confuso en verdad que deseaba una tormenta que cambiara radicalmente las condiciones de aquella navegación anodina.

Dispuso el capitán que con unos tablones y una tela embreada se improvisase una piscina en cubierta, y en ella, con los demás compañeros de viaje, pasaba la mayor parte del tiempo como botella en refresco.

De tiempo en tiempo avistábamos tierra, cerca de la cual navegábamos hasta que al atardecer del tercer día de tan aburrido viaje, una maniobra orientó francamente el buque hacia la costa. Surgieron en el crepúsculo las luces de la ciudad, y de pronto se echó el ancla. Estábamos en Konakry, capital de la Guinea francesa.

Bajé del buque acompañado de M. Georges Laffite, con quien prontamente me unió estrecha amistad, aumentada si cabe por la similidad de nuestras aficiones y el deseo de recorrer las siempre misteriosas tierras del África ecuatorial. M. Laffite se dirigía al Congo belga, para desde allí internarse hacia la región de las grandes selvas nuestros destino era, pues, común.

A las pocas horas teníamos que estar otra vez a bordo, pues terminadas las operaciones de descarga, el buque se haría otra vez a la mar. No había ni que pensar siquiera en recorrer la ciudad que teníamos delante, pero eran tantas las ganas que teníamos de substraernos al fastidio de aquella navegación, que soportamos, alegres como escolares en día de fiesta, la incomodidad de un desembarque en lanchas a aquellas horas.

Ni que decir tiene que la primera persona con quien tropecé ya en tierra firme fué un aduanero. Al de esta vez, ni siquiera le veía la cara, tanta era la obscuridad y el negro subido de su color. Pero entonces no llevaba equipajes que revisar, ni más armas que dieran lugar a conflictos como el que me ocurrió en Bathurst, que el revólver previsoramente llevado en el bolsillo. Se reduciría todo, a mi entender, a una ligera revisión de mis documentos.

Pero ni esto hubo siquiera. Valiéndose de un francés bastante aceptable y contestando a mis preguntas, contestóme el agente que estábamos en completa libertad de ir y venir cuanto nos viniera en gana, lo que me reconcilió casi con la clase aduanera. Verdad es, de todas maneras, que el agente no era inglés.

Konakry cuenta con unos seis mil habitantes, negros en su inmensa mayoría, desde luego. No obstante el predominio abrumador de la raza negra, la ciudad es limpia y agradable. Hay un hotel, un hotel de veras, lujo raro en aquellas latitudes, completado con la instalación de un «music-hall», que si bien no admitía comparación con sus congéneres parisienses, con su piano y un solo violín por toda orquesta y las frivolas canciones de sus artistas francesas auténticas, contratadas para toda una temporada, pareció trasladarnos de pronto a la lejana Europa. Poco le faltó para que no me enternecieran las notas de un couplet, muy de moda en París meses antes, y que deleitaba a la concurrencia de allí, que saboreaba el placer de la «novedad» de aquella tonadilla, reservada por la «estrella» de la compañía como clou de la función.

El voluptuoso deseo de afrontar los riesgos de la selva corre parejas con mi insaciable curiosidad, que me lleva a recorrer países casi vírgenes hoy todavía y, no obstante, la rápida y fugaz transición de aquellos momentos pasados en un ambiente banal en las grandes ciudades, ejercía un curioso efecto en mí. Costóme trabajo el levantarme de mi asiento para volver al buque cuyas señales de partida se percibían claramente desde allí. Con mi amigo volví a las tinieblas de la rada, apenas disipadas por las luces diseminadas a trechos regulares. Un bote nos llevó nuevamente a bordo, y a poco desaparecía de mi vista aquella ciudad que me hizo sentir unos instantes la nostalgia de la patria.

Catorce horas llevaríamos de navegación, cuando edhó nuevamente el ancla nuestro buque. Teníamos ante nosotros Freetown, la capital de Sierra Leona, otro de los jalones de la colonización inglesa, esparcida por el mundo entero y en cuyos dominios, como antaño con los de la Corona de España, jamás se pone el sol.

Freetown merece en verdad su nombre de capital. Rodeada por altas colinas en las cuales están emplazados la mayor parte de edificios de los servicios públicos, con amplios cuarteles para su bastante numerosa guarnición, cobija 20,000 habitantes. El Kobella desemboca en medio de la bahía; es navegable para embarcaciones de poco calado, pero no para buques de regular tonelaje, a causa de los bajos fondos, que lo interceptan en casi toda su anchura, dejando sólo un estredho canal.

Volvíme a encontrar con todos los obstáculos de las leyes inglesas, aplicadas con todo rigor por agentes de color, inexorables en el cumplimiento de las órdenes que reciben de sus superiores. Vuelta al minucioso examen de mis equipajes y poco faltó para que otra vez se me despojara de mis armas, a pesar de la licencia que se me libró en Bathurst por intercesión de M. Oursel. No se espere de los agentes de la Gran Bretaña la humana elasticidad, la iniciativa de criterio propia a las autoridades de los países latinos, tan celosas en el cumplimiento de su deber como las que más, pero desprovistas del teatral empaque de las razas septentrionales. Y cuando las funciones de policía quedan en las colonias, confiadas a los indígenas, imbuidos de vagos conocimientos de disposiciones y decretos, que la mayor parte de las veces no comprenden siquiera, cuesta trabajo el formarse idea de los obstáculos con que se tropieza al llegar a ellas.

Pude, por fin, allanarlos todos a fuerza de saliva, y de alguna que otra moneda de reluciente plata, que allí, más que en otras partes, es el supremo conjuro para dar al traste con la imponente muralla de todas las leyes habidas y por haber.

Capitulo XIII

EL TRIBUNAL DE FREETOWN. — EMBARCO PARA TOMBU. — LA JUSTICIA ENTRE LOS SALVAJES

A no ser por el color de los naturales del país, creeríase uno estar en una ciudad completamente europea, más todavía que en Bathurst, ya que aquí la mayor parte de negros visten, no sólo con decencia, sino aun con elegancia, con un refinamiento impropio del país, que extreman al punto de que abundan los que visten chaqué, soportando perfectamente una temperatura ecuatorial que los europeos no podemos afrontar sino a determinadas horas, las primeras de la manana o las últimas de la tarde, y aun vestidos solamente con trajes blancos y muy ligeros.

Así, pues, la impresión que se recibe al desembarcar en Freetown es halagüena por demás, hasta el momento en que un detalle cualquiera revela el odio que siente el natural por el individuo de raza blanca.

Quizá tenga este odio origen en las miradas entre curiosas y burlonas que todo blanco les asesta, cuando desembarca por primera vez en Sierra Leona; el contraste violento entre la fealdad de sus facciones, que les hacen perfe lamente comparables a un macaco, lo rebuscado de mis vestiduras y su cómico amaneramiento en copiar las costumbres inglesas que asimilan rápidamente, hace soltar la más escandalosa y justificada carcajada.

Al poco rato llegábamos a nuestro hospedaje, al mal bautizado «Gran Hotel», cuyo principal atractivo lo constituye la excelente acudida de sus propietarios, los hermanos Galizia, que al propio tiempo, y principalmente, explotan varias factorías diseminadas por el interior del territorio. lil tal hotel dista mucho de merecer el nomine de <<Gran» que le atribuyen pomposamente ; el confort de que se goza en él es muy relativo, pero hay allí ventiladores eléctricos, y este aparato, inapreí iable en aquellas latitudes, basta para hacer olvidar la necesidad de mayores comodidades, lis imponderable la voluptuosidad que siente un viajero en la zona tórrida cuando, de tiempo en tiempo, tiene la fortuna de encon¬trar a su paso la brisa de un ventilador.

Acompanados del capitán del buque, que aprovechó la escala para dar un paseo en tierra, y del agente consignatario de la compania, un holandés cachazudo y bonachón, que ostentaba un nombre castizamente espanol (llamábase Trompeta, de apellido), M. Laffite y yo nos sentamos a la terraza, en lomo de un velador, a la sombra de un toldo, apurando con delicia una cerveza deliciosamente fresca, hasta el momento en que, cercana ya la hora de la cena, el capitán del buque volvió a bordo, escoltándolo M. Trompeta.

Pocas horas después dormíamos plácidamente, sin que el abejorreo del ventilador, pródigamente puesto en marcha toda la noche, interrumpiera nuestro sueno.

Al día siguiente, temprano todavía, salimos para visitar la población con algún detenimiento, y frente casi del hotel levantábase el Colegio que unos religiosos católicos irlandeses regentaban. Creíamos interesante visitarlo, juzgando, como así fué, que, dada su intimidad constante con los indígenas, podrían los buenos Padres darnos una infinidad de detalles sobre los usos y costumbres de los nativos de la región. Fuimos amablemente acogidos por aquellos sencillos religiosos que, para cumplir su misión, arrostran toda clase de incomodidades y frecuentemente peligros. Lamentáronse de la verdadera <<competencia» que les hacían las misiones protestantes que, mejor apoyadas probablemente, lograban un mayor número de adeptos. Así, pues, los naturales de Freetown practican la religión protestante, siendo numerosos los templos y colegios que allí existen de aquella confesión. Vimos en Freetown otra curiosa aplicación del sistema colonial inglés. La administra¬ción de justicia queda enteramente confiada a los indígenas, entre los cuales se cuenta buen número de abogados.

El Tribunal se constituye observando las ceremonias de los de la Metrópoli. Visten los magistrados la amplia toga y llegan al extremo de cubrir su cabeza con la blanca peluca, clásica en los tribunales ingleses. A los pocos momentos de estar en la sala de audiencia, tuve que salir escapado para poder dar rienda suelta a la risa que me retozaba en el cuerpo, desde que vi aparecer en la Audiencia, graves como auguros, las impagables caras de los magistrados, con las increíbles pelucas blancas, que realzaban todavía más su color abetunado y les daban al mismo tiempo un aire tan irresistiblemente cómico, que es imposible de describir.

Lo demás de la ciudad, poco inicies ofrecía en sí. Nos preparábamos, pues, a abandonarla, cuando nos enteramos de una curiosa particularidad que ni en suenos podíamos sospechar. El Gobierno inglés tenía vedada la caza y sólo en contados casos libraba licencia para este deporte.

Únicamente podía librarlo el jefe de policía, Mr. Hoop, pero éste, como sus colegas de otros territorios, era completamente inabordable. Fueron inútiles las gestiones que durante lies interminables días hicimos para que nos recibiera ; por fin lo obtuvimos y, aunque no sin trabajo, logramos la codiciada licencia de caza, parsimoniosamente válida por ocho días.

No había tiempo que perder, v así aceptamos encantados la oportunidad de embarque que nos ofrecía la salida de una embarcación indígena que, a la vela, tenía que remontar la corriente del Skarsies, con dirección a la más próxima factoría de los senores Galizia. El hotelero diónos una recomendación para SU hermano, y a las dos de la tarde, la hora calurosa por excelencia, pero la más propicia para la navegación, facilitada por el reflujo, nos embarcábamos. Después de seguir un trecho de costa apa,-reciósenos, de pronto, la embocadura del anchuroso río, en el que resueltamente penetró nuestra embarcación, que navegaba rápidamente a impulso de un viento favorable.

Las márgenes del río son un espectáculo de grandiosa belleza. Arboles majestuosos se levantan por doquier, entrelazados caprichosamente por el serpenteo de las lianas. Aves numerosísimas pueblan los aires, pájaros de vistosos plumajes y de colores brillantes revoloteaban incesantemente alrededor del buque, que avanzaba ya con menor velocidad a medida que se acercaba el crepúsculo. Cesaba el viento por momentos y el reflujo llegaba a su mayor altura.

A las dos de la madrugada nuestro buque estaba inmóvil. Las velas pendían lamentablemente, faltas de la menor brisa, y la corriente del reflujo había cesado por completo y entonces comprendimos la razón que tuvo el hotelero cuando nos dijo que la factoría distaba de unas catorce horas a tres días. Todo dependía del viento que hacía poco caso de las llamadas que le hacía la tripulación del buque, soplando desaforadamente unos enormes cuernos.

Con la desaparición del viento coincidió una plaga de mosquitos que se infiltraban por todas partes, a pesar de los mosquiteros previsoramente armados por consejo de Ja tripulación, ducha ya en aquellos menesteres.

Las picaduras de aquellos insectos son sumamente dolorosas, y aun alarmantes para el novicio. Aunque más pequenos que los de las zonas templadas, los mosquitos de aquellas regiones provocan considerables hinchazones, que tardan no mucho en desaparecer. Por lo general, no son lo peligrosas que las picaduras de los insectos que infectan las tierras del interior.

La humedad, durante la noche, es indescriptible, sin que el calor desaparezca por ello, si bien, claro está, no alcanza la fuerza del que se <<disfruta» en mitad del día. Sudábamos a mares, y era completamente inútil todo intento de conciliar el sueno. El calor, la humedad y los mosquitos, coaligados, impedían pegar los ojos. La tranquilidad era completa bajo la bóveda de un cielo sin una nube, tachonado de estrellas de extraordinario brillo. El silencio a nuestro alrededor era absoluto y sólo de vez en cuando algún maullido extrano, un lejano rugido o el rozar de las hierbas de la cercana orilla turbaban la majestad de aquella calma y denotaban que ni en la obscuridad de la noche cesaba la actividad de los fieros habitantes de la selva.

Clareaba ya el día, cuando un asomo de brisa dio nuevamente movimiento a nuestro buque. A los primeros reflejos del alba veíamos correr por las orillas a innumerables fieras de toda especie; los gatos-tigres corrrían tras las ágiles gacelas, que tanto abundan allí, y algún tigre saltaba en medio de la maleza al avistar nuestra embarcación. Aquello era un verdadero paraíso para el cazador, y esperábamos impacientes pisar tierra firme. Mientras el buque navegaba lentamente, acercándonos a la factoría de Galizia, adonde no tardaríamos en llegar. Estaba situada en un poblado indígena, de regular importancia, llamado Tombú, La casa de la factoría no estaba totalmente terminada, pero sí en condiciones de albergarnos; Su propietario recibiónos muy amablemente y se puso a nuestra disposición para llevarnos a lugares en donde abundaba la caza de grandes fieras. Las aves, patos sobre todo, ni siquiera provocaban la menor intención de malgastar un cartucho. Para qué, si los negros las cazaban cuando y como querían, a pesar de su reconocida habilidad en descubrir la menor trampa?

Nuestra llegada a la factoría dio lugar a un incidente que, cómico en sí, podía trocarse en horrorosamente trágico. Al desembarcar, mi companero, M. Laffite, dio un paso en falso y cayó al agua; tomó la cosa a broma e inconscientemente quiso aprovechar el forzado bano dando algunas brazadas, a lo que con creces invitaba la temperatura. Los negros que nos acompanaban dieron desesperados gritos para que se asiera a una cuerda que echaron de a bordo. Cogióla por fin,y de un vigoroso tirón, al que contribuí con todas mis fuerzas, lo izamos; no habia apenas tenido tiempo de salir del agua, cuando el lomo grisáceo de un asqueroso caimán apareció en la superficie del agua abriendo sus fauces pobladas de unos dientes que me dieron escalofrío. Un segundo más, y mi companero habría sufrido una mutilación horrorosa, o hubiera muerto bajo la dentellada de aquel inmundo saurio.

A la hora de la comida, el consabido pollo hizo su aparición en la mesa, y los no menos consabidos huevos, menú obligado en aquel país, completaron el ágape. A los negros se les hizo una buena distribución de mijo y de arroz con una buena ración de aceite de palma, amén de alguna cantidad de pescado seco. Tal es la base de su alimentación. Repitióse la operación por la noche, retirándose luego cada uno para descansar; fuimos nosotros a nuestras habitaciones, algo desprovistas de mobiliario, pero herméticamente cerradas por celosías de fino alambre, que impedían el paso de los mosquitos a través de sus espesas mallas. Los negros cobijáronse bajo un techado, tendidos en el suelo. Antes habían encendido un fuego que les rodeaba y que les ponía a cubierto de los ataques de las fieras. Por turno cuidaban, durante la noche, de alimentar la hoguera, con lena amontonada adrede en el cobertizo.

A la manana siguiente, y acompanados por negros, empleados de la factoría, visitamos el cercano poblado del Tombú.

Aunque relativamente cercano a Freetown, Tombú presenta las características de un poblado netamente indígena. Sus habitantes cuidan poco de su indumentaría, reducida a extremos que harían ruborizar un guardia civil. Las mujeres, algo más púdicas, cuidan más de estos detalles; las casadas visten una falda de paja trenzada, que alcanza la rodilla. Las solteras limitan sus vestiduras a un sencillo delantal, también de paja, pero unas y otras as numerosas cuentas de vidrio de colores, que adquieren en las factorías a precios nada despreciables, dada la calidad de estos adornos. En estas transacciones interviene la moneda, inglesa toda ella, que los negros se procuran por medio de un comercio bastante activo y muy original en su fondo, pero completamente ruinoso para ellos.

Al llegar la época de la cosecha del arroz, su principal cultivo, lo venden íntegramente a las factorías, a pesar, como se ha dicho, de ser también su principal alimento. Realizada la venta, adquieren los susodichos objetos de adorno y, alegres como unas pascuas, bien repleto el bolso, vuelven a sus cabanas, sin pensar siquiera que lo que acaban de vender les es indispensable al siguiente día. Entonces, vuelta a la factoría, en donde adquieren sus mismos productos a un precio doble a menudo, y algunas veces triple, del que vendieron, hasta dar, al fin de la campana, con el forro del bolsillo. Siempre obraron así, y no comprenden el Obrar de otra manera, y esto constituye la formación de las fortunas, escandalosas a veces, de los propietarios de lis tales factorías, fortunas sólidamente cimentadas en breves anos.

Las chozas de aquel poblado podrán diferir, en la forma, de las de los habitantes de las regiones limítrofes, pero son construidas con idénticos materiales. La paja, las canas y el barro son los únicos que se emplean en tales construcciones.

Una de las curiosas costumbres que admiran al visitante en Tombú es la aplicación de la justicia, administrada por cinco ancianos de la tribu, presididos por el jefe. Los delitos deben ser numerosos allí, puesto que exigen que el tribunal se reúna diariamente en una cabana especial. El día que estuve allí celebróse un juicio por estafa, así, sin más ni más. El acusado era un joven de unos veinticinco anos. El acusador era un tío carnal suyo que reclamaba la deuda contraída por el acusado con motivo dé una transacción naturalísima allí y en otras partes de África.

El acusado, cuando soltero, enamoróse de su prima, hija del acusador. Juzgúese de la pobreza del joven, por el hecho de no tener más mujer que aquélla ; ni más dinero con que comprarla que unas pocas monedas de plata, recibidas por el suegro a cuenta de la mayor cantidad en que estipuló la operación. Fijóse un plazo para el pago del resto, y a su vencimiento no tenía el joven consorte la cantidad para liquidar su deuda, y pese a sus súplicas y a los llantos de su madre, el implacable acreedor llevó el asunto ante el expeditivo tribunal. Oídas las partes, que con interminables peroraciones apoyaron sus razones, en un momento sentenció el tribunal que el acusado tenía que pagar inmediatamente su deuda, o sufrir los rigores de la cárcel, pena que substituía los antiguos sistemas de castigo, y cuya institución alli era probablemente la única muestra de la influencia inglesa en sus costumbres.

CAPITULO XIV

UNA CÁRCEL INDÍGENA. — ROKUPRU. UN INGLES «NATURALIZADO» NEGRO. TERROR EN LA SELVA.

Era curiosa la tal cárcel, instalada en una cabana similar a las demás, sin rejas ni puertas, ni medidas de seguridad alguna ; y lo particular del caso es que no había en ella ningún preso. Estos estaban tranquilamente tendidos al aire libre, tomando beatíficamente el sol, de la misma manera que un campesino en un mediodía de invierno.

Pero no por eso gozaban de libertad ; no llevaban ligaduras, es cierto, pero en cambio tenían un pie cogido por un cepo, común para todos ellos, compuesto de un largo tablón, aserrado en su mitad longitudinal, con orificios de trecho en trecho para meter en ellos un pie de los delincuentes. Completaba esta instalación una visagra en un extremo del tablón para darle juego de apertura, y un sólido candado en el otro extremo.

Las autoridades del poblado, una vez puesto el delincuente en el cepo, no se ocupan ya de él y sus cuidados se reducen a proporcionarles el abrigo del cobertizo cuando todos a una toman el partido de cobijarse en él.

La alimentación, deben proporcionársela sus allegados o amigos, o la caridad pública ; este último recurso es algo problemático, ya que los negros no brillan por su amor al prójimo. Y cuéntese que en aquella tierra a despecho de su proximidad a una ciudad civilizada, no son raros quienes prefieren en mucho un buen bifteck de algún semejante, hombre o mujer, que en esto no tienen marcada preferencia, al arroz o al mijo que les es base principal de sustento.

Gracias a nuestro paso por allí, los presos de Tombú comieron aquel día, y algo mejor y abundantemente que nunca, puedo asegurarlo. A cada uno pregunté, de la manera que Dios me dio a entender, los motivos de su pena. Quien estaba allí por haber demostrado demasiado carino a una mujer que no estaba ya en situación de corresponderle; otro no había guardado el debido respeto al Jefe de la tribu ; otro, careciendo de dinero con que adquirir legalmente lo que necesitaba para comer, no había sido, lo suficientemente listo para huir con su botín de arroz. En fin, la gama de delitos, de poca o mayor monta, que se cometen en todas partes. Pero todas las penas podían redimirse con dinero, pequenas cantidades de quince o veinte chelines, que no obstante, son casi fortunas para el indígena.

Eran ya las tres de la tarde y teníamos que aprovechar el flujo si queríamos llegar pronto a Rokuprú antes que cerrara la noche. Lista ya una canoa, embarcamos con el senor Galizia que quiso a toda costa hacernos los honores de su otra factoría, mejor acondicionada ya, que la que dejábamos allí. Levantóse en aquel entonces una brisa agradable que hinchando la vela de nuestra embarcación, la hacía deslizar mansamente sobre las límpidas aguas del anchuroso río. No se cansa la vista de contemplar la exuberante vegetación de sus orillas, más hermosa, si cabe, a medida que nos internábamos río arriba.

A poca distancia del término de nuestro agradable viaje, cesó el viento con una rapidez increíble. Los tripulantes de la canoa deliberaron entre sí sobre la conveniencia de llamar en seguida el viento con sus enormes cuernos, pero la intervención de M. Galizia cortó la discusión. Se dejarían los cuernos en paz, y se aprovecharía el resuello en manejar los remos. De buen o mal grado tuvieron que obedecer, y así, a las seis, llegábamos a Rokuprú.

No en vano nos había dicho nuestro huésped que podía ofrecernos allí mejor hospedaje que en Tombú. La casa de su factoría era un bonito edificio no desprovisto dé cuantas comodidades eran posibles dé obtener en lugar tan apartado. Dejárnosle ocupado en sus asuntos, y M. Laffite y yo aprovechamos todavía la luz crepuscular para dar un paseo a orillas del río. A aquellas horas, cobra éste toda su actividad. I.os caimanes, grandes y numerosos, ahitos ya de sol, vuelven a sus profundidades o se deslizan rápidamente por las aguas dejando ver su lomo grisáceo. Lejos de nosotros y a la orilla opuesta, un hipopótamo de buen tamano cenaba plácidamente a costa de los canaverales que allí crecían y algunas veces sentimos cercano el rápido deslizar de un reptil invisible por entre los altos herbajes que nos rodeaban. Nuestro paseo se volvía por momentos lo suficiente peligroso, para que tomáramos el acuerdo de darlo por terminado, y así volvimos a la factoría en donde nos esperaba ya M. Galizia para cenar.

Fuera d§ la casa, situada casi en plena selva, reinaba la obscuridad más completa. La noche era bellísima y hubiera sido más que agradable a no ser la vecindad, demasiado próxima, de las fieras que rondaban a aquellas horas a nuestro alrededor, de una manera alarmante. Nuestro huésped, con la fuerza del hábito, no daba la menor importancia a lo que a nuestro entender la tenía tanta. Pueden afrontarse, a plena luz del día, los peligros del ataque de una fiera, pero de noche, la cosa cambia por completo, a menos de estar completamente preparados para correrlos. Una conversación sobre este punto, durante la cual M. Galizia dióme preciosos consejos, avalorados por su cualidad de excelente cazador, fué el tema de sobremesa, que terminábamos con una sesión de gramófono, cuando entró en la estancia el propietario de una factoría cercana, un inglés que había tomado raíces en aquel país, en donde, al contrario de todos los blancos llevados allí en su afán de lucro, residía hacia ya bastantes anos sin intención de marcharse. Su robusta constitución le permitía resistir perfectamente el clima, el principal enemigo del hombre blanco.

Era joven todavía, pues no contaba más allá de unos treinta anos. Pertenecía a una excelente familia. Cansado de la vida de sociedad y ansioso de anchos horizontes, partió muy joven de su casa para viajar sin rumbo. Había recorrido el mundo en todos sentidos, hasta que la casualidad llevóle hasta allí. Gustóle el sitio, y con la rapidez de decisión que le era característica, sentó allí sus reales, entreteniéndose en montar una pequena factoría con qué ocuparse. La explotación cobró importancia y lo que fué en principio un capricho de un adolescente casi, acabó de arraigarle en aquella lejana tierra. Según su expresión, allí «dejaría sus huesos».

Tal afición le había tomado al país, que al poco tiempo asimilóse a algunas de sus costumbres «por comodidad>>, según decía, riendo. Recién llegado, casóse legalmente, es decir, compró una esposa por pocas pesetas; a los pocos días, substituyóla por otra, pues, enemigo de la poligamia (o quizá del ruido que dos mujeres podían promover en su casa), despidió a la primera. La segunda íué asimismo substituida por otra, y sabe Dios el número de orden que correspondía a la que compartía las delicias del hogar cuando mi estancia. El hombre estaba encantado de lo expeditivo que es el divorcio allí, ceremonia que se limita a un pequeno gesto con el índice y a un sencillo castaneo con el pulgar de la mano derecha. La mujer comprendía perfectamente lo que se le quería decir, se largaba, y asunto concluido.

Es probable que con este sistema haya agotado el elemento femenino de la tribu y que a estas horas tenga quizás que recorrer a la importación.

Con la chispeante charla de este inglés, que, aparte de lo dicho, era un perfecto caballero, pasaron rápidamente las horas, y era ya hora avanzada de la noche cuando, rendidos de sueno, pos acostamos. Habíamos pasado en claro la noche anterior por culpa de los dichosos mosquitos, pero las ventanas de nuestras habitaciones, cubiertas con espesos mosquiteros, nos ofrecían mejor noche que la pasada. Estaba ya alto el sol cuando nos despertamos.

Pasamos tres días sin más ocupación que la de pasear, comer y dormir. M. Galizia se ocupaba en sus negocios y le instábamos a que no los apresurara por culpa nuestra, pues quería a toda costa acompanarnos a unas cacerías por los alrededores.

A las cinco de la manana del cuarto día, salíamos por fin, bien pertrechados de armas y municiones de gran calibre, y emprendimos la marcha a través de la selva, rodeados por un pequeno ejército de negros ojeadores, armados con flechas, arma en la cual son sorprendentemente diestros. Se nos había prometido abundancia de toda suerte de piezas, pero habíamos ya andado unos cinco kilómetros de penosa mardha, sin hallar ni el menor rastro de ningún tigre ni pantera. En cuanto a leones, yo creí problemático dar con alguno, a pesar de las seguridades que se me daban de que los había.

Eran ya las once y media, cuando el cansancio de aquella caminata hizo que volviéramos sobre nuestros pasos, algo más aprisa que a la ida, en que todos estábamos al acecho en previsión de toda eventualidad. Cerca ya de la factoría, tendido a orillas del río, un enorme caimán digería alguna presa, y M. Galizia disparóle un tiro, que dio o no en el blanco ; no tuvimos modo dé comprobarlo, puesto que el bicho aquel se zambulló algo más que ligeramente.

En espera de mejor resultado, salimos nuevamente la siguiente manana. Siguiendo pistas imposibles, anduvimos unos siete kilómetros hasta llegar a lugares en que «forzosamente» teníamos que encontrar caza! Y qué caza! Aquellos lugares eran frecuentados por hipopótamos que se internaban en el bosque para pacer, pues este animal es esencialmente herbívoro. Sin embargo, no vimos ni uno solo, como tampoco vimos ningún otro animal, y, descorazonados, M. Laffite y yo propusimos el regreso, que emprendimos a reganadientes de M, Galizia, furibundo cazador, con todas las cualidades que ha de reunir quien se precie de tal y entre las cuales descuella la paciencia en lugar principalísimo. Según él, la caza es una verdadera lotería que daba razón al viejo refrán que dice: «Cuando menos se piensa, salta la liebre». No mintió esta vez el adagio, pues un gato-tigre vino esta vez a recompensar nuestras fatigas con su pellejo. Me cupo a mí el honor de la jornada.

Era un espléndido ejemplar de la raza, enorme, comparado con los ejemplares corrientes de esta fiera, puesto que medía 75 centímetros su tronco, sin contar la cabeza ni su larga cola. Esto alegró nuestro regreso a la factoría.

A última hora de la tarde visitamos el poblado, lleno a aquellas horas de un pajarraco inmundo, ya visto en el Senegal, pero no en la abundancia que aquí. Es ya conocido en todas parles, y rara es la colección zoológica que no posea ningún ejemplar. Se trata del «Marabú», vulgar bajo el nombre de «adjudant» con que lo han bautizado los franceses.

Esta bestia, que parece un ser decrépito cuando está en reposo, con su asquerosa cabeza hundida en los hombros y su enorme pico apoyado en el pecho, como en actitud pensativa, tiene a su cargo el «servicio de limpieza pública» de aquellos lugares. Todo es bueno para su estómago; su voracidad no tiene límites, y traga glotonamente toda clase de inmundicias. Los negros le respetan con tanto mayor motivo que el «Marabú» persigue encarnizadamente las serpientes, que caza con una agilidad que parece impropia de su pesadez.

Monsieur Galizia nos ofreció al día siguiente una partida de pesca, que haría las delicias de nuestros pacientes pescadores de cana. Me sorprendió, al pronto, el tamano de los anzuelos que nos fueron distribuidos, pues la abundancia de la pesca hace completamente inútil el uso de la red. Esta además, correría grave riesgo de ser destrozada por los caimanes que pululan en aquellas aguas.

Embarcados en una lancha, nos situamos en mitad del río, y había apenas lanzado mis arreos al agua, cuando un tirón descomunal, al que no estaba preparado, hízome casi perder el equilibrio. Me vi apurado para sacar a la superficie el imprudente pez que me había deparado la suerte, verdaderamente proporcionado a la anchura del caudaloso río, y de los caimanes e hipopótamos que lo habitan.

No bajaria de cinco a seis kilos lo que pesaba, y, a no ser por la ayuda de un negro, al corriente de las artimanas que requiere aquella clase de pesca, con dificultad habría podido quizá sacar del agua aquel pesiado que oponía una resistencia endiablada a mis tirones. Pasamos la manana, no pescando, sino sacando peces, tal era la frecuencia con que mordían el anzuelo.

Parte de nuestra pesca fué la base de la comida de aquel día. Abandonamos el resto a los negros, que el día anterior habían devorado en un instante la carne del gato-tigre que yo había cazado, a pesar de sei icpugnante para paladares medianamente delicados.

Al cuatro día emprendíamos la tercera y última cacería, acompanados de M. Galizia. Con el mismo aparato de ojeadores y armamento, nos dirigimos a lugares cercanos a los visitados en las dos cacerías anterior y habríamos , andado cosa de una hora, cuando loa negros que nos precedían dieran la senal de alarma. Uno de ellos vino corriendo a nuestro encuendo, haciendo senas para que no avanzáramos más; los demás retrocedieron asimismo, y venían a reunirse con el grupo que formábamos los tres europeos, junio con los negros que iban al flanco y los que cerraban la marcha. Cada uno tenía senalado su puesto, y bajo ningún pretexto tenía que abandonarlo, ya que en esta disciplina estribaba la seguridad de todos.

Eran gente probada, aguerrida por anteriores cacerías y hábiles, como dije, en servirse de sus armas. No obstante, habían abandonado sus puestos e instintivamente habían formado un grupo compacto a nuestro alrededor como buscando protección en nuestras armas de fuego. Los que iban a vanguardia temblaban, y en su rostro pintábase un terror indescriptible, que se comunicaba a los demás, infundiéndoles un pánico tanto mayor cuanto que ignoraban los motivos de la alarma, ya que los que la provocaron con sus gestos no podían siquiera hablar, tanto era el terror que les dominaba. A lo lejos se oía un extrano ruido, unos rugidos monstruosos que suspendían el ánimo. Nos invadía el ansia de la incertidumbre, y no podíamos vencerla. Qué peligro nos amenazaba ? Qué ocurría, Santo Dios ?

CAPITULO XV

DOS TIGRES EN LA SELVA. — LA ANTROPOFAGIA EN ROKUPRU. — UNA MARCHA A TRAVÉS DE LA SELVA. — UNA ALDEA DESPOBLADA. — LA RESISTENCIA FÍSICA DE LOS NEGROS. — CAMBIA.

Los rugidos iban en aumento, al par que nuestra confusión, y hubiérase dado el caso de que una numerosa tropa, cual la nuestra, se hubiese visto de pronto atacada por una manada de fieras, sin estar a la defensiva, tanto era el desorden que reinaba entre nosotros. Pero pudo más el instinto de conservación y resueltamente avanzamos MM. Galizia, Laffite y yo. Aprestadas nuestras carabinas fuimos hacia donde partían los rugidos, prontos a toda eventualidad.

A poco de allí, dimos con la clave del misterio, que tal había sido hasta entences lo que contemplábamos ahora. En un claro de la selva había dos tigres enormes, como de los viera antes, en fiera batalla ; luchaba el desgarrador zarpazo contra la despiada dentellada ; estrechamente unidos un momento, separábanse un instante para acometerse con mayor furia. Daban saltos descomunales para caer el uno sobre el otro y asegurarse así la ventaja definitiva, la victoria sobre el rival. Los rugidos atronaban el ambiente y eran tan fuertes sus bufidos, que parecíanos sentir su hálito en nuestros rostros.

Nuestra situación era crítica. Bastaba que uno de los dos contendientes fijara su vista en nosotros, para que inmediatamente fuéramos blanco de sus iras. Enardecidos, su acometividad hubiera sido terrible, difícil de hurtar y desbaratado todo plan de ataque no nos 'hubiera dado tiempo de cargar nuevamente nuestras armas.

Confieso que en aquellos momentos de indecisión sentí un cierto escalofrío, que procuré vencer poniendo toda mi esperanza en la carabina que empuñaba nerviosamente. Novato todavía en aquellos menesteres, llevé mi arma al hombro, gesto que M. Laffite interpretó como que me disponía a tirar, y me contuvo con un ademán; no había llegado aún el momento. Algo apartado de nosotros estaba M. Galizia, apostado tras un árbol. Unos metros más allá, continuaba la lucha despiadada de aquellas fieras, con la misma furia.

Mas, de pronto, sonó un tiro. M. Galizia no había podido contenerse ya más tiempo, y bastó el ruido de la detonación para que en el acto cesara la querella de los tigres, inmovilizados un momento por el estupor. Estaba para decidirse nuestra suertes no habfa ya motivo para continuar en nuestra inacción, y de un instante a otro iba a volverse contra nosotros el implacable furor de aquellos salvajes animales.

Apunté al de la derecha, es decir, el de mi lado, en tanto que M. Laffite hacía lo propio con el que estaba del suyo. Toda la energía de mis fuerzas quedó un momento concentrada en mi vista, puesta en el punto de mira de mi arma. Disparamos casi simultáneamente, y una de las fieras desplomóse un instante, listaba herida; pero no lo suficiente para que su eventual acometida dejase de ser terrible; pero no hizo acción de atacar, sino que, describiendo unos círculos alrededor del teatro de su lucha, huyó de pronto, buscando el amparo de los espesos matorrales que envolvían el lugar. El otro tigre había desapara ¡do tan pronto disparamos.

Dimos voces llamando a nuestros negros, que acudieron, no sin prevención, y tomadas todas las precauciones, aleccionados como estábamos por aquella refriega, emprendimos la persecución del tigre herido, cuyo camino seguíamos fácilmente por las huellas que dejó al perder su sangre por la herida.

Apunté al de la derecha, es decir, el de mi lado, en tanto que M. Laffite hacía lo propio con el que estaba del suyo. Toda la energía de mis fuerzas quedó un momento concentrada en mi vista, puesta en el punto de mira de mi arma. Disparamos casi simultáneamente, y una de las fieras desplomóse un instante, listaba herida; pero no lo suficiente para que su eventual acometida dejase de ser terrible; pero no hizo acción de atacar, sino que, describiendo unos círculos alrededor del teatro de su lucha, huyó de pronto, buscando el amparo de los espesos matorrales que envolvían el lugar. El otro tigre había desapara ¡do tan pronto disparamos.

Dimos voces llamando a nuestros negros, que acudieron, no sin prevención, y tomadas todas las precauciones, aleccionados como estábamos por aquella refriega, emprendimos la persecución del tigre herido, cuyo camino seguíamos fácilmente por las huellas que dejó al perder su sangre por la herida.

De pronto, a unos cien metros de nosotros, apareció oiia vez la fiera, a la que el ruido de nuestras voces habia puesto sobre aviso, haciéndola salir de entre las matas en las cuales, rendida de fatiga y debilitada por la pérdida de sangre, se había acurrucado. A bulto le disparamos los tres, pero nuestras halas no fueron certeras. Huyó de nuevo y durante unos breves instantes vimos su lomo deslizarse entre la maleza. Era inútil perseguirla, pues hubiéramos encontrado obstáculos casi invencibles en aquéllos momentos, y decidimos el regreso.

Es inexplicable la sensación de bienestar que invade el cuerpo después de un riesgo inminente de perder la vida. Nuestra marcha había sido, como siempre, fatigosa por demás; las emociones habían sido varias y a cual más desagradable, y no obstante, me sentía con una agilidad que me asombraba. Supongo que a mis dos compañeros les ocurriría otro tanto, si bien éstos, a fuer de cazadores ya curtidos, aparentaban no dar importancia a lo ocurrido. Los negros andaban todos a buen paso y celebraban a carcajada limpia el desenlace de aquella aventura, en la que, a decir verdad, todos habíamos sentido nuestra parte de miedo casi insuperable.

A la media hora escasa, nuestro flanco derecho dio otra vez señal de alarma. Destacóse un negro, que se acercó a mí como el cazador más cercano que era. Hízome un signo, por el que comprendí que habían descubierto otro tigre. Inmediatamente, seguido de mis compañeros, dirigíme al encuentro de la fiera ; preparada la carabina y dispuesto mi revólver, del cual ni siquiera me 'había acordado anteriormente. A poco de allí, sorprendí una regular pantera, a la que disparé sin éxito, pues tomando carrera desapareció como por encanto a favor de las altas hierbas. Fué éste el último tiro que disparé en territorio de Rokuprú, a cuya factoría llegamos poco después, sin otro incidente.

Como dije, ni la proximidad de una ciudad civilizada, ni el rigor de las leyes del país protector, no han podido desterrar de Rokuprú los hábitos de canibalismo de buena parte de sus habitantes, ávidos de carne humana, al extremo que no desdeñan el desenterrar cadáveres para saciar con ellos sus bestiales instintos, a tal punto, que los familiares de los muertos tienen que velar, armados de lanzas, las tumbas de los muertos. Se dan todavía, con alguna frecuencia, casos de gente desaparecida misteriosamente y para siempre... Cuando yo pasé por allí, habían desaparecido siete u ocho personas en pocos meses.

Parece ser que la antropofagia es practicada en Rokuprŭ en los territorios del alrededor, como rito de una secta secreta que cuenta con numerosos afiliados. Es todavía reciente el caso de un reyezuelo del interior, que valiéndose de su autoridad sobre los negros sujetos a su caprichosa tiranía, mandaba encarcelar poi cualquier nimiedad. Regularmente era gente joven ta que caía bajo sus garras, o, mejor dicho, la que elegía; fueron más de cincuenta los que desaparecieron en relativo poco tiempo, al trasponer las puertas de la real mazmorra; y hubiera continuado probablemente el asqueroso proceder del tirano, a no haber sido las cinco esposas de uno de los negros desaparecidos. Desconsoladas por la prisión de su amo y afrontando las iras del monstruo, ofreciéronsele como rehenes todas ellas con tal que libertara a su esposo de carne, últimos restos del marido que reclamaban. Tres de las mujeres pagaron con la vida su osadía, pero las dos

restantes pudieron huir, divulgando la escena a que habían asistido. Llegaron tales horrores a conocimiento de las autoridades, y la intervención de éstas acabó con aquella pesadilla. El reyezuelo murió en el cautiverio mientras se sustanciaba su proceso. En su cabana habíanse encontrado las osamentas de numerosos cadáveres.

Más hacia el interior, el canibalismo cuenta con mayor número de adeptos todavía, según me dijeron. Casos como el que acabo de exponer, son bastante frecuentes, a lo que parece.

Las pocas horas que, después de esto, pasé en Rokuprú, me fueron verdaderamente desagradables. Me repugnaba sólo el pensar que me codeaba con caníbales, y esperaba con afán el momento de abandonar aquellos lugares, pese a la excelente acogida del señor Galizia y de las múltiples atenciones que me prodigó.

Apuntaba el día cuando nos despedimos de nuestro amable huésped y tendidos en las hamacas que nos facilitó, emprendimos seguidamente el camino de Cambia, en donde dejaríamos el territorio inglés y nos adentraríamos en tierra francesa, volviendo, en cierto modo, sobre nuestros pasos.

Los portantes de nuestros palanquines eran gente escogida entre los más robustos servidores de M. Galizia,, atletas espléndidos, que avergonzarían a los más famosos campeones de nuestros sports. Formaban dos turnos de cuatro hombres para cada hamaca

o palanquín, relevándose de tiempo en tiempo. Nuestro guía, para adelantar tiempo, no quiso seguir la carretera o el ancho camino abierto por los colonizadores a costa de grandes sacrificios, y tomó un atajo a través de la espesura de la selva, un camino que sólo un negro avispado y conocedor del terreno podía adivinar, ya que no se veía por ninguna parte; y era de ver la ligereza de nuestros conductores corriendo como gamos, a pesar de nuestro peso, por entre la espesa maleza que cubría el suelo, a través de gigantescos zarzales cuyas espinas clavábanse a menudo en sus desnudos pies.

No interrumpían por ello la marcha, ni alteraban el ritmo de su paso, sino que, escupiendo en sus manos, ignoro con qué fin, aprovechaban el levantar el píe herido para arrancar la fina púa hundida en su. carnes. Su resistencia es inconcebible y tanto más de admirar, cuanto que los rigores de la temperatura lia. en penoso por demás cualquier esfuerzo. Juzgúese, pues, lo violento de aquella marcha, que me hacía compadecer sinceramente a aquellos negros puestos a nuestro servicio, sin esperanza de la menoi retribución. En esto, M. Galizia mostróse irreductible ; nos prohibió enérgicamente que recom-pensáramos, absolutamente con nada, las penalidades de aquella gente. Nuestro desprendimiento no hubiera tenido, a lo que parece, más virtud que la de viciarles, pues allí, eomo en otras muchas partes, el negro a servilciŏ, el esclavo, digámoslo claro, no tiene más retribución por su trabajo que la clásica distribución ile arroz, o de mijo, y del aceite de palma.

Cuando los portantes sentían fatiga, uno de ellos daba un grito e inmediatamente los cuatro suplentes poníanse cada uno al lado del que debían reemplazar. A un nuevo grito se operaba el cambio, sin que sintiéramos ninguna sacudida y sin que se entorpeciera en nada la cadencia de la marcha.

Nuestros palanquines componíanse de dos largos palos que hacían las veces de andas. Tendida entre ellos una gruesa tela, en la que íbamos, y otro lienzo, algo más fino, tendido sobre cañas, preservábanos de los rigores del sol.

Los negros apoyaban las andas sobre su cabeza, sin más protección entre ésta y aquélla que la palma de la mano. Cerraban la marcha ocho negros, que llevaban nuestro equipaje; así, pues, con el guía, teníamos veinticinco negros a nuestras órdenes.

A mediodía, y a pesar de que el calor era sencillamente espantoso, continuaba la marcha sin que nuestros negros dieran señal de fatiga, a pesar de que sudaban copiosísimamente, y hubieran continuado sin parar, a no haber dado nosotros la orden de hacer alto.

Dije ya antes que el negro es perezoso por naturaleza, y disto mucho de ser el primero que lo haya afirmardo. No obstante, hay que reconocer que hay casos, como el que explico, en que ocurre todo lo contrario. El hecho es inexplicable, pero es rigurosamente cierto. Aquellos hombres, salidos de la factoría en ayunas, y después de más de seis horas de una marcha loca, resistieron a obedecernos. Su amo les había dado la orden de llegar a Cambia «con la luz del día», y ni en sueños se les hubiera ocurrido discutir la orden recibida.

Habían salido dispuestos a recorrer de un tirón, sin descanso ninguno, ni aun para comer, la enorme distancia que nos separaba del término de nuestra etapa.

Repetimos la orden, y a regañadientes la obede-cieron esta vez. Fué, la nuestra, una corta parada de una media hora escasa, el tiempo estrictamente necesario para tomar un bocado, y no la prolongamos, ante las miradas de impaciencia que nos dirigían nuestros conductores. Ibamos acaso a mostrarnos más exigentes que ellos, los que verdaderamente sufrían loa rigores del camino? Cuando tanta prisa mostraban, sus razones debían tener y no fuese más que poi humanidad, teníamos que sacrificarles un poco de nuestra comodidad.

Montamos nuevamente en los palanquines, y acto seguido emprendieron nuevamente la marcha, con mayoi ligereza todavía. Había que recuperar el tiempo prrdido !

Sobre ser malo, escabroso, el camino distaba mucho de ser llano. Con frecuencia lo accidentaban pequen., prominencias que aumentaban las dificultades. Nuestros admirables conductores las salvaban todas con una facilidad pasmosa, que nos dejaba boquiabiertos. Para ellos no había obstáculos en lugares que cualquier blanco calificaría, y no sin razón, de intransitables.

Serían las cuatro de la tarde, cuando avistamos una aldea Indígena situada en un altonazo. Me es imposible decir su nombre, pues a pesar de toda la

buena voluntad que puso en decírmelo el guía, no lo comprendí. A pesar de estar ya más familiarizado con la fonética del país, no fué M. Laffite más afortunado que yo, y así nos quedamos con las ganas de saber el nombre de aquella aldea, en la que ocurriónos un hecho que es de interés reproducir aquí.

A unos centenares de metros de ella había un par de negritos, que avanzaban con dirección a nosotros, atraídos por el poco frecuente espectáculo de pasar una caravana por tan apartado lugar. Avanzaban, confiados, al encuentro de nuestros negros, cuando una mejor inspección de nuestra caravana les hizo fijarse en lo blanco de nuestro color.

No faltó más para que, dando alaridos, volvieran sobre sus pasos y corrieran hacia el poblado como alma que lleva el diablo.

Con todo y su ligereza, llegaron a él pocos momentos antes que nosotros ; pero tan breve espacio de tiempo bastó para que hombres y mujeres, ancianos y niños, huyeran de sus cabanas, llevándose cuanto les vino a mano. Tan rápida, tan indescriptiblemente precipitada fué su fuga, que sólo encontramos en la aldea, a sus perros, flacudhos, miserables, y... alguna que otra criatura de pecho, cuyos progenitores abandonaron en su inexplicable terror por los rostros pálidos. Mientras, en lo alto de ia colina, los moradores de aquel abandonado poblado nos azaeteaban con una gritería infernal, insultos probablemente, o conjuros quizás.

Supe después que aquella gente sabían que existían blancos, pero que era muy probable que jamás,

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CAPITULO XVI

CAMBIA. — UN JEFE DE ESTACIÓN NEGRO, EN ORACIÓN. — DUBREKA EN FIESTAS.

Inútil es decir que nuestro primer cuidado, al llegar a Cambia, fué el de procurarnos alojamiento, y no tardamos en encontrarlo, más cómodo de lo que podíamos esperar. El comercio de la población está en manos de una colonia de sirios que profesan la religión mahometana. Habitan en excelentes casas construidas con la piedra que se encuentra abundante en los alrededores, casas de aspecto casi europeo, que forman un violento contraste con las pobres dhozas de los indígenas.

Fuimos bien acogidos por aquella gente, de raza casi gemela a la nuestra, pues sabido es que los indígenas del Asia Menor, de donde eran oriundos, poca diferencia de color presentan con los europeos. De las costumbres de su país, poca cosa conservan además de la religión de sus mayores. Se han aclimatado tan perfectamente, que han adoptado las costumbres de los negros. Sus mujeres son indígenas en su mayoría, y su numerosa prole presenta las características tradicionales de la mezcla de sangres; los pequeños son mulatos, salvo raras excepciones, pues se da algún caso de que algún pequeño sea blanco como su padre, mientras algún hcrmanito suyo tiene el color abetunado de su madre.

Fuimos instalados en bien dispuestas habitaciones, en confortables jergones de paja de arroz y en ellos descansamos del relativo cansancio del día anterior, pues no se crea que viajar en palanquín sea de una comodidad efectiva. Nos despertamos temprano todavía, y mientras nuestros portantes disponían lo conveniente para la jornada, dimos una vuelta por la aldea, paseo rápido, ya que Cambia no presenta atractivo singular para quien lia recorrido poblados indígenas. Hácese un activo comercio con los productos de la tierra, es decir, con palmíste, caucho y, principalmente, el socorrido cacahuete. Como ya dije, el comercio está en manos de los siete u ocho sirios que residen allĩ, enriqueciéndose escandalosamente a costa del negro, imprevisor por naturaleza.

Poco más de las odio serian ruando, instalados en nuestros palanquines, emprendimos nuevamente el camino, que no tratan' de comentar; era exactamente igual al de siempre, y a poco de salir de la zona cultivada, penetramos en la selva hasta dar con el caudaloso rio que atraviesa la región. Improvisamos una balsa, ya que no nos tallaba la madera, y con ella salvamos los trescientos metros de anchura que tiene aquel río, tan profundo, que algunas veces no encontraban fondo los largos palos de que hicieron provisión nuestros servidores para dar impulso a la almadía.

Hacia las once, el sol picaba algo más de la cuenta, pese a la tela que nos cubría a guisa de toldo, y tendidos de la mejor manera que Dios nos dio a entender, esperamos pacientemente a que la temperatura refrescara un tanto. No teníamos prisa ninguna, pues así como así, aquella noche no podíamos contar con más alojamiento ni más cobijo que el de nuestros palanquines, que, a falta de tiendas, buen servicio nos prestarían.

No obstante, apenas la cosa fué posible, es decir, a las cuatro de la tarde, levantamos el campamento y, dirigiéndonos hacia al Noroeste, continuamos la interrumpida marcha. Lucía el sol todavía cuando alcanzamos una aldea indígena, cuyo nombre ni recuerdo, y en ella, a falta de mejor, decidimos pernoctar.

Instalados a poca distancia de las primeras chozas del poblado, no tardamos en vernos rodeados de una infinidad de negros que acudían como moscas. Nuestros gestos, nuestra conversación, los objetos que llevábamos... lodo era objeto de curiosidad para aquellos negros, que a su modo se mofaban de nosotros imitando nuestras palabras con voz gangosa, o copiando cómicamente nuestros ademanes. Los hombres mostrábanse más reservados, y contemplaban con admira» ion las armas que llevábamos y que vigilábamos con todo cuidado para evitar que nos fueran arrebatadas, no por la fuerza, que a ello no se atreven los negros cuando tienen que habérselas con blancos, sino con el ¡hábil disimulo de un ratero. En esto, son maestros consumados.

Cerraba la noche cuando un negro vino a proponernos una rara transacción, que comprendimos por sus ademanes, significativos por demás. Trabajo nos costó mandarle lejos, a él y a sus proposiciones, en cuyo detalle huelga entrar.

Terminada nuestra sencilla e improvisada instalación, comimos y nos acostamos, en tanto que nuestros negros, bien aprovisionados de leña, rodeaban nuestro campamento con un círculo de fuego, alimentado a menudo por el que liaría las veces de centinela. La precaución es indispensable, tanto para ahuyentar las fieras, como para impedir la rapiña de los indígenas en lugares cercanos a poblado.

La cena había sido poco opípara. No habíamos podido repostarnos de galleta, y sólo nos quedaba poca de la que nos proporcionaron en Rokuprú. No más abundante era el agua, y mala por añadidura. No obstante, algo purificada por nuestros filtros de fieltro, y adicionada de menta para hacerla algo má§ apetecible, constituyó nuestra única bebida.

Ningún incidente turbó nuestro sueño.Dormimos a pierna tendida hasta que el sol vino a despertarnos. Organizamos rápidamente la marcha y a las once de la mañana trasponíamos la frontera.Volvíamos a pisar territorio francés.

Aun en aquellas latitudes, la palabra «frontera» da la misma sensación que en tierras civilizadas. Significa aproximadamente lo que aquí, es decir, cambio de costumbres, de leyes y, sdbre todo, de lengua. Qué bien suena a un oído latino el bello idioma de Francia, después de tanto tiempo entre gentes de raza diametralmente opuesta, y de lenguaje áspero y desconocido! Volvíamos a estar entre hermanos, que de tal fué la acogida que nos hizo el simpatiquísimo M. Chumum, jefe colonial de Colea. Apenas habíamos atravesado la línea fronteriza, un negro había corrido para avisarle la llegada de gente blanca, noticia que recibió con el placer que demostró viniendo a nuestro encuentro con los brazos abiertos. Es acaso necesario decir que ni por asomo ocurrió que ni él ni sus subordinados nos preguntaran qué llevábamos en la maleta? No puedo sustraerme a recordar, cada vez que hay occasion , las molestias que hay que soportar con los ingles.

Monsieur Chumum habitaba una casa espléndida, un verdadero palacio en pequeño.Aparentaba tener

unos cuarenta años, rebosante de salud y de buen humor, de un trato agradabilísimo y una conversación

chispeante como buen parisfén que es. Uno de sus primeros cuidados fué el ofrecernos las dulzuras de

una ducha, ventaja inapreciable, de la que necesitábamos a marcha forzada.Aceptamos, claro está, la

invitación, y aunque el aparato era algo rudimentario (dos cubas; una, llena y que por medio de un volquete

vertía su contenido a otra que llevaba un caño de regadera), llenó cumplidamente su cometido.

De la ducha, a la mesa, en donde abundaron los platos condimentados a la francesa por un negro, bajo la

sabia inspección y dirección de M. Chumum, delicada gourmet, que estimaba sobremanera el placer de la

comida. Prodigáronse los vinos franceses de más fama, y variedad de licores.Paladeamos un exquisito

champagne, lo que es un lujo casi increíble ; pero a pesar de tanta cosa, lo que bebimos con mayor placer fué

un agua cristalina, excelente y... fresquísima. La administración francesa cuida de que a sus agentes no les falte

nada del confort necesario en aquella tierra de sol inclemente, y nuestro anfitrión disponía de una magnífica

instalación para producir hielo en cantidad suficiente para las necesidades.El café, otro lujo del que apenas nos

acordábamos, remató el banquete, y unos cigarros enormes acompañaron las delicias de la digestión, sabiamente

terminaba en la cama, una cama de veras, donde me tendí para dormir la siesta.

Tanta fué la delicia que sentí en aquella casa, que a mi despertar rehusé la invitación que me hizo M. Chumum

de visitar la población... «con el fin de despertar el apetito para la cena». Una, y mil veces, hubiera rehusado,

horrorizado, el paseo «aperitivo». Prefería estar cómodamente arrellanado en mi poltrona, a todos los paseos y

curiosidades habidos y por haber. Y si el apetito no despertaba, mejor para él; así hacía lo que yo, es decir, descansaba.

Pero también el apetito acabó su siesta, y sin necesidad de paseítos acabó por despertar por sí solo, respondiendo

a los «efluvios» de la cocina, que prometían tina cena que en nada había de desmerecer de la comida.

Y sí fué. El estómago parecía agradecer las caricias del pan tierno, después del trabajo de tener que asimilar la dura

galleta ; y era evidente que recibía, con extraordinario júbilo, los delicados manjares que aquel día sustituían los

acostumbrados fiambres, o la carne asada de cualquier manera. Y qué diré de las delicias del cuerpo, hundido

en mullidos colchones y cubierto por el fino lienzo de la sábana !Las delicias de Capúa eran incomodidades

insoportables comparadas con las que nos deparaba el sibaritismo de nuestro huésped.

Pero no era cosa de abusar, aunque por mí habría firmado en quedarme allí. Hicimos la obligada visita a Colea

(y conste que por toda mi vida «coleará» el recuerdo de mi agradabilísima estancia en aquella población) ; cuenta

unos 500 habitantes del más acentuado color, a pesar de que yo lo veía todo de color de rosa, y en todo y por todo,

los blancos rostros de cinco o seis franceses desentonan del ambiente local.Hay una, dos o tres factorías, cuyo

principal comercio, ni que decir tiene, es el cacahuete. Jamás hubiera podido creer que este producto, del que fui

regular consumidor en los ya casi lejanos tiempos de mi infancia, se cosedhara o se consumiera en tan fabulosas

cantidades. Los colonizadores ensanchan cada día la zona de cultivo que dedican, quién lo duda, a aumentar la

producción del casi antipático cacahuete.

Comunicamos a M. Obumum nuestra intención de atravesar la Guinea y nos dio infinidad de consejos, abundancia

de detalles, variedad de itinerarios, amén de una camioneta-automóvil que, conducida por un indígena al corriente de

los «secretos» del volante, tenía que conducirnos hasta Duheka a la mu siguiente, para cuyo día fijamos la partida, ari

candónos, es la palabra, de las atenciones de al aquel perfecto «gentilhombre», que hizo cuanto le fué posible para

retenernos «aunque sólo fuese un día más»

Nos despedimos con sincera efusión de nuestro huésped, y con la rápida marcha de nuestro vehículo nos alejamos

pronto de aquel grato lugar. La carretera era sencillamente soberbia y nuestro automovil devoraba los kilómetros con

una avidez perfectann te comparable con la nuestra cuando dábamos cuenta de la bien surtida despensa de M. Chumum.

Succedíanse las aldeas con la misma regularidad que los pueblos en nuestras campiñas; bajo la impresión nuestra estancia

en Colea, aquello parecía la Arcadia feliz, hasta que el calor nos volvió a la realidad, recordándonos que no estábamos

más que en Guinia Francesa.

Bien nos supo la hospitalidad del jefe de Correos de Furcaria, en donde pasó el auto cuando el sol picaba de lo lindo.

Allí no había más blanco que él, lo que, sea dicho de paso, nos era de una indiferencia absoluta.Invitónos a comer, y

aunque reciénin ciertas copiosas comilonas, no desdeñamos ni comm mucho cuanto apareció a la mesa, ni era o

portunidad para ello. Por muchos días tendríamos que contentarnos con las vituallas de nuestros zurrones.

Iba ya de caída la tarde cuando emprendimos otfl vez la marcha, y a poco de allí, vino otra vez un a obstaculizarla,

aunque sólo relativamente.

No hay que pensar en puentes, que no sólo resultarían de difícil construcción, sino que, además, serian carísimos;

además, la circulación no es lo bastante intensa para exigirlos.Para que los coches salven las corrientes, se utilizan

almadías, algo rudimentarias, pero que llenan cumplidamente su objeto, to hasta.Negros, instalados a orillas del río,

cuidan de este servicio prestado completamente gratis.

Ya sin más obstáculo que temer, zumbó otra vez el motor y al cabo de una hora de rápida marcha, detŭvose el coche

al lado de un edificio de ladrillo, que se viera por allí alma viviente.Estábamos en Dubreka, término de la etapa, o así

por lo menos le aseguró el chófer, el cual, sin más explicación y esperar que le diéramos las gracias, dio vuelta a su

vehículo, desapareciendo en un instante.

No se necesitaba ser lince para ver que aquello era una estación de ferrocarril, que por algo se encontraba a la vera

de unos raíles, cuyo brillo denotaba que servían de algo. Dimos la vuelta por todas partes sin encontrar a nadie, hasta

que al cabo de un rato divisamos «algo» con forma humana, arrodillado y de bruces contra el suelo.Lo interpelamos,

sin obtener la menor contestación. irguióse un momento sobre sus rodillas, y con los brazos en alto, y nos disponíamos

a hablarle nuevamente, cuando deblóse otra vez hacia el suelo sin hacer más caso de nosotros que de las primeras

babuchas de su abuelo. Estaba en oración.

La bromita esa duró un rato largo, pero, como lodo lo humano, tuvo un fin. Levantóse nuestro hombre, sacudióse el

polvo y entonces fué él quien habló, para ¡hacernos saber que, en efecto, aquello era Dubreka, pero Dubreka gare, es

decir, estación, y que él era precisamente el chef de gare, telegrafista, guardagujas y mozo de estación a un tiempo.

La línea aquella procedía de no sé dónde, que no estábamos para fiorituras de Geografía, y llegaba a Konakri, que

distaba de allí unos sesenta kilómetros. En cuanto a Dubreka ville, distaba 18 kilómetros.Vayase a saber si por un

«mal entender» o por una jugarreta, el chófer nos la había dado con queso.

La perspectiva de pernoctar en la estación nos producía maldita la gracia después que el jefe nos hizo saber que

no disponía de más cama que el santo suelo. Había cerrado la noche y no había que pensar en poder alcanzar el

poblado cargados con nuestra impedimenta, sobrado pesada para llevarla dos hombres ; y no era tampoco cuestión

de dejarla allí por el peligro que corríamos de encontrarla aligerada cuando fuéramos por ella al día siguiente.

Al fin, y esperando, seguramente, alguna recompensa, tomó el partido de hacerse más comunicativo el reticente

jefe aquel, y nos dio la esperanza de poder encontrar, cerca de allí, quien nos llevase a Dubreka aquella misma noche.

Salió, y al poco rato volvió acompañado de una tropilla de negros, con dos palanquines.Le dimos cortésmente las

gracias, y, cómodamente instalados en nuestros vehículos, nos aventuramos en la obscuridad de la noche.Al cabo de

unas tres horas de marcha avistábamos al tėrmino de la etapa,y al poco rato nos movĩamosen medio de una numerosa

muchedumbre que se abandonaba a un jolgorio casi frenético. Por todas partes resonaban los golpes del tam-tam y de

otros instrumentos que, no por primitivos, dejaban por esto de producir un ruido ensordecedor.

Dubreka estaba en fiestas.

CAPITULO XVII

DUBREKA. — LOS PRELIMINARES DE UNA CEREMONIA CRUEL.

Nuestros conductores nos pusieron al corriente del significado de los festejos; cada año, en mayo, celebrábase la «fiesta de las jóvenes» que salían del prolongado encierro que habían sufrido durante varios meses. Recordé la extrañeza que me produjo no ver a ninguna en Salum, y comprendí inmediatamente que la misma fiesta debía celebrarse a las mismas horas. Dejé la curiosidad para el día siguiente, y nos encaminamos a una de las principales factorías del país, lá de los señores Paterson y Zochonis, en la cual me recibió, no diré un negro, sino una persona de color, don Theo. B. Lumpkin, alto, fornido, con una espesa barba encanecida por sus 6o ó 65 años de edad. Vestía correetísi mámente a la europea, sin que sacrificara a los rigores del clima ni cuello ni puños lustrados, de una limpieza inmaculada, que nos avergonzó ; por toda vestimenta llevábamos nosotros una camisa de dudosa limpieza, y unos calzones algo deteriorados por el continuo uso a que estaban sometidos.

Por sus méritos había alcanzado el elevado empleo de gerente de aquel establecimiento, con todo y ser éste uno de los principales de la compañía. Su conversación era agradabilísima e impecable el francés que hablaba. Ante la. carta de recomendación que le presentamos, nos franqueó inmediatamente las puertas de su casa, montada con todo confort, y preparada siempre para acoger al viajero.

Nos instaló en soberbias habitaciones verdaderamente lujosas, y ofreciónos un baño, que rehusamos a aquellas horas. Cenamos ligeramente, y, después de preguntarnos cuál era nuestro desayuno preferido, nos dejó para entregarnos al descanso.

A las seis de la mañana, hora intempestiva quizá en nuestros países, pero que, como dije ya, es de actividad en aquellas lejanas tierras, penetró el boy, un pindhe que digamos, en nuestra habitación, trayéndonos el desayuno, y cual su amo el día anterior, nos preguntó qué deseábamos para la comida de mediodía. Era sorprendente que un indígena, a pesar de un largo y continuado roce con europeos, observase con aquel tacto y con tan fina delicadeza las leyes de la hospitalidad, y es ésta una de las mayores sorpresas, entre las más agradables, que tuve en tierras africanas

Buena parte de los habitantes de Dubreka hablan corrientemente el idioma francés, y ostentan, a pesar de su religión mahometana, nombres de nuestro santoral y apellidos netamente europeos, como en el caso del seňor Lumpkin, nombre más propio de tierras septentrionales que del ecuador africano. Dicho seňor la amabilidad de informarme sobre este insŏlito caso; y digo amabilidad, pues era él parte interesada.

Muchos senegaleses, y se engloba en esta denominaciŏn aun a indígenas de las regiones cercanas al Senegal, han hecho el servicio de las armas en Francia, servicio que es tan obligatorio para los coloniales como para los hijos de la metrópoli, y a su estancia en ėsta , quedaron maravillados de la elemeintal sencieliez de nuestros nombres, que permiten formar rápidammte una genealogía, lo que es algo dificĭl para ellos, dadas las combinaciones de sus apeslativos. Tanto los llamó la atención, a los más avispadosde entre ellos, que al regresar a sus lares empezaron nueva genealogía, rebautizándose a sí mismos con nombres europeos, los que más gratamente, era el caso de M, Lumpkin, como la era del jefe de la estación y el de otros tantos y tantos.

Pero para la inmensa mayoría, este cambio de nombres indigenas por nombres europeos, , era el ŭnico rastro de su estancia en Europa. Ni en sus vestiduras, en las que se muestran demasiado poco pródigos, ni en sus costumbres, no se nota ninguna partivula del barniz de civilizacion. Hicieron, como digo, alguna concesiŏn al vestuario, la necesaria para la máselemental decencia, pero sus costumbres no han variado en nada; la mayor parte de ellas son tan bárbaras hoy, como debieron serlo las de sus antepasados. Más adelante detallaré algunas de las más estúpidamente bárbaras, de las más crueles que es dable de contemplar, aunque no sin peligro para el europeo que se aventura a ello. En esto, los más pacíficos, los más amables indígenas, se muestran violentamente intransigentes ; ningún blanco puede ser testigo de la ceremonia que describiré, y de la que sufren infelices víctimas, tiernas niñas apenas salidas de la infancia, sin que ni lamentos ni lágrimas puedan aplacar en lo más mínimo el ánimo feroz de sus mismos padres. Suplico disculpa a mis pacientes lectores, si, llevado de la improvisación—pues escribo estas notas a vuela pluma, sin apuntes previos y al dictado de mis recuerdos,—altero alguna vez el curso de mi narración, anticipando detalles que siguen el orden de las cosas, precursando largas aclaraciones que me sería difícil hacer seguidamente. Recuérdese la observación que hice al narrar mi estancia en Salum—en donde me llamó la atención el, no ver ninguna jovencita entre la muchedumbre que me rodeaba—y a la que aludo en esta parte. Se me comunicó entonces cuál era el motivo de tan insólita reclusión, pero en términos que no me permitían documentarme exactamente sobre los detalles, que son precisamente lo más interesante. En Dubreka pude ver con mis ojos lo que muy contadísimos blancos han visto, es decir, la criminal ceremonia del «Ganza». Permítaseme, pues, seguir el orden de los acón tecimientos y dejar para luego la descripción de este repugnante acto.

No debo pasar en silencio de que cortésmente rehusara M. Lumpkin sentarse a nuestra mesa. A pesar de su evidente valía, de su posición y de su natural talento, de toda su corrección, cualidades que distan de poseer, reunidas, buena parte de individuos de raza blanca, aquel caballero llevaba su delicadeza al extremo de hacerse extranjero en su propia casa, para no herir nuestra susceptibilidad haciéndonos compartir nuestra comida con un negro.

Nos vimos apurados para disuadirle de su intento, pero tanto insistimos, que acabó por acceder. Nuestro trato hasta entonces, y aun después, fué de igual a igual. Ni siquiera nos pasó por la mente, ni a M. Lafiite ni a mí, sentir ninguna repugnancia en comer con él, y, no obstante, a pesar de que procurábamos distraerle en nuestra charla, evitando toda alusión a colores o razas, era evidente que M. Lumpkin sentíase encogido en nuestra compañía durante la comida. El, a su modo de ver, no era allí más que un negro, es decir, un inferior a cualquier blanco, aunque fuese un sujeto de la peor especie. ¡Qué no daría aquel hombre por cambiar el color de su cara, la única cosa que le separa de nosotros, los blancos!

A nuestra llegada a su casa, le habíamos pedido detalles de la fiesta, y comprendió perfectamente que nos picaba la más fuerte curiosidad. Esforzóse en calmarla, y a fe que lo logró, pues nos facilitó cuanto pudo, y fué mucho, el medio de que contemplásemos a nuestro gusto y con seguridad las diversas partes de las fiestas que precursaron la ceremonia, y la ceremonia misma.

A sus disposiciones debemos que, sin apenas movernos del comedor, viéramos la primera parte de ésta, preliminares cuya inocencia, diré mejor vulgaridad, hace que sean visibles para cualquiera.

Al ruido del clásico tam-tam penetró por la anchurosa puerta del patio una multitud de negros que esparciéronse formando corro. Tras de ellos entraron algunas mujeres, desnudas de cintura arriba, y vistiendo una pequeña falda que a duras penas cubría lo necesario. Situáronse en el centro del corro marcando pases de baile comparables con los que da un oso en nuestras plazas para ganar el sustento de su amo.

Siguiéronles inmediatamente un grupo de niñas, la mayor de las cuales no contaría más de quince años. A pesar de la costumbre del país, que limita el vestuario de las niñas a unos brazaletes de cualquier metal y a unas cuentas de vidrio, trousseau que se aumenta con un delantalillo de paja cuando pasan a la adolescencia, es decir, a la categoría de solteras, éstas vestían unas extrañas faldas de espeso follaje, que las cubrían hasta el tobillo. El busto quedaba completamente desnudo. Su aparición fué saludada con una gritería atroz, que cesó, aunque no totalmente, cuando el reyezuelo de la comarca, que asistía a la fiesta desde un lugar preferente, hizo un gesto, a cuya señal el tam-tam resonó de nuevo.

Pero esta vez se aumentó la orquesta. Unos negros, que debían formar probablemente el orfeón de la localidad, entonaron un canto cuya monotonía corría parejas con los sones del tam-tam.

Marcaban el compás con cadenciosas palmas, y a trechos se armaba una algarabía de mil diablos, gracias a la momentánea intervención de unas carracas monumentales, cuyos espantosos chirridos tenían el don de enardecer el ánimo de los bailarines, y llevaban al paroxismo la infernal gritería de tanto energúmeno.

Las infelices niñas, héroes de la fiesta, debían presentir el martirio que les esperaba.

Puestas en fila, al centro del corro, empezaron a corretear, puestos en jarras los brazos, oscilando su busto a ambos lados, sin perder la ordenación de la fila, dieron vuelta al círculo que formaban los músicos y los espectadores, y acabaron formando un corro con su fila, continuando la cadencia de sus movimientos, a compás del tañido del tam-tam.

Sin la gritería, aquello era de una monotonidad espantosa, aunque muy a gusto de los indígenas. Llevaban casi un mes de fiesta, dejando abandonadas todas sus labores o quehaceres. Día y noche entregábanse sin tasa a los placeres de la danza, o rivalizaban, entre sí, en el canto. En estos menesteres, son infatigables y en ellos ponen a contribución su increíble resistencia física. Es incomprensible cómo pueden aguantar tantos y tantos días de zarandeo continuo, sin tomar apenas tiempo para el más necesario descanso.

No podíamos apartar nuestras miradas del corro que formaban las jovenc i las, que alcanzaban más de un centenar, aproximadamente.

A pesar de que gocemos de todos sus efectos, no nos formamos, en nuestros países, una idea cabal del tesoro que significa la civilización ; es la fuerza de la costumbre. Y si en ellos se revuelve nuestro ánimo cuando vemos a un desalmado atormentar a una bestia, o cuando sólo de leídas nos enteramos del béstialismo de algún criminal, juzgúese de cuanto sufriríamos nosotros al asistir, impotentes, al espantoso martirio que sufrirían al día siguiente aquellas infelices criaturas.

El trato con europeos, la estancia de muchos de ellos entre nosotros, no han podido borrar de los negros la bestialidad de sus instintos. Mientras, en sus frecuentes viajes a las ciudades costeras, está bajo la autoridad de las leyes metropolitanas, el negro guarda una compostura muy aceptable, y si reside en ellas, parece olvidar, a fuerza de no practicarlas, costumbres ancestrales.

Pero, vuelto a su aldea, reaparecí1 el salvaje. Es un caso olvidado de tan frecuente como es cuántos negros hay y han habido, arrancados de la selva y traídos a Europa, educados aquí desde su infancia casi, que incluso algunos de ellos han llegado a alcanzar, por sus positivos conocimientos, posición respetable... Pero vino el día en que sus medios les permitieron, sin permiso ni apoyo de nadie, volver a la tierra que les vio nacer, y entonces vióse cuan superficial era su aspecto de hombres civilizados.

Con un instinto maravilloso volvieron a sus aldeas, aun situadas en remotas regiones del interior, y su primer cuidado al penetrar en las selvas fué abandonar a su paso los vestidos con que se cubrían, internándose en ellas tan desnudos como cuando se marcharon, ávidos de la libertad del hombre primitivo, sin más freno para sus pasiones que la fuerza del contrario.

El caso de M. Lumpkin puede reputarse de verdadero milagro, tan inconcebible es. Ni aun jurado por frailes descalzos, hubiera podido creer qué tierras africanas adentro tenía yo que encontrar un negro observando y practicando las más refinadas reglas de la civilización, hecho cuyo mérito aumenta el habitar en la misma aldea en que naciera, rodeado de gentes de su raza únicamente y sin más trato con gente Manca que durante sus espaciados viajes a Konakry, o las raras visitas de algunos europeos, cual nosotros en aquella oportunidad.

Haciendo estas reflexiones estaba, casi ajeno a lo que pasaba a mi vista, cuando por fin terminó el baile y con ello vino el descanso de que necesitaba nuestro espíritu, sometido a tan dura prueba durante una hora larga.

Como dije ya, al día siguiente llegaría la fiesta a su período álgido. M. Lumpkin tomaría sus disposiciones para que la presenciáramos, pero cuidadosamente ocultos. No obstante, temiendo los efectos de una posible indiscreción, nos díó el sano consejo de emprender la marcha tan pronto hubiéramos saciado nuestra curiosidad. Nos dejó para ordenar los preparativos de nuestra partida, que necesitaba de minuciosos detalles ; nos dirigíamos a Sussa, distante unos sesenta kilómetros, y nuestro viaje teníase que efectuar

en palanquín, a hombros de negros, por pistas a través de la espesura, tan impracticable como las que habíamos seguido desde Rokuprú a Colea.

Nos quedaban, pues, pocas ihoras de estancia en Dubreka, y aprovechábamos las últimas de aquel día para visitar el poblado.

Dije, anteriormente, que había allí un reyezuelo, y así es en efecto. La autoridad francesa deja al indígena en completa libertad de observar sus costumbres.

Dije, anteriormente, que había allí un reyezuelo, o cuando, por el motivo que sea, no haya un gobernador francés. A pesar de ello, el pueblo no presenta mal aspecto; más que chozas, las habitaciones son cabanas bastante espaciosas. Las ralles son anchas y no mal cuidadas.

Aunque con motivo de los festejos no había manera de formar cabal idea de los indígenas, los campos, grandes y bien cultivados, denotan hábitos de trabajo, notándose en ellos la influencia o las enseñanzas de la nación colonizadora. Lástima grande es que esta influencia sea nula en cuanto a la parte moral, y no haya tampoco podido desterrar, para, siempre, la odiosa antropofagia en ciertos lugares en donde, como dije, se practica, pese al rigor con que es castigado este delito, principalmente en las colonias francesas.

Volvíamos a nuestro alojamiento, cuando dimos otra vez con ía comitiva de la fiesta. A una invitación nuestra, y previa la paga de veinte francos que debieron servir para aumentar los fondos de la francáchela, prestáronse de buen grado a que impresionáramos algunas placas fotográficas.

Dimos con ello terminado el día y llegamos a la factoría en donde nos esperaba ya M. Lampkin, preparada ya la cena. Dimos luego un repaso a nuestras armas y después de cerciorarnos discretamente que quedábamos suficientemente repuestos de provisiones de boca para nuestro viaje, y aun para toda eventualidad que pudiera presentarse, nos retiramos a nuestras habitaciones, preparados para las fatigas de la jornada, y para las fuertes emociones que sufriríamos al siguiente día, y de las que conservaré eternamente el recuerdo.

bre, sacudióse el polvo y entonces fué él quien habló, para ¡hacernos saber que, en efecto, aquello era Dubreka, pero Dubreka gare, es decir, estación, y que él era precisamente el chef de gare, telegrafista, guardagujas y mozo de estación a un tiempo. La línea aquella procedía de no sé dónde, que no estábamos para fiorituras de Geografía, y llegaba a Konakri, que distaba de allí unos sesenta kilómetros. En cuanto a Dubreka ville, distaba 18 kilómetros. Vayase a saber si por un«mal entender» o por una jugarreta, el chófer nos la había dado con queso.

La perspectiva de pernoctar en la estación nos producía maldita la gracia después que el jefe nos hizo saber que no disponía de más cama que el santo suelo. Había cerrado la noche y no había que pensar en poder alcanzar el poblado cargados con nuestra impedimenta, sobrado pesada para llevarla dos hombres ; y no era tampoco cuestión de dejarla allí por el peligro que corríamos de encontrarla aligerada cuando fuéramos por ella al día siguiente.

Al fin, y esperando, seguramente, alguna recompensa, tomó el partido de hacerse más comunicativo el reticente jefe aquel, y nos dio la esperanza de poder encontrar, cerca de allí, quien nos llevase a Dubreka aquella misma noche. Salió, y al poco rato volvió acompañado de una tropilla de negros, con dos palanquines. Le dimos cortésmente las gracias, y, cómodamente instalados en nuestros vehículos, nos aventuramos en la obscuridad de la noche. Al cabo de unas tres horas de marcha avistábamos al tėrmino de la etapa,y al poco rato nos movĩamos en medio de una numerosa muchedumbre que se abandonaba a un jolgorio casi frenético. Por todas partes resonaban los golpes del tam-tam y de otros instrumentos que, no por primitivos, dejaban por esto de producir un ruido ensordecedor.Dubreka estaba en fiestas.

CAPITULO XVIII

DUBREKA. LA MAS CRUEL DE LAS COSTUMBRES AFRICANAS

LA BÁRBARA CEREMONIA DEL <<GANZA»

Dormí poco aquella noche. Estaba obsesionado por lo que iba a ver, y en mí luchaba el sentimiento con una curiosidad que bien puedo calificar de feroz, que me haría asistir, impasiblemente casi, a una escena escalofriante. Unos discretos golpes en la puerta de nuestra habitación, cuando todavía no había asomado el sol, me arrancaron al sopor, más que sueño, en que había acabado por caer en aquella noche interminable.

Saltamos al momento de la cama, y pocos minutos después nos reuníamos con M. Lumpkin en el salón-comedor. A prisa y corriendo, tomamos un liígero desayuno, y saliendo de la casa nos encaminamos a una plazoleta, cercada de empalizada, que había observado el día anterior.. Era el lugar del sacrificio más no penetramos en ella ; por entre una rendija de la madera, ocultos por un montón de hierbas coloca providencialmente en aquel lugar—y quizá la Providencia fué nuestro huésped—podíamos contemplar a nuestro gusto la escena que iba a des arrollarse, sin perder detalle.

Amaneció por fin, sabe Dios con cuanta calma; los minutos eran horas y cuando el sol estaba ya alto, empezó a penetrar gente en el recinto. Cerca del lugar donde estábamos, apostáronse los negros, hercúleo uno de ellos, con un raro penacho de hierbas en su cabeza. Era un hombre alto, de facciones duras, acentuadas por denlas, y parco de palabras. Limitábase a contestar con lacónicos monosílabos, las preguntas o reflexiones que le hacía su interlocutor.

Empezó por sacar de un bolso que llevaba, unos cortos cuchillos de nada reluciente hoja. Los afiló con cariño, con una especie de sonrisa de satisfacción que le hacía horroroso. En aquellos momentos, aquel negro era la verdadera imagen de la crueldad. Y por lo que vi luego, no me engañó mi instinto. Era el «operador», el instrumento de la más criminal de las rudas ceremonias indígenas, la inconcebible y estúpida «Ganza».

Mientras, la gente penetraba atropelladamente, con gritos de júbilo. No había ningún niño entre ellos, sólo los hombres y las mujeres podían entrar en el recinto. Con ellos penetraban a la vez las niñas que iban a ser héroes de la fiesta, fácilmente

reconocibles por las faldas de follaje con que se cubren.

No tienen los negros costumbre de acariciar a sus hijos, y no obstante, aquel día las jovencitas eran objeto de todos los cuidados de sus progenitore, que les prodigaban sus mimos. Hacían coro varias familias y por sus gestos, comprendía que comentaban el físico de sus proles, que debían extrañar tanto interés por ellas. Ocurría entonces lo que se ve frecuentemente en nuestras fiestas mayores, cuando madres e hijas comentan los atavíos de tal o de cual. El fisgoneo hacía de las suyas.

Acabáronse los preliminares. Los músicos tañeron sus instrumentos y en voz baja cantaban los negros sus monótonas melodías. Iba a empezar la ceremonia.

Obedeciendo las indicaciones del «operador», cuatro negros se arrodillaron, apretados uno contra otro, y doblaron después sus cuerpos hacia delante, apoyándose en el suelo con sus manos. Con sus espaldas formaban una superficie plana, que niveló el operador haciendo que se subiera uno o se agachara el otro, y a una señal suya, avanzó una niña acompañada por sus padres, la primera de las que formaban la fila. Dos energúmenos la levantaron en vilo, y la tumbaron sobre la «mesa de operaciones», que formaban los cuatro negros de que hablé. Lloraba la infeliz pidiendo a gritos el socorro de sus padres, quienes, no impasibles, sino con alegría, presenciaban la escena de cerca. Sujetáronla fuertemente por los hombros, mientras otros negros le agarrotában las piernas, manteniéndolas brutalmente abiertas.

Situóse el operador, y ordenó que se abrieran todaivía más los muslos de la víctima, siendo obedecido inmediatamente a pesar de los lamentos que lanzaba. Inclinó su cuerpo hacia delante, y un grito desgarrador, un alarido, llenó el espacio. Redoblaron los sones del tam-tam, y aumentó el diapasón del coro para dominar los gritos de la víctima, que se debatía inútilmente para substraerse al horroroso tormento ; a los que la tenían sujeta por sus extremidades, juntáronse otros que agarrotaron su cuerpo con sus brazos nudosos, hasta lograr su inmovilidad. La sangre cubría los cuerpos de los negros que estaban agachados y regaba el suelo. El operador continuaba su tarea, sin que su rostro presentara más emqción que el de un quirúrgico operando el cuerpo inerte de un paciente. Forcejaba, sirviéndose de sus instrumentos como de una sierra ; debían tener embotado el filo y esto aumentaba los dolores de la niña que, perdido ya el aliento, no tenía ya fuerzas para gritar. Apenas salían de su boca lamentos apagados con suspiros, y sólo las convulsivas sacudidas de su cuerpo, señalaban los momento de mayor dolor. Su tormento debía ser horrible. Caían por ¡el suelo extraños trozos de carne sanguinolenta, cual piltrafas; los perros, atraídos por el acre olor de sangre, peleaban entre sí, disputándoselos...

Terminó por fin la operación, cuyos incidentes comentaban el operador y sus ayudantes con risotadas ferozmente crueles.

Sacaron la víctima de aquel lugar sin dar señales de vida. Su cuerpo, antes de un color negro brillante, era ahora de un color terroso. Dejáronla tendida a un lado... y a otra.

Avanzó la segunda con el obligado cortejo de su familia. Dije avanzó, y no es cierto; la arrastraron. Al igual que la anterior, la tendieron dominando sus movimientos. Empuñó nuevamente el operador sus instrumentos y apenas dejaron éstos sentir su mordedura en el cuerpo de la víctima, cuando ésta, dandon un rugido de dolor y con el vigor de sus quince años, logró desasirse emprendiendo carrera por el recinto, persiguiéndola negros y negras para volverla a manos de su implacable verdugo ; pero era tanta la agilidad de aquella criatura que largo rato logró esquivar sus perseguidores, cuando ya creían éstos tenerle la mano encima.

Mas la puerta estaba materialmente cerrada por una verdadera muralla de indígenas que hacía inútil todo intento de fuga por aquella parte. La infeliz corría despavorida de un lado a otro, e iba a tener desenlace aquélla asquerosa escena en la que sus mismos padres la perseguían con mayor ardimiento, cubriéndola de denuestos.

Tenía ya encima las garras de sus perseguidores, cuando dio un brinco fantástico, y gateando logró encaramarse a la empalizada. Estaba ya a caballo de ésta, a pimío de franquearla, cuando un ayudante del operador alcanzó a cogerla de un pie. Fué tan brutal el tirón, que al caer la niña otra vez en el recinto, dio con la raheza en el suelo, golpe que a no amortiguarlo el mismo negro que la alcanzó, hubiera sido mortal. Quedó la pobre con una pierna magullada al rasgar con ella lo alto de la empalizada ; y sin que sus lamentos hicieran mella ni en sus mismos padres, fué arrastrada otra vez al lugar del suplicio.

Tomáronse mayores precauciones. Un tropel de negros juntáronse a los que la tenían sujeta antes, y la atenazaron con todas sus fuerzas. Pero era tal la tortura, que decuplicadas sus fuerzas por el sufrimiento, iba a desasirse nuevamente. Sus violentas contracciones aumentaban todavía la crueldad de la operación. El operador cortaba, rajaba, enfurecido ; todo el bajo vientre de la víctima aparecía mutilado, y a tal extremo llegó el furor de su verdugo, que éste, edhando los instrumentos, la aporreó brutalmente en la cara hasta brotar sangre.

Intento describir la terrible emoción que sentí aquel día al presenciar el «Ganza», costumbre bárbara que subsiste a pesar de la influencia de la civilización. Es ineomprensbile cómo en nuestros días —pues téngase en cuenta que presencié en mayo de 1926, lo que estoy relatando—sean todavía posibles las atrocidades de esta ceremonia, cuyo carácter no he podido poner en claro, pues en tanto que unos se lo atribuyen religioso, otros se lo dan utilitario, si es posible emplear este calificativo. Yo, por mi parte, me inclino a creer que el origen del «Ganza» es indudablemente religioso y, lo asimilo, a la circuncisión practicada por los judíos y los árabes desde la más remota antigüedad.

Pero, de todas maneras, no he de ser yo quien, habiéndola presenciado fortuitamente, y casi desconocedor de la especial psicología del negro, intente hacei una distinción entre lo que tenga de religioso o de profanó.

Dije ya, que la ceremonia tiene largos preliminares, y el encierro de las jóvenes, unos dos meses a ules por lo menos, es el primero. Comienza entonces la interminable serie de cantos y fiestas con que se la solemniza, y este es el detalle que me afirma en ni i creencia sobre el primitivo carácter del «Ganza». Pero su origen es tan lejano, que admite perfectamente que tales fiestas se conserven por mecánica tradición ancestral, y que no tenga ahora más finalidad que la «utilitaria» que le asigna buena parte de personas al corriente de los usos y costumbres de la gente negra.

Por lo general, la ceremonia tiene lugar, cuando la joven entra en la adolescencia, es decir, a los catorce o quince años, cuando está ya en edad de casarla o de venderla mejor dicho ; pero esta regla no es absolutamente fija, pues se dan casos, con alguna frecuencia, que la sufren mujeres ya.

Así como en nuestros países las mujeres son, o no, casaderas, según la edad, ésta cuenta poco para los negros. Para ellos, no hay más dato que el grueso de la pantorrilla, el único reglamento para este importante asunto ; se abarca aquella parte del cuerpo con las manos, y cuando los dedos de una sola, con alguna dificultad alcanzan a cubrir los de la otra, ya está la joven para ser casada y cuéntase que ningún negro compraría una compañera, sin haber ésta pasado por las repugnantes manos del operador.

Dos días antes del «Ganza» se viste a las jóvenes como no lo fueron hasta allí, ni lo serán luego, si bien es cierto que la tela no tiene la menor intervención en este vestido, limitado a una larga saya de follaje que la cubre enteramente desde la cintura a los pies, y que no abandona hasta la completa cicatrización de las heridas producidas por la operación. Entonces, vestida así, se la saca de su encierro y forma parte principal de los festejos limitados, como dije, a la interminable serie de cantos y de bailes que duran hasta que termina la ceremonia.

En ésta, sufre la inenarrable tortura de una mutilación sobre un cuerpo vivo, sin el menor asomo de anestesia, que trataré, aunque con dificultad e incompletamente, de describir. La finalidad profana del «Ganza», dado lo escabroso del tema, no ha de serme de más fácil exposición.

El negro, es esencialmente polígamo, y sólo el casi indigente, se limita a la posesión de una sola mujer, su esclava en absoluto. Pesan sobre ella los trabajos más duros en los cuales, su esposo, su amo, no tiene más intervención que la dirección. La mayor parte del tiempo, lo pasa disfrutando de la sombra de la cabana, eternamente edhado, su posición favorita.

La pobre mujer trabaja cuanto puede, para que el amo tenga no sólo para el sustento, sino para que le queden medios con qué adquirir otra mujer que comparta sus fatigas; ambas trabajan luego con no menos ardor, para que cuanto antes vengan otras a hacer menos penosa la tarea, y lie aquí cómo el indolente negro ve aumentar cada día su posición, sin que ni por pienso haga el menor esfuerzo para conseguirlo. Así se da el caso de que alcance a tener cierto número de mujeres, que la costumbre limita; pero es corriente ver negros con seis, diez y hasta doce mujeres, y la cantidad de éstas, permite apreciar muy aproximadamente la fortuna de su amo y señor.

Pero un potentado, que los hay, dispone de muchas más, sin más tasa que su capricho; en ciertos casos, es por obligación de leyes o costumbres que aumente el «harem» en proporción casi fantástica. Esta costumbre, es ya conocida por la mayor parte de los blancos, ya que la practican los creyentes mahometanos, con quienes estamos en tan frecuente relación. Nadie ignora la existencia de los «harems» turcos, casi desaparecidos ya por la introducción de las costumbres occidentales en el cercano Oriente, en donde la mujer empieza a disfrutar de la libertad de sus hermanas europeas.

Pero en el «harem», la mujer era materialmente una cautiva, rigurosamente encerrada en los muros de un palacio, y sometida a la severa vigilancia del eunuco, mientras que en África, vaga a su antojo en la libertad del campo, y si en el Norte la civilización que alcanzó el árabe, y de la que éste conserva todavía una parte apreciable, la libró de la aberración, es su dominador en el Ecuador; queda por completo librada a la bestialidad casi primitiva del hombre indígena, celoso de asegurarse enteramente la forzada fidelidad de su esclava. Por ello, conserva costumbres que parecen ser reminiscencias de una posible y remota religión bárbara en medio del ateísmo casi absoluto e inconsciente que impera en el corazón de las selvas africanas, en las cuales, los más íntimos goces del hogar, son para la infeliz una continuación no interrumpida de la tortura del «Ganza».

Nuestra rápida partida de Dubreka no me permitió presenciar el final de esta crueldad. Además, mi agitación me impedía continuar viendo impasiblemente aquella estúpida brutalidad, que ninguna ley humana puede justificar. He de valerme, pues, de los datos que me fueron facilitados durante el viaje, por blancos residentes en el país, muchos de los cuales, a su vez, lo saben de oídas. Pero éstos son lo suficiente lógicos para que puedan ser perfectamente creídos.

Después de la operación, la «ganzeada» queda tendida en el suelo sin asistencia ninguna, ni aun de sus más allegados deudos. Al contrario, cuando a éstos les parece suficiente el tiempo de descanso, tiene que levantarse de grado o por fuerza, y a los sones del tam-tam comienza a bailar una danza que al parecer tiene más de un punto de contacto con el charlestón, tan en boga, sólo que inclina el busto hacia delante, manteniendo abiertas las piernas y forma, con sus compañeras operadas ya, una fila que acaba en. coro, siempre sacudido su cuerpo como por violentos espasmos nerviosos.

Parecerá, a primera vista, que este baile será para las desdichadas lo que la lluvia sobre mojado, es decir, una crueldad más, y no obstante, hay que reconocer la utilidad de esta extraña danza, en tales momentos.

Por raro que parezca, aquel ejercicio constituye un comienzo de asepsia, lograda a fuerza de la repetida distensión y obligada contracción de las heridas, provocando así cierta violencia en la hemorragia que de otro modo sería flácida y además, con esta verdadera gimnasia, acaba por restañarse, ya que de continuar poco tardaría en acabar con la vida.

Continúa el delirio de la danza frenética, sin que nadie cuide de las que, agotadas sus fuerzas, se desploman. A lo sumo se las aparta para que no estorben sus cuerpos a las que todavía encuentran en su ánimo fuerzas para continuar aquella escena de horrible pesadilla.

Para cuántas de las «ganzeadas» no terminan allí sus tormentos! A veces los cortes no han sido lo radicales que tenían que ser ; llegan a juntarse los labios de las heridas de ambos lados y sobreviene entonces la oclusión, eventualidad tanto más terrible, cuanto que, para tratar de cortar sus efectos, no hay más recurso que la brutal intervención del mismo operador que practicó el «Ganza», sin que le guíen en ella conocimientos, y a ciegas corta y rasga en carnes todavía doloridas y febriles, por su anterior actuación .

No sino para evitar la nueva tortura que les espera, ocultan las desdichadas los sufrimientos que les aquejan, hasta que la muerte viene a librarles de su tormento.

Otras veces no fueron suficientes los efectos del tratamiento de la danza. Logró ésta restañar la hemorragia y aun parecieron cicatrizarse las heridas ; pero unos dolores, casi sutiles en un principio, si se tienen en cuenta los sufridos durante el «Ganza», hiciéronse sentir con fuerza creciente a cada momento. Ennegreciéronse las heridas y la gangrena coronó la obra monstruosamente criminal. El silencio de la víctima, horrorizada ante la sola suposición de afrontar de nuevo la tortura de su verdugo, fué cómplice de la muerte.

En ciertas ocasiones, tan vigilada ha sido la niña, que sus padres se dan cuenta de la fatal complicación, y pese a su llanto, es inmediatamente requerido el operador, que no siempre acierta en su tarea de evitar que se propague la gangrena, a fuerza de nuevas amputaciones llevadas a extremo casi inverosímil, y se da el caso de que nueva intervención acelere la muerte que se propone evitar. No por esto pierde el hombre su reputación de habilidad, que en el fanatismo del negro, encuentra su mejor escudo. En la etapa de Dubreka a Luscú, pude ver los efectos de una segunda intervención de un operador de «Ganza» ; era una mujer ya entrada en años, que después de la operación había sentido los primeros síntomas de la gangrena, que tal debía ser a juzgar por las descriptĭones de su mal, y tales fueron los efectos de la nueva mutullaciŏn que sufriŏ, tanto me horrorizaron y asquearon a un tiempo, queni siquiwra intento dar una idea de ellos a mis lectores.

CAPITULO XIX

HACIA EL CORAZÓN DE LA GUINEA FRANCESA. — CAMINO DE SUSSU. — EL CAUDALOSO PONGO. — ORIGINAL SISTEMA DE PESCA. — EL SUSTO DE UNAS MONAS

Poco más de las odho serían cuando, tumbados en nuestros palanquines y a la cabeza de un grupo de veinte negros que nos facilitó M. Lumpkin para nuestro transporte, emprendíamos la marcha hacia Sussú, distante unos sesenta kilómetros, larga etapa que, comenzada tan avanzado el día, era algo improbable que pudiéramos salvar en una jornada. Pero los negros que nos llevaron de Bathurst a Cabia nos dieron tan alta idea del vigor de los indígenas, que teníamos cierta confianza en llegar a Sussú aquel mismo día, aunque a hora algo avanzada de la noche.

Los negros de M. Lumpkin en nada cedían a los de M. Galizia. Eran atletas espléndidos, en piena juventud, sin que el menor asomo de grasa alterara las líneas de su fina musculatura, verdaderos «pura sangre» entre los mejores, y por ende, capaces de soportar fatigas que harían retroceder a un europeo, aun el de ánimo más templado y de fuerza en proporción.

A los pocos minutos, como en una mutación de teatro, desapareció Dubreka de nuestra vista. Sin transación ninguna empezó la selva a continuación de la zona cultivada; los negros llevaban un paso larguito, sin que nuestro peso pareciera hacer mella en nuestros conductores, a los que seguían los demás negros cargados con nuestro equipaje y las provisiones que «gratis et amore» nos dio el excelente M. Lumpkin.

A la media hora llegábamos a orillas del Pongo, el caudaloso río que atraviesa majestuosamente la región, dando varios rodeos. Las aguas se deslizan mansamente, como si les doliera dejar aquellas márgenes fertilizadas por ellas y en las cuales la naturaleza se muestra de una prodigalidad casi incomprensible, tanta es su grandeza. A pesar de la anchura del río, éste discurre, en buena parte, bajo una bóveda de espeso follaje, que los rayos del sol no pueden transponer.

Los copudos árboles de una orilla parecen alargar sus ramas como para abrazar a sus hermanos del lado opuesto ; y las lianas, trepando por sus ramas cual vigorosas sierpes, cruzan de orilla a orilla, dejando colgar los retoños hasta rozar con las tranquilas ondas del río. Los monos, innumerables, corretean por aquel puente natural, dando unos chillidos que alegran el alma, extasiada ante tanta belleza. Cruzan los aires pájaros de vistosísimo plumaje, y en raudo vuelo surcan algunos con sus alas las aguas cristalinas buscando en ellas el sustento. No se cansaban mis ojos de contemplar las maravillas de aqueí edén incomparable.

Dieron voces nuestros conductores, y de entre unos matorrales de la orilla opuesta salió una canoa de rústica construcción, tripulada por negros, a quienes la administración francesa, mediante un reducido estipendio, deja el cuidado del tránsito entre las márgenes del río.

Nos embarcamos M. Laffite y yo, con cuatro negros de nuestra pequeña caravana, y con ayuda de pértigas avanzábamos en busca de la orilla, cuando un negro, sin reparar en que su acto podía ocasionarnos un baño, molesto por lo imprevisto, dio un brinco y zambullóse en el río, poniendo en peligro la estabilidad de la embarcación. El susto fué de ordago ; aquellas aguas, aunque tranquilas, amagan el traidor caimán, de tan pesado movimiento en tierra, como ágil en el agua, que parece ser su elemento natural.

No había recobrado su aplomo la canoa, cuando reapareció el negro en la superficie de las aguas. Nadaba de espaldas y hacía esfuerzos para vencer la resistencia de un pez de regulares dimensiones, al que había atrapado en su rápida zambullida. En un momento alcanzó la canoa, y tirando en ella su presa, volvió a bordo con una vigorosa contracción de sus brazos. Ni siquiera había pensado en que los colmillos de un caimán hubieran podido hacerle pagar cara su pesca.

Esta escena de pescar a mano, aunque la desconocía yo, es por demás frecuente. Los negros, salvo contados casos y raras excepciones, carecen de anzuelos. Las redes, les son completamente desconocidas y sus medios de pesca, dan razón al refrán que afirma que la necesidad aguza el ingenio.

No obstante, aunque todos sean excelentes nadadores, no abundan los negros que tengan a la vez la necesaria agilidad para perseguir a un pez y el formidable denuedo de afrontar las acometidas del caimán, lo más corriente, es que pesquen con un arponcillo, en cuyo manejo son consumados maestros. Muy rara vez les escapa su presa ; los de nuestra cuadrilla, encantados de dar a un europeo una idea de lo que son capaces hicieron a mi vista verdaderas filigranas con el arpón. Hubo uno que, divisando un pececillo que nadaba a una distancia de unos cinco pasos de nosotros lanzólo tan certeramente, que al recogerlo izó su presa herida en la mitad del lomo ; huelga decir cuanta es su precisión cuando se trata de peces de regular tamaño.

En el intervalo de pasar de una orilla a otra, hicieron buena pesca. Abrieron los pescados en canal, destripándolos y con unas hierbas a guisa de bramantes colgáronlos en la cintura hasta que el regreso a sus poblados les diera mejor oportunidad de ponerlo a secar al sol.

Dos horas después de nuestra salida de Dubreka, dimos la orden de parar. En este poco espacio de tiempo, habíamos adoptado en nuestros palanquines todas las posiciones; acostados, vueltos de lado, incorporados y a caballo, es decir, dejando colgar nuestras piernas por el exterior de las andas, pues no va va a creerse que viajar en palanquín sea de una envidiable comodidad. La tiene, sí; pero relativa. Se reduce a que no hay necesidad de andar; es un medio de locomoción obligado para el blanco, que no podría caminar media hora seguida entre la maleza y bajo aquella temperatura asfixiante.

Pero no fué sólo la incomodidad lo que nos hizo dar la voz de <<alto>>. Más que nada, fué el hedor que despedían nuestros negros, que sudaban a mares asfixiándonos con las horriblemente asquerosas emanaciones de su transpiración. Queda muy atrás el mal olor de la exudación del caballo, que es casi un delicado perfume en comparación con la peste aquella. Nos cubríamos nariz y boca con nuestros pañuelos empapados con agua de colonia y aun con menta. Pero el maldito olorcillo filtrábase por entre los pliegues del lienzo y pese al perfume, llegaba al olfato, atenuado apenas. Creí desvanecerme, tantas eran las náuseas que nos daba aquel fétido ambiente. Y aunque ya sobre aviso por sus anteriores incursiones en la selva, no vaya a creerse que M. Laffite lo soportase mejor que yo. Desde mi sitio le veía vuelto de lado, algo incorporado, tapando herméticamente las «rendijas» de su rostro, sacudiendo a veces su cuerpo por expresivas convulsiones...

Paramos en cualquier lado, donde no pudimos soportar ya más aquella pesadilla, y lo más cortesmente que supimos, hicimos que nuestros conductores se apartaran un buen trecho, lo suficiente para dar a nuestro olfato un descanso, más que obligado, después de la ruda prueba a que nos abíamos sometido. Qué bien nos supo llenar nuestros pulmones con aire puro aunque fuese cálido como hálito de braserillo!

Tiramos de provisiones, y aunque sin apetito apenas, comimos. Llamándose unos a otros con sus escandalosos chillidos, los monos apostáronse por millares en los árboles, que había a nuestro alrededor. Los echamos pedazos de galleta y este sencillo gesto bastara para que se iniciara en algunos el ademán de bajar a recogerlos; pero en el acto venía la reflexión del peligro, y volvían a su lugar los atrevidos. No sé por qué una lata de conservas tuvo más éxito. La tiramos lejos, y al momento saltó un mono al suelo, apoderándose de ella, perseguido por los otros, los rezagados, que disputáronle su presa. Forcejeando entre ellos, cayóles la lata dando tumbos de una rama a otra, y es de suponer que el ruido de cencerro que en el breve espacio de su caída produjo al dar contra los troncos, les fué completamente insoportable, pues en un segundo desaparecieron todos de nuestra vista, no sé todavía por dónde, tanta fué la ligereza de su atropellado desfile, no habría hecho más el estampido de un cañonazo.

Después de un rato de silencio, oímos algo lejanos sus penetrantes chillidos. A lo mejor comentaban el susto y lo raro del color de nuestras caras o lo extraño de nuestras vestiduras, insólitas en aquellas tierras en donde el traje de nuestro padre Adán es de una vulgaridad que aturde.

CAPITULO XX

INSOPORTABLE HEDOR DE LOS NEGROS. LOS COMIENZOS DE UN TORNADO. — UN REBAÑO DE CHACALES. — EPIDEMIA EN UNA TRIBU. — MEDICAMENTOS INDÍGENAS. — SUSSU

A las cinco de la tarde, sobreponiéndonos al vehemente deseo de evitarnos otra vez el perfume del cutis negro, llamamos a nuestros conductores, y emprendimos nuevamente la marcha. El tiempo parecía hacer un cambio ; los monos, en lo alto de sus árboles, daban muestras de extraña agitación. Los pájaros, tan abundantes horas antes, habíanse escondido y sólo de tarde en tarde veíamos alguno volando de una manera extraña, como aturdido.

Vadeamos otra vez el río, y los negros aprovechando el que un camino, con ciertos visos de cuidado, se abría ante ellos, aceleraron su marcha, con intención de llegar a un poblado cercano donde pasar la noche, pues a aquella hora no podíamos pensar siquiera llegar a Sussú. Pero cerró la noche sin que se divisara ni un asomo de cabana entre el asombro de nuestra gente, que parecía algo desorientada.

Mientras, a Oriente avanzaban densos nubarrones anunciando la proximidad de una tormenta. Con rapidez se cubrió el firmamento, y tal era la obscuridad en que nos hallábamos, que era difícil continuar la marcha. Además, el airecillo de las primeras horas aumentaba en fuerza ; la arboleda empezaba a producir el clásico ruido de hojarasca, precursor de toda tempestad, y dispusimos sufrir sus efectos de la mejor manera posible. Nuestros palanquines sirvieron otra vez de improvisadas tiendas, y bien sujetas las tablas, nos cobijamos a su abrigo, punto menos que ilusorio en aquellas condiciones.

Los negros se afanaban en recoger leña en cantidad suficiente a rodear toda la noche nuestro campamento, con un círculo de fuego, en tanto que crecía el vandaval hasta tomar las proporciones de un huracán, amenazando dar al traste con nuestra débil instalación. íbamos a presenciar, en todo su salvaje aparato, el desencadenamiento de las furias de la Naturaleza, en forma de <<tornad>> la formidable tormenta fiajel de aquellas lejanas tierras.

Los negros iban a afrontarla a la intemperie, sin que ni una miserable tela, cual la de nuestras tiendas, les diera, por lo menos, la sensación de estar bajo cubierto. Esforzábanse en mantener íntegro el círculo de fuego protector, y a los reflejos de las llamas, violentamente batidas por el vendaval, iban de un lado para otro, alimentando la hoguera cual negros fantasmas en castigo infernal.

Pero de pronto, menguó la fuerza del viento. Alejáronse los negros nubarrones y respiramos tranquilos con la sola esperanza de que íbamos a librarnos del honor de una tempestad, en la noche y en despoblado. Una hora después, no quedaba rastro de nube en el cielo, y así pudimos dormir aquella noche iodo lo tranquilamente que nos permitieron las picadas de los mosquitos, que zumbaban a millones por nuestro alrededor.

Cansados de estar tendidos, a las cuatro de la madrugada emprendíamos nuevamente la marcha. Los negros procuraron romper la monotonía de una camina la a aquellas horas, con una canción que bien puedo nombrar el <<Marianí-Hub-boc>>, puesto que esto parecía ser el estrebillo de aquella tonadilla, monótona como todos los cantos indígenas.

Bien hicimos la noche antes de acampar renunciando a alcanzar el tan suspirado poblado. Eran las seis cuando nada permitía suponer que nos hallábamos cercanos a una habitación cualquiera.

De pronto, oímos un extraño ruido a nuestra derecha, y de entre la espesura surgieron los lomos grisáceos de un rebaño de chacales que huyeron despavoridos al dar con nuestra insospechada presencia.

Esta bestia, por lo general, no ataca al hombre y limita sus actividades a cazar como las zorras de nuestros países, con aditamento de algunas costumbres del lobo. Es voraz en grado superlativo, y cuando, llevado por su apetito, no encuentra gallinas que robar o carroñas que roer, llega a atacar al gato-tigre. Este, después de una defensa desesperada, sucumbe regularmente al ataque del dhacal, reunido en manadas para dar la cacería. Dícese, aunque no he podido comprobarlo, que el chacal acompaña al león en sus expediciones nocturnas para aprovecharse de los restos de la caza del rey del desierto. Su tamaño media entre el del lobo y el de la zorra; es del color del primero, algo más claro quizá, pero su rabo es como el de la rabosa, que es a la que más se parece, en general.

Eran las ocho y media cuando llegábamos a la aldea, que extrañaban los negros no haber encontrado la noche anterior, y si bien hicimos en pararnos, evitándonos un suplemento de marcha de más de cuatro horas, acertamos doblemente en nuestra decisión por el hecho de que nuestra estancia en el poblado nos hubiera causado más reparo que satisfacción. Reinaba en él una extraña epidemia, y la mayor parte de sus moradores sufría de violentos dolores de cabeza que, al cesar, dejaban al paciente completamente abatido y presa de extraños escalofríos. Era, quizá, la terrible enfermedad ciel sueño la que reinaba allí? No tenía, entonces, ni la tuve hasta bastante tiempo después, experiencia ninguna para poder afirmarlo. Pero tuve aprensión de quedarme mucho rato allí; la tenía también mi compañero, y por ello decidimos proseguir nuestro camino, después de una corta parada en el poblado, donde quedaron los indígenas practicando una extraña terapéutica para aliviar o curar los sufrimientos de los enfermos.

Consiste su remedio en amasar una cantidad de tierra cualquiera, con excrementos de no sé qué animal, amalgamándolo con aceite de palma. Mientras preparan este extraño amasijo, canturrean por lo bajo ; lisio ya el ungüento, lo calientan e inmediatamente después lo aplican a la cabeza y al rostro del paciente, prodigándolo en espesas capas. Mientras

continúan sus monótonos cantos que deben ser una invocación a los espíritus para que suplan con su intervención bien'hecíhora a los defectos del hediondo medicamento.

A las once, cuando el sol picaba algo más de lo debido, haciendo aumentar con su calor las pestilentes emanaciones del sudor de nuestros negros, al que, deidamente nos era imposible acostumbrarnos, hicimos una parada. En la aldea que acabábamos de atravesar habíamos comprado por un par de francos vituallas suficientes para llenar el estómago de una compañía. Uno de los ¡negros ofreciónos sus tálenlos culinarios, gracias a los cuales pudimos comer caliente era uno de los pindhes de cocina de M. Lumpkin, y hay que reconocer que salió airo-samente de su empresa. Aderezó una excelente tortilla, sin que acertara a ver sartén de ninguna clase, y nos sirvió luego un pollo con <<mangle>>, que daba gusto. Guisó luego para sus compañeros, aunque de una manera distinta que para nosotros, y gracias a él variaron con aquella comida su habitual manutención a base única de mijo o arroz con el consabido aditamento del aceite de palma.

Ardíamos en ganas de llegar por fin a Sussú, pero era imprudente emprender de nuevo la marcha a aquellas horas. Nos tendimos hasta las cuatro de la tarde, hora en que, no pudiendo ya reprimir nuestra impaciencia, nos pusimos otra vez en marcha. A las cinco y media, llegábamos otra vez a orillas del Pongo. A la orilla opuesta había un desembarcadero sin muelle, dimentario. Más allá, erguíase una construción de estilo europeo, dominando una vasta población indígena.

Nuestros negros colocáronse nuevamente los pequeños delantales que constituyen todo su vestuario, y que se habían quitado para andar por la selva, no sé si por medida de economía o por comodidad, aunque probablemente será por lo ultimo.

A las seis llegábamos al término de nuestra etapa, camino al corazón de la Guinea, en donde íbamos a internarnos. Los negros acudieron en tropel a nuestro encuentro, mientras en el pueblo resonaban endiabladamente los sones de un tam-tam, y un blanco acudió a recibirnos con los brazos abiertos ; era M. Bernard Chandy, suizo de nacionalidad, y director de la única factoría establecida en aquel territorio.

CAPITULO XXI

LLEGADA TRIUNFAL A SUSSU. — HIDAL GUÍA DE LOS INDÍGENAS. — UNA CAMA BIEN APROVECHADA. — IR POR PATOS Y DAR CON FIERAS. — CACERÍA AFORTUNADA

El poco Hecho que media desde el río a la casa, lo hicimos a pie entre una doble fila de indígenas, arrodillados unos, llevando a extremo exajerado la demostrar ón de su respeto por el blanco, o de pie los demás poniendo la mano ante la boca, el saludo a la usanza del país.

Al llamamiento del tam-tam habíanse reunido todos los habitantes del poblado observando la obligación impuesta por el dominador, de ayudar y complacer en un lodo al blanco que transite por aquellos andurriales. Y esta regla de hospitalidad es cumplida fielmente por aquellos infelices en forma que muchas veces llega a conmover.

Como quiera que no hay allí blancos que cuiden de hacer respetar el mandamiento, forzoso es creer que la hospitalidad es espontánea en ellos, y a tal punto la llevan, que con frecuencia cuesta trabajo lograr que cese la avalancha de obsequios que agobia al viajero. Por todas partes llueven, materialmente, las aves de corral y los huevos, lo que más puede convenirle de entre lo que poseen en su mísera desnudez.

La factoría, a la que íbamos recomendados, es, como he dicho, un edificio a la europea, no terminado todavía a la sazón. Pertenece a la poderosa Compañía Francesa, la S. G. O. R. y está regentada por el ya mencionado M. Bernard Cíhandy, joven de 28 años, de cara jovial encuadrada por una barba, más bien roja, que es la admiración de los indígenas, condenados a negro eterno.

El buen señor, excelente amigo después, nos acogió como a hermanos y tomó inmediatamente sus medidas para alojarnos lo mejor posible, pues no había en la casa más habitación que la que ocupaba, compartiéndola con una negra no mal parecida, «su esposa» al estilo de la tierra. Llevaba poco tiempo allí, y temblaba al pensar que no tardaría más de un año en abandonar el África para reponerse en Europa de los perniciosos efectos de aquel clima mortal, pues es ley que no haya europeo que resista más de dos años, cuando más, en aquellas latitudes. El caso del inglés aclimatado en Rokrupú, es rarísimo.

Había tomado tanto cariño al terreno, que a serle posible hubiera renunciado gustoso a salir de allí, cosa corriente en los blancos que encontré en mi camino. Es posible que la tranquilidad de espíritu de que gozan, lejos del ajetreo de la vida que llevaban antes en sus países, opere el milagro. Pero no ha de ser extraño a este resultado la autoridad omnímoda del blanco sobre todas las cosas.

Como puede verse por mi fiel narración, aparte el obligado tránsito por la selva y el calor del país, con todos sus inconvenientes, nuestra vida se deslizaba en un ambiente casi europeo. A todos los términos de etapa no faltaba el blanco acogedor, con el obligado, aunque relativo, confort de mudhas casas. Como en la terraza del mejor café europeo, nos sirvió M. Chandy un «picón» a guisa de refresco y aperitivo a la vez. Vino luego la obligada ducha, seguida de la cena, y tarde ya, que no en balde llevaba tiempo nuestro huésped sin ver caras de su color, nos retiramos a las habitaciones que nos había preparado... en la galería que circundaba la casa. Con sacos y pieles, a falta de colchones, armó unas camas que nada tenían de despreciable, rodeadas de mosquiteros.

Nos acostamos, y aun dormimos algo, no mucho, pues a la hora escasa cuidaron los mosquitos de hacer escandalosamente inhabitable nuestra improvisada celda, pese a los mosquiteros. Teníamos que renunciar a pegar tos ojos aquella noche!

Pero oyó M. Chartdy el ruido que producimos al levantarnos, y al momento vino a ver qué ocurría.

Se enteró del caso, y en el acto tomó una resolución, que me permitiré calificar de heroica ; dormiríamos en su habitación, a cubierto de las furiosas embestidas de los mosquitos.

Mas dábase el caso de que en aquella habitación no había más cama que la suya, ni lugar en qué colocar otras, pero para todo había solución; se mandaba a la negra que fuese a dormir a otra parte, nos acostábamos los tres hombres en la cama y asunto concluido. Gracias a esta sabia disposición, algo incorrecta quizá, pero de una lógica incontestable, pudimos dormir aquella noche todo lo plácidamente que exigían nuestros cuerpos cansados por dos días de marcha y una noche toledana en sus comienzos.

Tanto apreciamos las ventajas de la inventiva de M. Chandy, que ni siquiera nos pasó por la mente rehusar su proposición de dormir de aquella manera las noches que pasáramos en Sussú.

Este poblado está enclavado en el ángulo que forma la reunión del río Pongo con uno de sus numerosos afluentes. La factoría estaba emplazada al borde casi del río, pues no nos separarían del afluente, cuyo nombre no recuerdo, más de unos cincuenta metros. Más allá comenzaba la selva majestuosa que al resplandor de los primeros rayos del sol parecía convidarnos a internarnos en ella para gozar de las delicias de tan soberbio lugar.

Pero, prosaicos en extremo, cargamos con los fusiles, dispuestos a ametrallar despiadadamente los inocentes patos que en numerosas manadas volaban por el espacio.

Estos animales son enormemente mayores que los de nuestros territorios, verdaderos gigantes de la raza ; no es nada raro cobrarlo tan enormes, que una vez desplumados y completamente limpios, alcancen a pesar cinco y seis kilos. Conservan los hábitos de vuelo de sus congéneres de acá, en triángulo agudo, dirigidos por el que posiblemente sea el más avispado de la banda, pero al emprender el vuelo no se remontan paulatinamente como éstos sino que, emprendiendo una poca carrera por el agua, ascienden luego verticalmente casi hasta alcanzar buena aliara; y cuando se posan cierran sencillamente sus alas y se dejan caer a plomo hasta la altura suficiente para amortiguar su caída.

M. Laffite y yo nos disponíamos a partir solos, no llevando más arma que los fusiles de caza ni otras municiones que los cartuchos de postas, pero se escandalizó M. Chandy de nuestra despreocupación. Bien estaba que fuésemos a cazar patos con las escopetas, pero a su entender no estaba de más una buena carabina, cargada con bala, y por lo que pudiera ocurrir, llevar al cinto el revólver bien al aléame de la mano. De nada sirvieron nuestras protestas ; íbamos a cazar patos y para nada necesitábamos tanto aparato de armamento, como si emprendiéramos una expedición lejana; de buen o mal grado tuvimos que obedecerle, como tuvimos que aceptar la compañía de negros, a los que mandó que nos siguieran,

Cómo dije, no queríamos cazar más que patos, y para esto, ron sólo apostarnos en cualquier matorral de la orilla, lográbamos nuestro objeto. Pero es el caso que, muertas tres o cuatro aves, divisamos una gacela un poco más allá, y claro está, no pudimos resistir la tentación de enviarle una bala, que no debió ser demasiado certera, cuando el animal pudo huir, aunque herido. Nos pusimos a seguirle en su huida, y así, sin darnos apenas cuenta, nos internamos en la selva cosa de un par de kilómetros. Embebidos siguiendo a la gacela, no nos dimos cuenta que en el cruce de las ramas de un árbol había, agazapado, el moteado cuerpo de una pantera; fueron los negros los que la divisaron. La distancia que nos separaba de ella, era poca, unos cincuenta metros a lo más, y no podía fallarse el tiro, so pena de renunciar, avergonzado y para siempre, a empuñar ni una escopeta de criatura. Disparamos a la vez, y cayó pesadamente el felino ; los dos habíamos hedió blanco en la cabeza.

Cargaron los negros con su cuerpo, no sin antes haber dado evidente muestra de su contento por el hedho y admiración, no sé si por nosotros o por la excelencia de nuestras armas, y enardecidos por el resultado de la cacería impensada, decidimos proseguirla. No habíamos andado más de doscientos metros, cuando avistamos otra pantera que trepaba a un árbol; estaba algo lejos todavía, y en condiciones poco favorables para acertarla. Esta, por lo menos, fué la mutua explicación que nos dimos justificando con ella haber fallado el tiro.

El ruido de las detonaciones bastaba y sobraba para alarmar a todas las fieras que pudiese haber a inedia hora alrededor, de manera que no encontrásemos otra en todo el día; por ello, si bien nos internamos todavía más, fué con poca convicción, cuando, créame quien quiera, pues hay que reconocer que el caso es para ponerlo en duda, al poco ralo cuinos con «un leopardo entregado en cuerpo y alma a una operación de <<manicura>> a costas de la corteza de un árbol. Si la pantera que matamos era un tiro seguro, este infeliz leopardo podía conside-rarse muerto antes de apuntarle; nos presentaba espléndidamente su lomo, erguido el cuerpo y alta la cabeza. M. Laffite llevó su carabina a la cara, apuntó un instante... y marró el tiro y estropeó la piel, pues dio la bala en un brazuelo. Más seguro de mi auna, no di tiempo a que intentara huir, acertándole en la cabeza.

La alegría de los negros no tuvo límites entonces. Soltaron la pantera que llevaban a cuestas, y dieron rienda suelta a su júbilo. Daban saltos de gozo, oían y gritaban a la vez, dándose de manotazos unos a otros. Como que no llevaban trazas de acabar, cortamos por lo sano, dando la orden de re¬greso. Aumentó su carga con el cuerpo del leopardo, y nos encaminamos a la factoría, para llegar a ella antes que el sol picara más de lo convenido.

Pero estaba escrito que no había de terminar allí nuestra buena estrella. Cerca ya de las primeras chozas del poblado, dimos con tres gráciles gacelas que pastaban inocentemente. Dos de ellas cayeron al momento y la otra pudo escapar.

CAPITULO XXII

EMOCIONANTE CAZA DE UNA PANTERA DOMESTICADA.—LAMENTACIONES DE NEGRO . —UN COCODRILO SIN PELO... DE TONTO-. COMO SE VISITA A UN REY EN GUINEA.

Nuestra entrada en la factoría, cargados con los pa: s, i pantera, el leopardo y las gacelas, fué casi triunfal. Si al entrar en el poblado nos escoltaba un ígros, cuando llegamos a nuestro alojamiento nos seguía una verdadera manifestación, lo suficientemente numerosa para halagar nuestro amor propio, a pesar de la mediocridad del triunfo, habida cuenta de la calidad de naiestros admiradores. De todas maneras, hay que reconocer que el resultado de la cacería era para envanecernos. No se dan cada día casos como aquél, ni como el que ocurrió por la tarde.

Estábamos sentados en la galería descansando de las fatigas matinales. Dominábamos desde allí el cauce del afluente del Pongo, distante unos cincuenta metros, y seguíamos con interés el rápido decrecimiento de la corriente. Por momentos se iba a quedar casi seco, fenómeno que se repite tres veces al día, ya que con la marea vuelve a aumentar el caudal de agua. El lecho del río se estrechaba, dejando al descubierto anchas fajas de cieno en las que se posaban los patos hurgando en ellas con sus picos; encuentran allí lo mejor de su alimento.

Pero, de pronto, vi como, a favor de la corriente, nadaba un perrazo enorme, en comparación con los del país, pequeños por lo general y rojos de pelo como el que estaba contemplando.

Casi frente a la factoría tomó tierra, avanzando con dificultad en el légamo viscoso donde se hundía pesadamente a cada paso. Aquella bestia no me hacía daño alguno, pero era rara ; tanto, que no pude resistir a la tentación. Tomé mi escopeta y, saliendo de la casa, me dirigí hacia ella. A poca distancia le disparé un cartucho que hizo blanco en su cara y al momento me sentí perdido ; lo que había tomado por un perro, era ¡una pantera, y nada pequeña, pero extrañamente enlodada.

Daba horror, causaba espanto ver como el animal, a impulso del dolor de su herida, daba unos brincos formidables y unos rugidos que suspendían. El barro, en el que se hundía a cada uno de los saltos, adheríase a sus patas y aun al cuerpo, dándole formas raras de bestia apocalíptica. Mal lo hubiera pasado yo, si unos perdigones, alcanzándole los ojos, no le hubieran cegado.

M. Laffite había corrido tras de mí, pero sin armas ; pero M. Chandy, sin moverse de sitio, me fué más útil. Viendo lo que ocurría, me mandó un negro, corriendo, con mi carabina cargada con cartuchos, y así, con un sólo disparo, pude abreviar la duración de las torturas que sufría la pantera y librarme yo del peligro que corría al continuar allí, a pesar de su ceguera.

Los negros se hicieron cargo de su cuerpo para despellejarla, y en estos menesteres estaban, cuando otros de su raza, montados en una canoa, navegaban río abajo dando gritos cuyo significado ni siquiera sospeché, armados con flechas y erguido uno de ellos llevand una cuerda dispuesta a modo de lazo.

Al vernos en la orilla y valiéndose de su idioma, preguntaron a un negro de la factoría, el que me trajo la carabina, si por casualidad habíamos visto na pantera, cuyas señas coincidían con las de la muerta. Valiéndonos de nuestro intérprete, les dimos a saber la verdad de lo ocurrido.

Oírlo v ponerse a lloriquear uno, y a mesarse los cabellos el otro, dando claras señales de su desesperación, na1 una sola cosa. Confieso que me turbé más me pasó por la cabeza que matar una pantera fuese una mala acción, y aun, de haberlo pensado, los mismos negros que hasta allí habían saltaarincado de alegría a la muerte de cada una de las que tumbé, me hubieran convencido de lo contrario. Qué ocurrió, pues, para que aquella vez los dos negros navegantes me miraran con indubitables signos de indignación mal contenida, mientras me dirigían una sarta de palabras incomprensibles para mí, pero que probablemente eran otros tantos improperios ?

El intérprete me sacó de dudas. Al parecer, había metido la pata» matando la pantera que aquellos negros habían cogido cachorro todavía y que habían criado en un estado de relativa domesticidad. La llevaban en su velero, dedicado al tráfico por el río, y era la tercera vez, diría mejor la última, que se les había escapado. En las dos anteriores fugas habíanla alcanzado en poco rato. También esta vez la habían encontrado, pero en qué estado, válgame Dios! Muerta y despellejada! No había remedio para volver las cosas a su lugar, y, a menos de indemnizarles, no veía otro modo de arreglar el asunto.

Pero M. Chandy, que se había reunido con nosotros, se opuso terminantemente a que llevara la mano al bolsillo. No era cuestión de dar malas costumbres a los negros. Que tomaran la pantera y que se largaran ; esto es lo que tenían que hacer y lo que hicieron. Cargaron con los restos mortales del animal, y sin la piel, a pesar de los pesares y de su insistencia en llevársela también. Yo no veía inconveniente en que se fueran con esta relativa satisfacción, pero sí nuestro huésped y su fallo fué el que prevaleció. Para otra vez no tenían más que sujetar algo mejor sus animales, qué diantre ! Si no convencidos, fuéronse vencidos por las poderosas razones de M. Chandy, quien puso cara de malos amigos mientras y embarcaron mascullando entre dientes no sé qué palabrotas.

Hacia poco tiempo que había llegado hasta Sussú una expedicíon polaca. Dioó por terminada allí su incursiónen Guinea, emprendiendo luego el regreso a Pero antes de partir obtuvo audiencia de S.M.Halba Hujú, rey de la región, reconocido por las autoridades francesas y residente en aquella localidad. Parece ser que el rey quedó encantado de la nuestra de respeto que le dieron los blancos al solicitar su real venia para visitarle, más que nada,por curiosidad probablemente. M. Chandy nos invitó a seguir el ejemplo de nuestros predecesores y ni que decir ticene que nos encantó su proposición. No se ve un rey cada día, y negro mucho menos. Nos dejó preparar nuestra visita, y monsieur Laffite y yo continuamos paseando a orillas del rio para matar el tiempo a falta de mejor. Pero a un dimos con un cocodrilo de regular tamańo que estaba tranquilamente tomando el sol aprovechando suu ultimos rayos.

Esta bestia, repugnante por sus formas, y temible en extremo, me es de lo más antipático que pueda darse. No siento la menor piedad por ella, ni creo que la pueda sentie nadie. Esto, aňalido a que estámabamos en vena la cazar, , explicará que tardamos en apuntar la carabina: pero, fresco el caso de la pantera domesticada, hicimos una pequeña broma. Miramos arriba y abajo para ver si había alguien que viniese, no fuese a dar la casualizo también el cocodrilo, armaramos máramos una revolución si lo matábamos. Pero no ; no había nadie que fuese en su busca. Podíamos tirar tranquilos.

Tal fué nuestra opinión, pero no la del cocodrilo. Puesto sobreaviso por nuestra presencia, y adivinando posiblemente las malas intenciones que con respecto a él nos guiaban, optó por tomar las de Villadiego. Así, cuando volvíamos la vista al lado en donde estaba, había desaparecido como por encanto. Los incidentes de la caza de la pantera lo habían salvado !

Empezaba ya a declinar el día, y no era cosa de hacer esperar a M. Chandy, quien, terminada probablemente la gestión cerca del mayordomo de palacio, caso de que lo hubiera, para conseguir la audiencia del soberano, debía aguardarnos ya para el aperitivo. Al llegar, nos encontramos con la sorpresa de que la audiencia había sido fijada para aquella misma noche; quizá el protocolo estuviese en pugna con los de las cortes europeas en la cuestión de horario ; pero no era cosa de incurrir en el enojo del tiranuelo y, algo aprisa y corriendo, cenamos antes de ir a presentarle nuestros respetos y fisgonear al paso.

A las siete de la tarde casi, y ya entre dos luces, nos encaminamos al palacio real. Nuestra vestimenta hubiera escandalizado, no diré a un ujier de un palacio europeo, sino a cualquier portero de cualquiera casa de vecindad de una calle de tercer orden. En todo y por todo, se componía, exteriormente, se entiende, de la camisa, arremangados los brazos en obsequio al calor, y del pantalón, amén de los zapatos.

No lleváabamos polainas, pues no había brozas que atravesar y más nos hubieram molestado que otra cosa. Pero, aunque ligeras, nuestras vestiduras daban quince y raya a las Su Graciosa Majestad, segun vimos luego: no quedó, pues, en mal lugar presentábamos en aquellos momentos.

CAPITULO XXIII

S.M. ALBA-HUJU, REY DE SUSSU. — EL TRAJE DE CORTE DE UN REY NEGRO.— FIESTA INDÍGENA, NOCTURNA. — EL PALACIO. — CACERÍAS REALES.

Casi a un extremo de la población se levanta una empalizada de regular altura, en cuyo interior se penetra por una abertura recayente a una plazoleta que la aisla, por aquel lado, de las chozas habitadas por los míseros mortales, subditos del soberano continuador de la monarquía que un tiempo regía sus destinos ; su poder queda boy bastante obscurecido por las leyes del país protector.

Hay que trasponer otra puerta para penetrar en el recinto interior, un anchuroso patio circular, alrededor del cual se levantan numerosas chozas; al fondo, cortando el círculo, hay otra mayor, de más cuidada fábrica, la que tiene el honor de cobijar la persona de S. M. el rey, Halba-Hujú.

Guiados por cuatro sirvientes—digo yo, porque a lo mejor eran altos dignatarios de la corte—que nos recibieron en la puerta con los brazos cruzados, respetuosa, pero extraña manera de recibir visitas, penetramos en la dhoza-palacio; el rey nos esperaba ya, tendido sobre una esterilla que, a la vez que era el suyo, fué el trono de sus gloriosos antepasados.. Cuando entramos, incorporóse un tanto, y gracias a esta fina atención que nos dispensó, y a unas lamparitas de petróleo que trajeron, pudimos contemplar a nuestro gusto su real persona. Aparentaba unos sesenta y cinco años, alto, de cuerpo enjuto, cubierto, en parte, por una barba canosa. A todo estar lleva un cinturón adornado con lentejuelas y pedazos de vidrio a falta de diamantes ; cuelgan de éste un sable en forma de cimitarra, y un pequeño puñal. El primero, es emblema de su alta cualidad ; el segundo también lo es, pero, además, tiene otro uso : es la navaja real, con que le raparía el barbero de los reales palacios, a no dejarse crecer la barba. Esta es la benévola explicación que oímos de los labios del rey, y de que nos enteramos por mediación del intérprete. Como se ve, el uso actual de este puñal-navaja barbera es completamente nulo, lo suficiente para que se le arrinconara en un desván cualquiera ; pero es un emblema y esto basta para que no se separe de él ni para dormir.

Queda, con lo dicho, detallado minuciosamente el traje que vestía el rey en aquellos momentos, y no vaya a creerse «que nos distinguía recibiéndonos de manera négligée. Al contrario, aquel traje era, no sólo el de ceremonia, sino el de toda puesta a un que esta ligereza de ropa sea debida a un sentido de economía, llevado a un extremo deemasia fuerte. No: todo es cuestión de protocolo. El que usan allí no conisíente en que el rey oculte a su pueblo la más pequeña parte de su preciosa persona. No puede llevar, a lo que parece, ni el desmino delantaillo que usan sus subditos, en poblado.

A tal extremo llevó su displicente llaneza, que nos enseňó una fotografía de su padre, hecha en ocasión de un viaje que hizo a Konakry para impetrar de los colonizadores que le conservaran la esterilla, digo, el trono. Se le atendió, pues, como dije, fué reconocida su autoridad... nominal.

No quisimos abusar de la audiencia, ni queríamos acostarnos tarde, y como quiera que a aquellas horas poco podríamos ver del palacio, pedimos concediera un suplente de audiencia para la maňana siguiente, a lo que accedió, y nos retiramos a nuestro alojamiento, en tanto que él se tumbaba nuevamenté sobre la esterilla, en donde, a mullida cama, descansaría hasta el día siguiente.

Durante nuestra audiencia había entrado un negro en la choza, llamado a grito pelado por el rey. Le había dado una orden, que recibió con el mayor respeto, en voz baja, saliendo inmediatamente para ejecutarla.

La tal orden era la de obsequiarnos con una fiesta indigena. Los habitantes de Sussú, obedeciendo los mandato de su señor, se habían reunido ante la factoria, y ello explica cómo, al regresar nosotros a ella, nos encontráramos con una muchedumbre apiñada alrededor de un claro de terreno. Al divisarnos, empezaron a gritar alegremente; comenzaron los redoombles del tam-tam, instrumento del cual jamás vi como

an tanta cantidad ni de tan variado tamaño.Les había descomunales, verdaderos troncos de ahuecados; medianos, que son los más corriente y pequeños, tan raros «quizá como los mayores. Pero a todo esto y desde la puerta de la factoría, no veíamos nada; entre la obscuridad de la nodhe y el subido color de los indígenas, apenas si divisábamos algo más que lo que pudo verse en el celebérrimo combate de negros en un túnel. Cierto es que lo que perdía el sentido de la vista, lo ganaba (?) el del oído. Aquella algarabía era para romper el tímpano; no quedaba atrás el del olfato, servido a cuerpo de rey por el desagradable olorcillo que desprendía tanto negro.

Sacáronse las luces, insuficientes para alumbrar toda la escena, pero que nos permitieron ver lo que ocurría cerca de nosotros, y así vimos como en el espacio que dejó libre la muchedumbre, no bailaban, sino saltaban, sin ritmo ninguno, que no lo permitía tanto tam-tam tañido a la vez, con la más anárquica independencia, unos negros y negras que se iban sucediendo a medida que el cansancio les impedía continuar sus proezas.

Saltaban, qué diré yo, como pulgas! Con los brazos en jarras agachábanse para tomar

impulso y daban así unos brincos fenomenales, de más de dos metros algunos de ellos; y con tal ardor se entregaban volver al suelo, caían cuan indo fu riosas risotadas en los espectadores. Entre éstos había buen número de pequeňos que se filtraban por entre las piernas para ponerse en primera fila, y sobre todo cerca de nosotros, de los blancos. Nos miraban un momento con sus avispados ojos y, llamándonos de pronto blanc, la única palabra europea que quizá habían aprendido, asi emocionados u orgullosos suficiente para haber realizado aquella inocente travesura.

Terminó la parte coreográfica, para dar lugar a que unos cantores entonaram melodías del país, acompaňados tam-tam y una especie de violin <<ocara>>, instrumento de catorce cuerdas, aunque de no muche monotonía que el tam-tam y loscantos. Acompañábanse a sí mismos con palmadas y en ello les imitaba buena parte de la concurencia.

Pudimos suportar la fiesta hasta cerca las doce de la noche, en que de la dimos por terminada, y nos acostamos mientras se iban perdiendo a lo lejos los ecos de los cantores que volvían a sus chozas.

A los seis de la mañana estábamos otra vez de pie, La segunda audiencia había quedado fijada para Ias siete y con puntualidad rigurosamente inglesa, puesto que elmundo convenido en que sólo los ingleses puntuales.

Cuánta diferencis con el día anterior presentaba el patío! Casi desierto la tarde de la víspera, estaba ahora lleno de gente que entraba y salía de las chozas circundantes dándole animado aspecto. Sentados a la sombra, charlaban los negros entre sí, mientras las mujeres hacían los trabajos propios de su sexo... y del contrario. Pululaban las criaturas, desnudas como el día en que nacieron, que, huelga casi decirlo, mostrando al sol sus cabezas enormes, pegadas a un cuerpo casi compuesto únicamente por un vientre voluminoso, en el que destacaba el botón formado por el ombligo, que hasta en esto ihay diferencia con la raza blanca.

Fuimos avisados, después de corta antesala al aire libre, que el rey nos esperaba, y solícitos acudimos a su presencia. Juraría que no había cambiado de posición desde el día anterior, pues lo encontramos tendido en la esterilla consabida. Incorporóse, con el mismo gesto que la víspera, y con más amabilidad todavía interesóse por nuestro estado. Correspondimos con el mismo interés, y, después de los obligados preliminares de la audiencia, hízose más expansivo.

Nos hizo explicar, por el intérprete, que era un ferviente cazador.

—Me gusta mucho la caza—dijo,—pero ya no tengo la agilidad de mis buenos años. Sólo dos o tres veces al año organizo alguna, aunque con algún mayor riesgo que vosotros, los blancos, y no siempre con tanta fortuna como la que tuvisteis ayer. Nosotros no tenemos fusiles ; no nos dejan, que, a tenerlos, buenos y aun mejores tiradores que los blancos hay entre mis subditos. Cuántos de ellos han combatido en la gran guerra bajo la bandera de Francia! Y a la falta de armas de fuego, hemos de cazar con las armas clásicas de que se servían nuestros antepasados de la pantera armados con garrotes….

- Cómo! Vuestra Majestad expone su vida garrote en mano? – dijen no pudiendo reprimir mi pregunta.

Una irónic sonrisa me cortó la palabra. Dirijo la cacería desde una. Son mis esclavos quienes acometen nuestras armas primitivas. Pero no sólo llevan garrotes: bastantes van armados de flechas y algunos llevan lanza. Si la flecha hiere a la pantera suficienmente,, avanzan los lanceros, juntos con los que llevan garrotes, y éstos son los que rematan la fiera.

Pero eso es increíble-dije.—Con este método y algunos cacerías, Vuestra Majestad se quedaría en cuadro. A cada cacería habría una barbaridad de victimas, pues que muy acertada que fuese por los arquer, no se libraran los «bastoneros» de la cruel zarpada de la pantera eufurecida; habría cada vez numerosus muertos…

- Y los hay—dijo, con una mirada de conmiseración, pero que le vamos hacer!

Esta frase acabó con un gesto expresivo por demas,que no sé si traducir por el clásico «Paciencia y barajar , amigo!» o por el «Morir debemos» de los cartujos.

CAPITULO XXIV

UN HARÉN BIEN SURTIDO. — DEL COMO Y POR QUE DE TANTAS MUJERES. — EL JARDÍN DE PALACIO. — UN GORILA «HERMANO» DEL REY.

No sabía qué más admirar ; si la destreza de los negros que se prestaban al capricho del rey, emprendiendo cacerías casi a mano limpia, exponiéndose estúpidamente a morir en las garras de cualquier monstruo felino, o a la completa indiferencia real ante la fría exposición de sus subditos a una muerte horrible. La pantera es uno de los animales de más peligroso cazar. Ataca denodadamente al osado que se atreve a afrontarla, sin perder jamás la cara, sin que las heridas que reciba surtan más efecto que el de redoblar su temible furor, y se necesita tener bien templado el ánimo para no ceder al instinto de huir ante sus acometidas, cuando a tiro de carabina se apresta para el ataque.

Juzgúese, pues, de la temeridad o el desprecio de la vida que supone atacarla sin más armas de alcance que unas ligeras flechas y sin otros medios de defensa que garrotes. Da escalofríos el pensarlo.

La conversación con el rey tomó otro rumbo.

—Las gentes que hay en el patio, son todas servidores de V. M.?—me atreví a preguntarle.

—No, joven ; no son todos servidores. Las mujeres son mis esposas, y buena parte de los hombres son hijos míos; pero, claro está, hay también un regular número de servidores.

—Pero, cuántas mujeres tiene, pues, V. M.?

—Psh ! Pocas, no muchas, en comparación con las que podría tener.

—Cuántas podrán haber? Doscientas, o doscientas cincuenta ?

—Eso no es nada, caballerito. A seguir el protocolo, hubiera tenido que ensanchar mi palacio, pues oficialmente tengo que casarme dos veces cada mes ; y como quiera que tengo ya más de sesenta años, eche usted la cuenta. Pero he modernizado las costumbres ; sólo me caso cuando quiero y con la que bien me parece. Hace ocho días que contraje nupcias ; pero llevaba ya más de cuatro meses sin casarme.

—Y para qué quiere V. M. tantas mujeres? Acaso no bastaría la centésima parte de las que tiene?—repuse, para tener cabal idea de las razones de tanta poligamia.

—Es un mandato de Dios. Y, además, las mujeres hacen el trabaja—« que alguien tiene que hacerlo», hubiera podido añadir,—y al mismo tiempo cumplo así con la obligación de dar el ser a numerosos pequeños, otro mandato de Dios.

—Pero esto ha de ocasionar a Vuestra Majestad un gasto considerable! Casi trescientas mujeres y otros tantos chiquillos, no son una bicoca, que digamos. Cómo se las compone V. M. para alimentarlos?

—Ya te dije—contestó apeando el tratamiento— que las mujeres trabajan. Si comen o no, eso corre por su cuenta. En cuanto a los chiquillos, otros quebraderos de cabeza tengo, que pensar en ellos. Nacen y sus madres cuidan de ellos. Cuando aprenden a andar, campan a su antojo, comiendo lo que encuentran, y como que no hay que ocuparse en vestirles y calzarles, el gasto que suponen es completamente nulo.

No había argumentos que oponer a razones tan poderosas y convincentes por demás. Así, dando por terminado el interview, empezamos a recorrer los aposentos reales, sirviéndonos de guía y cicerone el rey en persona.

Su cabaňa personal se dividía en varios aposentos. El salón del trono, que a la vez era comedor y dormitorio. Contiguo, un cuartito, una especie de guardarropa, una de cuyas joyas era un jaez tapizado con tela roja y cuajado de pedazos de vidrio y oropel. Era incomprensible la existencia de una silla en tierra donde no pueden vivir las caballerías. El rey tuvo a bien explicarnos el enigma.

—A mi padre—dijo—le regalaron un borrico, con esta silla. Pero el borrico enflaqueció prontamente. No comía la hierba que se le escogía cuidadosamente, y acabó por morir en poco tiempo.

Es curioso el caso. A saber si por el clima o si por los mosquitos, o por uno y otros a la vez, no puede haber bestias de carga en Guinea, como no las hay tampoco en numerosos lugares de África. Hasta fedha reciente, el transporte se hacía únicamente a hombros, o por los ríos, navegables en su mayor parte. El automóvil empieza a introducirse con bastante rapidez, haciendo indispensable la explanación de carreteras, siempre infinitamente menos costosas que los caminos de hierro, raros y no muy buenos. Es posible que el automóvil sea efectivamente el «vehículo de la civilización» en África, cambiando totalmente, en fecha próxima, el aspecto del territorio y modificando las costumbres de los naturales, a lo menos en una ancha faja que podríamos llamar costera.

Volvamos al palacio del rey de Sussú. Seguí, a continuación, la cocina, amplia pieza guarnecida por unas cincuenta ollas de hierro, en las que se preparaban los guisos del país, siempre a base del consabido mijo, arroz y aceite de palma. Para el rey se guisaba aparte, en una olla especial, cuidando de su comida un cocinero escogido. Al entrar en la cocina el rey, cuantos había en ella cruzaron los brazos en señal de respeto, inclinando un tanto sus cabezas, y no abandonaron esta posición hasta que el soberano traspuso la puerta que se abría al jardín, situado detrás del palacio.

Era un pequeño paraíso. Había profusión de limoneros que embalsamaban el ambiente de un modo delicioso. El fruto era pequeño por demás, a pesar tíe istar ya en plena madurez. Causa admiración ver limones no mayores que las aceitunas, riquísimos y jugosos. Numerosos monos domesticados correteaban, empinándose a los árboles y saltando de uno a otro, persiguiéndose o jugueteando ; varios de ellos treparon por nuestros cuerpos sin desconfianza ninguna, y los pájaros, que encontraban en aquel edén una comida pródiga, completaban la belleza del cuadro.

En uno de los ángulos del jardín había una jaula, bien reforzada, desde la cual un gorila de regular tamaño nos miraba fijamente; era el favorito del rey, quien le daba el nombre de hermano. Cogido pequeño, habíalo cuidado el rey en persona, estableciéndose entre ambos lazos de verdadera simpatía, mejor diré, de familiar afecto.

Aquella bestia, que no podía sufrir la proximidad de gente extraña, se convertía casi en un ser racional cuando el rey se le acercaba. Como dije, el gorila estaba encerrado cuando estuvimos allí, en previsión de cualquier accidente, pues, sobre serle extraños, lo éramos doblemente por nuestro color. Pero era corriente que se le sacara de la jaula ; encaminábase entonces a la cabana de su amo, y ambos compartían la real comida y aun el lecho. Jamás asomaba al patio, huyendo del bullicio de aquel lugar y de la compañía de los demás negros ; además del rey, un esclavo gozaba de la amistad del mono, el cual limitaba a estas dos únicas personas sus demostraciones de afecto.

Para darnos idea de la domesticidad de su pupilo, mandó el rey que se le enfureciera, hostigándole ; y cuando más fuerte era el furor del simio, entró decididamente en la jaula. Acto continuo se calmó el gorila, refugiándose en su amo. La prueba era convincente y, por lo que vimos, una de las pocas cosas que separaban al gorila del negro, era la falta de expresión.

Estaba casi terminada la visita del palacio, limitado a lo que dejo referido. Quedaban sólo las chozas del patio por visitar; .son las viviendas de las innumerables esposas del rey. No tendrán más de unos tres metros en cuadro cada una de ellas, y allí se hacinan seis o siete por la noche, amén de los hijos de cada una, hasta que, mayorcitos, pasan a habitar otra dhoza de no mayor confort que la que compartieron con sus madres.

Había mujeres de toda edad. Ancianas—las compañeras del rey en sus juventudes,—de mediana edad, jóvenes y niñas, altas, bajas, asquerosas unas, no más que feas otras y pasaderas algunas, No dejaba por ello de haber unas pocas que podré calificar como bonitas. Estas, y bastantes de las últimas anteriormente citadas, eran las elegidas por el rey desde que, abandonando las costumbres ancestrales, no se casaba éste más que con quien le parecía bien. Y entre las más bonitas descollaba la más reciente, preciosa jovencita de unos quince años, esbelta, de bellas facciones ; a no ser el color, bien hubiera podido pasar por europea. La llamó, y adelantóse, cruzados los brazos por respeto e inclinando la cabeza en señal tíe sumisión. Con gesto amable le dispensó de aquel1a actitud, y nos la presentó ; aunque la cosa es extraña, creo que el rey la amaba de veras y que por mucho tiempo será la favorita entre todas.

Dijóle no sé qué palabras que parecieron alegrarla y escapóse corriendo y saltando como chiquilla que era todavía.

Nos despedimos del rey cuando ya el sol comenzaba a picar de veras. Además, teníamos formado el propósito de emprender aquella tarde la marcha hacia Buffa, distante unos 90 kilómetros, que recorreríamos en dos etapas, de noche, aprovechando la claridad de la luna, a hombros de negros que puso a nuestra disposición el jefe del poblado, y no nos sobraba tiempo para preparar nuestros bagajes.

CAPITULO XXV

HACIA HUFFA. — DE NOCHE A TRAVÉS DE LA SELVA. — UN PUENTE PRIMITIVO. — VECINDAD INQUIETANTE. — DOS HIPOPÓTAMOS Y UN SUSTO MAYÚSCULO.

Anochecía ya cuando comenzábamos los preparativos ele la marcha, en los cuales intervenía principalmente nuestro bondadoso huésped, aunque no sin mal contenida emoción. Los pocos días pasados con él nos habían hecho intimar rápidamente, y el buen amigo veía con pena acercarse el momento de la separación ; cuánto tiempo pasaría sin ver de nuevo rostros blancos, que por sólo este detalle serían para él lo que compatriotas.

Eran las diez de la nocshe cuando, todo en regla, subimos a nuestros palanquines, sostenidos por los robustos indígenas que nos había facilitado el jefe de la tribu, que nos acompañó un buen trecho, hasta las orillas del río, en donde nos esperaba una canoa para transponernos a la orilla opuesta, y que verificaríamos el viaje por tierra, a favor de la luna, que brillaba espléndidamente en lo alto. A esta particularidad se debía el que viajáramos en aquellas horas Üe noche, librándonos de las molestias del calor diurno.

Salvado el obstáculo del río, organizamos nuestra caravana, haciendo que nos precedieran los negros cargados con la impedimenta. Cerrábamos la marcha M. Laffite y yo, acomodados en los palanquines, por encima de los cuales habíamos tendido previsoramente los espesos mosquiteros de que íbamos provistos.

Pero la ventaja de esta medida era más pronto ilusoria que otra cosa; podían no entrar los mosquitos en cantidad, pero la falta del número quedaba compensada, con creces, por la calidad. Lo que picaron los mosquitos aquella noche no es para describirlo; tanto fué, que en poco estaba romo no edhara de menos el sofocante calor del día.

No obstante, el ritmo de la marcha y la cancióncilla que a media voz yantaban los negros para alegrar la caminata, surtían sus efectos ; amodorrado, acabé por dormirme hasta que un aullido cercano me hizo incorporar con presteza. La alarma era infundada. Cerca de nosotros debía encontrarse un chacal, aunque no con la fuerza de un perro. Su ladrido tiene más del gozquejo de la zorra. Acostéme, pues, nuevanente, y cuando volvia a conciliar el sueňo paró lacaravana y el alto sacóme del entorpecimiento de la somnolencia.

Habíamos llegado a un riachuelo de poca anchura, sobre el cual, para colmo de comodidad, se había tendido oin puente. Es posible que cuando, años antes, lo dieran por terminado sus constructores, se sintieran éstos satisfechos de su obra, aunque ésta quedaba limitada a unos troncos de árbol más o menos bien dispuestos.

Pero en qué estado se encontraba entonces! Se necesitaba ser indispensable el pasar de un lado a otro para aventurarse sobre el único tronco que franqueaba el vacío. Era un prodigio pasar encima de él guardando el equilibrio, en lo que nos daban ventaja los negros, desnudos de pies y avezados a aquellos trotes. Nosotros, calzados con nuestras gruesas botas, tuvimos alguna más dificultad en pasar por allí; sin embargo, alcanzamos la orilla opuesta con alguna lentitud, pero sin menoscabo para nuestro prestigio.

No fué éste el único riachuelo que se interpuso aquella, noche a nuestro paso. Dos más fueron otros tantos obstáculos, salvados como el primero y sin más novedad llegábamos a las cuatro de la mañana a Tubi, aldea de poca importancia en la que hicimos un alto tanto más obligado, cuanto que nuestros portadores, después de seis horas de marcha no interrumpida, daban evidente señales de cansancio.

Uno de ellos fué en busca del jefe del poblado, que dormía en su dhoza a pierna suelta. Acudió a nuestro encuentro y dispuso lo conveniente para que la gente del poblado relevara a la nuestra, que tomó el camino de regreso a Sussú. Nosotros reemprendimos nuestro avance, continuando la mardia hasta las diez de la mañana a Cundú, donde a su vez retrocedieron los indígenas de Tubi, los cuales serían relevados por tos de la localidad.

Como se ve, podrá ser incómodo el medio de transporte, pero tiene sobre los que usamos en Europa la innegable ventaja de la más absoluta economía. Hombres y más hombres se ponen a disposición del europeo, verdadero rey, sin esperanza de la menor retribución.

No hay en Cundú absolutamente nada que pueda interesar al viajero. No extrañará, pues, que tomásemos el acuerdo de comer y de dormir luego en la ¡cabana del jefelhasía que los ardores del sol se liubiesen atenuado jun tanto, es decir, hasta las cuatro de la tarde, Ihora en que nos pusimos otra vez en movimiento, siguiendo la orilla de un río de poca importancia.

A la sombra de la lona del palanquín dormitaba yo, cuando pasábamos por un espacio a pleno sol, sin árbol ninguno qiue mitigara sus ardorosos rayos, ¡cuando de pronto soltaron los negros las andas del palanquín, emprendiendo una huida desordenada y dando unos gritos extraños.

La caída del palanquín no hubiera tenido la menor importancia a no mediar la particularidad de que yo iba en él, bien ajeno al porrazo que marcó mi llegada al duro suelo. M. Laffite tuvo más fortuna ; también sus portadores lo habían abandonado, pero a lo menos con algún miramiento más que los míos.

Era indudable que ocurría algo anormal, diré mejor, inquietante, y no obstante no sentí el menor asomo de miedo. Me levanté algo dolorido, pero antes que nada, cuidé de recoger mi salacot, que con da caída había rodado a algunos pasos de mí. Este detalle podrá parecer banal, y, sin embargo, tenía la mayor importancia. Con la cabeza descubierta, hubiera podido quizá hurtar la acometida de una fiera, pero hubiera sucumbido en pocos minutos, fatalmente, en pocos minutos por insolación.

Cuántos de mis lectores encontrarán extraño el que un europeo tenga que tomar tantas precauciones contra los rayos solares, cuando los negros los afrontan sin cubrirse de ninguna manera. El caso es curioso, pero encontré, ya hace años, cuando ni siquiera podía pensar en poderlo apreciar por mí mismo, la explicación de esta anomalía en el relato de una misión científica.

La sabia Naturaleza da al negro una cabellera encrespada cuya superficie calienta el sol, sin que sus rayos liguen jamás al cráneo, bien defendido por la espesura del cabello y desde el momento en que el aire aprisionado entre éste se calienta algo más que el aire ambiente, la ventilación se lleva a cabo por sí sola de una manera natural y regular. Así el negro que está a pleno sol con la cabeza descubierta, se encüentra mejor protegido de los rayos solares que cualquier europeo con su sombrero.

Recogido y encasquetado mi salacot, dediquéme a indagar la causa de tanta alarma, fundada, con teda seguridad, ya que de otro modo la broma hubiera sido algo más que pesada.

Giré sobre mis tacones, y acto seguido imité a los negros buscando un árbol, lo más copudo posible, para guarecerme en sus ramas del peligro inminente que nos amenazaba. M. Laffite fué algo más listo que ¡yo, y pudo encaramarse con más prontitud y bien a cubierto, dábame consejos para que pudiera trepar con más facilidad.

Bueno, para consejos estaba yo! Lo que necesitaba era alguien .que me ayudara a encaramarme, o bien mi carabina, y aun ésta con preferencia a aquello. Para repartir equiíativameníe la carga entre todos, cedí mis armas, a uno de los negros que nos precedían, e igual hizo M. Laffite. Nunca lo hubiéramos hecho ! Al darse cuenta del peligro, todos los negros soltaron a un tien.lpo cuanto llevaban; uno, las armas; otro, el caldero, que en su caída produjo di ruido de un cañonazo lejano ; el de más allá, las provisiones; éstos los palanquines, y todos, huyendo a todo correr, con dirección al bosque cercano, buscaron en los árboles la seguridad personal trepando a ellos como monos.

Y mientras, a unos doscientos metros, un par de soberbios hipopótamos nos contemplaban cachazudamente cerno extrañados de tanta algarabía, y esperando yer cómo acabaría todo aquello.

El encuentro terminó algo prosaicamente, por fortuna. Los hipopótamos volvieron grupa, y se encaminaron hacia el río, y como quiera que alguien tenía que pagar el malhumor en que me puso mi caída, corrí hacia las aínas ; tomé mi carabina y disparé contra el hipopótamo más cercano, en el momento que penetraba en el agua, en la cual habíase zambullido su compañero. Pero la bala no tuvo el don de hacerle variar de propósito ; zambullóse a su vez, y allí acabó el asunto.

CAPITULO XXVI

DE LOS HIPOPÓTAMOS. — COMO LOS CAZAS LOS NEGROS. — NOCHE EN LA SELVA. — UN BAÑO FORZADO. — UNA ESCUELA FRANCESA EN BUFFA.

Fué aquella la primera vez que disparé contra un hipopótamo. Este nombre, .griego, significa «caballo de río», y, efectivamente, la conformación de la parte superior de la cabeza recuerdo algo remotamente la del caballo. Pero cuánta diferencia le separa de éste! Sus movimientos son tardos, pesados, bastante parecidos a los de la vaca; esto, en tierra firme, pues, al igual que el cocodrilo, el agua parece ser su principal elemento, y se mueve en ella con una ligereza increíble, dado su tamaño colosal, ya ¡que sus dimensiones son las del elefante.

Es esencialmente herbívoro, y, generalmente, no ataca al hombre.

Pero basta de cualquier circunstancia para que su pacífico carácter se convierta de pronto en furia. Entonces trota con la ligereza del caballo, y nada puede resistir su terrible acometida, más fuerte todavía que la del mismo elefante, con todo y ser ésta algo más que respetable. Arboles de regulares dimensiones no pueden aguantarla y ceden a su vigoroso empujón, y como que su gruesa piel le hace casi invulnerable, es difícil por demás acertarle con armas de fuego.

Por esto, cuando se le caza, hay que hacerlo con «un plan verdaderamente estratégico, de manera que los tiradores puedan acertarle en sus partes vulnerables, es decir, los ojos y los oídos. Se le caza principalmente por el marfil de sus formidables dientes, mucho más fino que el tíe los elefantes, y, por consiguiente, más estimado.

A la desaparición de los dos animales, dimos voces para que abandonaran su refíugio nuestros negros, pero trabajo tuvimos para lograrlo. Resistían como condenados, temerosos de que aparecieran nuevamente los hipopótamos, contra los que los indígenas no tienen medio de defensa. Cuando logran cazar alguno de estos colosos, es por medio de trampas construidas por medio de zanjas, en cuyo fondo plantan agudas estacas, en las que se empalan profundamente, dado su enorme peso.

Al fin, pudimos reorganizar la caravana ; pero esta vez dejé de lado el sentimiento de humanidad que hasta allí me había llevado a aligjerar la carga de mis portadores, haciendo que un negro de la estolta llevara mi armamento. Me instalé, pues, en mi palancquin sin abandonar mi carabina «Mannlicher>>, previsoramente cargada con bala explosiva, si acaso.

Así nos pusimos nuevamente en movimiento. La region era algo pantanosa, y las moscas abundaban allí de un modo inconcebible, figurando, entre otras especies, la temible tsé-tse, a la que mientras algunos atribuyen el carácter de propagadora de la enfermedad del sueño, lo que no es cierto, otros la consideran completamente inofensiva para el hombre, si bien mortalmente peligrosa para los animales.

No es tan inofensiva como se pretende. Alguna vez he sido picado por ella, y estoy, por consiguiente, en condiciones de poder hablar por propia experiencia ; la picada es casi insensible, no mucho mayor que la de la mosca común «en tiempo de tormenta», pero sus efectos son dolorosos.y alarmantes de mala manera. Al poco rato se forma una inflamación, molesta al principio, que gradualmente se convierte en intolerable dolor. Luego, como ocurre con la picada del mosquito, cede la inflamación y paulatinamente desaparecen los dolores. No obstante, no está por demás prestar atención a estas picaduras, aplicándoles remedio inmediato.

Un negro por lado nos evitaban el contacto con juellos bichos, agitando constantemente unas ramas a guisa de mosquiteros. A las nueve de la noche hacíamos alto en lugar cercano al río, cuya vecindad aumentaba la humedad del ambiente. El calor la hacía pegajosa y los mosquitos pululaban en vuelos compactos asaeteándonos a su placer.

He pasado malos ratos en África, pero aquella noche cuenta entre las peores. Humedad, mosquitos, calor y... ai na buena hoguera a cinco metros de distancia, pues no descuidaron los negros de rodearnos del protector círculo de fuego.

Fué un verdadero suplicio lo que sufrimos mientras estuvimos allí, es decir, desde las nueve de la noche hasta la madrugada, pues el cansancio de los negros nos impedía ni siquiera pensar en la posib lidad de ponernos nuevamente en marcha hasta que hubieran descansado lo necesario. Nos quedaban todavía muchos kilómetros que recorrer hasta Buffa, sin que por el camino pudiésemos encontrar relevos.

A las cuatro de la madrugada, no pudimos ya resistir más. Después de un descanso de seis horas, cargaron los negros con nosotros, y emprendimos la marcha, ligeramente, hasta las nueve de la mañana, hora en que él sol cuidó de parar nuestros pasos. Hasta las tres y media descansamos y dormimos, que buena falta nos hacía después de aquella noche casi inolvidable.

A las seis de la tarde avistábamos Buffa desde un altozano. La ciudad estaba emplazada en una altura fronteriza en la que nos encontrábamos, separadas ambas por un riachuelo que vadeamos con relativa facilidad, y digo relativa, porque la marcó un incidente más bien cómico, del que, claro está, sufrí yo las consecuencias.

Al penetrar en él agua, algo profunda, los negros que me conducían levantaron el palanquín por encima de sus cabezas para evitarme la menor mojadura. EI propósito fué bueno, pero su ejecución fué detestable. Durante esta operación, resbaló uno de los cuatro negros con el lodo del fondo, y sucedio lo que tenía que suceder : tomé un baño forzado, que incluso hubiera sido agradable, a no ser tan rudamente imprevisto.

Por un bien arreglado sendero, traspuesto ya el riachuelo y yo chorreando, empezamos la ascensión del montículo, en que se asienta Buffa, capital de aquellos territorios, y en la que se levantan numerosos edificios a la europea, construidos con ladrillos, descollando entre ellos el de la Administración francesa y el hospital para, indígenas.

A mitad de la cuesta acudió a recibirnos el Padre Caradec, venerable misionero bretón, de la Congregación del Santo Espíritu, que vino a nuestro encuentro con un negro que le llevó la noticia de nuestra llegada.

Con él nos dirigimos al convento de la Orden, en donde quedamos alojados, sin que se admitiera discución sobre este punto por los buenos Padres, que instruyen en su escuela a unos trescientos negritos, internos.

La visita del edificio fué un verdadero sedante, después de la agitación y de las emociones de las jornadas anteriores. Todo en él es blanco: es, el refectorio, la capilla, hasta los hábitos de los misioneros y el vestido de los educandos, todo es de una blancura inmaculada, en medio de la cual las negras caras dé los pequeños producen la impresión de moscas en la leche.

Nuestra llegada coincidía con la hora de cenar de los pequeños, constituida exclusivamente por los manjares clásicos : arroz, mijo y aceite de palma, de cuya equitativa distribución cuidó el P. Caradec en persona.

Después, libre ya de sus obligados quehaceres, dedicóse a nosotros, cuidando de nuestra instalación. Tomamos la obligada ducha, y mientras cuidábamos de nuestro aseo, dio a los europeos residentes en la población la noticia de nuestra llegada. M. Marcel Chassaigne, administador-jefe del Territorio de Buffa, vino presurosamente a buscarnos para que nos alojáramos en su palacio, y esta amable pretensión fué origen de una amistosa querella entre él y el P. Caradec, quien en este asunto no dio su brazo a torcer. Estábamos en el convento, y en él teníamos que quedarnos, pese a todos los administradores habidos y por haber.

Llegóse a un convenio. Tomaríamos el aperitivo con M. Chassaigne, y no sólo accedió a ello el P. Caradec, sino que llevó su complacencia al extremo de venir con nosotros a tomarlo. Riendo, decían ambos que esta era la primea y la última vez, probablemente, en que <<la Iglesia chocaba con el Estado», en aquellas tierras.

Cerrada la noche, volvíamos al convento, en el cual fuimos rodeados por el enjambre de negritos que había en él. La mayor parte de ellos chapurreaba bastante bien la lengua francesa. Los más adelantados nos abrumaban con preguntas, y nuestras contestaciones eran luego traducidas de manera que pudieran todos enterarse de cuanto decíamos. Duró esta hasta la el momento en que el P. Caradec, que nos había dejado entre sus educando para mejor cuidar pormenores relacionados con nosotros, vino o buscarnos. La cena estaba lista,

Que delicia sentarse en una mesa cubierta por manteles y alumbrado el blanco comedor resplandeciente luz eléctrica, refrescados por ador, después de llevar algunos días vagando por la selva a fortuitamente instalados en el edificio-barracón de alguna factoría, y de mucho tiempo de no contar con más iluminación que tal o cual vela lámpara de petróleo!

La agradable y discreta conversación con los sencillos y abnegados religiosos que nos acompañaban no fué seguramente el menor atractivo de la velada, durante la cual nuestros anfitriones hicieron gala de un tacto exquisito , evitando tratar de cuestiones confesionales

ante gente extraña, cuyas creencias les eran desconocidas.

Fuego luego acompañados a nuestras celdas, provistas de amplios ventanales con finas celosías de alambre que impedían la incursión de los mosquitos. Las camas nos brindaban bíen descanso bien merecido.

CAPITULO XXVIII

UN CUARTEL DE INFANTERÍA EN BUFFA. LA CARCEL. — LA INTELIGENCIA DEL GORILA. - LAS VICTIMAS DE LOS CAIMANES.

A las seis y media de la mañana, estábamos ya en pie, y asistimos al Divino Oficio, al que concurrian los educando y bastantes más negros de la población, que, educados por los misioneros, habíanse convertido a la religión católica, y cuando a las ocho, después del desayuno, nos disponíamos a visitar la población, M. Clhassaigríe nos envió dos soldados indígenas que fueron nuestros cicerones.

Las chozas, casi no son tales. Las más, son bien arregladas casitas de follaje y en cuya construcción se han utilizado bastantes materiales europeos. Los indígenas van decentemente vestidos, y la falta de carácter local reduce en mucho el interés que presenta Bufia al viajero.

Huelga, pues, decir que el paseo fué algo rápido y superficial. Dándolo por terminado, nos encaminamos al palacio de la Administración para visitarlo, usando de la invitación que nos hizo M. Chassaigne la víspera.

El edificio se levanta en el centro de un amplio círculo de terreno protegido por empalizadas. Es, tomo apunté ya, de estilo completamente europeo y campea en él la misma blancura que en el convento.

En su parte posterior, dentro del perímetro amurallado, está el cuartel de la guarnición. Los soldados son indígenas del territorio aquel, habiendo servido todos ellos en los acantonamientos del Senegal. El servicio militar les abre las puertas del empleo oficial, y así, dentro de poco, Francia se infiltrará positivamente al interior, valiéndose de agentes indígenas que serán heraldos de la civiíización de que en muchas partes están faltos por demás.

El cuartel no es un edificio a nuestra manera. Lo componen chozas indígenas, cada una de las cuales cobija a una familia, pues el soldado lleva por todas partes a su mujer. Y no es que por el mere hecho de ser soldados renuncian los negros a su costumbre polígama; muchos de ellos tienen varias esposas, tolerándolo el gobierno francés, ya que su influencia no es lo suficiente fuerte todavía para desterrar esta costumbre. Pero lo que no tolera es que dentro del cuartel tenga más de una, aunque con libertad de relevarla por otra cada día, si tal le parece. Las demás se alojan en la ciudad, teniendo que procurarse medios de vida, ya que su esposo no está obligado a mantener más que la que vive con él.

Los solteros llevan vida aparte, separados completamente de los casados para evitar los incidentes que podria producir la vida en común.

Entre los chozas de los casados, está la cárcel con el clásico cepo para los pies, a falta de espes muroos y sólidas rejas. Había a la sazón mero de presos, por delitos de robo en su mayor parte, que extinguían condenas de distinta duración.

Pero en la cárcel de mujeres, que también la hay, predominam las condenas por golpes y riñas. Una as que interrogamos, mujer fornida y de mal carácter, esperaba cumplir la condena de seis mees que le había sido impuesta, para volver a cometer el mismo delito que le había hecho incurrir en los rigores de la justicia, es decir, para sentarle otra vez la mano a su marido. Parece ser que tuvieron que arrancarlo de sus garras para que no le despedazara el energúmeno que teníamos delante.

El huerto-jardin, que de todo tenía, completaba la instalación exterior ; tierra sumamente bien cuidada, tierra sumamente bieb cuidada, pródiga en palmeras, cocoteros, papayas, mangles, por entre las que brincaban unas gacelitas domesticas, nada hurañas. No faltaba un pequeño gorila, perfectamente domesticado también, atado a un poste.

Vernos y dar ruidosas muestras de jubilo, fué todo uno! Tiraba desesperadamente de la cadena para soltarse y venir a nuestro encuentro ; al acercanos alegremente sobre nosotros, siendo uno de sus primeros cuidados el registrarnos los bolsillos.

M. Chassaigne, quien, terminado su trabajo matinal, venía a reunirse con nosotros, nos dio la explicación del caso.

Su gorila sentía una profunda aversión por los negros y reservaba íntegramente sus simpatías por los blancos, y para él principalmente. Adrede llevaba siempre en sus bolsillos alguna golosina, que el taimado animalito recibía con la natural satisfacción ; por esto no había bolsillo que no registrara. A no atajarle, todos nuestros papeles y objetos, todo cuanto llevábamos, en fin, hubiera sido revuelto y echado al ver que no era nada aprovechable para llevar a la boca.

Invitados a comer por el administrador, nos encaminamos a su morada, dejando adrede el gorila, y no son para narrados los chillidos que dio al ver qtue le abandonábamos a la hora de la comida, a la cual asiste todos los días invariablemente.

Dio orden para que lo trajeran al comedor, pero jalado y sin soltar la cadena. Calmó un poto su ruido, pero no del todo. A falta de palabras, dirigía a su amo miradas elocuentísimas apoyadas por una mímica expresiva. Le molestaba la atadura.

Y no paró hasta qiue se atendió su capricho. Entonces tomó su acostumbrado lugar a un extremo de la mesa, con aire un tanto contrito. Su amo no le permitía nunca estar allí sin ponerse pantalón y chaqueta, cuanto tanto ésta y aquél iparecían molestarle, y procuraba hurtarse a aquella obligación.

Pero M. Chassigne frunció el ceño, sin decirle ninguna palabra: temeroso, bajó de la silla, fué a buscar su indumentaria, que vistió sin ayuda de nadie. Volvio luego a su lugar y empuñando el teneador y serviéndose de vaso, comió y bebió lo que le nuestro huésped, quien nos aseguró que en imesticación del gorila no había recurrido jamas maltrato ninguno.

En nuestros circos hemos visto varios de estos animales, imitando a la perfección los gestos y costumbres del hombre. No obstante, destinados al espestáculo, se les trata a baqueta y cuántas veces no obecen más que por temor al látigo.

Como se ve, no es preciso recurrir a la violencia para obtener de ellos un cierto grado de «civilización». Conocido es el caso de un gorila, adulto ya, cazado en las selvas africanas a principios del ido por unos marinos ingleses. Era un macho corpulento, al que hirieron bárbaramente con una bala de grueso calibre. Dióle en el percho, de donde brotó copiosa sangre, sin que por esto cayera del árbol en donde estaba, hasta que le abandonaron la fuerzas y así, escurriéndose de rama en rama en rama, llegó al suelo. Uno de los cazadores era el médico de a bordo, que formó el propósito de intentar salvarle la vidda y allí mismo practicóle la primera cura, después de lo cual llevóselo al buque.

Aunque con las naturales precauciones, fué cuidado como 1o hubiera sido un ser hermano; pero fué tanta su docilidad, tan paciente soportando las dolorosas curas que se le hicieron, demostrando comprender perfectamente cuál era su objeto, que pronto se le soltó, y cada día acudió al camarote del medico cuando éste le llamaba para la visita.

Confraternizó, es un decir, con iodos los tripulantes del buque, menos con el oficial que le había herido. Con éste guardó siempre un trato reservado, pero sin que jamás hiciera adción de vengarse.

Durante la larga navegación del buque por el Pacífico, el gorila «aprendió la maniobra» y fué en muchas ocasiones, preciosa su ayuda para la tripulación. Su fuerza descomunal hacía que él, solo, tirara de maromas que necesitaban tres hombres para su manejo. Pero su especialidad era la maniobra de los foques. En medio de la tempestad movíase por el botalón con su peculiar agilidad, llevando a cabo trabajos imposibles para un hombre.

Hacía vida común con la tripulación, tuya comida compartía sin reparo ninguno, pero jamás pudo lograrse de él que bebiera vino ni licor.

Un violento golpe de mar arrebatólo cuando el buque doblaba el Cabo de Buena esperanza,..de regreso a Inglaterra, y su desaparición fué sentida por los tripulantes como la del más afectuoso compañero.

El gorila llega a alcanzar una talla de dos metros, y aun más a veces. Su fuerza es prodigiosa y son tan fuertes sus mandíbulas, que puede perfectamente romper con los dientes el cañón de una carabina.

Son los machos quienes, particularmente, atatan din al hombre o los animales que se introducen en sus viviendas; heridos, son mucho más terribles que el leon. Andan a gatas y sólo se yerguen cuando se disponen al ataque, que emprenden, seígún se me dijo, dandose golpazos en el pecho, que resuena un tambor. Cuando un hombre cae en sus garras durante una cacería, le despedaza en un momento.

Corno se ve, el gorila es una fiera temible, temible, tenida por muchos como de casi imposible domesticación. Y, no obstante, no es así; los ejemplares vistos en Sussú y en Buffa son evidente prueba de la certeza del insólito caso que dejo relatado.

A 1a hora del café compareció el P. Caradec, familiar de la casa y que gozaba asimismo de la amistad del mono, quien corrió a su encuentro y jurarla que hasta le besó la mano. Quizá el gesto fué casual, que no me atreví a hacerlo resaltar por temor a que mi curiosidad fuese mal interpretada.

Quiza a estas horas esté en París el gorila, pues tenía M.Chassigne la intención de llevarlo en oportunidad de su viaje a la metrópoli.

Es necesario decir que de sobremesa se habló de caza? Yo deseaba realizar allí una cacería nocturna,y aun la propuse para aquella misma noche, pero ni el P.Caradec ni M. Chassigne me la aconsejaron . Antes al contrario, juzgaron precipitado mi propósito. La cosa, a su entender, necesitaba una prepararon algo detenida y asíofrecieron complacernos la noche siguiente. Mientras, podíamos asistir a una pesca en el Pongo, no exenta de emoción, ya que hacía pocos días que dos infelices pescadores habían sido devorados por los caimanes ; en el espacio de un año eran seis las víctimas de estos repugnantes y traidores animales.

CAPITULO XXVIII

LA CAZA DEL CAIMÁN POR LOS NEGROS. LOS MOSQUITOS DE LA VICTORIA. — DE ANTROPOFAGIA. — POR QUE NO SON COMESTIBLES LOS BLANCOS. — UNA MUJER VORAZ

Tres días pasamos en Bufífa tratados a cuerpo poi nuestros excelentes huéspedes que se desvivian en M agasajarnos en todo, pero que eran demasiado sedentarios para complacernos prqporcionándonas la manera de divertirnos a nuestro modo, es decir, caszando

La tan pomposamente anunciada cacería quedó reducida a la una excursión emprendida a media tarde hacia una parte de la selva en donde abundaban los antílopes. Es posible que así ¡fuera pero es evidente que aquel dia no vimos ni uno.

Sólo a última hora, cuando ya aburridos de no haber tenido ocasión de disparar ni un solo tiro, íbamos a regresar, dimos con un pequeño rebano de jabalíes. Con un solo jabato volvimos a Bufia, cuando las sombras de la noche se extendían por el firmamento.

En cambio, la pesca, fué algo más interesante de lo que podíamos pensar. Estábamos absortos en ella, cuando un caimán, saliendo del río, avanzó algo torpemente por el lado de la orilla, sin avistarnos, pues no dio señal de la menor desconfianza. Los negros que nos acompañaban hicieron remontar la embarcación río arriba, yendo a atracar a alguna distancia. Tres de ellos desembarcaron provistos del arpón de que se servían para la pesca, y al amparo de los cañaverales, acercáronse sigilosamente al caimán.

Mientras, la embarcación fué soltada, estando nosotros a bordo ; la corriente la arrastró hasta donde, a juicio de los negros, era conveniente pararse y una vez todos estuvimos preparados, emprendióse la ofensiva.

Uno de ellos avanzó resueltamente con dirección al caimán, inmóvil todavía, y lanzóle el arpón, intento completamente inútil a mi entender, ya que no hay posibilidad de atravesar su gruesa piel con arma tan endeble.

Falló el golpe, pero otro negro fué más afortunado. Su arpón clavóse en el ojo del animal, y éste, dando un brinco, corrió a buscar refugio en las aguas del río. Pero ya la canoa se había acercado a la orilla, cortándole la retirada. Con un absoluto desprecio de la vida, los negros que iban a bordo, echaron un lazo al caimán, y saltando a tierra inmediatamente y así, tirando todos de la cuerda, pudieron vencer la resistencia del saurio, al que arrastraron tierra adentro, donde le remataron.

Véase, cómo, a pesar de carecer de nuestros medios de taza, pueden los negros darla con éxito a los caimanes. De vez en cuando, alguno de ellos paga su osadía con la vida, pero no escarmientan por eso los demás. Este fué el incidente más importante de nuestra estancia en Buffa, desde donde emprendimos el camino hacia Boké, aunque con un alto imprevisto en Victoria, distante 45 kilómetros. Monsieur Ghassaigne nos abasteció de cuanto podíamos necesitar en el camino, tanto en vituallas como en licor de menta y medicamentos, la quinina principalmente.

A hombros de nuestros conductores, partimos a las cinco de la tarde, a paso algo más lento que el acostumbrado. La luna iluminó toda la noche nuestro camino a través de la manigua ya las diez de la mañana llegábamos a Victoria, final de la etapa, en donde nos proponíamos pasar la noche.

El intento fué tachado de imposible por el jefe de la aldea, y no le faltaron razones para disuadirnos de nuestro propósito. Podíamos descansar todo el día si tal era nuestro gusto, pero antes que cerrara la noche, teníamos que partir de nuevo.

Pronto está explicado el motivo de sus consejos: los mosquitos. No hay europeo que los resista, tan abundantes y molestos llegan a ser. El mismo Administrador francés, había tenido que emprender la retirada ante sus furiosos ataques, fijando su residencia en Buffa, cuyos mosquitos, sobre no ser tan abundantes, parecen algo más tratables.

Pero a falta de mosquitos durante el día, pudimos apreciar debidamente la temperatura que corrientemente se disfruta allí. Para calificar cumplidamente el calor que sentimos, diré que era sencillamente horroroso, aun a la sombra de una choza.

Al penetrar en territorio de Victoria, entrábamos de lleno en la región donde, a pesar de los tremendos esfuerzos del país colonizador para desterrar de una vez el canibalismo, éste es practicado con una frecuencia que da escalofrío. Los blancos estamos a cubierto del peligro de ser devorados por los caníbales, por un solo detalle por demás curioso, que la mayor parte ignoramos, como lo ignoraba yo hasta que el jefe de Victoria me puso en antecedentes del asunto.

Es fama entre los negros, que mucho tiempo atrás, fué cazado un europeo por los indígenas, encantados de poder hincar el diente en bocado tan apetitoso, pero sufrieron una decepción. Al primer mordisco, echaron lejos de sí alimento tan asqueroso, incomestible, por... salado. Y este exceso de especies es lo que nos protege contra los antropófagos. Podrá matarse a un blanco para robarle, pero lo que es para comerlo, ni por pienso.

El mismo jefe me informó del caso que apunté allí, siendo muy activo el comercio, en el que interviene Crecido número de griegos, gente aventurera y rapaz, que saca partido de todo. Uno de ellos, un tal Istratis Fandanikis, por poco no armó una revolución en unas cuantas tribus del interior.

Como tantos y tantos europeos, el hombre tomó gusto en el expeditivo sistema de casamiento que se practica entre los negros, y a la no menos expeditiva legislación del divorcio practicada por los blancos. Pero llegó a abusar de ambos. Semana hubo en que contrajo tres matrimonios, a razón de 50 francos por cabeza femenina, precio que paulatinamente fué aumentando. Los padres de las muchachas, estaban espantados con el griego. Este pagaba precios tan exhorbitantes, desconocidos hasta entonces, con la ventaja de que a los pocos días sus retoños eran dejados de cuenta, quedando en disposición de ser nuevamente colocados.

Pero a los mozos del país, les sentó mal la cosa. Los padres de las chicas esperando a que el griego las adquiriera, rehusaban sus moderadas ofertas, incomparablementes más bajas que las del rumboso Fandanikis, hasta que cansados de las maneras de éste, se amotinaron. Tuvo que intervenir el Gobernador en la cuestión para evitar que el mal pasara a mayores, y desde entonces el griego reside en Boké por orden superior y de mal agrado.

La Congregación del Santo Espíritu, nos acogió amablemente como lo habíamos sido en Buffa por el P. Caradec, brindándonos su hospitalidad franca mientras estuvimos en Boké.

Acuciados por el deseo de ver a la mujer caníbal de Victoria, una de nuestras primeras visitas fué la de la cárcel, a donde nos acompañó el Comandante M. Lambert, lionés, de unos cincuenta años, ex gobernador de Fauritania, antiguo residente del Camerón y a un tiempo como diplomático en Montevideo.

La mujer caníbal, era joven todavía, pues no contaría más allá de veinte años ; su padre, con el que compartía el cepo en que estaba amarrada por los pies, aparentaba unos sesenta años, y nada denotaba en ellos sus horribles instintos de ferocidad.

Como que no hablaban más lengua que la suya, la folak, recurrimos a un intérprete para interrogarles, pero ni preguntas ni ofrecimientos de dinero, a los que los negros son tan sensibles, lograron sacarles de su enfurriado mutismo. Con un fatalismo musulmán esperaban el momento de saldar cuentas con la justicia.

M. Laffite y yo, sabíamos algo, muy poco, del asunto que costó la vida a catorce antropófagos, doce de los cuales fueron ajusticiados en Boké en 1925, pocos meses antes de pasar nosotros por allí, y tratamos de obtener detalles de M. Lambert, trabajo perdido, pues este funcionario, que lamentaba en el alma la asquerosa práctica del canibalismo en su demarcación, se sonrojaba cada vez que insistíamos en este tema, como si a él o a su país pudiera inculpárseles de no haber podido exterminarlo de una vez. Y conste que no son pocos los esfuerzos que se realizan para lograrlo por todos los medios, con la eficaz cooperación de los jefes de tribu, quienes persiguen encarnizadamente a los antropófagos de que está casi limpia la región litoral, quedando de día en día relegados al interior.

Estaba visto que no obtendríamos detalle ninguno de M. Lambert sobre el asunto de la antropofagia. Toda insistencia hubiera sido, por lo menos, importuna, y por ello renunciamos a tratar de este tema en su presencia, esperando que la casualidad nos deparase ocasión de documentarnos por otros medios, y que no quedó frustrada nuestra esperanza. M. Tvinet, un suizo, jefe de factoría, que por residir en el país desde hacía tiempo y conocía al dedillo todos los asuntos locales, fué quien nos proporcionó los datos que deseábamos, a falta de los que dejó de darnos M. Lambert.

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