MIHAI TICAN RUMANO
EN EL CORAZON DE LA SILVA VERGEN
(ÎN INIMA PĂDURII VIRGINE)
SOCIETATEACULTURAL-ŞTIINŢIFICA
MIHAI TICAN RUMANO
BEREVOEŞTI
-2013-
PRÓLOGO
Conocí a Mihai Tican, como debía conocerle. Dos trotamundos como él y yo, tenían que encontrarse por primera vez en un coche del ferrocarril, en la cubierta de un barco o en la cabina de un avión.
Salí de París en el «Simplon-Orient-Express», que había, de levarme con mi inseparable y fraternal amigo el notable y también andariego escritor Ignacio Ribera Rovira a tierras de Oriente. Nos habíamos detenido unas horas en Venecia por el solo capricho de corretear una ves más por la poetica ciudad de los Dux y comer unos macarrones, muy de nuestra predilección en unatrattoria, que habíamos frecuentado en otras ocasiones, situada detrás de la plasa de San Marcos.Terminado el almverzo, alguien habló nuestro lado del recién establecido servicio aéreo entre Venecia, Trieste y Roma, y en el acto surgió a un tiempo en nosotros la idea de tomar el aeroplano para que nos llevase a Trieste, la interesante población italiana redimida, que ha vuelto al viejo solar después de muchos anos de ser austriaca
Encantador viaje sobre el Adriático en un espléndido día de sol de Italia; Qué bella la entrada en Trieste, pasando por encima de su primoroso castillo y de su magnifico puerto!
Aquella misma noche tomamos nuevamente el “Orient-Express”, y en el coche restaurant se sentó a nuestra mesa un hombre extrano con el que entablamos conversación y del que a los pocos momentos éramos íntimos amigos. Aquel hombre era Mihai Tican. De mirada inquieta e inteligente, cabellera crespa e hirsuta, recio, curtido por el sol y el aire de todas las latitudes y hablador impenitente, nos contó de sus maravillosos viajes, y antes de llegar a Lioubliana, frontera del nuevo, reino yugoeslavo, que acaba de estrenar su dictadura, sabíamos cuantas aventuras lleva relatadas Tican en los interesantísimos libros que a la hora presente están ya publicados. De entonces data el compromiso que adquirimos de prologarle dos de sus volúmenes non natos.
Ribera Rovira cumplió ya su palabra con las primorosas cuartillas que sirven de pórtico a "El monstruo del agua" y hoy el explorador africano, el amigo entranable, el escritor emocionante, me recuerda la deuda que con él contraje al pisar por primera ves tierra rumana en la estación de Timisoara, y reclama, unas líneas con mi firma, q!ue sean, introducción a su volumen, titulado EN EL CORAZON DE LA SILVA VERGEN
Ni soy crítico, ni aunque lo fuera, podría actuar con el escalpelo sobre la carne viva de autor por quien tan alta y gran estima tengo. Del libro, sólo puedo decir que mantiene el interés y la emoción que los relatos anteriores despertaron en el lector; que se agotara rápidamente la lirada como ocurrió con los otros y que las páginas de ”En el corazón de la selva virgen” son un canto a la naturaleza exuberante y lujuriosa de la Guinea portuguesa, que Tican recorre acompanado de un médico portugués. No hay en este volumen aventuras horripilantes, ni escenas de canibalismo, ni lucha, con fieras ! pero en cambio en la obra del novelista rumano se aspira el aroma penetrante de la selva:
nuestros nervios sobreexcitados por la diariaa batallia ciudadana, restablecen su perdida calma y se templan para vibrar al unísono con la lira heptacorde de la naturaleza, mientras que allá arriba, en la serena majestad de un cielo, de ordinario sin nubes, resplandecen las estrellas del trópico, que apenas se asoman, tímidas, en nuestras latitudes.
Adentrándose a lo largo de las páginas del libro, llega uno a preguntarse si ha nacido el hombre para desangrarse moralmente en la dura batalla del luchar cotidiano o ha sido un gran error de los humanos el volver la espalda a la madre naturaleza, a trueque de arrastrar por semejante yerro la brutal cadena de nuestros vivires.
Por otra parte, nadie como el alma latina puede sentir la incomparable belleza del trópico y menos que nadie los hijos de los Balkanes acostumbrados a la convivencia, con razas exóticas, víctimas a la continua de una naturaleza incle¬mente . El alma de Rumania, como su mismo nombre lo indica, es romana hasta la médula, y Roma, la Senora del mundo, supo avanzar su colonización por la zona subtropical hasta lejanos límites, no bien determinados todavía.
El rumano de hoy, como el romano antiguo, siente la égloga con Virgilio ; la vida de la Naturaleza con Tíbulo, Propercio y Ovidio y llega a la hondura filosófica de lodo ello con Lucrecio en su “Natura Rerum” ; con los dos Plinios en sus «Cuestiones naturales», y hasta con la mística que fluye de las páginas de Séneca y de la heroica filosofia de los estoicos y los juristas.
Y en la Rumania de entonces, los bárbaros godos empezaron a humanizarse: haciéndose latinos, para llegar lustros después, allá en la remota Espana, a dase elabrazo fusionador de razas, en el famoso Fuero-Juzgo,, refundidor de los de Eurico y Alarico.
Y si Espana supo dar o Roma hombres gloriosos como Traiano y los dos Balbos, etc., Rumania hizo suyo a este misso Trajano y se aduenó gallardamente de toda la literatura y la cultura romanas....
Guinea portuguesa ! Que de recuerdos gloriosos evoco este titulo en todoss los corazones de la nación vecina !
La escuela maritima de Sagres fué el potente faro que iluminó las rutas atlánticas hacia el mediodía, en demanda del misterio de esa Africa inmensa, antano circuida por los periplos de Hanon y Scilas.
Y no hicieren menos los portugueses en su gesta heroica, que en la antigüedad los buscadores del famoso Vellocino de Oro de la Colquida. Asi las naves lusas, pasaron de Lisboa a Tánger, doblando el cabo Bojador y el cabo Blanco, avistaron las Canarias y la costa de Oro, con verdadero fervor épico, en el que participó más que nadie la mujer, pues es fama que las jóvenes portuguesas de entonces—nuevas espartanas—negaban su mano y su belleza al mancebo que antes nú se hubiera batido en Africa y al marino que no hubiese avanzado algunas millas más en el lusitano periplo, que culminó con Vasco de Gama—descubierta ya Guinea y los ríos Senegal y Níger— al doblar el proceloso cabo de las Tormentas, cabo que desde entonces hubo de llamarse de Buena Esperanza, por las legítimas, esperanzas que brindaba, al camino hacia el Africa Oriental, Arabia, Persia e India, hasta aquella época mo¬nopolizadas por venecianos y genoveses.
Trajano, que con sus legionarios espanoles pasó por el Danubio, donde aun se ve la Tabula Traiana, y que al través de los siglos conserva el amor de los rumanos perpetuado en mármoles y bronces, dejó en aquella hermosa tierra sedimentos de Espana, que ni el tiempos ni la distancia han podido extinguir.
Bucarest es en su estructura, en sus costumbres, en todo, una ciudad tan parecida, a Madrid, que si fuera pasible situar a un madrileno al anochecer en la. strada Victoria, piropearía a !as lindas rumanas, creyendos en la Carrera de San Jerónimo.
Por esta misma causa, Mihai Tican, rumano de nacimiento y de corazon, al ser trasplantado a nuestro país, donde reside hace algún tiempo, se encuentra como en el suyo, y sólo por nostalgias de la Patria o por efectos familiares, siente de ves en cuando la necesidad de pasar unos meses en Rumania, paravolver a Espnna, donde escribe estos amenos libros perpeduadores de sus impresiones de viajera y en los que nos lleva cogidos de la mano y con el ánimo suspenso cruzando mares y continentes, tierras inexploradas, donde todo es adverso y hostil al caminante ; pero en las que el alma aventurera de Tican se expande y goza, mientras el cuerpo soslaya peligros, vence dificultades y sale victorioso de naturaleza, hombres y fieras.
Penetrad EN EL CORAZON DE LA SELVA VIRGEN y yo os respondo de que ya no abandonareis al autor y de que habreis de seguirle en sus libros con el ansia y la emocion que se halla siempre en lo deconocido, con la curiosidad que despiertan en todo momento estos individuos de temple excepcional que van de cara a la muerte sin que contraiga un colo musculo de su rostro, ni les tiemble el pulso cuando apuntan su rifle contra el leon devorator de hombres o contra el hombre, a veces mas feroz sanguinario que el temible felino.
MANUEL DE CASTRO TIEDRA
CAPITULO I
PEQUEŇAS FILOSOFIAS A TRAVES DE GUINEA
Muchas veces pensé que nuestra sociedad había degenerado, que los hombres en vez de vivir como hermanos entre ellos, se volvían salvajes cada día más, que la lucha por la, existencia nos obligaba a veces, particularmente en las grandes aglomeraciones cosmopolitas, a dejarnos en casa los sentimientos nobles, cuando se sale cu busca del pan de cada día ; a pisar los cadáveres de los demás para llegar a explotarlo todo y a todos, y creía que en la sociedad primitiva las cosas pasarían de diversa manera, que el hombre debía de ser menos egoísta, me¬nos malo, menos cruel...
Me obstinaba en creer que la diferencia entre nosotros y los animales era tan pequena, que
hacía pensar que Nietzsche se equivocaba tremendamente al pretender que los hombres de la sociedad moderna son iguales a los perros, que pelean, se matan, luchan para conseguir coger el hueso tirado a la calle. La lucha puede ser diferente—decía, el gran filósofo—; pero, sin embargo, los efectos y la razón de la misma son iguales...
No. No quería, creer esto. A pesar de que el hombre se vuelve más egoísta por las razones mismas del exceso de civilización, no podía ser
animal, y de todos modos las leyes de los hombres se lo impiden. Puede que haya degenerado como dije al principio, pero no son sus instin¬tos animales los que le imponen sus actos : sería terrible si fuera así...
* **
As! pensaba encontrándome a quince días de marcha de Kalíak, en la Guinea portuguesa y dirigiéndome hacia Orospu, nombre con que designan los indígenas un vasto bosque virgen situado al sur de la frontera de Guinea. Y por qué estos pensamientos?, preguntará acaso el lector ; sencillamente, porque aquería probar aquello, pensando que me hallaría en breve en una sociedad bien primitiva, compuesta de todos modos de animales si no de hombres.
Mi guía me había dicho con toda franqueza que no conocía demasiado aquella comarca y por lo tanto no sabía si encontraríamos pueblos en aquella selva ; lo cierto era, empero, que encontraríamos animales y esto ya era bastante para poner a prueba la teoría de Nietzsche y averiguar si viven de distinto modo lejos del hombre, para poder dilucidar si siguen o no nuestro ejemplo.
Entrábamos, pues, en aquel momento, en el bosque de Orospu, y cuando digo entrábamos, no pretendo significar que el bosque tuviera alguna puerta como las ciudades medievales, ni algún camino o sendero como los que conducen a los bosques de nuestra tierra.
Entrábamos en el bosque como entran los ladrones en las casas, esto es, con fractura, es decir, cortando el ramaje que nos impedía el paso.
La verdad es que la autoridad portuguesa no nos instruiría ningún proceso por nuestro delito. El bosque de Orospu quedaba cerrado a los extranjeros y quizá también a los indígenas, pero no importaba el violar el territorio ni destrozar algunas ramas ; desde luego, la civilización aquella me parecía diferente.
Si entráramos así en el bosque o parque de algún propietario en Europa, no hubiéramos sido procesados? Las leyes que mandan respetar la propiedad ajena, y el respeto a la cosa pública, la flor, el árbol que pertenece al particular o al Estado no forman parte de nuestra, legislación o de nuestros sabios reglamentos de policía ?
Sin embargo, en la Guinea—hablo de los bosques de la Guinea—se puede entrar de cualquier manera, sin pedir más autorización que a los monos que tienen allí su reino ; se puede violar el territorio, se pueden cortar ramas, árboles, se pueden encender hogueras, se puede hasta quemar una parte del bosque sin pasar por incendiario...
Qué enorme diferencia entre lo nuestro y aquello !
Siguiendo, pues, las infinitas llanuras durante tantos días, se había llegado al bosque aquel que no era el terminó del viaje, sino el principio. Por cuántos días quizá se caminaría aún por el interior de aquel bosque? No era ciertamente fácil preverlo, y no me preocupaba siquieria de saberlo.Teníamos víveres bastantes para un mes aún; exploraríamos, pues, aquel bosque tan misterioso y desconocido, y cuando creyéramos que era ya bastante, volveríamos atrás
* * *
De un modo cualquiera entró, pues, en el bosque la caravana. Estaba compuesta de un guía robusto y alto, de una estatura de cerca de dos metros, bastante civilizado por hablar algo de portugués y de francés, y por llevar una especie de capa, o, mejor, un corte de tela blanca que desde el tiempo en que fué comprada, quien sabe dónde, se había vuelto casi del color de su propietario.
Este se llamaba Alí, palabra que en puro árabe significa alto, y por lo tanto correspondía precisamente a la estatura del guía. La carabina, pues, bajo la dirección de Alí, constaba de 50 negros de la Guinea, casi desnudos, y todos jóvenes de 18 a 20 anos de edad.
Unos diez de ellos llevaban los equipajes y Ios víveres en general, ocho llevaban al que esto sin escribe y a un médico militar portugués llamado Corbia, con el cual emprendimos aquella exploración, y los otros 32 marchaban libres esperando ocupar el sitio de los que nos conducían en las hamacas o de los que llevaban los equipajes y provisiones de la expedición.
Abriré aquí un pequeno paréntesis relativo al doctor Corbia, óptimo amigo y companero, quien a estas horas debe de encontrarse en Lisboa, pues cuando emprendimos este viaje había terminado sus tres anos de residencia en Guinea y había sido destinado a un hospital en la capital de la metrópoli.
El senor Corbia era el único médico en Kaltak y, por lo tanto, durante los tres anos de su residencia en aquella ciudad — excepto los meses de vacaciones obligatorias para todos los coloniales—no había podido visitar más que la comarca que correspondía a su distrito sanitario.
El día que le conocí en aquella ciudad había recibido por fin su traslado a la capital portuguesa, y después de tres anos de servicio como leniente médico, había sido también ascendido aquel mismo día a capitán. Dentro de poco iba a llegar su sucesor, y como yo pensaba efectuar aquel viaje por el bosque virgen Orospu y no quería volver a Portugal sin poder decir al menos que había conocido la selva, me propuso acompanarme, abonando, además, la mitad de los gastos, que por cierto son bastante importantes.
Así, pues, me encontraba esta vez con un companero médico y pensaba que si no llegué a reventar de las fiebres palúdicas que me atacaron varias veces a pesar de que tomaba diariamente quinina, esta vez, por ir en companía de un médico, con seguridad moriría si cayese enfermo.
No se crea, por otra parte, que el doctor Corbia olvidase poner su tercer galón sobre su cas¬co colonial ; era capitán desde hacía pocos días y no lo olvidaba; quizá se quejaría interiormente de no poder poner los tres galones de su grado militar sobre la única camisa que llevábamos, por tener las mangas arremangadas hasta los codos a causa del calor.
Pero los hubiera puesto sobre su pantalón blanco si no le hubiera asegurado con toda seriedad que ninguno de los oficiales que yo ha¬bía conocido hasta entonces en Africa, ya fue¬ran franceses, belgas o portugueses, no los ostentaban en aquella indumentaria, muy poco caballeresca...
* * *
En aquellos quince días, el doctor Corbia se había ya acostumbrado a aquella vida nómada que llevamos viajando por las regiones más remotas, tendidos en la hamaca. Durante los primeros aparecía poco entusiasmado de aquella forma de viajar, pero como fué él quien me pidió le llevara conmigo no podía quejarse, naturalmente, tanto más cuanto que antes de emprender el viaje le informé de las eventuales dificultades y de los peligros incesantes que ofrece una exploración.
Como había estudiado la Medicina en Francia, hablaba un francés correcto y como portugués que era, médico y oficial, me había servido muchísimo durante aquellos días cerca de las autoridades portuguesas y los Jefes indígenas de los pueblos que habíamos atravesado.
Lo difícil, sin embargo, no había comenzado aun y, por lo tanto, no había podido comprobar su sangre fría y su carácter aventurero, porque este es el verdadero carácter que se requiere para ser un buen explorador. Prescindamos de que nuestra sociedad se sirva de la palabra aventurero para designar personas poco escrupulosas o estafadores vulgares...
-Dónde nos pararemos,Alí?—preguntó el médico.
-Estoy buscando un sitio, Excelencia...
Dije ya que nuestro guía era civilizado, que hablaba portugués y francés, que llevaba un trozo de sucia tela a modo de capa... Pues bien : los habitantes de la Guinea llaman Excelencia a los oficiales, porque generalmente son oficiales los gobernadores de provincias. Pero cuando se i rata de un oficial que a la vez es médico, entonces la palabra ‘’excelencia» toma una entonación de mayor respeto aún, y esto explica que la. calidad del doctor Corbia, como llevo dicho, me fuera hasta entonces de gran utilidad.
Alí encontró finalmente el sitio, y levantando con las manos la larga pértiga que lleva en Africa todo guía que se respeta, indicó a los negros hicieran alto y nos depositaran en tierra.
Nuestra escolta era bastante numerosa y, porlo tanto, habíamos llevado con nosotros todo lo necesario, empezando por los indispensables mosquiteros y las camas de campo plegables, hasta los utensilios de cocina, sartenes, cacharros, etc., etc.
Pronto, pues, se dispuso el campamento y se encendieron los fuegos para preparar la cena aunque todavía no eran más que las cinco de la tarde. El cansancio por el calor era tan grande para nosotros, que no temamos ni ganas de movernos, y apenas nuestras camas estuvieron preparadas y tendida nuestra tienda, nos acostábamos, esperando la hora de la comida...
***
Construir un campamento no es cosa tan fácil y tan sencilla como se pueda imaginar. Los negros, la verdad, tienen una facilidad rara en hacerlo, pero este trabajo no deja de constituir una de las tareas más difíciles del día.
Ante todo, hay que escoger un sitio conveniente para levantar las tiendas. Luego encontrar bastante madera para encender los fuegos y alimentarlos durante toda la noche. Encontrar más madera aún para construir con ella, con ramas y con hojas, una especie de recinto provisional para proteger el campamento de la incursión de las fieras.
Es bien cierto que éstas no se acercan nunca a las hogueras, las que constituyen el primero e indispensable medio de seguridad en la selva africana. Pero, de otra parte, como no se sabe casi nunca si ha de llover aquella noche, se construyen generalmente las barreras o recintos alrededor de las tiendas y del campamento, y esta medida constituye la segunda y última precaución indispensable también.
Estas barreras se edifican bastante altas para que las fieras no puedan fácilmente saltar en el campamento en el caso de que las hogueras se apagaran por la lluvia o por cualquier otro motivo.
Cualquiera sabe cómo se arma una tienda de campana, pero quizá ignoran cómo los negros construyen los cercados en medio de la selva.
Hemos dicho ya que se va en busca de madera desde el primer momento. Esta se escoge de modo que una cierta parte sirva para encender y alimentar las hogueras y la otra para construir el cercado. El guía traza la superficie que habrá de tener el campamento y entonces los negros clavan palos sobre aquel trazado a la distancia aproximada de un metro de uno a otro.
Mientras unos están ocupados en clavar las estacas en tierra, otros cortan y recogen ramas más o menos frondosas que enredan sobre los palos mismos, constituyendo así la barrera que ha de encerrar completamente el campamento mismo, y dicha barrera se construye generalmente con cuerpo bastante fuerte para poder resistir, si fuera preciso, a los asaltos de los animales de toda clase .
Hay que anadir que aquel pesado trabajo se hace por los negros con suma rapidez y esto por dos motivos bien distintos.
En primer lugar, la construcción y el arreglo del campamento significa para los negros el final de su jornada de cansancio. Saben que ha llegado ya la hora de descansar después de la marcha accidentada del día entero, bajo el peso de aquellos que llevaban en hombros. Trabajan, pues, con entusiasmo para poder lo más pronto posible disfrutar de unas horas de descanso bien ganado.
Pero si ponen tanto cuidado en la construcción del cercado que protegerá el campamento si fuera necesario en caso de que la lluvía apagara las hogueras, es más que todo porque aquella medida es de protección para todos y particularmente para ellos que no disponen de armas de fuego. Aquel trabajo constituye, con otras palabras, mi propia salvaguardia y lo ejecutan con tanto entusiasmo impulsados más que todo por el instinto de conservación y con el fin de pasar una noche tranquila.
Mientras estábamos, pues, descansando sobre nuestras camas de campo esperando la preparación de la comida, oímos los gritos y las interpelaciones de nuestros hombres de escolta que tra¬bajaban febrilmente en la construcción dela barrera.
En cierto momento los gritos se hicieron más fuertes y fácilmente reconocimos la voz de Alí, indignado, que procuraba hacerse respetar.
— Qué le pasará a éste ?—me preguntó el doctor Corbia.
— Quién sabe ! Yo no comprendo ni palabra de este idioma.
— Yo muy poca cosa también ; pero me parece que pasa algo, porque Alí grita como un desesperado—anadió el doctor.
— Si pasara algo grave, no dejaría de anunciarlo !-contesté bostezando, para evitar ante todo la proposición, muy probable, del médico, de ir a ver lo que pasaba.
— Esto es verdad !—contestó éste.
Pero los gritos aumentaban en tono y volumen, y con la voz de Alí nos llegaban otras voces desconocidas de otros negros.
Es verdad que los hombres de piel negra no saben hacer nada sin gritar. Parece que tienen la necesidad de exteriorizar siempre sus sentimientos. No saben estar contentos sin manifestarlo con gritos y ruidos, como no pueden tampoco aguantar y esconder su disgusto. Gritan simepre y en todas ocasiones, y esto es su modo de ser.
Este particular no explicaba, sin embargo, aquellos gritos tan bárbaros que continuaban siempre «in crescendo» desde algunos minutos. Me había decidido finalmente a levantarme para ir y saber qué era lo que pasaba, pero en el mis¬mo momento que quería poner en práctica mi heroica resolución, vi entrar al guía por la puerta de la tienda profiriendo un sin fin de palabras o injurias en su idioma, las cuales, seguramente, no iban dirigidas a nosotros.
—Qué pasa, Alí? ?Qué pasa?... ? Qué es eso ?
—Excelencia, Musiú... canallas! todos canallas !....''
Comprendimos fácilmente que aquel ‘’canalla’’ no se dirigía a nosotros a pesar de que la sintaxis de la frase resultaba algo equivoca.
—- Bueno... y qué?
— Canallas !...
— Ya lo sé; pero qué ha pasado... Habla!
Alí se tomó algunos momentos para respirar y finalmente dijo en un galimatías imposible e incomprensible a causa de la indignación :
— Estos canallas, Musiú, estos holgazanes,, dicen : «Estamos muy cansados...»
— Bueno, hombre..., puede que sea verdad— le contesté, extranado, porque no vei a verdaderamente el motivo de tanta ira por una declaración muy natural.
- Es que son canallas y holgazanes, Excelencia '—anadió otra vez el guía, volviéndose hacia el doctor Corbia, con la esperanza seguramente de que daría mayor importancia a sus palabras.
- Ya lo hemos oído esto!... Y qué pasa,, pues?... Son holgazanes, y luego?...
— Ah, sí ! No se lo había dicho todavía. Estos canallas dicen : «Estamos muy cansados hoy y no podemos trabajar para hacer las barreras...» No puedo darles razón. La barrera lia de construirse. El tiempo es malo. Puede que nos venga alguna lluvia. Estos no quieren trabajar. Yo no puedo dejarles hacer lo que quieran... Que ustedes vengan conmigo y trabajarán. A mí no me quieren escuchar, pero si les vieran a ustedes trabajarían... Les pasaría en seguida el cansancio..! Son canallas!... Son holgazanes!
El médico, muy divertido por aquellas frases incoherentes del guía y apenas aguantando su risa me miraba en los ojos. Yo, la verdad, tenía lástima de aquellos desgraciados que efectivamente debían estar muy cansados aquel día, pero comprendí también que el Doctor quería hacer valer su autoridad de Excelencia. Me atreví, sin embargo, a transigir.
— Es temprano todavía, Alí ! Déjalos un poco que descansen y algún rato después no se negarán por cierto a trabajar...—le dije.
— Estomalo!... Estoy muy malo, Musiú!No hay que hacer lo que quieren canallas!.. A trabajar un poco y luego si tú quieres que se paren alguna hora. Pero tendrán que hacer antes lo que yo ordeno...
— Tiene razón ! — afirmó burlonamente el médico.
Nos levantamos y salimos fuera de nuestra tienda.
Los negros estaban unos sentados y otros tumbados cerca de la hoguera que se había ya encendido. Uno de ellos preparaba la comida y los demás miraban hacia allí con ojos indolentes.
Al vernos, empero, llegar con el guía, cambiaron de repente de actitud. El doctor Corbia utilizó en seguida ciertas palabras de su repertorio, que por ser del idioma de los negros, éstos comprendieron perfectamente. Sobrará decir que no les hizo un discurso, sino declamó sencillamente las pocas injurias que había aprendido en aquri idioma.
El guía lomó entonces la palabra y pronto los hombres se levantaron como por encanto, y cada cual se dirigió hacia la barrera que se había empezado a construir.
Es extrańo cómo la presencia de un blanco impone siempre a los negros, y Alí como negro que era, lo sabía perfectamente cuando vino a pedir nuestra intervención para acabar con la huelga que los negros de la escolta habían declarado.
Lo cierto es que aquellos desgraciados se pusieron en seguida al trabajo y después de dejarles trabajar así durante casi un cuarto de hora, el guía les manifestó, de repente, que podían pararse si se encontraban cansados y continuar el trabajo hora más tarde.
Inútil sería decir que la decisión aquella fué acogida con verdadero placer y júbilo por parte de los negros, y abandonaron en seguida el trabajo para acostarse en el mismo lugar donde trabajaban.
Pasada, empero, la hora fijada por el decreto del guía, se reanudó el trabajo sin la menor reticencia por parte de los hombres y poco después al anunciar el negro cocinero que la cena estaba pronta, había ya acabado la ímproba tarea.
El guía estaba entusiasmado de su severidad y se figuraba haber conseguido algo imposible aquel día. No escondía su contento por él éxito, y durante nuestra cena no cesó de explicarnos cómo y por qué no debíamos transigir con lo que querían los negros.
No me acuerdo precisamente cuántas veces oí aquella noche la palabra <<canallas» de los labios del buen Alí. A cada frase relativa a sus hombres de escolta no podía faltar nunca. Es que dicha palabra era una de las más preferidas en el léxico de nuestro guía.
CAPITULO II
LA CENA EN EL BOSQUE.-—LA LEYEN¬DA DE LOS «ALBABES»
La cena durante los viajes por la selva es un acontecimiento siempre feliz; significa el final de las fatigas por aquel día, el principio de un descanso merecido y también el comienzo de la noche. Esto es lo más importante, porque si uno la desea relativamente en nuestras ciudades, en aquellas tierras la noche es el único lapso en que se puede respirar, mejor dicho, en que se puede vivir, en que el calor, es soportable.
Es muy difícil imaginar—especialmente pa¬ra quien no se encontró nunca en tierras cálidas—cuánto bienestar proporciona al cuerpo humano aquel relativo frescor que sigue a la desaparición del sol. Después de tostarse todo el día bajo sus rayos ardientes que ningún cráneo de blanco es capaz de resistir sin el casco colonial, sombrero fabricado de corcho para mantener en su interior un relativo frescor, la llegada al lugar de la parada obligatoria constituye un acontecimiento tan grato que se olvida fácilmente el cansancio y aburrimiento del viaje durante el día.
Nuestro viaje de aquellos días era más difícil aún ; como dije al principio, durante quince días viajábamos casi exclusivamente entre llanuras, es decir, bajo el sol, con pocas excepciones. Nos habíamos asado verdaderamente, a pesar de que, como es sabido, viajamos tendidos en hamacas y llevado cada cual por cuatro negros. Este sistema de traslado es corriente en aquellos países, toda vez que los blancos no pueden resistir ni un solo día de marcha por el excesivo calor que hace.
Pero a pesar de ir tumbados en las hamacas, el cansancio por el calor y los movimientos que los portadores involuntariamente hacen al andar llevando las hamacas, resulta tremendo. Yo creo, además, que nosotros quedamos acaso más cansados que los mismos negros que nos llevan y que caminan sin cascos coloniales y sin zapatos naturalmente...
Estos tienen al menos, una vez llegados al lugar de la parada, ánimos para ponerse en seguida al trabajo para armar las tiendas y preparar todo lo necesario para pasar la noche, y alguna vez pasarla sin pegar pestana cuando la suerte les designa como serenos.
Nosotros, sin haber dado un solo paso durante todo el día, apenas llegados al lugar de la parada necesitamos las camas de campana para tendernos, acostarnos otra vez, para reparar nuestras fuerzas perdidas durante el trayecto, que hicimos acostados en las hamacas !
Nuestra constitución debe de ser ciertamente muy diferente de la de ellos, porque si no cómo explicar esta situación ?
* * *
No sé si dormimos y si permanecimos mudos el doctor y yo durante algún tiempo que bien debía representar dos horas, pues cuando nos decidimos a abandonar nuestras camas, empezaba ya a obscurecer. Las hogueras brillaban coloreando de rojo sanguíneo todas las inmediadones, constituidas únicamente por árboles grandes y plantas con hojas extranas, de una rara y frondosa vegetación, en una palabra.
No era la primera vez que me hallaba en medio de la exuberante naturaleza, porque en muchas ocasiones durante mis correrías me hallé en sitios similares por no decir idénticos. Para el doctor Corbia, en cambio, era la primera vez y su extraneza era comprensible.
La noche cercana daba, además, un encanto y un misterio sobrenatural a aquellos alrededores, de modo que mi buen companero no pudo reprimir una exclamación admirativa. Yo sonreí al oirle y luego pensé que verdaderamente yo mismo me admiré de igual modo la primera vez, como deben admirarse todos los que no hayan contemplado nunca la majestad de la Naturaleza tropical...
-Qué es, sin embargo, lo que extrana o, mejor, que sorprende lanto? Me es muy difícil contestar a esta pregunta porque aun hoy aparece en mi cerebro eí mismo punió interrogante del primer día. Por qué me sorprendí viendo aquello ?
Me parece que analizando todo lo que se veía alrededor nuestro será también difícil el concre¬tar y dar una idea precisa al lector. Yo creo que ante todo influye mucho el; ambiente africano, el ambiente misterioso en el cual se ven como en un cuadro árboles gigantesos de hojas y ramas rizadas, plantas varias y extranas, unas formando montones y otras barreras impenetrables ; hierbas altas y bajas con flores raras que se balancean sobre sus frágiles tallos ; otrás plantas fenomenales con un sin fin de hojas pequenitas ; hierbas o plantas que se enredan en las demás, que se aferran a los lroncos de los árboles ; troncos enormes detrás de los cuales se esconden fácilmente cinco hombres ; otras plantas que se enroscan como serpientes a los troncos mismos, que llegan hasta lo más alto del árbol o hasta las primeras ramas, y se dejan caer luego repentinamente, para ir a colgarse a otro árbol más o menos vecino formando así una especie de cinta o mejor de guirnalda...
Anadid a todo esto, al conjunto de las varias plantas, flores y frutas de gran tamano, el color sanguíneo que les daba la luz de las hogueras ; anadid un poco de misterio por acercarse la noche; anadid la impresión de hallarse lejos de los mortales, a unos quince días de marcha, de una población, en un bosque solitario e inmensamente vasto, y comprenderéis la extraneza del doctor Corbia, el cual no cesaba en sus exclamaciones mientras miraba en su derredor.
Inútil sería anadir que los negros reían sin comprender demasiado las exclamaciones del médico o sin comprender acaso el motivo de su entusiasmo.
El guía Alí, se acercó también y después de seguir un momento los movimientos del médico que cambiaba continuamente de sitio para ver mejor aquella naturaleza, le preguntó si quería dar un pequeno paseo por las cercanías ; y debía de hacerlo para granjearse alguna propina, o tal vez para burlarse de él.
Yo pensando más en la última hipótesis, me opuse, diciendo que la hora era ya tardía y que a la manana siguiente tendría todo el tiempo para, admirar aquellos encantos, pues nuestra marcha debía hacerse necesariamente a través de aquella selva encantadora.
— Es verdad !—afirmó el guía y como la cena estaba va preparada, nos dirigimos finalmente hacia, un rincón del campamento que se había, preparado para servirnos de comedor aquella noche.
No vaya el. lector a creer que no valía la pena de llamarlo así; el guía era un hombre que gustaba de hacer las cosas bien, de modo que se había ocuparlo personalmente de aquella instalación que se hallaba en el extremo del campamento, no lejos de nuestra tienda.
No había mesa, efectivamente, pero se habían preparado unas piedras de unos cuarenta centímetros de altura, las cuales se habían colocado de manera que sus superficies planas y lisas sirvieran de mesita. Las dos estaban bastante cercanas una de otra, mientras una tercera, más alta que ías demás, se hallaba un poco aislada, y sobre ella se veía a la luz de las hogueras un montón de algo que no pude reconocer.
Pensé naturalmente que aquella tercera mesita había sido instalada para el guía, quien de vez en cuando comía en nuestra companía, especialmente cuando teníamos que pedirle informes relativos a nuestro viaje ; me equivoqué, pero porque aquella noche había decidido dejarnos comer solos.
Cuando un negro trajo la comida, Alí nos ensenó nuestros sitios y nos sentamos sobre la hierba, que servía, si no de silla, al menos de almohada en aquella ocasión.La verdad es que la luz de las hogueras nos alumbraba muy poco, y al tiempo en que pensaba decir al guía que debía haber instalado el comedor más cerca de la luz, éste encendió una cerilla que acercó al montón aquel situado sobre la tercera mesita que yo había supuesto reservaba para sí.
Una llama roja y luego amarilla vino a alumbrar nuestras respectivas mesitas, provocando una exclamación del médico, quien, como yo, tampoco esperaba aquella sorpresa.
— Encontré unos árboles de resina y con unas gotas de petróleo os he preparado una «lámpara» de mi país...—dijo sencillamente por toda explicación, y nosotros reímos por la palabra «lámpara» que aplicó a tal sistema de alumbrado.
* * *
Unos veinte minutos después acababa nuestra cena y también el alumbrado exótico. Debíamos aún fumar un cigarro antes de volver a acostarnos de nuevo porque, a decir verdad, nuestra vida de viaje transcurría entre la cama de campana y el palanquín llevado por los negros, de modo que veinte horas al día por lo menos las pasábamos en posición horizontal y si no fuera por aquel infernal calor—como lo llamaba el doctor Corbia—hubiéramos seguramente engordado de un modo tremendo haciendo aquella vida
Mientras las nubes de humo gris que despedían nuestros cigarros se elevaban hacia las hojas del árbol bajo el cual se hallaba nuestro comedor, nos sorprendió un gorjeo extrano y desconocido, de un «tirrruirrr» bastante amplio y fuerte, provinente de algún pájaro-tenor de la selva.
Aquel solo «tirrruirrrr»... no nos hubiera extranado tanto si no fuera que en seguida despues otros «tirrruirrr)) contestaron junto a voces más o menos fuertes de «trill... trill...», de «chisss... chisss», de «jui... jui» y otras que sólo un fonógrafo hubiera podido registrar.
El primer «tirrruirrr» fué como una senal a la cual contestaron todos los habitantes del bosque, por lo menos los cercanos a nosotros, y hablo de la raza de los pájaros, porque estos gritos no procedían ciertamente de leones ni de fieras.,. Armaban, sin embargo, tal jaleo aquellos pájaros, que me vi en la obligación de preguntar al guía qué les pasaba.
— No sé cómo se llama este pájaro, Musiú— dijo aquél seriamente—
En nuestro dialecto lo llamamos «albab», es decir: puerta del cielo, sublime, algo así... Es el pájaro de Dios. Alah lo quiere mucho y lo tiene en el paraíso. Sin embargo, hay muchos que se escaparon desde allí y que vinieron a la tierra con la intención de ensenar a los demás de su raza, y a todos los pájaros que llevan alas y que por lo tanto pueden irse solos al paraíso por la bondad de Alah. El «albab» es el sacerdote de los pájaros que les ensena dónde está el Paraíso, como los marabutos nos ensenan a nosotros y los curas a los blancos, Musiú. Es que como muchos hombres no creen, son infieles, no quieren reconocer al Profeta, los «albabes» no son tampoco creídos por los pájaros de la selva y no pueden volver al paraíso porque Alah, que lo sabe todo, les dijo antes de marcharse que no debían, volver antes de que les creyeran todos los pájaros del mundo. Así ensenan, pues, a los demás el camino del paraíso, pero ellos se quedan aquí, sobre la tierra, mientras haya pájaros infieles que no creen en el poder divino... Ahora bien los «albabes» son los sacerdotes, y cuando acaba el día y viene la noche a esparcir un poco de frescor, éstos llaman a sus fieles a rezar y todos contestan rezando y alabando la gloria de Alah. Aquellos otros que hacen «trill... chisss... juiii...» son los que son infieles y que quieren que los «albabes» se callen ; prefieren estar en esta selva que irse al paraíso; en fin, otros rezan v otros silban enfadados... por esto se arma tanto jaleo...
La leyenda, por lo visto, no estaba mal y la manera como nos la contó el guía la hacía más divertida aún, pero el médico no quería conformarse con esta explicación y apenas nos fuimos a nuestra tienda y cuando el guía por su parte nos hubo dado las buenas noches, me dijo:
— En cuanto a los pájaros que prefieren estar en esta selva en vez de irse al paraíso, me parece que hacen bien, porque dejarían este paraíso para ir a otro que acaso no hallarían... Pero a juzgar por la zarabanda y los gritos que oímos, el guía y su leyenda se hallan muy lejos de la realidad, porque en vez de rezar—según mi impresión—cometen una infinita serie de crímenes...
— Vamos, vamos!... Usted quiere superar al guía en contar leyendas? — Qué ? No, senor ! Le hablo muy seriamente, quiero decir científicamente... Se cometen crímenes, esto es. No ha visto usted nunca los gorriones, que se pelean entre ellos después de la lluvia? No sabe por qué se pelean ?... Se pelean por un gusano, por un infecto, por alguna mosca presa en la red de una iclarana; todos gritan de envidia, de recelo, todos quieren tener el gusano que uno ha encontrado, luchan para obtenerlo, se pegan entre sí, se hieren, se matan, porque su sociedad no tiene ni leyes ni cárceles y no se condena ni la agresión, ni el hurto, ni el asesinato... Cree usted que cuando gritan así los gorriones después de una lluvia, gritan de alegría? Nada, nada! Su grito es una canción guerrera, cada cual se prepara para herir y matar a su prójimo para robar el hallazgo encontrado. Así es su sociedad...
-Peor, pues, que la nuestra! No lo cree ustid así ? —dije medio convencido.
La opinión del doctor Corbia era seguramente diametralmente opuesta a la mía, puesto que yo pensaba que los pueblos primitivos debían de ser más morales por no existir las necesidades creadas por la civilización precisamente.
-Mucho peor!... No sabe usted una cosa, amigo? Que en nuestras tierras no se roba porque se teme a la guardia civil y al Juzgado, pero no porque el robar sea una acción mala o inmoral. Es el temor al guardia, a la ley, a la cárcel que nos obliga a respetar la propiedad ajena,, la vida del prójimo, etc., etc. Si no fuera por este temor a las leyes y la cárcel, nuestra sociedad sería igual a la de los gorriones o de los demás pájaros comprendidos los <<albabes» que combaten entre sí y que cometen crímenes atentando contra la vida de los demás habitantes por pequenos que sean, de esta región...
No rezan, sino que combaten entre ellos o asesinan y sus gorjeos son gritos salvajes de deleite cuando su pico se hunde en la carne de algún inocente gusano...
CAPITULO III
LAS SERPIENTES Y LOS MARABÚES
No quedé del todo conforme con las teorías del doctor Corbia, pero reconocí de todos rao-dos algo de verdadero en aquello que decía acerca de los «albábes»1 y demás pájaros de la tierra.
Finalmente vino el sueno a pegar nuestros párpados y dormimos de un tirón hasta la manana siguiente, despertándonos tan sólo a los gritos de Alí, que ordenaba a los negros se preparasen para la marcha. Yo había sonado por la noche en el drama de la existencia de los gorriones según las explicaciones del médico, y aquella manana me despertaba más convencido de que era posible y verdadera aquella explicación del fenómeno.
Nos lavamos aprisa y nos desayunamos sobre aquellas mismas piedras que nos sirvieron de mesa la noche anterior, mientras los hombres de escolta acababan de plegar las tiendas y se ponían en orden de marcha.
En aquel mismo momento se oyeron otra vez los gorjeos de los «albabes» y demás pájaros y esto me hizo pensar otra vez en la teoría del doctor.
— Es su rezo de la manana !—afirmó el guía.
— Otros crímenes para conseguir la comida necesaria, el pan de cada día... como decimos nosotros, y esto se repite dos veces al día ve usted? por la manana y por la tarde... Es horrible !—dijo el médico.
La caravana se puso pronto en marcha y esto, con la visión del panorama matinal de aquel bosque bastó para alejar de mi espíritu aquel modo de ver la cosas, bastante materialista, debemos reconocerlo.
El guía parecía muy contento y quería hacer la competencia a los pájaros, porque cantaba caminando delante de todos y parece que su canción debía de estar de moda en la Guinea, porque muchos de los portadores de hamaca aprovechando la ocasión le acompanaban con voces nasales o graves. En realidad era muy poco poético aquel canto en medio de la frondosa y encantadora naturaleza.
Hubiéramos podido acabar en seguida con aquellos cantos, pero tanto a mí como al doctor Corbia nos hacían reir la entonación de las voces y el estilo de la canción misma, diré mejor, la frase musical o el motivo. Si fuera algún fuco yanqui, procuraría anotar aquel motivo tan bárbaro con la seguridad de que haría mi fortuna una vez colocado en algún baile moderno. Pero no era ni yanqui ni compositor de música, de manera que me vi en la obligación de dejar pasar la fortuna por delante de mis ojos— mejor dicho, de mis oídos—y de divertirme tan sólo con su ejecución.
Algunas horas después nos hallamos ante una corriente de agua.
La hierba era tan espesa que no se veía el agua desde lejos. Una infinidad de pájaros revoloteaban por allí o estaban posados entre las hojas de los altos árboles y no eran solamente los pájaros los que adornaban aquel lugar, sino también muchos animalitos de varias especies, otros que corrían por entre la hierba al acercarnos y otros que saltaban o corrían sobre los árboles... No faltaban los monos, desde luego, pero unos monos pequenitos, color gris ceniza o café que nos recibieron con unos gritos bárbaros y agudos.
Debíamos atravesar aquella corriente, pero tan hermoso nos pareció el conjunto del paisaje, que ordenamos a los negros se parasen para apearnos y admirar mejor la obra de la Naturaleza.
— No, Musiú !—gritó el guía— No debéis bajar aquí...
— Por qué? Qué te pasa?—preguntó el médico.
— Hay peligro, Excelencia!... — De qué ?
El guía se acercó antes que nos depositaran en tierra los portadores, que al fin y al cabo no buscaban más que ocasión de aligerar sus hombros de nuestro peso. Un batir de alas muy fuerte y poco rítmico se oyó de repente, y un marabú, aquel pájaro calvo con el pico largo y ancho, aquel pájaro tan feo, se tiró sobre el suelo bastante cerca del agua, movió y removió sus grandes y pesadas alas durante unos momentos y finalmente se elevó otra vez teniendo en la extremidad de su desproporcionado pico una serpiente de unos noventa centímetros de largo, que llevaba por lo visto cogida por la cabeza.
El médico, sin ninguna razón, a la verdad, al ver aquel pájaro horrible levantó la escopeta para apuntarle, cuando otra vez gritó el guía con una voz de lástima que nos hizo sobresaltar.
-— No, Excelencia ! No disparar contra marabú ! Buen pájaro...
El doctor bajó la escopeta mientras el guía anadía :
— Buen pájaro, el marabú... es nuestro protector, el que nos ayuda a exterminar la raza de las serpientes venenosas... es un pájaro santo y sagrado, amado por Alah que lo envió sobre la tierra para comer las serpientes que nos hacen tanto mal. Alah castiga así a los más daninos animales de la naturaleza, los castiga con el pico del santo marabú... No pegar nunca marabúes, Excelencia...
Le mirábamos tan extranados que se vio en la obligación de explicarse.
— El marabú ha sido enviado por Alah para protegernos. Has visto, Excelencia, la serpiente que llevaba? El marabú ha visto la serpiente que estaba escondida en la hierba esperando que pqsaran los hombres para mordeles
La serpiente sabía que pasaríamos por Alli v nos esperaba; el diablo, del cual es ayudante la había informado, pero el marabú vigilaba con el poder y la sabiduría de Alah, y comprendiendo lo que pensaba la serpiente, vino a cogerla para que no nos causara dano... Es muy bueno el marabú, Excelencia ; es el enviado de Alah, no pegarle nunca... Luego, cambiando de tono, dijo:
—Ahora que el marabú cogió la serpiente, podéis bajar si queréis... No hay más peligro por el momento ; si hubiera otra serpiente con malas intenciones, otro marabú vendría en seguida, porque el acto del primero prueba que Alalh se digna protegernos...Podéis bajar sin miedo !...
* * *
El médico me miró con una vaga sonrisa y bajamos de nuestras hamacas.
Por dos o tres veces seguidamente, vimos posarse marabúes y remontarse luego con serpientes de pequeno tamano en el pico, y cada vez que se veía alguno, Alí pronunciaba alguna frase ritual de gracias hacia el poderoso Alah. Nos acercamos a la orilla del arroyo. No tenía más que unos tres metros de anchura y el agua era limpia y clara como si no pasara sobre la tierra. Nuestras siluetas se dibujaban en el fondo enteras como si nos halláramos ante un gran espejo y todo, árboles y hierba, se reflejaba en la corriente, junto con las bestezuelas y los multicolores pajarillos.
— Queréis que nos quedemos aquí ?—preguntó el guía.
- Y dónde encontraremos mejor?
— Como queráis.
Y dio unas palmadas para anunciar a todos que el descanso se haría en dicho lugar y que tenían por lo tanto que preparar la comida de mediodía. Indicamos que era inútil preparar nuestras camas de campana, pues la hierba cercana a la corriente era seguramente preferible.
Era una hierba espesa y fina como una alfombra de Persia, sobre la cual el médico fué el primero en acostarse para no perder la costumbre de estar acostado. Yo seguí su ejemplo, pero me di cuenta en seguida de que faltaba algo para que fuera confortable el tumbarse: faltaban las almohadas...
—Alguna piedra !—dijo el médico esparciendo su mirada por los alrededores y levantándose luego por haber hallado lo que deseaba.
Yo no me moví, pensando que una piedra no acababa de ser lo que pedía de confortable mi duro cráneo y seguí los movimientos del doctor, mas instintivamente, sin prestar gran atención. Le vi dirigirse hacia un inmenso tronco de árbol y agacharse para coger algo que se hallaba cerca. Sobresaltóse, empero, en seguida como asustado y me fijé más para ver qué le pasaba. Alguna serpiente ? No. Lo que quería trasladar para servirle de almohada, aquella supuesta piedra, se movió repentinamente y desapareció metiéndose en un matorral. Antes de moverse, sin embargo, su volumen aumentó y este particular había espantado al médico por lo visto.
Me levanté a mi vez y me acerqué apresuradamente. No había visto bien por estar distante de aquel sitio y cuando quería preguntar al médico qué había sucedido, éste me comunicó que estuvo a punto de coger con sus manos un puer¬co espín en vez de una piedra...
Me eché a reir, como se comprende, porque ni yo mismo había pensado, en tal animal cuando vi que la piedra se movía de su sitio yque a u mentaba de volumen. Era que el animal erizó sus espinas para protegerse de su enemigo tan pacífico que ni siquiera había pensado en llamar a los negros, tan aficionados a la carne de este animal. Con qué placer hubieran venido a matarlo y qué fiesta organizarían para comer su carne !
El médico sin pronunciar una palabra más se ilirigió otra vez hacia el arroyuelo abandonando su idea de almohada.
— No quería encontrar usted una piedra?
- Sí, pero como en vez de piedra...
—Cree, pues, que todas las piedras serán puerco-espines? No está mal! He aquí una piedra de veras—le dije senalándola con la punía de mi zapato—. Cójala usted!...
No podía inclinarme para cogerla porque la risa me ahogaba ; me apretaba el vientre con las manos para no reventar, a pesar de que nunca fué muy prominente y particularmente viajando por aquellos países calientes, donde un gordo pierde con seguridad su grasa. El médico, empero, escamado de la primera vez, no se aventuraba a tocarla y creía que mis risas quizá eram motivadas por la presencia de algun animal y que tampoco esta vez se trataba de una piedra, no comprendiendo de fijo por qué reía tanto y por qué no me inclinaba para cogerla si le aseguraba que era una piedra verdadera, me dijo:
— Y por qué n0 la coge, pues ?
— Yo no necesito almohada. Por qué no la coge usted?
— No sé ! Por qué se ríe usted y no la coge?
Este equívoco podía durar algún tiempo si no me decidía a coger la piedra aquella, mientras los ojos de mi companero se movían espantados y extranados a la vez, hasta que, convencido de que era en realidad una piedra, cambió aquel rictus en una sonrisa forzada...
El guía al oir nuestras conversaciones desde lejos, sin comprender seguramente el motivo, se había acercado también por si acaso lo necesitábamos. Corbia, creyendo que era absolutamente necesario dar explicaciones al capitán de nuestra expedición, le dijo que había visto un puerco espín.
— Dónde? Dónde lo ha visto? Por dónde se ha ido ?—vociferó el guía, encantado de aquella noticia. Dio en seguida unas- palmadas para, llamar algunos hombres mientras continuaba sus preguntas. Yo contesté por el médico :
— Por allí... se ha escapado por allí...
— No !....—quiso observar el médico al notar que yo daba una falsa dirección. Vio, pero, en seguida que mi dedo se posaba en mis labios, y rectificó el «no» por un «sí, sí, sí»... sin comprender naturalmente la razón de aquella mentira, pues no conocía lo aficionados que son los negros a la carne de dicho animal.
Cuando regresábamos hacia la orilla del arroyo junto a la piedra que finalmente aceptó coger, le expliqué por qué había dado la falsa dirección.
— Son tan crueles con este animal!—le dije— Lo matan a golpes de palos y de piedras ; es horrible.Creo ahora que no lo encontrarán.
Mientras tanto, el guía Alí y unos negros buscaban por las plantas y las hierbas altas de aquel lugar que había indicado, sin conseguir, empero, encontrar el animalejo. Habían ya pasado unos diez minutos de investigaciones febriles cuando un grito salió de la garganta de alguien.
- Lo habrán encontrado? me preguntó el médico.
El grito era más de dolor que de placer. Habituado como estaba con los negros, deduje que debía de haber ocurrido alguna desgracia.
— Algo debe de haberles ocurrido — le repuse— Vamos hacia allí ; alguna desgracia, porque, no gritan así de alegría...
CAPITULO IV
UNA DESGRACIA QUE REQUIERE ASISTENCIA MEDICA
Al primer grito siguieron otros y entre éstos se reconocían las palabras «musiu» y «excelencia», de modo que nos llamaban a nosotros.
Nos acercamos, pues, al lugar aquel con las escopetas prontas a disparar pensando más bien que se trataba de la presencia de alguna fiera. Llegados al sitio, vimos un negro tendido en tíerra que se retorcía desesperadamente y ni rastro de fiera. Los negros lo miraban colocados en círculo, hablando entre sí sin acercarse a él.
— Cómo ? Qué pasa ?—pregunté en seguida, muy extranado.
— Serpiente, Musiú ! Serpiente mordió negro ! Excelencia hizo mal querer disparar contra marabú de Alah, y éstos dejaron serpientes aquí... Va a morir pobre negro antes de hacer hijos... no está casado, Musiú...
El médico en vez de escuchar las explicaciones del guía, empujando a algunos de los demás que formaban el círculo alrededor del desgraciado, se arrodilló junto al que estaba en el suelo y le cogió la pierna.
Un grito salió de todas las gargantas v el guía explicó que quien toca ai mordido puede morir también...
Sin hacer caso el médico de aquel aforismo me llamó, invitándome a cogerlo por los brazos y así lo trasladamos junto al riachuelo.
— Fuego, en seguida ! Que enciendan fuego ! Un hierro y el botiquín!—ordenó el doctor, mientras sacaba del bolsillo trasero de su pantalón un pequeno estuche de cirugía que no abandonaba nunca.
— Por qué quiere el fuego ? — preguntó el guía, quizá creyendo que íbamos a quemar al negro.
— Pon fuego en seguida !—le ordené autoritario y finalmente obedeció con cierto mal humor, naturalmente.
Yo fui en busca del botiquín y a mi vuelta el hierro que el médico puso en el fuego estaba al rojo.
Dije ya que ninguno de los negros quería tocar al mordido por la superstición de que mueren todos los que le tocan ; el doctor y yo debíamos ya de pertenecer a los muertos en la fantasía de aquellos negros, puesto que nos habíamos atrevido no sólo a tocar, sino a trasladar el cuerpo de aquel infeliz hasta la orilla del arroyo.
Me vi obligado, pues, a servir de ayudante cuando el médico sacó del fuego el hierro candente. Cogí la pierna del negro, que continuaba tendido y esperando su muerte, y tuve eme ayudar a la operación a que le sometió el doctor Corbia, antes de aplicarle el cauterio sobre la herida. Todos seguían aquella operación con ojos de espanto, y dispensaré al lector de los gritos que daba aquel desgraciado, quien seguramente creía que queríamos precipitar su muerte.
Cuando acabó la operación, le pusimos una venda blanca en la pierna, y llamando al guía, le dijimos que en un par de horas el negro podría caminar de nuevo como antes y que podría también casarse luego y procrear, va que el detalíe de ser soltero parecía conmover tanto a los presentes.
—Dígale que no morirá !—insistió el médico.
— Y si Alah quiso que muriera!
—Esto es diferente... Dígale, en fin, que no morirá ahora por la serpiente... curará y quedará bien... dígaselo !...
* * *
No sé si el guía interpretó fielmente las palabras del médico, pero algo dijo al negro que le extranó muchísimo, porque mientras estaba tendido esperando la muerte por lo visto, se incorporó, sentándose sobre la hierba y mirando al médico con expresión tan irnbécii que nos hizo reir...
Luego miró su venda blanca que le cubría la pierna y sonrió, encontrando seguramente hermoso aquel adorno. Entregó la otra pierna diciendo unas palabras incomprensibles, que el guía nos tradujo :
—Desea que le pongan también una faja igual en la otra pierna, porque le gusta mucho... Y el guía anadió :
-Póngasela, Excelencia; si debe morir, que muera contento !...
-No morirá, hombre, está curado te digo ! Dentro de una hora caminará como tú! Lo quieres comprender o no?
-Pero si Alah...
-Basta, basta! Tráele de comer y de beber y verás luego...
El negro ya sonreía y hablaba á todos. Insistía en que le pusieran un adorno en la otra pierna, y sólo cuando el médico se opuso enérgicamente, cesó de manifestar aquella pretensión y aceptó la comida que le trajo el guía, y que le dejó sobre la hierba para no tocarle, a pesar de todo.
Comió aquél con gana, quizá pensando que era su última comida, y luego se tumbó sobre la hierba. Unos negros quedaron junto a él para cerrarle los ojos si muriera, mientras él durmió cerca de una hora, y cuando despertó se levantó del todo, no sin echar una mirada satisfecha a su faja y otra a los negros que esperaban su muerte, y que se fueron asustados viéndole caminar, como si fuera un fantasma.
Mientras tanto se había preparado también nuestra comida, y como aquella orilla era tan encantadora, dispusimos nos la trajeran allí mismo.
Vino Alí con un negro como de costumbre a hacernos los honores y a desearnos buen apetito, y al ver contonearse al negro, orgulloso de la venda que llevaba en la pierna, poco faltó para que se cayese. Luego se acercó a nosotros y con muchísima veneración, preguntó al médico cómo podía ser que aquél no hubiera muerto después de mordido por la serpiente que dejó el marabú para castigarnos del acto de apuntarle...
Yo pensé en seguida que las explicaciones que podía darle el médico no convencerían al pobre Alí, y sin mediar más tomé la palabra :
—Es que Alah no quería que muriera ; Alah había enviado con nosotros al doctor, a su Excelencia, y le había encargado que salvara al negro. No dudes que vivirá ahora y que vivirá por la voluntad del mismo Alah, porque el doctor no hace más que seguir sus órdenes; lo que ideó del fuego y todo, se lo ordenó Alah... Comprendes ahora ?
El guía inclinó la cabeza en senal de afirmación, sin pronunciar palabra, y luego se fué dejándonos comer tranquilos. Lo vimos un poco más allá inclinándose y arrodillándose, apoyando su frente en el suelo, rogando seguramente a su Dios que le perdonase de la poca confianza que había tenido en su enviado especial el médico...
—Imagínese por un momento si mientras está rezando le mordiera alguna serpiente...
—El botiquín está aquí !—contestó el doctor Corbia, seriamente, al tiempo que yo lanzaba una carcajada pensando en tal contingencia.
Lo cierto es que Alí acabó sus oraciones, inclinaciones, etc., sin que le mordiera ninguna serpiente, y poco después nos aprestábamos a proseguir adelante atravesando aquel riachuelo.
* * *
Cuando todo estuvo dispuesto, los que llevaban los equipajes y víveres pasaron los primeros a la orilla opuesta y pudimos comprobar que el agua no les llegaba más que a la rodilla. Observamos, empero, ai mismo tiempo, que a pesar de las explicaciones que yo había dado al guía acerca del negro, nadie quería aproximarse a él, como si fuera un leproso.
—Escuche— me dijo el médico—. No quiero que se moje la pierna del herido v no sé cómo lo haremos, pues, para trasladarlo a la otra orilla. Parece que los negros no quieren llevarle en hombros, porque ni se acercan a él.
Yo pensé que no era posible tampoco que nosotros lo lleváramos y para resolver el asunto llamé al guía :
—Alí! !Alí!
Este se acercó en seguida corriendo y después de preguntarnos qué queríamos mandarle, le dije que deseábamos que pasaran al negro mordido por la serpiente sin que su pierna herida tocara el agua. Anadí que en caso contrario moriría seguramente, tan sólo para inducirle a decidirse según nuestro deseo.
El guía pensó un momento y, después de acariciarse la barba y de mirar en torno suyo, contestó :
— No puede ser !
— Por que no se puede ! Musiú, comprenda que no se puede !...
Era una contestación de las más categóricas.
— Es que no queréis tocarlo ?—pregunté enfadado.
— Ya lo sabes, Musiú ; por esto mismo, no puede ser...
- Bueno, bueno—dijo Corbia— No lo tocaréis. Subirá sobre mi hamaca y lo trasladarán a la otra orilla sin tocarlo. Luego volverán para lomarme a mí.
El guía presentó unas explicaciones vagas, diciendo que no era justo que los negros llevaran en el palanquín a otro negro ; dijo también que si Alah quería salvarle la vida, no sería el aquaua que mojase su pierna que le impidiese vivir, y otros razonamientos de esta índole, que el doctor Corbia no quería ni escuchar, pues respondió dos o tres veces que el negro pasaría en su palanquín.
Alí, movió la cabeza con gesto de desesperación y llamó a los portadores, invitando también al negro mordido a ponerse en la hamaca del médico...
Los portadores quedaron tan sorprendidos al ver a su companero subir a la hamaca que poco les faltó para desmayarse. Todos protestaron en seguida y el guía les explicó en su dialecto que era orden nuestra, por lo que finalmente se decidieron a trasladar su companero a la otra orilla.
Volvieron luego otra vez para tomar al médico, y una vez trasladados todos, se reanudó la marcha de nuestra caravana a través de una naturaleza más exuberante aún, más compacta y espesa.
Una vez en tierra firme, el negro mordido por la serpiente siguió a los demás sin presentar el menor síntoma de cansancio. Todos se alejaban de él, pero esto parece que le importaba poco, porque caminaba envanecido mirando su venda que le cubría la pierna herida, como si fuera algún escudo de nobleza que nadie más podía poseer.
De este modo caminamos durante tres horas y finalmente el guía dio la senal de la parada por haber encontrado un sitio adecuado para pasar la noche, sitio tan hermoso y pintoresco como el de la noche anterior.
Una sola diferencia se dejaba notar demasiado : la presencia de los monos, pero de aquellos pequenitos, grises y color café, que se hallaban cerca del riachuelo.
A nuestra llegada dieron muestras de alborozo, saltando y trepando a los árboles, con gritos raros, que hasta obligaron a los pájaros a dejar sus nidos y huir atemorizados. Los había también tan pequenos que debían de ser los hijos de los primeros, porque no eran más grandes de tamano que los topos de huerto. Qué gracia, infinita, sin embargo, tenían en sus movimientos!
- Vamos a dar un paseíto —me dijo el doctor Corbia, mientras los negros preparaban el campamento.
CAPITULO V
CONSIDERACIONES SOBRE MONERÍAS
También yo tenía ganas de dar un paseíto, y a la invitación del médico contesté con visible satisfacción ; el trabajo de instalación que se repetía cada tarde, acababa por fatigar mis nervios y quería efectivamente alejarme un poco tan sólo para no asistir a dicho trabajo, con la esperanza, además, de encontrar algo curioso que pudiera atraer mi atención haciéndome olvidar momentáneamente mi cansancio moral y material.
Tomamos las escopetas, cargándolas con cartuchos de perdigones por si acaso topáramos algún pájaro, y después de comunicar al guía nuestra intención, nos alejamos del sitio donde habían de armarse las tiendas.
Declinaba la tarde, y los rayos del sol, ya muy bajo, venían oblicuamente a dar en ios troncos de los árboles seculares, cuando la vegetación misma, algo menos frondosa, se lo permitía ; los coloreaba, sin embargo, de un tono tan raro, que nadie sería capaz de definirlo. No sé si se le puede llamar amarillo o rojo, pero de todos modos no era ni el uno ni el otro, siendo más bien una mezcla de los dos...
Nos alejamos, pues, del campamento con cuidado para no extraviarnos en el bosque, donde ni senderos se ven, ni puede uno fijarse en la Naturaleza, que se ofrece igual o semejante en los diversos sitios. De vez en cuando volvíamos, pues, atrás y si entre los árboles y las plantas veíamos las tiendas que se levantaban, continuábamos dando vuelta y describiendo un círculo más o menos regular en torno al campamento.
Dije ya que los monos se hallaban por allí en cantidad extraordinaria, de modo que, más o menos, atraían nuestra atención. El doctor Corbia, especialmente, que no había visto nunca tan numerosa colonia, estaba tan interesado en sus movimientos como si asistiese a una representación de equilibristas en algún «music-hall» europeo.
En determinado momento nos paramos los dos ante algo raro; detrás de cierta pantalla constituida por las malezas y las ramas de unos arbustos, se alzaba un árbol aislado de los demás, un árbol con tronco recto cuyas primeras ramas salían a unos cuatro metros del suelo ; unas frutas especiales, redondas como pelotas y un poco mayores que castanas, pendían por todas partes, obligando incluso a las ramas a inclinarse bajo su peso.
No es el árbol por sí mismo lo que atrajo nuestra atención, sino la infinidad de monos que se hallaban sobre él, quizá considerándolo como el lugar más adecuado de retirada ante nuestro encuentro. Debían de haber pensado los animalitos que en aquel árbol se hallarían en seguridad, pues era absolutamente imposible subir a él sin cuerdas o escalas.
No creo que este fuese el acostumbrado refugio de la sociedad aquella de monos, pues las ramas del árbol se curvaban, como dije antes, bajo el peso de las raras frutas exóticas, y más aún bajo el de los animales que treparon a él. Cuántos eran? Sin exageración, debían de ser unos dos o trescientos, que nos miraban con cierto recelo, como intrusos que éramos en aquel bosque donde debían de tener su
— Aquí será el Estado Mayor general!—dijo el médico.
— O la residencia de su Rey...—anadí yo.
Nos acercamos algo más para seguir mejor sus movimientos, y entonces nos dimos cuenta de que nuestra presencia provocaba pánico general.
Unos intentaban subir más arriba y como aquellas ramas no resistían, se plegaban aún más, incomodando a los otros que se hallaban más abajo, y otras se rompían, cayéndose los monos sobre los demás y agarrándose de los pies o de las manos a alguna otra rama o a otro congénere, que lanzaba un agudo grito de espanto...
* * *
Yo había visto muchos monos durante mis varios viajes por el África, pero nunca tuve oca¬sión de ver lautos sobre el mismo árbol, no pudiendo, además, comprender la razón por la cual permanecían allí mismo sin tratar de esca¬parse como generalmente hacen huyendo al hombre.
Debía de ser verdaderamente o el Estado Mayor o la residencia de su Jefe, por lo visto, y querían defenderse en aquél mismo lugar sin abandonar cobardemente el terreno de sus antepasados !...
Eran, empero, tan ridículos sus movimientos de miedo y de falsa valentía a la vez, que no pude reprimir una carcajada al verles escalar las frágiles ramas para caerse sobre los demás una vez subidos con uinta dificultad para alejarsemás del peligro...
Llegamos más cerca aún, y entonces los gritos de ira o de miedo se multiplicaron, llegando a formar una algarabía tremenda. Se creía uno en medio de un coro de demonios, tanto más cuanto que las últimas luces del día les daban unos colores tan fantásticos de seres ígneos, que aquel árbol parecía el infierno situado en medio del paraíso.
Pero los gritos cesaron de repente y uno de aquellos frutos, lanzado con fuerza, vino a dar en mi casco colonial, que resonó como golpeado con una piedra. Un segundo y un tercer proyectiles vinieron hacia nosotros dando en nuestros cuerpos, pero gracias a la Naturaleza, aquellos frutos no podían causarnos dano alguno, pues eran relativamente ligeros a pesar de su forma y tamano.
Lo cierto es que con aquella lluvia de frutos, se nos fueron las ganas de acercarnos más, y esperamos tranquilamente que acabasen las provisiones de los enemigos para ver qué harían luego.
No duró, efectivamente, mucho la batalla, porque unos minutos después el suelo estaba a nuestro alrededor lleno de aquellos frutos y las ramas parecían ya exhaustas de los mismos, pero seguían llenas de monos, los cuales no querían abandonar aquel lugar. Los movimientos de los monos, que se habían quedado sin municiones, aumentaban a cada momento y parece que a pesar de todo no querían rendirse y capitular.
—Les gastaré una bromita !—me dijo el médico, y antes de darme tiempo para, expresar mi opinión, se encaró la escopelíi y disparó un tiro al aire.
Como broma, era por cierto una de las buenas. El disparo impresionó lanío a la colonia de monos que en seguida sallaron lodos al suelo y se fueron con gran precipitación, sallando y corriendo como locos.Permanecieron en el árbol tan sólo unos pequenos que apenas podían sostenerse, sea por su corta edad, sea por el espanto que les produjo aquella detonación, que no esperarían por cierto.
Habían huido unas madres dejando, pues, a sus hijos, siendo así que lo más natural era quedarse con ellos o intentar al menos salvarlos. Esto me hizo observar en seguida el doctor Corbia acerca de mi teoría, asegurándome que las sociedades animales son más degeneradas aún, porque no temiendo la crítica de los demás, las madres prefieren salvarse ellas en vez de salvar a sus hijos...
— Pero los animales aman su prole en general !...
— Sí, sí, este amor existe, efectivamente, pero cuando obra el instinto de conservación, este instinto animal y poco moral, se olvida incluso aquel amor y la prueba la tiene usted aquí mismo. Si hay madres que prefieren morir antes que abandonar a sus hijos, es más o menos porque temen luego la crítica de los demás mortales o porque no se hallaron verdaderamente en aquel momento de peligro en el cual cesapor ley natural—de existir todo sentimiento noble y moral, dejando el sitio al sentimiento de conservación, este sentimiento que no reconoce ni amor, ni moral, ni nada...
Hay madres que se arrojarían al fuego para salvar a sus hijos, pero se arrojarían con la esperanza o de salvarles o de salvarse ellas ; ninguna se tira con la certeza de no llegar a tiempo o de no salvarse tampoco. Es un momento de locura, que cesa, empero, apenas se halla uno frente al verdadero peligro, del que no puede darse cuenta desde lejos. Pero si pensara en el peligro, si pudiera imaginarse los sufrimientos de la muerte por quemaduras, si se diera cuenta de antemano de la inutilidad de su sacrificio, no se arrojaría uno al fuego y se contentaría con haber salvado al menos la propia vida...
He visto casos tan raros durante mi carrera profesional, que no dejarían de convencerle— anadió el médico—, pero vamos a ver... Yo quisiera tener alguno ele aquellos monitos y llevármelo a Lisboa, y ya que se nos presenta la ocasión, me parece que debo aprovecharla. Siendo tan pcquciulos, además, los acostumbraré como si hieran perros; dos monitos no serán mucho peso para los poiladoies de equipajes...
No supe oponerme; efectivamente, puesto que se nos presentaba, la ocasión, pensé también llevarme alguno para mí y nos acercamos al árbol sobre el cual estaban temblorosos no sabiendo cómo arreglárselas para sostenerse y no caer. Eran cinco en total y decidimos llevárnoslos todos.
* **
Después de varios intentos para hacerlos bajar o caer, encontramos finalmente el medio de cogerlos. Conseguimos cortar una rama de otro árbol, de unos cuatro metros de larga y con aquella pértiga intentamos hacerlos bajar o caerse ; pero vimos que, al contrario, se agarraban a ella creyendo hallar un apoyo más sólido que el de las ramitas que cedían bajo su peso.
Así bajamos, pues, a los cinco, y el médico cogió tres en sus brazos y yo los otros dos, que trasladamosal campamento, donde fuimos recibidos con voces y exclamaciones raras.
—No habéis matado los padres al menos?— preguntó el guía.
—No ; sus padres los abandonaron y nosotros pensamos abrir un asilo de moni tos abandonados...
El guía no comprendió nada, naturalmente, ante esta frase del médico, el cual anadió en seguida :
—Tendrás que hacernos una jaula... hasta que se construya el asilo...
Esto de la jaula lo comprendió perfectamente el guía, y poco después nos presentaba una verdadera jaula fabricada con troncos de ramitas clavados unos contra otros, bastante artística y confortable; dos de las varitas se quitaban y se ponían y esto serviría de puerta para introducir los animalitos y pronto se acabó con la instalación de los monos.
No era todavía la hora de la comida, o mejor los negros no la habían preparado aún, a pesar de que nuestros estómagos no estaban conformes con este retraso. Nos tendimos de cualquier modo sobre la hierba, y como la conversación que había tenido con el médico me inleresaba por su ex ira no modo de ver las cosas, le rogué continuara.
–Decía usted, doctor,que durante su carrera profesional...
-Ah, sí, sí: recuerdo que acabé aquello por causa de los monos, verdad? Pues la decía que durante mi carrera, tuve ocasíon varias veces de estudiar la capacidad moral de los individuos, y como hablábamos de amor materno en la raza humana v en los animales, me acuerdo de una cosa, de un caso particular, que le convencerá seguramente. Claro está que le hablo de personas y no de animales, por cierto de blancos. La escena pasa en Portugal, en Lisboa, durante el mes de marzo 1923, y es moderna por consiguiente. He aquí el hecho :
Tenía como cliente en aquel entonces a una joven de 17 abriles, hija de un gran industrial de la capital, desaparecido durante los últimos meses de la guerra mundial, dejando por consiguiente toda su fortuna a su viuda —una mujer de unos 35 anos—bastante bella y demasiado rica para no contraer nuevo matrimonio con alguno de los varios pretendientes a la fortuna del malogrado esposo.
Para ahorrarle detalles de la enfermedad que padecía la muchacha le diré solamente que cierto día, después de una consulta que celebramos con otros tres colegas, decidimos que era indispensable la transfusión de sangre a la enferma.
Yo, como médico de cabecera, informé a su madre de nuestra decisión diciéndole que procuraría encontrar persona que aceptase prestarse a tal operación, que salvaría seguramente a su hija, anadiendo que una persona de su misma complexión sería por cierto la más adecuada...
Esto lo dije, naturalmente, para ver hasta qué punto el afecto materno obraría en aquella alma, considerando que a cada momento alardeaba públicamente de que daría su vida por salvar la de su querida hija.
Puesta en el dilema, se ofreció con un suspiro, recordando que lo haría todo por salvar a su hija, y yo me quedé conmovido de aquel altruismo, tan natural a pesar de todo...
Dos días después, habiendo con seguridad pensado más fríamente la cosa, me preguntó en primer lugar si la operación era muy dolorosa y luego si no peligraba también su salud y su belleza, si podía prescindirse de aquella operación, si no había otros medios de salvar a la enferma, si podíamos encontrar una persona más robusta que ella, porque temía sacrificar su juventud sin servir a pesar suyo para la salvación de su hija... y otras preguntas y consideraciones de esta índole.
Yo contesté que efectivamente se quedaría más débil y que envejecería en unos cinco anos al sufrir la transfusión, pero que no creía sus días en peligro y por otra parte íenía un nóvenla por ciento de esperanzas de salvar a la joven. Sabe usted, amigo, qué me contestó entonces? Me dijo que si tuviera la certeza absoluta sería ya diferente, pero existiendo probabilidades de que su sacrificio personal no sirviese de nada, prefería abstenerse, encargándome buscase alguien que se prestase mediante dinero a dicha operación...
Yo encontré la persona e hice todo lo posible para salvar a la chica para dar una buena lección a su madre. Desgraciadamente la joven murió, y seis meses después, llamado por la viuda, ya única heredera de su pobre marido, y locamente enamorada de un joven de 24 anos, tuve ocasión de oír el siguiente discurso, que le refiero textualmente :
—Vea usted, querido doctor, que me hubiera sacrificado inútilmente, ya que no se había de salvar la pobrecita... Usted olvidaba que yo al menos tenía derecho a la vida, al amor, a la felicidad... No me arrepiento, pues, de mi determinación y estoy segura de que usted mismo celebra hoy que yo no hubiese aceptado su proposición...
—Está, pues, convencido, amigo ? Es el caso de los monos que abandonaron sus hijos para salvarse ellos...
La cena estaba ya dispuesta y el guía vino a anunciarlo con la acostumbrada ceremonia. Nos fuimos entonces hacia el rincón que se había preparado para servir de comedor.
CAPITULO VI
LA AUTOBIOGRAFIA DEL GUIA ALI
Cada vez que el guía nos veía algo pensativos, cada vez que a causa de cualquier discusión con el doctor Corbia sobre asuntos en que nuestras opiniones estaban diametralmenie opuestas y que acabábamos por callarnos los dos para no continuar una controversia que podía degenerar en disputa, el buen Alí se creía en la obligación de disipar nuestras ideas, de hacernos olvidar nuestras discusiones con sus historias fantásticas que—debo confesarlonos hacían generalmente mucha gracia.
Valiéndose de su inagotable repertorio, encontraba siempre algo que decirnos y que generalmente por su ingeniosidad y su gracia africana y negra cortaba el hilo de nuestras meditaciones, v nuestro estado más o menos nielancólico se cambiaba fácilmente, pues aquellas palabras provocaban la general risa o por lo menos hilaridad, que no disimulábamos, en vista de que aunque se extranaba tal vez de nuestras carcajadas, no şe enfadaba nunca.
Lo bueno es que no preparaba su discurso, ni pretendía pasar por un orador parlamentario. Lo que le importaba solamente era hacer gala de muchos conocimientos—africanos desde luego—, asombrarnos con sus observaciones personales, con sus estudios prácticos de hombre superior a los demás de su raza y condiciones.
Llamar absurdas sus intervenciones sería demasiado, pues realmente salvaban muchas veces la situación y nos procuraban al mismo tiempo entretenimiento al considerar el modo de pensar de aquel hombre que siempre quería hacernos creer que se salía del nivel intelectual de los demás negros v acaso con sus charlas procuraba demostrarnos su intelectualidad, si puede aplicarse esta palabra a aquel caso poco común.
Al censurar duramente ciertas costumbres europeas introducidas en su país, no consideraba siquiera que nosotros—su auditorio—éramos europeos ; procuraba, empero, demostrar con razones más o menos exóticas que hacíamos malen practicar tal costumbre y peor aún en intentar introducirla en el país de los negros.Aquello de que los hombres tengan una sola mujer, por ejemplo, le parecía una cosa monstruosa y no dejaba de calificar de tontos a los hombres que se resignaban a vivir toda su vida con una sola mujer, lo que no dejaba de hacernos mucha gracia, por tomar la censura como de quien venía.
Aquella noche, al anunciarnos que la cena estaba preparada, el buen Alí echó una mirada discreta y se dio seguramente cuenta de que tanto yo como el doctor Corbia nos hallábamos sumidos en las reflexiones en que nos dejó aquella discusión sobre el amor de las madres hacia sus hijos. Quizá pensaba siempre en circunstancias como esa que poco faltaba que nos liáramos a punetazo limpio, y para evitarnos ese disgusto a nosotros, que podía tal vez traerles perjuicios a él y a sus hombres, intervenía con su ingenuidad acostumbrada y con una leve sonrisa de hombre que está convencido de antemano de que puede arreglarlo todo.
Bondadoso en el fondo, creía tal vez hacer una buena acción al intervenir; no se daba cuenta, sinembargo, de que ambos esperábamos aquella intervención providencial para acabar con aquella frialdad que dejaba entre nosotros el final de toda discusión.
Ganando terreno desde el primer momento, después de echar una mirada significativa, entraba generalmente en el asunto sin preámbulos ni rodeos de ninguna clase, y con una sencillez a veces tan bárbara, que nos excitaba la risa, desde el primer momento. Entonces daba muestras de contento y continuaba su charla con mayor facilidad y seguridad, sin detenerse siquiera ante algunos conceptos que, por falta de palabras francesas, enunciaba como podía con palabras portuguesas, francesas o de su propio idioma, armando, a pesar suyo, un revoltillo de idiomas de mayor gracia aún que lo que quería decirnos.
Avezado por completo a mantenerse en su lugar en las relaciones con los blancos que su oficio de guía le proporcionaba muy a menudo, permanecía siempre ajeno a nuestras discusiones y no tomaba la palabra más que cuando nosotros, por falta de argumentos o para no llevar el asunto muy lejos, suspendíamos aquellas discusiones siempre contradictorias, pues eí doctor Corbia tenía algunas ideas tanadelantadas o, mejor, futuristas, que por mi parte me veía en la imposibilidad absoluta de compartir.
* **
Yo sabía, pues, que aquella tarde la mirada de Ali anunciaba que tenía el proposíto de decirnos algo, y si no digo que el doctor Corbia lo comprendió también, es porque este senor, al oir las palabras del guía anunciándonos que la cena estaba servida, ni movió la cabeza ni se dignó mirar al hombre que sonreía.
—No tiene usted apetito, doctor?—le pregunté para decir algo.
—Hago notar a Su Excelencia que quedará satisfecho esta noche—aseguró el guía, inclinándose ante el doctor, que no había contestado de momento a mi pregunta.
Creí inútil insistir más y me levanté para seguir al guía, que, acabada su reverencia, volvía las espaldas para conducirnos hacia el lugar adonde se había, dispuesto nuestra mesa de campo que el lector conoce.
Mis esperanzas se concentraron, pues, sobre Alí, quien al dar dos pasos volvíó la cabezay dándose cuenta de que el médico nos seguía también, me ensenaba una formidable hilera de blancos dientes con una sonrisa que podía competir con la de Josefina Baker.
Entregado, empero, a mis pensamientos, todavía no noté siquiera que el médico acababa de llegar a mi lado y sólo cuando llegamos al rincón que nos servía de comedor, lo vi sentarse en su sitio, es decir, frente a mí, y noté también que me miraba de un modo extrano.
Su rostro mostraba cierta satisfacción, cuya causa no pude adivinar por cierto. Sería acaso porque notó que el guía intervendría en aquel asunto o porque consideraba mi silencio o aquella frase banal de si tenía apetito, como una victoria por su parte? No pude saberlo nunca.
Lo cierto es que, apenas atacada la cena, el guía se sentó cómodamente en una roca cercana y sin preguntar si teníamos ganas de oirle empezó su charla extrana.
—Iba todavía a la escuela—comenzó diciendo ei guía—cuando conocí el primer blanco...
Al oir esta primera frase rompimos en carcajadas, que extranaron profundamente al pobre Alí y hasta puede que le cortaran por un momento el hilo de sus pensamientos.
—No sé por qué ríen, Musiu! No he dicho más que esto: «Iba todavía a la escuela...» y es verdad, cuando iba a la escuela conocí el primer blanco; puedo jurarlo si no lo creen.
—Hay escuelas en tu tierra ?—le preguntó, bromeando, el médico.
—He dicho, Musiú, «cuando iba a la escuela», pues las habrá cuando lo digo.
—Chozas habrá, seguramente, como en todos los pueblos africanos ; pero escuelas, y más en tu época, me parece raro, Alí—contesté yo.
Este preámbulo bastó para ponernos de buen humor a nosotros; pero Alí no podía sufrir que no diéramos bastante importancia a sus afirmaciones, sobre todo cuando estaba dispuesto a asegurarlas bajo juramento.
—Y crees, Musiú, que las escuelas deben ser como las hacen los blancos? Yo creo que aquellas grandes casas de piedra que se parecen a cuarteles o a cárceles espantan a los chicos, y esta es la razón de que no quieran ir para aprender algo. Además, vosotros les calentáis la cabeza con libros y con cosas que no sirven. Mire, la escuela a que iba yo, no era ni edificio ni choza ni casa ; era un rincón apartado del pueblo en que nos reuníamos todos los chicos y adonde un marabuto nos decía muchas cosas que aun recuerdo.
Los que se cansaban de oír al marabuto iban a banarse o a jugar cerca de un arroyo que pasaba por allí, y aquellos que gustaban de las palabras del marabuto permanecían todo el día a su lado y hablaban con él, y él les explicaba cosas... Pero voy a decirles esto: yo nunca falté del lado del marabuto y siempre era uno de los primeros muchachos que iban por la manana a la escuela..
Otros marabutos explicaban otras cosas y por esto, Musiú, deben saber que había en mi puevarias escuelas, pero los chicos que iban con un marabuto no podían ir también con otro, porque cada marabuto ensenaba cosas distintas y porque los marabutos se enfadaban e incluso hacían llegar desgracias.
Lo extrano es que uno de estos marabutos de mi pueblo tenía escuela de rateros... Si, Musiu!... Los chicos aprendían de él a robar, y una vez llegados a la edad, salían del pueblo e iban por el mundo para ejercer su oficio, y parece que ganaban mucho dinero ; pues yo ho conocido un chico que volvió al pueblo después de cinco anos de ausencia y se compró en unano más de treinta mujeres, las más guapas de la comarca...
Sabe idiomas extranjeros y siempre que viene al pueblo algún blanco procura conocerle y se hace amigo ; es un hombre extrano que aprendió mucho con aquel marabuto, y ahora está tranquilo para tocia su vida. Cuando le falta dinero, hace un viaje v vuelve al país lleno de billetes.
El médico intervino de repente porque le pareció que aquellas explicaciones se alargaban mucho y todavía no nos había dicho qué pasó cuando conoció el primer blanco. Todo lo que nos decía de los marabutos y de las escuelas de su pueblo, constituía un enorme paréntesis que el pobre guía se había visto en la precisión de abrir a causa de nuestra manifiesta desconfianza al declarar que en su pueblo había escuelas, y que él iba a la escuela cuando conoció el primer blanco.
—Dije que iba a la escuela cuando conocí el primer blanco—empezó nuevamente el guía siguiendo la observación que acababa de hacerle el doctor Corbia—, pero antes de decirles lo que pasó con aquel blanco, debo asegurarles que mi marabuto no me ensenaba el oficio de ladrón.Mi marabuto era un hombre santo que preparaba y hacía marabutos. Yo mismo me preparaba para ser marabuto y mis padres estaban contentísimos de dicha determinación mía, tanto más cuanto que un día mi marabuto les dijo claramente : « Vuestro hijo será un gran marabuto algún día !»... Y ya ves, Musiú, qué soy... En vez de marabuto soy guía, y esto por culpa del primer blanco que conocí cuando iba a la escuela...
“Recto y honrado de toda su vida, mí pobre padre había ejercido este oficio que yo desempeno actualmente con vosotros, y su ilusión fué siempre hacer de mí un buen guía para los blancos. Pero cómo oponerse a la decisión del marabuto, que aseguraba que un día sería un gran sacerdote ? No nos quedaba más solución que la de seguir los estudios con el santo marabuto, mientras mi padre tomaba otra mujer para procurar engendrar algún hijo que fuera guía...”
„Ron, Run o Rund se llamaba aquel blanco, el primero que he conocido y si no me equivoco era inglés. Vino a mi pueblo acompanado por un viejo guía que al llegar murió el pobrecito, y por esta, casualidad el Rund se vio enla obligación de quedarse algunos días en mí pueblo sin poder proseguir su viaje por nuestras tierras.
Debo anadir que en mi pueblo no había más guía que mi padre, y en aquellos días estaba de viaje con otros y no se sabía siquiera cuándo volvería al pueblo.
El inglés estaba impaciente y cada día iba a casa de mi madre y preguntaba por si había venido mi padre, y como muchas veces no encontraba a nadie en casa (porque mi madre se iba al bosque a buscar lena o trabajar para traer comida a casa), el inglés venía al rincón aquel donde mi marabuto daba sus lecciones, y se sentaba con nosotros para escuchar lo que nos decía.
Digo que escuchaba, y esto es cierto, pero lo que no sé, es si comprendía lo que nos decía el marabuto, porque sólo sabía algunas palabras de nuestro idioma, y gracias a un negro de su escolta se entendía con los hombres del pueblo y hasta con el mismo marabuto. Yo estaba siem¬pre recogido al verle porque, la verdad, me daba miedo aquel hombre a pesar de que el marabuto me decía que era un hombre como todos los demás, con la única diferencia de que su piel era blanca. Venía para verme a mí, naturalmente, y para preguntarme si mi padre ya había vuelto. Pero antes de preguntarme esperaba que el marabuto acabase sus conversaciones.
Luego se me acercaba y con autoridad decía algunas palabras al negro que le acompanaba, el cual me traducía siempre la misma cosa: No ha vuelto todavía tu padre? El blanco dice que no puede quedarse más en este pueblo y quiere que alguien le acompane al menos hasta algún pueblo vecino donde se pueda encontrar un guía. Estas eran las palabras de cada día.
Llegó, empero, un día en que el blanco parecía más enfadado que de costumbre y el negro que le acompanaba me dijo que su amo—el blanco—quería, fuese como fuese, encontrar en aquel mismo momento alguien que le acompanase hasta donde hubiera otro guía. Anadía que si no quería acompanarle nadie, nos obligaría con el látigo a indicarle la persona que podía prestarle dicho servicio, y en el pueblo no había nadie más que yo capaz de conducir al extranjero por nuestras tierras.
«Otros vecinos llegaron en aquel mismo momento al rincón de la escuela del marabuto y le dijeron, que el inglés estaba furioso con nosotros y que pasaría alguna desgracia si yo no quería aceptar acompanarle hasta que pudiera encontrar otro guía.
La verdad es también que yo conocía los caminos, porque muchas veces había acompanado a mi padre durante sus viajes, pero lo que rae fastidiaba más que nada era el dejar las clases del sabio marabuto durante algunos días, y hasta pensaba que él tal vez se enfadaría si yo aceptaba la invitación del inglés.
Iba a la escuela de mi marabuto desde hacia ya cuatro anos y en aquella época tenía unos catorce, es decir, bastante para saber si lo que hacía estaba bien o mal. El marabuto me decía siempre que antes de hacer algo debía consultar mi conciencia, y mi conciencia me decía en aquella circunstancia que no debía separarme del marabuto.
Antes, sin embargo, de que yo tuviera tiempo de contestar negativamente a la petición de los vecinos del pueblo que habían venido a suplicar al marabuto, éste, como sabio que era, comprendió que no podíamos dejar de acompanar al blanco, y antes de tener yo el tiempo materialmente necesario para abrir la boca y rechazar la proposición que se me hacía, exponiéndome acaso a una ración de latigazos al no aceptar el servir de guía a Rund, el marabuto levantó la mano y dirigiéndose a mí me dijo:
—No puedes negar, hijo, tu ayuda a este extranjero que se ve en la obligación de irse de nuestro pueblo. Sólo tú sabes conducirle hasta donde encontrará guía. Alah te obliga a alejarte de mí y él mismo te indicará tu deber para con el extranjero. Vete, hijo mío!...
Otras palabras esperaba de la boca del marabuto y ai oir aquella determinación del hombre santo, no se me ocurrió siquiera contestarle y darle mis razones. No me quedó más remedio que aceptar la proposición del inglés y en seguida dije al hombre que servía al extranjero, que iría con él a donde quisiera.
El inglés se mostró tan contento de mi determinación que poco faltó para abrazarme de alegría. Sacó de su bolsillo un billete de banco y me lo entregó en seguida, y volviéndose hacia el marabuto que le miraba con fijeza, le saludó inclinándose y luego se le acercó y le entregó también otro bilette. Es que habria compredido seguramente que gracias a las palabras del santo marabuto yo había aceptado servirle de guía.
Autorizado, pues, por el marabuto y después por el Jefe de nuestra tribu me puse al frente de los hombres del inglés y aquella misma tarde nos marchamos de mi pueblo...
* * *
Estas últimas palabras las acompanó Alí con un suspiro bastante significativo. Permaneció unos momentos silencioso, como para preparar el terreno para que escucháramos lo más grave de su narración, pues su actitud demostraba francamente que no había acabado todavía.
Apoyada fuertemente la mano derecha sobre el largo palo que no dejaba nunca, dirigió una mirada hacia el cielo que desaparecía poco a poco en las tinieblas de la noche, suspiró otra vez y finalmente se dispuso a continuar.
Iba en ello mi destino, Musiú, porque cuando se sale con extranjeros, no se sabe nunca si se volverá otra vez al pueblo ni cuándo se volverá. Es así la profesión de guía. Unos dicen : «Iremos hasta tal pueblo», y luego, cuando han llegado, quieren ver otro y no le dejan a uno volver atrás, y menos aun si están contentos de sus servicios...
Yo no podía hacer nial, mi oficio porque no sólo conocía los caminos, sino también porqué el marabuto me había acostumbrado a cumplir mi deber conscientemente y a respetar a todos los hombres de la tierra aunque fueran blancos.
«A los dos días de marcha llegamos, pues, al pueblo aquel donde el inglés creía que encontraríamos un guía. La mala suerte o quizá Alah mismo dispuso las cosas de otro modo y él guía de allí no estaba tampoco en su casa. Había salido con forasteros para un viaje de unos dos meses... Comprenderán, pues, mi situación... Abandonar al extranjero no podía, porque al volver al pueblo, mi marabuto me diría que había hecho mal y yo mismo comprendía demasiado que no debía hacerlo.
No puedes dejarme! —me dijo, además, el inglés. Yo tengo que proseguir y tú debea acompaňarme ; Mira ! Te daré más dinero aún. Estoy muy contento de ti y no me importa que no hayamos encontrado el guía de esta població. Conmigo ganarás mucho dinnero.
—No me importa el dinero le íbice decir por el negro aquel que hablaba la lengua del blanco
—Yo debo ser marabuto y temo tardar mucho en llegar al pueblo y que mi maestro, creyéndome muerto o arrepentido, eleve a algún otro de mis companeros de escuela, a la dignidad sacerdotal...
—Harás mejor en quedarte conmigo—contestó el blanco— Tú has nacido para ser guía y no marabuto. Tu padre es guía, tú debes ser guía. Esta profesión, además, no solamente te va mucho mejor, sino que te dará una independencia que no te puede proporcionar la profesión de marabuto. Tú vivirás del producto de tu trabajo, mientras que un marabuto vive de las limosnas de los vecinos del pueblo. Ser marabuto, es casi convertirse en mendigo. Parece también que Alah ha dispuesto que seas guía...
Gozar de una independencia, no vivir de la limosna de los aldeanos, todo esto me parecía muy bello ; pero al mismo tiempo pensaba en las palabras del marabuto: «Este será un día un gran marabuto», y puedo asegurar que esta sola perspectiva me hacía querer aquel oficio de sacerdote. Cuando, empero, el blanco pronunció sus últimas palabras y dijo que el mismo Alah había dispuesto que fuese guía y no sacerdote, pensé que acaso tenía razón aquel hombre.
Indudablemente Dios lo quería así porque manifestaba su voluntad no solamente por medio del marabuto que me había dicho siguiera, al extranjero, sino también por el hecho de que llegados al pueblo en que debíamos de fijo encontrar un guía, no pudimos encontrarle y esta casualidad me obligaba a continuar el viaje emprendido con el inglés hacia otro pueblo...
Mis pensamientos, sin embargo, se quedaron siempre con el bueno y santo marabuto, mi maestro, y siempre en mis oraciones preguntaba a Alah si era cierto que había dispuesto que yo no fuera marabuto.
De poder obrar libremente, podía elegir una u otra de los dos profesiones, pero como no tenía aquella libertad, me quedaba solamente e! recurso de preguntar a Alah si estaba conforme, con la insinuación del blanco a quien acompanaba. Y Alah no me contestó nunca ; creo, por lo tanto, que estaba conforme, porque el silencio significa aceptación.
Os dije que no podía abandonar al extranjero que confiaba en mí y verdaderamente no le abandoné. Sólo que aquel extranjero, acostumbrado a mi trato, no quería dejarme ya volver al país, y hasta cuando alguna vez desconocía el camino a seguir, me decía que él encontraría otro guía, pero que yo no debía marcharme de su lado.
Claro está que me pagaba siempre con largueza y su liberalidad me obligaba a quedarme aún cuando no necesitaba de mis servicios Mientras tanto no tenía ninguna noticia de mi pueblo ni de mi marabuto y viajaba siempre con el inglés que no quería permitir que le abandonase.
Al ano aproximadamente de estar fuera de mi país, después de haber pasado por varios pueblos y ciudades y haber llegado hasta el mar, un día el inglés me dijo que se sentía cansado y que aprovecharía la ocasión para marcharse ya a su país. Lo celebré muchísimo, y con el dinero que había ganado me dispuse a volver a mi país para continuar mis estudios con el marabuto de mi pueblo y la intención de ofrecerle la mitad de aquel dinero ganado honradamente para que no tuviera la necesidad de esperar que los vecinos le diesen de comer cada día.
Montanas y valles me vi en la obligación de atravesar para llegar a mi pueblo, y cuando, después de tres meses de viaje, me hallaba casi a dos días de marcha, me encontré con mi padre que salía con unos extranjeros y que me creía muerto por estar tanto tiempo sin 1a menor noticia mía.
Una nueva más que desagradable tenía que anunciarme : la muerte repentina de mi marabuto y esto sólo bastó para convencerme que el inglés tenía razón al decir que Alah no quería que me dedicase al sacerdocio.
Todo el pueblo había, además, comprendido que me había dedicado al oficio de mi padre y, por consiguiente, estaría mal volver a decirles que a pesar de todo había conservado la ilusión de ser marabuto. Se reirían de mí...
Lo cierto es que sentí mucho la muerte de mi maestro y pensé también que si él no existía en el pueblo, ya no tenía yo motivo de volver al mismo, y agregándome a la caravana que conducía mi padre, volví otra vez las espaldas al país natal y continué la marcha emprendida por el mundo.
-Sabes, Musiú, cuánto tiempo estuve de viaje aquella vez? Pues yo te lo diré: estuve casi dos anos. No sé qué suerte, Musiú. No podíamos estar, mi padre y yo, ni dos días sin trabajo. Apenas acabábamos con unos blancos, nospedían oíros y luego otros, hasta el día en que me encontrasteis vosotros también. La verdad es que volví desde entonces muchas veces alpueblo, pero sólo para estar algunos días y luego otra vez salir de viaje y siempre de viaje-
-Todo esto, Musiú, lo he dicho para demostrarles que Alah sabe cómo hace sus cosas. Yo debía ser guía y no sarcedote, y guía soy...
—Y a qué viene todo eso, Alí?—le pregunté entonces.
—Es una prueba, Musiú, para vosotros—contestó el guía misteriosamente, mirándome en los ojos.
—El testimonio de que discutimos inútilmente !—anadió el doctor Corbia y después de unos momentos de pausa: —No puede comprender el desgraciado que nuestras discusiones filosóficas no tienen otro fin que el de pasar un rato...
De pronto el guía se levantó. Se había enfadado acaso por esta última frase del médico? No lo parecía, pues se le veía completamente alegre, más alegre que cuando vino a invitarnos a la cena y cuando empezó su autobiografía. Yo le pregunté en seguida qué le había pasado y aquél me contestó sencillamente que ya su presencia y su charla no tenían objeto. Acababa de comprender que no quedaba entre nosotros la menor enemistad.
Este particular hizo reir de buena gana, al doctor Corbia y aquella hilaridad se me contagió, mientras el buen Alí se dirigía hacia un grupo de negros que alimentaban las hogueras. Les dijo algo al llegar y aquéllos rompieron en ruidosas carcajadas. Seguramente les decía que gracias a él no nos habíamos peleado aquella noche.
** *
Al quedarnos solos acabamos silenciosamente aquella comida que nos habían preparado v de la cual Alí había dicho que quedaríamos satisfechos aquella noche.
El doctor Corbia había segurado que el guía no comprendía que nuestras discusiones no tenían otro motivo que el de pasar un rato charlando. Yo lo creía también así, pero de todos modos al permanecer solos, no encontrábamos ningún tema para entretener la conversación y el silencio de ambos se prolongó bastante tiempo. A pesar de nuestra firme voluntad de no molestarnosmutuamente, a pesar de que cada,cual procuraba callarse para no provocar nueva discusión sobre aquel extremo de las teorías extranas del médico, los dos involuntariamente nos sumimos en meditaciones. El médico preparaba seguramente argumentos para darme en la primera ocasión pruebas de lo bien fundado de sus teorías, v yo pensaba solamente en el modo de evitar en el porvenir tales discusiones sin la intervención del guía.
Mientras tanto Alí, para no olvidar su retórica, estaba ocupado con los negros a los cuales daba de fijo alguna conferencia, porque se oía solamente su voz y la luz de las hogueras me permitía ver que los demás le escuchaban con la boca abierta.
- Vamos a asistir a la conferencia ?—dije al médico para cortar aquella monotonía v silencio que nos envolvía.
—Se estará burlando de nosotros aquel imbécil !
Reconocí que tenía acaso razón y no insistí más ni para que nos acercásemos a la hoguera ni para entretener la conversación. Estaba escrito que aquella noche permaneceríamos silenciosos. Comprendía, empero, que no se trataba de disgusto por ninguna de ambas partes, sino quepor el contrario, el médico y yo procurábamos con nuestro prudente silencio evitar posible disgusto.
Sabe ya el lector que el doctor Corbia era un excelente hombre y un buen amigo, pero como todos los científicos tenía sus manías y sus ideas raras, mejor dicho, una monomanía de mirar las cosas a través de un cristal completamente nuevo, un cristal completamente suyo. Y si fuera esto solamente no habría motivos de temer disgustos, pero a ello se anadía el afán de que los demás compartiesen sus opiniones y sus ideas, y yo, bastante personal e independiente, no podía compartirlas con nadie.
El único remedio que veía, pues, era el de evitar las discusiones de aquella índole y me juré hacerlo así; mientras tanto, pues, acepté pasar aquella hora en condiciones idénticas a las de una tertulia entre suegra y yerno...
Huelga decir que el médico hacía el papel de suegra.
CAPITULO VII
UN ACONTECIMIENTO QUE DESMIENTE AL DOCTOR
Acabada la cena, bastante silenciosa, porque yo estaba pensando en lo que me decía el médico acerca del amor maternal y en el caso de aquella madre, nos retiramos a nuestra tienda sin fumar el acostumbrado cigarro con el cual acabábamos siempre el menú del día. Yo no tenia ganas, de charlar y el doctor Corbia, quizá pensando en sus teorías o respetando mi mal humor, se callaba también.
Nos disponíamos a acostarnos cuando- pensé que no habíamos dado ningún alimento a los monos encerrados en la jaula., y comuniqué el hecho al médico.
— Verdad!—dijo éste— Y si no comen nada? Cómo lo haremos para mantenerlos?
No había pensado en este particular; efectivamente, los monos parecían bastante jóvenes y era muy posible que no comieran todavía como los adultos de su especie. Cómo nos las arreglaríamos en tal caso? Debíamos trasladarlos otra vez a aquel árbol y dejarlos a los cuidados de sus respectivas madres. No podíamos dejarlos morir de hambre de todos modos.
Nos acercamos, pues, apresuradamente al árbol, del que colgamos la jaula para dar a los monos una idea menos grave de su cautividad y vimos cómo los animalitos daban vueltas para hallar el sitio por donde pudieran encontrar la libertad o al menos a sus padres... A nuestra vista se reunieron todos hacia el ángulo opuesto de la jaula como para esquivarnos y permanecer lo más distanciados que podían.
El guía había venido con nosotros para ayudarnos y cuando le dijimos que queríamos darles algo de comer nos propuso traer galletas, las cuales seguramente les gustarían, ya que no teníamos a mano almendras o avellanas y que si las tuviéramos hubiéramos debido romperlas nosotros mismos, porque los pequenos no serían capaces de separar las cascaras.
Introdujimos en la jaula una galleta reducidaa pedacitos, y apenas nos alejamos un poco los prisioneros se acercaron a los pedazos y nos pareció que comían con pequenos movimientos de sus minúsculas mandíbulas teniendo el pedacito entre sus frágiles dedos de las manos.
—Menos mal !—exclamé en seguida— No morirán de hambre.
Y nos dirigimos hacia nuestra tienda para acostarnos, esta vez más contentos que antes y algo más locuaces, porque el asunto de los monitos nos hizo olvidar un poco nuestros recelos, a mí al menos.
—Desde manana empezaré a domesticarles— aseguró el médico hablando de los monos de la jaula—. Les daré a comer azúcar y una vez que hayan probado el azúcar, harán cualquier cosa para obtener más. Usted verá...
Poco a poco se produjo aquel silencio de cada noche, perturbado tan sólo por el chisporroteo de la lena que ardía en las hogueras, ruido monótono, realmente, pero también capaz de traer el sueno a quien padezca del más nervioso insomnio.
Así, pues, muy pronto el sueno vino a pegar nuestros párpados y dormimos perfectamente
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hasta un poco antes del amanecer, cuando unas voces nos despertaron en sobresalto.
—Qué pasará? Qué es eso?—preguntamos a la vez, mientras fuera de nuestra tienda el jaleo continuaba y los negros, despertados por los serenos de aquella noche, corrían dando grandes voces que bien podían ser injurias, blasfemias o imprecaciones. La voz del guía se oía también, pero todo pasaba en el dialecto de la Guinea, de modo que ni el médico ni yo pudimos comprender a qué se referían.
* **
No salimos en seguida a ver lo que ocurría, porque nuestra primera idea fué que el guía había despertado los hombres acaso un poco más temprano, y que se trataba de la marcha sencillamente. Como generalmente preparaban iodo lo demás antes de tocar nuestra tienda, creímos al principio inútil molestarnos y tan sólo cuando los gritos aumentaron en proporción desusada y la algarabía fué mayor que de costumbre nos decidimos a ver lo que ocurría, dándonos cuenta finalmente de que se trataba de algo diferente a la marcha de cada manana.
Seguramente no era una invasión de fieras en el campamento, porque entonces hubiéramos sido ios primeros en ser despertados puesto que los negros no tienen armas de fuego para defenderse. Qué sería, pues?
Una vez fuera nos tropezamos con el guía, quien precisamente venía a comunicarnos lo ocurrido.
-Los monos, Musiú ! Los monos! Han venido los monos! Han cogido los monos!... —Qué dices, hombre?
—Digo que han cogido sus monos, Musiú... — Quién ?—insistió el médico, que debía de haber comprendido algo mientras yo, lo confieso, no comprendía absolutamente nada. — Los monos ! Han venido... —No comprendo : los monos, los monos, han venido los monos... y luego?
El médico intervino para explicarme y me dijo que los monos del bosque, los que habían huido del árbol dejando a sus pequenos, debían de haber venido a rescatar su prole que teníamos encerrada en la jaula...
Los centinelas no se habían lijado bien y no vieron entrar a los monos y sólo cuando éstos rompieron la jaula para libertar a dieron cuenta y advirtieron a los demás negros y al guía.
Estos buscaron durante cierto tiempo por los alrededores del campamento, pero como los monos no son tan imbéciles para dejarse coger otra vez, aquéllos se vieron precisados a comunicarnos la desgracia, seguros de que nos enfadaríamos del poco cuidado de los centinelas.
—Es que el mono entra como un ladrón—precisaba el excelente Alí—. No se deja oir y camina siempre por la obscuridad. Los padres de los monos vuestros, debían de haberos seguido desde lejos y debían de saber dónde se hallaban sus hijos, porque deben de haberse dirigido directamente a la jaula colgada, sin ninguna vacilación, esquivando las miradas de los serenos. Cuando éstos oyeron el ruido que hicieron los monos adultos para romper la jaula, se dieron sienta del rapto y vinieron a despertarme... Era ya muy tarde y no se les pudo encontrar... Es que no se ven los monos éstos durante la nuche, Musiú....
El guía intentaba disculpar a los serenos y yo realmente comprendía que a pesar de su vigilancia podía muy bien haber ocurrido lo que contaban ; la culpa, además, era nuestra, por-
que en vez de colgar la jaula en el árbol hubiéramos debido ponerla sencillamente en nuestra tienda, donde más difícilmente los monos se aventurarían...
Pensaba en esto y también en la teoría del médico, la cual se veía algo comprometida actualmente. Los padres de los monos no perdieron la esperanza de hallar otra vez a sus hijos y su acto, que tanto criticó el doctor Corbia, quizá resultaba muy inteligente a pesar de todo. Debían de haber pensado que podrían ocurrir dos cosas : o nosotros dejaríamos los pequenos sobre el árbol aquel sin tocarlos, o que los llevaríamos con nosotros. Si los dejábamos, sus padres volverían otra vez apenas, nos alejásemos y el asunto quedaba concluido ; si los cogíamos, como hicimos, turnarían medidas para saber a donde los conducíamos, v luego ven¬drían a recobrarlos, como hicieron.
El buen Alí interpretó seguramente mal mi meditación y cortándola con un gesto evasivo, rae dijo :
—No te apures, Musiú, por los monos, que yo me encargo de procurarte otros. En este bosque no faltan los monos,y a cada paso encontraremos otros más bellos. No te enfades, pues, con los centinelas, que no es culpa suya si no han visto acercarse los monos...
* **
- En qué piensa, usted ?—me preguntó el médico apenas quedamos solos por haberse alejado, por fin, el guía, cerciorado de que no estaba enojado por lo ocurrido.
— Yo ? En nada ! Pensaba en su teoría de ayer, en él caso de la madre aquella, en lo que me decía usted de los monos que abandonaron a sus hijos para salvarse ellos, y en que no han temido venir hasta aquí mismo a raptarlos a pesar de los fuegos encendidos y de nuestras escopetas que hacen aquel ruido que les espantó tanto... En esto estoy pensando!
El médico sabía ya lo que pensaba y quería solamente que precisara mi pensamiento. Sonrió, pues, un poco, me clavé una mirada severa y me dijo del modo más sencillo que yo ignoraba lo que sabe cualquier hombre, es decir, que “la excepción, precisamente, confirma la regla”...
—Silogismos, no, doctor... por favor, no estoydispuesto a teoremas filosóficos... tanto más cuanto que nos hemos despertado apenas y que pudiera entrarme el sueno otra vez!...
—Yo le digo en conciencia que es así, sin obligarle a creer mi opinión. Usted puede tener sus ideas, que no le obligo a cambiar, ni quiero que las cambie sin comprender la necesidad y estar seguro de mi concepto. Cree, empero, usted que si supieran los monos que aquí había peligro de muerte para ellos, habrían venido a recoger a sus hijos? Si hubieran sabido que los recibiríamos a tiros, que el primero que saltase por el recinto del campamento caería fulminado, habrían venido a buscar a sus pequenos? Han venido como los ladrones, como dijo AIi, y han raptado a sus hijos tan sólo cuando tuvieron la seguridad de que su vida no corría peligro; semejante heroísmo lo pueden tener todos, pero el heroísmo verdadero, el de los que van con la frente levantada a la muerte, io tienen pocos...
De todos modos yo consideraba como amor maternal aquel acto de venir a raptar a los pequenos en la jaula o mejor en nuestro campamento, a pesarde la opinión contraria del médico, y para acabar con este asunto, pues no era posible ponernos de acuerdo, le dije que estaba demasiado cansado y que quería aprovechar una o dos horas que nos quedaban aún de sueno para descansar.
El médico comprendería o no mi subterfugio, pero de todos modos se calló, acompanándome a nuestra tienda, donde nos tumbamos de nuevo cada cual en su cama.Los negros, afuera, considerando seguramente que la manana iba ya avanzando, creyeron más conveniente permanecer despiertos durante la hora que faltaba hasta la marcha, y precisamente sus gritos y conversaciones no me permitieron pegar pestana hasta el momento en que Alí, con las consabidas palmadas, ordenaba que se preparasen para la marcha.
Nos levantamos, pues, en seguida también y una hora después nos hallábamos en marcha, atravesando nuevos paisajes de maravillosa vegetación tropical.
CAPITULO VIII
UNA SUPERSTICIÓN Y UN ACCIDENTE
Apenas la caravana se puso en marcha con Aii a la cabeza de todos—como acostumbraba ir—y cuando los portadores de hamaca con mucha dificultad conseguían atravesar las altas matas y hierbas salvajes, sosteniendo con las manos libres las ramas de los árboles para que no nos hiriesen a cada paso, ocurrió algo que impresionó muellísimo al guía, mientras que a nosotros nos hizo reír y abandonar las caras silenciosas y funerarias que teníamos aquella manana.
En cierto momento toda la columna se detuvo porque Alí se había parado levantando con los brazos unidos su larga pértiga, lo que era considerado como la senal de pararse.
Yo creí—y el doctor Corbia también -que alguna fiera se hallaba ante nuestros hombres y para evitar alguna posible desgracia saltamos en seguida de las hamacas y escopeta en mano nos dirigimos hacia el guía, el cual estaba meditativo, mirando el cielo con inquietud... --Qué ocurre Alí?
—Tendremos que cambiar de dirección, Musiu .
—Y por qué ?
—Tres pájaros, Musiú, se levantaron delante de mí y se fueron pasando los tres juntos sobre mi cabeza... Senal mala, Musiú! Alah nos indica no pasemos por aquí... Tendremos que cambiar de dirección !...
No es difícil imaginarse cómo acogimos esta declaración. Esperábamos la presencia de algún león o de alguna pantera, y resultaba que se trataba de tres inofensivos pájaros que al acercarse la caravana creyeron menester de huir en dirección opuesta a nuestra marcha...
Cambiar de dirección porque pasaron tres pájaros sobre la cabeza del guía en un lugar lleno de pájaros, no podía, sin embargo, tener mucha importancia, v claro cslá que nos opusimos a la idea del guía, porque lanío vo como el médico éramos poco supersticiosos.
— Nada, nada! No te apures por lo de los pájaros, Alí; hay tantos en este bosque...
— Habrá desgracia, Musiú !
— Nada, no te preocupes...
Eí guía vaciló un poco, y luego pensó ciertamente que Alah le perdonaría, pues no era por su culpa que no cambiábamos de dirección después de haber visto los tres pájaros, y que si ocurría la desgracia la culpa la tendríamos nosotros que no creíamos en estas cosas ; de modo que se decidió finalmente a proseguir adelante después de mover varias veces la cabeza tristemente.
Para mayor seguridad le dijimos nos hiciera conducir delante de todos por si encontráramos alguna, fiera -la única desgracia que podía alcanzarnos en el bosque- poder defender a los demás con nuestras armas de fuego.
Asi, pues, pasamos a la cabeza de la caravana y el guía, que no quería a pesar de todo perder su título de capitán de la expedición, iba caminando a uno o dos metros delante de nosotros, mirando con infinita, atención por todas partes por si acaso se viera el peligro que presagiaron los tres pájaros...
* * *
Pasaron unas horas de marcha sin que nada viniera a perturbar la quietud de los alrededores ; nada, excepto las legiones de monos de toda especie, esta vez grandes y pequenos, que saltaban y corrían a nuestro paso huyendo nuestra presencia.
El guía nos informó que tendríamos monos a nuestra disposición durante todo el viaje, de modo que no creía necesario ocuparse por entonces de capturar los que nos había prometido aquella madrugada.
Nosotros olvidamos ya el acontecimiento de los tres pájaros y creo también lo olvidaron los negros de nuestra escolta, los cuales al principio se mostraron muy impresionados. Preferían ir delante a seguir nuestros pasos, porque yendo libres daban generalmente vueltas pasando por los lugares que les parecían más propicios, especialmente aquellos que llevaban los equipajes y los víveres.
Poco a poco, pues, unos se adelantaron, y finalmente la columna tomó su aspecto de siempre y su orden natural, que era el siguiente.
Delante de todos iba el guía, luego venían los portadores de equipajes y víveres, luego ios hombres de relevo que debían tomar a su vez los equipajes o las varas de nuestras hamacas, y finalmente nosotros, llevado cada uno por cuatro negros.
Se comprende fácilmente por qué se cambió el orden de la marcha. Los que nos llevaban a nosotros tenían, naturalmente, el trabajo más difícil y por esto mismo caminaban con mayor dificultad. Los demás, tanto los que llevaban equipajes como los libres, se cansaban de ir tan lentamente detrás de los portadores de hamacas y por esto se adelantaban de vez en cuando olvidando el peligro que anunciaron los tres pájaros al guía.
Lo cierto es que hasla la parada de mediodía nada vino a confirmar el oráculo de los pájaros, v habiéndose hallado el lugar propicio para la siesta, nos paramos a descansar v a tomar el debido alimento.
El médico aprovechó la ocasión para reconocer la pierna del negro que fué mordido por la serpiente el día anterior, y viendo que la herida se había cicatrizado, le quitó completamente la venda Manca que llevaba en la pierna.
— No necesitas nada ! — le dijo— Estás bien, vete !
El pobre negro parecía desconsolado ; no sabía qué le decía el médico, pero se dio cuenta que no le fajaría, otra vez la pierna. Una voz aguda vino a confirmar esto ; era que el negro llamaba al guía, al cual habló.
—Dice—interpretó éste que le dejen de nuevo la faja blanca en la pierna que le gusta mucho llevarla, y ruega se la aten otra vez...
Dije ya que el negro consideraba aquella venda como un adorno, una especie de pulsera que no llevaban los demás, ni el mismo guía, y pensando en esto dijo al doctor Corbia le hiciera el favor de ligarle otra vez la «faja» a su pierna curada. Así éste se quedó contentísimo, y una vez arreglada la venda, lanzó un grito de alegría que degeneró en un canto salvaje y que nos hizo reir de buena gana.
El sitio era tan pintoresco como aquel del arroyuelo, pero aquí no había tantos pájaros sobre los árboles, y lo curioso era que su lugar lo ocupaban los monos los cuales seguramente hacían huir a los primeros. No faltaban tampoco otros animales: había zorros en profusión, antílopes, ciervos, liebres, etc., que sallaban acada paso de los negros que iban y venían preparando la comida o cortando lena para alimentar la hoguera.
La verdad es que no teníamos gana alguna de cazar, pero desde el sitio donde nos hallábamos recostados, podíamos sin movernos matar algún antílope o algún cervatillo de los que cortaban el espacio como flechas pasando ante nuestros ojos.
Los árboles gigantescos nos daban una verdadera sombra de aquellas que tan sólo se hallan en íos bosques vírgenes en tierra tropical, es decir, donde las hojas de los árboles no permiten el paso a los rayos de dios del día. Si fuera un poco poeta, anadiría que nos hallábamos en un lugar que podía llamarse veranda o invernáculo, entre las plantas florecientes, las matas verdes y espesas, bajo una mágica bóveda formada por las hojas raras de los árboles y plantas tropicales...
Allí mismo, sin movernos, despachamos núestra comida; después de descansar, o mejor, intentar digerir los platos que nos sirvieron, vinieron otra vez las palmadas del guía que anunciaba a todos que el momento de la marcha habla llegado.
No era tan difícil nuestro papel durante la marcha, pues en vez de descansar sobre la hierba descansábamos en las hamacas y, sin embargo, preferíamos lo primero por causa, de tos movimientos y de las sacudidas que involuntariamente imprimen los portadores caminando sobre terrenos más o menos desiguales.
No podía, empero, ser de otra manera, y de todos modos tendríamos que montar otra vez por algunas horas en nuestros palanquines africanos para cruzar una corta distancia que un auto, si pudiera correr por aquella tierra, cubriría en media hora...
* **
Sé reanudó la marcha con bastante alegría, pues el negro mordido por la serpiente al cual habíamos dejado la faja, no podía olvidar el alegre acontecimiento y cantaba saltando como un gamo entre las hierbas.
Este debía de tener doble alegría, verdaderamente, puesto que todos lo habían condenado a muerte y que él mismo creía que en bleza en la pierna eran suficientes para motivar su júbilo...
La caravana caminaba con bastante prisa y el negro de la «faja», al que el médico no había dado de alta todavía y que por consiguiente no hacía ningún servicio, corría delante de todos, y muchas veces delante del guía mismo.
Es que los negros son algunas veces como chicos ; los que iban detrás y que por su suerte no llevaban ni equipajes ni las varas de las hamacas—es decir, a nosotros—envidiosos de aquel contento, empezaron a correr y saltar también como el primero, a pesar de las constantes advertencias del guía, que quería ser el primero en explorar el terreno.
Esta corriente de alegría se transmitió a toda la columna y una hora después ni la autoridad del guía ni nosotros mismos que al fin y al cabo nos divertíamos con aquel estado de cosas, pudimos poner freno y orden en la marcha.
—Con esto ganaremos algunos kilómetros !— me dijo el médico sonriendo—. Si continúan así, haremos más camino que el que hacemos en un día entero.
De pronto, cuando menos lo esperábamos, vista la verdadera fiesta que se celebraba durante aquella marcha precipitada, un grito seguido de otros gritos llegó a nuestro oído.
El guía, que caminaba, o mejor, corría también, algo adelantado a los negros que llevaban nuestras hamacas, se paró de repente y levantó otra vez los brazos y la pértiga hacia el cielo.
—-Qué hay? Qué pasa? Una fiera?...
Nos hicimos varias preguntas de esta índole sin que nadie nos contestara, pues el guía estaba muy preocupado en aquel momento con los brazos tendidos hacia el cielo y conversando seguramente con su dios.
Bajamos apresuradamente de las hamacas y nos acercamos a unos hombres que se habían parado delante de todos y que daban gritos como los demás.
-—Pero qué pasa ?
No se veía absolutamente nada en los alrededores y con seguridad no se trataba tampoco de la aparición de alguna fiera. Pensé en seguida que el guía debía de haber visto algunos otros pájaros y que había recordado el mal agüero, el presagio funesto de la manana.
El médico, sin embargo, sacudió fuertemente a uno de los negros que se hallaba cerca de él, y éste después de comprender por la sacudída lo que no comprendía con palabra, senaló con el dedo un lugar donde se veían muchas matas que formaban una especie de cúmulo de hojas más verdes que las demás.
—Algo hay por allá—me dijo.
Acudimos con gran precaución al lugar indicado y entonces percibimos gritos que provenían de allí. Será que alguna nera habrá atacado a algún negro? Que pasará allí detrás de aquel matorral? No acertábamos a comprenderlo y por otra parte no queríamos aventurarnos sin saber al menos de qué se trataba.
El guía había acabado su coloquio con Dios y se acercó a nosotros :
—- Han visto qué les decía de los tres pájaros? La desgracia! He aquí la desgracia, que predecían los pájaros...
—Basta, hombre! Qué pasa? Dime qué pasa ante todo...
El guía comprendió que estaba enfadado en aquel momento, y cambiando de tono la voz me dijo que podía no ser nada, pero que mientras caminaban los negros de delante, en cierto momento desaparecieron bajo tierra, y por lo visto no habían muerto aún porque gritaban.
—Esto es todo ? ? Nohasvisto ninguna fiera ? — No, Musiú !
—Animal! Podías hablar más pronto ! — vociferó el médico ; y nos acercamos al lugar indicado.
Las hierbas y las plantas formaban como una barrera, la cual cubría por completo una especie de pozo enorme que no se veía desde lejos. Los negros por lo visto querían pasar por allí y no se fijaron en que ei terreno era diferente, y cayeron en el hoyo. Pero lo que nos parecía extrano es que gritaban como desesperados, mientras que lo más sencillo hubiera sido salir ayudándose unos a otros...
Asidos a las ramas de las plantas y árboles que cubrían aquella superficie hueca, conseguimos ver en el fondo del hoyo tres negros que se hallaban medio ahogados en el agua, o mejor en el barro, que les impedía hacer movimientos para libertarse y llegar a la superficie, de la que el fondo distaba unos cuatro o cinco metros...
— Pero si hay agua! — gritó el médico—. Cuerdas, Alí! Tráeme cuerdas en seguida...
— Cuerdas ?
—Sí, cuerdas...
Como si despertara de un sueno, el guía agarró un negro que llevaba unas cajas de víveres en hombros, quitándole la cuerda con que las mantenía.
—No basta! Más aún...
Pasado el primer momento de espanto, todos acudieron para organizar los trabajos de salvamento. Se desataron todas las cuerdas, incluso las que sostenían las hamacas en las varas, las cuales se echaron al fondo de aquel hoyo, tomando la precaución de atar sólidamente uno de los extremos al tronco de un árbol vecino.
Resultaba, empero, que por causa de la extenuación los de bajo no podían subir solos, y esto nos obligó a cambiar el plan de salvamento.
El médico les gritó que se ataran todos fuertemente y cuando contestaron que lo habían hecho, todos los demás negros que se hallaban arriba cogieron las cuerdas y tiraban de ellas, según indicaciones del médico, el cual dirigía el trabajo. El guía interpretaba las palabras de éste : «Tirar», «parar», «continuar», «más de prisa», «despacio», etc., etc.
Finalmente, al cabo de unos diez minutos de trabajo, los tres negros—entre los cuales estaba el de la «faja» en la pierna, el mordido por la serpiente—llegaron a la orilla de aquella especie de pozo y pudimos respirar.
Nos dijeron que habían caído sin darse cuenta, y que allí bajo el barro era tan profundo que no llegaban a pisar fondo firme, y se hundían poco a poco a causa de sus mismos movimientos...
La verdad es que estaban en un estado lastimoso. Líenos de barro blanco-gris que coloreaba sus pieles negras de una manera carnavalesca que no puede imaginarse fácilmente. Lo peor es que no había modo de lavarlos por falta de agua en aquel rincón, y nos vimos obligados a reanudar la marcha en seguida m busca de algún arroyo.
El mordido por la serpiente ya no cantaba ni corría como un loco. Esta vez no estaba contento y parece que su mal humor era debido a que su «faja» blanca, ensuciada por el barro del pozo aquel, no lucía como antes.
— Dile que cuando se haya lavado le pondre otra «faja» ! dijo el médico al guía para que lo tradujera al negro.
Así el pobre se quedó algo más contento.
CAPITULO IX
EN BUSCA DE AGUA
—Es extrano decía el médico — que haya agua en el fondo de aquel pozo, pues el barro se formó seguramente por la aparición y permanencia de agua en el lugar. ? Por dónde habrá venido, si precisamente el pozo se encuentra sobre una prominencia del terreno, de modo que las aguas de las lluvias tropicales no pueden haber caído en él ?
Confieso mis pocos conocimientos en geología, de modo que no supe contestar al doctor Corbia, que examinaba este fenómeno hablándome a mí, como si yo pudiera darle la explicación.
La verdad es que, por primera vez, durante mis innumerables peregrinaciones, hallaba barro en el fondo de un hoyo abierto, efectivamente,encima de una especie de colina, y el barro debía de alcanzar bastante profundidad, pues los negros caídos pretendían que se habrían ahogado si no hubiéramos llegado a tiempo para salvarles con las cuerdas... ? Cómo era, pues, posible que se encontrase barro en el fondo si no se veía ninguna corriente en los alrededores, o encima de aquella colina que pudiera estar al mismo nivel que el fondo del pozo?
—No comprendo tampoco !—contesté al médico como para darle mi parecer sobre el asunto.
—Lo cierto es que debe de haber agua por aquí, quizá un poco lejos, porque no se explicaría este fenómeno... y todo fenómeno tiene siempre su correspondiente explicación!...
Hablando así, habíamos bajado otra vez de aquella especie de colina, y seguíamos adelante con paso bastante apresurado dada la necesidad que teníamos de encontrar agua. Nosotros en realidad teníamos nuestras damajuanas de agua destilada que nos servía para beber y alguna vez lavarnos la cara, mojando un pedacito de toalla a la manera de Charlie Chaplin, pero los negros no solamente tenían que beber—y bebían el agua de los arroyos, sino que tambien tenían que lavarse los que se cayeron en el pozo...
Se caminaba, pues, de prisa y las hamacas se balanceaban de un modo extrano, siguiendo los movimientos apresurados de nuestros portadores, los cuales querían seguir a los que iban descargados o a los que llevaban los equipajes y víveres.
El guía se paraba de vez en cuando porque quería darse cuenta de si toda la banda caminaba regularmente, temiendo que alguien se quedara rezagado y quizá también para pedir inspiración al cielo, puesto que efectivamente no sabía dónde hallar una corriente de agua en aquel bosque.
El camino bajaba, y la vegetación frondosa del suelo se hacía más espesa a cada paso. En cierto momento vimos una infinidad de pájaros de varias especies que abandonaban los árboles, dirigiéndose a! sitio de donde veníamos y pasando sobre nuestras cabezas. El guía se había parado mirándoles atentamente, y yo pensé que aquellos pájaros en la idea de Alí, podían significar alguna nueva desgracia.
Acabada aquella atenta y concienzuda observación, el guía, dejando que se adelantaran los
hombres, se acercó a nuestras hamacas y con una sonrisa lastimera, nos dijo :
—Son una mala senal los pájaros!...
Yo pensé, en los tres pájaros de la manana y concluí que de fijo si sólo tres trajeron una desgracia, tantos traerían muchas ; la lógica lo decía, no yo...
El médico quiso intervenir :
—-Por qué mala senal ?
—Temporal, Excelencia... los pájaros huyen ante el temporal que se acerca...
—Y a dónde iremos nosotros?...
— Qué sé yo !... Tú no lo sabes ?
—No. No somos pájaros que podamos ir volando allí donde no llegue el temporal...Acamparemos entre grandes árboles que no puedan caerse... Es todo !lo que se puede hacer, Excelencia. Somos poca cosa los hombres frente a la grandeza de Alah... Si El quiere salvarnos, nos salvará...
No sé por qué, aquellas palabras fatalistas me parecieron muy siniestras. Cómo? Peligraba nuestra, vida y este guía nos hablaba así del peligro como si se tratara de perder en una partida de pocher ? Si era exacto que venta un temporal v que la parí ida de aquellos pájaros
anunciaba verdaderamente su proximidad, tendríamos ante todo que tomar precauciones...
Lo de acampar entre grandes árboles no me pareció muy oportuno y al doctor Corbia tampoco, porque era la manera más segura de atraer los rayos. Quizá el guía no sabía que el hombre atrae el rayo al refugiarse bajo un árbol bastante alto, pero nosotros que lo sabíamos no teníamos ninguna gana de quedar convertidos en carbón, y por ser, además, buenos cristianos no nos gustaba el sistema de incineración...
El médico, por su parte, dijo que era muy probable que se equivocase el guía sobre la causa del vuelo de los pájaros, y que por esto mismo no había para alarmarse aún.... El cíelo, además, estaba tan despejado y el sol brillaba tanto que nadie podía seriamente sospechar la llegada de un temporal.
Yo me había encontrado una vez durante una. tormenta en pleno bosque y después de utilizar por unas horas una especie de gruta formada por árboles y plantas de hojas grandes y tupidas que no dejaban pasar el diluvio de una tremenda lluvia, nos guarecimos con mi companero Laffite, que me acompanaba en dicho víaje, en el interior de un árbol hueco, dispuesto en aquel bosque para nosotros por la Providencia....
** *
El guía creía, además, que era inútil que prosiguiéramos la marcha, en busca de agua, pues la tendríamos en abundancia dentro de pocas horas y por otra parte, como no teníamos un itinerario fijo, debíamos buscar tan sólo el lugar propicio para acampar y prepararnos pa¬ra recibir el temporal.
No hay que decir que estábamos poco conformes con la ejecución de aquel plan, pero en realidad lo que nos molestaba mucho era la perspectiva de no poder arbitrar nada contra la conjura de los elementos, la que, cosa curiosa, empezábamos a creer probable.
Es un fenómeno que ocurre casi siempre: uno no cree al principio una cosa o porque le parece mentira o porque no está dispuesto a creer a la persona que lo dice. Pero si éste mismo a quien no queremos creer sigue siempre en su cantilena, si no parecemos convencidos, al poco tiempo empezamos al menos a preguntarnos si no podría ser verdad lo que creemos como mentira, y una vez entrados en este camino, es asunto de tiempo el creer lo inverosímil o lo imposible.
La duda precisamente, nos hace creer más, y cuando en nuestro espíritu aparece el ganchillo del punto interrogante, acabaremos por creer seguramente lo que nos parecía imposible.
Así pues, tanto yo como el médico acabamos por creer que era posible viniera un temporal y como no es cosa tan rara, pensamos que no estaría mal del todo tomar algunas medidas por si acaso viniese en realidad.
Qué perderíamos con tomar medidas? Nada, efectivamente. En vez de acampar, pues, como siempre entre los árboles, y en lugar de seguir el consejo del guía que pretendía que para caso de temporal sería mejor que acampáramos entre árboles y tos mayores que encontrásemos, pensando en el consiguiente peligro y reconociendo, desde luego, que podía venir un témpora! a pesar de todo, le dijimos que deseábamos armar las tiendas en un lugar donde no hubiera árboles, afirmándole, además, que la tela de las tiendas podía muy bien protegernos de la lluvia si acaso viniese...
El guía movió su cabeza con desconfianza, se mesó la barba, miro el cielo, pronunció algunas palabras del Alcorán, nos miró luego atentamente y acabó por decirnos que allí donde nosotros, blancos, le decíamos armara el campamento, había más peligro aún que bajo los grandes árboles...
—-Cómo? Cómo?... No te preocupes...—le contesté casi enojado.
— Bueno—contestó el guía—. Vosotros me indicaréis dónde queréis que acampemos...
El guía se alejó y nosotros reímos de su idea. Cómo era posible qütó fuera más peligroso estar lejos de los árboles durante el temporal ? No podía ser. No conocía el pobre ni una palabra de física...
Mientras tanto los negros reanudaban la marcha con la misma viveza de antes y con la misma prisa, pues la hora era ya avanzada y era ya tiempo de encontrar el lugar adecuado para pasar la noche.
En cierto sitio se presentó ante nosotros una especie de valle como sí fuera un campo encuadrado por árboles y lleno de hierbas bajas.
Diríase que se había quemado aquel trozo dé maleza, pues había quedado como una plaza en medio del bosque.
—Aquí estaremos bien—dijo el médico.
—Esto creo yo...
Se avisó al guía y poco después se emprendía el trabajo de construcción del campamento, con el mismo ardor y la misma prisa de siempre en semejantes ocasiones.
* * *
Aquel terreno no era completamente horizontal, bajaba de un lado formando una pendiente; y en vista del temporal probable o que al menos temíamos, pensamos construir con tierra una especie de pavimento horizontal, abriendo, ademas, alrededor de las tiendas una especie de acequias para que el agua que pudiera bajar no inundara y arrastrara las mismas.
El guía nos miraba con expresión de disconformidad.
—Todo esto no sirvenos dijo—si viene el temporal que anunciaron los pájaros.
La verdad es que íbamos en busca de agua y ahora la tendremos porque se llenarán las trincheras estas, que servirán solamente de depósito para manana si esta noche acaba el temporal. Yo, Musiú, os digo que apenas empiece el temporal me trasladaré Allí, debajo de aquellos árboles—y con su índice senalaba ciertos árboles—, y me agarraré bien y quizá si puedo subiré sobre alguno. Si vosotros veis que la tienda no resiste, entonces no olvidéis que estaré allí en salvo, por la voluntad de Alah... Yo os digo, pero, que no podéis quedaros aquí... No sirven los trabajos y las medidas que tomáis... somos poca cosa nosotros frente a Alah...
A pesar de todo, nosotros preparamos nuestra tienda, según nuestra idea, y cuando la comida estuvo ultimada, nos dirigimos hacia un rincón del campamento para comer solos y tener ocasión entre nosotros de cambiar algunas impresiones lejos de los indiscretos negros. El guía mismo comprendió que queríamos estar solos y se fué en seguida, después de traer la comida, y así pudimos dejar correr nuestras lenguas sin temer la censura relativa y la intervención de nadie.
—Cree usted que pueden prever los pájaros el temporal ?
—No es imposible.
—-Cómo lo haríamos si se apagaran las hogueras por la lluvia?
—Esto ocurre siempre cuando llueve. Tendremos que hacernos despertar en seguida y esperaremos a las fieras escopeta en mano... Pero lloverá acaso? El cielo está tan límpido!...
De esta suerte hablamos entre nosotros examinando la situación y el eventual peligro, siendo así que en realidad no se veía ninguno. Lo cierto es, empero, que el guía consideraba inevitable el temporal y desde nuestro rincón oía¬mos—sin comprenderlas—las instrucciones que éste daba a los negros, quizá diciéndoles le siguieran a los árboles a la llegada del temporal.
Todo esto me hacía pensar mucho y creo que hacía pensar también a mi companero; pero como no se podían tomar más precauciones que las tomadas, permanecimos fuera durante algún tiempo fumando nuestros acostumbrados cigarros una vez acabada la cena, y mirando el cielo para ver si se reconocía la inminencia del temporal.
Pasaron así un par de horas y, sin embargo, ei cielo permanecía claro y limpio, la luna nacienle no presentaba ningún velo de plata, y las estrellias lanzaban su ordinario destello.Nada absolutamente podía presagiar la venida de un temporal...
CAPITULO X
COMO SE CONFIRMARON LOS TEMORES DE ALI
—Creo que estamos perdiendo nuestro tiempo y nuestro sueno!—dijo de pronto el doctor Corbia, cortando el silencio en que nos habíamos sumido observando el cielo limpio y sereno.
—Esto es; vamonos a la tienda...
Y fuimos a acostarnos sin más comentarios.
Es extrano que, a pesar de las ideas siniestras que llenaban nuestra imaginación, el sueno vino en seguida a pegar nuestros párpados como para recordarnos que ante todo debíamos pensar en reparar nuestras fuerzas después de las fatigas del día.
Dormimos, empero, con la idea aquella y esto lo aseguro porque al cabo de una hora de descanso y de sueno, me desperté de repente y mi primer movimiento instintivo fué salir fuera de la tienda para mirar el cielo y el horizonte hasta donde me lo permitían los árboles, bastante altos, que enmarcaban aquel espacio de terreno en que se había instalado el campamento.
Mis observaciones me dieron igual resultado que antes, es decir, ninguna visible amenaza de próximo cambio de tiempo. Me fui otra vez a mi cama, naturalmente, más tranquilo aún. El doctor dormía a pierna suelta y esto me invitó a abandonarme también de nuevo en brazos de Morfeo, pensando, además, que el pobre Alí era tan supersticioso que veía siempre peligros donde no los había...
***
No puedo precisar cuánto tiempo dormí ; habían transcurrido tal vez un par de horas desde que me acosté por segunda vez, cuando me hizo extrano me hizo abrir los ojos. Algo golpeteaba sobre la tela de la tienda como si fueran pequenas piedras que cayeran desde muy alto a juzgar por el ruido que se producía.
El médico también se había despertado anteaquel ruido y durante un momento nos pregúntenlos si no se trataba del anunciado temporal...
—Debe de ser granizo—aseguró el médico.
—Esto parece...
Saltamos fuera inmediatamente y entonces averiguamos que se trataba de una lluvia algo recia y algo africana. Gruesas gotas caían con ruido infernal y el cielo había cambiado completamente de aspecto. Las hogueras silbaban bajo la acción del agua y los centinelas daban voces como si hubiera peligro. Un fulgor en él cielo nos anunció con certeza la llegada del temporal y a aquel relámpago siguieron otros, pero sin ruido por estar todavía lejanos. La lluvia aquella, o mejor, las gotas de lluvia, escasas al principio, se hacían más abundantes y daban con mayor ímpetu sobre las tiendas con una furia desconocida...
El temporal !
—Sí, el temporal...
—Se apagan las hogueras!
—El recinto construido es bastante alto para protegernos de las fieras.
—Y los relámpagos nos permitirán mantenernos en guardia...
Mientras tantola lluvia aumentaba, líos relámpagos se hacían más frecuentes, y un viento tenaz comenzaba a soplar. Este era, empero, él papel de la Naturaleza. En cuanto al papel de nuestros negros, es necesario explicarlo con una perifrasis :
Se dijo ya que el guía nos había anunciado que en caso de temporal se iría al cobijo de los arboles que se bailaban alrededor de aquel lugar, y que nos había indicado ios que estaban situados hacia la parte cercana más baja, por ser los más gruesos y elevados.
No cabe duda que mientras nosotros estábamos cenando había manifestado su intención a los hombres, participándoles su plan de salvamento, que a nuestro juicio era poco seguro.
De todos modos, apenas los centinelas llamaron al recibir las primeras gotas de lluvia, los negros se despertaron dando gritos v mientras algunos se dirigían hacia el lugar indicado por el guía, otros estaban casi indecisos sobre si dehiban obedecer a aquél o quedarse con nosotros
Antes de marcharse, sin embargo, hacia los árboles aquellos, Alí vino a nosotros y por última vez nos participó que estábanme en peligro en aquel lugar y que.teníamos que seguirle, y nosotros aprovechando aquella circunstanciale prohibimos categóricamene dejar el campamento, insistiendo en que se quedase con nosotros.
Quién podía, pero, imponerse en medio de aquella tormenta ? Alt se quedó lanzando un suspiro, pero ios negros, que sabían de él que se dirigiría a los árboles, presa de pánico, corrían hacia aquel lugar, y, lo que es peor, destrozando el recinto para salir del campamento...
— Estos canallas harán que nos devoren las fieras !...—dijo el médico.
—Es igual, Excelencia... El viento derribará todo el recinto dentro de poco... y luego no hay fieras por aquí... Se marcharon todas, huyendo de temporal como los pájaros...—afirmó el guía.
Esta afirmación no podía, naturalmente, tranquilizarnos, porque no sabíamos si el guía estaba verdaderamente bien informado sobre este particular relativo a las fieras. Puesto, empero, que no podíamos hacer cosa mejor, nos vimos en la precisión de aceptar acontecimiento, estando prontos a defendernos si acaso asomase la cabeza alguna fiera entre las tiendas. Los relámpagos, muy frecuentes en aquel momento y prolongados de una manera rara, nos permitían observar los alrededores, porque los fuegos se habían ya apagado del lodo por alimentar la lluvia en volumen e ímpeiu por momentos.
Nos quedaban todavía algunos negros a nuestro alrededor y el guía. Mientas lauto los relámpagos se deshacían en truenos terribles, la lluvia se convertía en cataclismo y el viento en huracán.
Hasta entonces habíamos permanecido a la puerta de nuestra tienda, peio pionio pensamos que era preciso entrar en ella poique de let contrario se mojarían nuestras municipiones y armas, y nos veríamos en la imposibilidad de utilizarlas si fuera ncecsaiio. Entramos, pues, todos en la tienda y el guía desconsolado, no cesaba de pronunciar sus rezos islámicos, mientras los demás negros, temblólosores, miraban espantados desde la puerta abierta cada vez que un trueno seguía al relámpago y que el ruido tremendo de la descargo eléctrica hacia tenblar la tierra a nuestros pies.
Nosotros mismos tampoco estabamos muy tranquilos, sobre todo a causa del viento que aumentaba tremendamente v que sacudía la tienda de modo que crujía la lela y silbaban las cuerdas que la mantenían a los postes clavados en el suelo.
Lo cierto es que la lluvia no nos alcanzaba todavía y las aguas mantenidas por la trinchera que habíamos hecho construir, no entraban por debajo tampoco. De no ser por aquel vendaval, hubiéramos estado muy bien en la tienda, toda vez que los rayos que caían en profusión, debían seguramente ser atraídos por los árboles que circundaban aquel lugar llano y despejado.
* * *
El viento aumentó tanto en cierto momento que la tienda se despegó parcialmente del suelo por haberse roto las cuerdas que la mantenían de un lado.
Alí se tiró hacia aquel lugar, y con unos negros que acudieron en seguida intentaron sostener la tela, mientas que el aire, que encontró un sitio para penetrar, la hinchaba como si fuera la vela de una embarcación. En aquel mismo momento y para mayor desgracia, por haberse llenado las trincheras protectoras, el agua hizo irrupción en la tienda, arrastrando la tierra suelta que habíamos acumulado para conseguir un terreno horizontal.
La situación se hacía crílica, y los negros que con Alí sujetaban la parte de la tienda que se había despegado, saltaban por el aire a cada ráfaga más o menos fuerte. Los veíamos luchar a cada relámpago, y aquella lucha, parecía fantástica y titánica. Qué eran unos lioinbms den te a los desencadenados elementos de la Naturaleza? Nada, absolutamente nada ! Y la lucha se veía desigual, imposible...
—Tendremos que irnos a los árboles! dijo Alí entre dos truenos.
—Estás loco !
Antes de acabar estas dos palabras, una racha, más fuerte que las otras, hinchó con tan to ímpetu la tela que se oyó en seguida un crac tremendo. Se despegaba la tela de todas partes, las cuerdas se rompían, y unos postes que la sujetaban fueron arrancados de la tierra como si fueran deleznables clavitos...
Aquella ráfaga arrastró a los negros, descuajó la tienda, nos envolvió a todos, nos tiró tierra, formando un montón, y por ayudar el agua al viento, la tela., los palos, los negros y los blancos -nosotros—, equipajes y camas, tierra y agua, todo junio y mezclado fué arrastrado por la furia de los elementos y fué a pa rar sobre el recinto ya derribado y amontonado.
Anádanse gritos, espanto, terror, y podrá imaginarse aquel momento, uno de los más terribles de mi vida...
A aquella tremenda ráfaga—como siempre— siguió un momento de calma y tan sólo entonces pudimos despegarnos los unos de los otros. Algo duro me había pegado en el vientre y sentía un dolor agudo. Una piedra, o alguna patada involuntaria de mi companero.
Un relámpago, seguido de un rayo, vino a alumbrarnos y nos dimos cuenta de la situación. El viento, que soplaba precisamente hacia el sitio a donde quería imprimeramente el guía, había arrastrado la tienda con nosotros hacia aquella parte del campamento, y a no ser por ta valla del recinto, nos hubiera quizá arrastrado basta dichos árboles. La lluvia, mientras tanto, se hacía tan tremenda, que no era posible quedarse al descubierto ni un momento, porque en un solo minuto nos habíamos calado hasta los huesos. Qué hacer ?
A los árboles, Musiú !—gritó el guía, y en aquel momento, como comprendiendo por intuición los demás negros aquella frase pronunciada en francés por el guía, se lanzaron todos, más que se dirigieron, empujados por el viento, hacia dichos árboles...
Nosotros caímos al suelo otra vez, porque era imposible mantenerse de pie con aquel viento. No se pensaba en otra cosa que en ponerse al abrigo de aquel viento y de aquella lluvia; el temor de ias fieras había desaparecido casi completamente, a pesar de que no podían ya utilizarse ias armas, excepto los revólveres, protegidos por sus fajas de cuero... Por otra parte, como no se podía resistir al ímpetu dei viento, nos dirigíamos involuntariamente hacia los árboles del guía, y en monos de un minuto nos hallábamos bajo su cobijo.
No llovía tanto debajo de ellos, pero el viento seguía siendo fuerte y para mantenernos, abrazábamos cada cual un tronco. Los truenos aumentaban y los rayos caían a cada momento; el suelo se había convertido en un pantano a pesar de que era inclinado y de que las aguas resbalaban.
Nosotros, agarrados a los árboles, no pronunciábamos ni palabra, considerando que tenía, acaso razón el guía al decirnos que era preferible cobijarse entre gruesos árboles. Si hubiéramos armado allí las tiendas, como había indicado Alí, quizá estaríamos a salvo de la lluvia y del aire y restaría sólo el peligro de los rayos... Pero ? quién podía pensarlo de antemano ?
* * *
Entre racha y racha de aire Alí gritaba como un loco,
- Por qué gritas?—le pregunté.
—Es que no se ven los negros, Musiú. ..
Efectivamente : fuera de aquellos que se habían quedado con nosotros en la tienda y que fueron arrastrados por el viento junto con ella hasta allí donde nos habíamos parado, no se veía a nadie más. Pero a los gritos del guía, unas voces contestaron desde lo alto, y pronto nos dimos cuenta de que se habían subido a los árboles.
Entre dos ráfagas el guía, se me acercó y me dijo que sería bueno que nosotros también nos subiéramos sobre los árboles para mayor seguridad ; pero si esto era sencillo y fácil para los negros, acostumbrados a subir con frecuencia, para nosotros representaba un trabajo imposible, puesto, además, que aquel viento erade tirarnos a tierra apenas emprendiéramos la ascensión...
Llamé al doctor Corbia y se lo dije. Su contestación fué igual que la mía. Cómo llegar arriba? A cada momento tina racha tremenda lo arrastraba todo rompiendo hasta ramas de los árboles, y luego, cuando pasaba aquella racha, no mediaba un intervalo de medio minuto para el otro... Cómo subir, pues?
Comuniqué a Alí nuestra imposibilidad y éste pensó facilitarnos la tarea recurriendo a la tela de la tienda que el aire había traído cerca de nosotros y se dirigió a cogerla. Los relámpagos me permitían ver sus movimientos, y cuando he dicho dirigiéndose, no se entienda que se dirigía en la forma que acostumbran trasladarse los hombres, sino en la forma que caminan las serpientes...
Se arrastró, pues, algunos metros, vientre al suelo, luchando contra el aire y las aguas que bajaban hacia nosotros—dada la inclinación del terreno como si aquella parte del bosque se hubiera convertido en un arroyo... Otro relámpago me permitió verle agarrar la tela de la tienda, y luego coger el cuchillo que sostenía con los dientes y corlar algo...
Tan poco se diferenciaba aquel acto de los dibujos de las novelas de aventuras, que a pesar mío sonreí al verle. El acto, sin embargo, era en el fondo impresionante, y más ai'm en aquella obscuridad, que cortaban los relámpagos de vez en cuando, banando todos los alrededores en una luz roja tan extrana.
Alí cortó las cuerdas que servían para sujetar la tienda, y luego, poniéndose otra vez el cuchillo entre los dientes y pasando las cuerdas alrededor de su cuello, empezó a arrastrarse otra vez para llegar a nuestro lado...
No tuve ánimo ni para decirle «bravo» a pesar de que lo merecía. Quería saber ante todo cómo lo haría para facilitarnos la ascensión, puesto que de todos modos alguien debía primeramente subir con la cuerda a algún árbol, atarla sólidamente, y luego permitirnos subir a nuestra vez.
No era además una sola cuerda, sino trozos de varios tamanos, los cuales, una vez reunido con nosotros, se puso a atar unos con otros.
Así se formó una cuerda bastante larga y entonces cogiendo a un negro de los que estaban con nosotros, le dijo algo en su dialecto, que debía de significar que tendría que subirse al árbol.
Yo lo comprendí por intuición y el negro, sin contestar siquiera, cogió la extremidad de la cuerda entre sus dientes, como el guía hizo antes con su cuchillo, y con una destreza poco común y que tan sólo los negros pueden tener realmente, empezó a subir a uno de los árboles qué le había indicado el guía.
Las primeras ramas de aquel árbol debían de hallarse a unos cuatro mellos del suelo y el negro había subido al menos ires, cuando una racha de aire más tremenda ipic las demás le despegó del tronco sobre el cual estaba, agarrado como un mono, y lo tiió por tir era ruidosamente.
Instintivamente abandonamos nuestros respectivos árboles y nos dirigimos hacia, el desgraciado ; pero otra raí ha nos derribó y nos vimos entonces en la necesidad de arrastrarnos como hizo Alí para llegar hasta la tienda destrozada...
Inútil sería decir que. el guía, más acostumbrado por cierto que nosotros a aquel deporte, llegó cerca del negro antes que nosotros y apenas cesó el aire por un momento nos dijo que no era nada y que el negro no se había fracturado ningún miembro... Mientras tanto, el pobre lanzaba lastimeros gritos de dolor... o de miedo por haberse caído...
Otro negro fué enviado con la cuerda y tuvo la misma suerte del primero ; pero éste apenas intentaba subir, de modo que su caída fué menos grave aún. Era, pues, inútil insistir y lo que nos quedaba era esperar allí mismo hasta que pasara el temporal. No nos dijo, además, el guía que no había fieras en el bosque porque habían huido ante el temporal como los pájaros ? Esperaríamos, pues! Una noche pasa de cualquier modo ; pero ! cuan largas son las horas en dichas circunstancias !
Un rayo que cayó cerca de nosotros había incendiado momentáneamente un árbol, y nosotros nos retiramos otra vez hacia el sitio desnudo de árboles, impulsados por el instinto animal de conservación, que sólo obra en tales momentos. Apenas, pero, anduvimos dos metros, percibimos la voz del guía, que nos decía volviéramos de nuevo atrás, y al volver la cabeza para contestarle aludiendo al fuego que resultaría, no vimos ni una llama, por haberse encargado la lluvia de apagar el incendio apenas nacido...
-Si Alah quiere salvarnos, nos salvará aquí mismo! Si debemos morir esta noche, moriremos lo mismo aquí como allá!—nos dijo el guía.
—Está bien tu fatalismo; pero...—insinuó el médico.
-Pero qué?...—pregunté yo.
— Nada, nada ! No podemos hacerlo de otro modo. Es la Naturaleza la que manda en este lugar...
Vino otra ráfaga a cortar la conversación y a continuación un trueno para confirmar las palabras del édico. Permanecimos, pues, inmóviles, agarrados a los troncos de unos árboles, mojados de un modo tremendo, expuestos a coger una neumonía, y esperamos...
CAPITULO XI
AL CESAR LA TORMENTA
Tanscurrieron unas dos horas bajo la misma decoración y desarrollándose la misma tragedia, pero como todo lo que tiene un principio tiene un fin, llegó éste con gran contento nuestro.
La lluvia en cierto momento empezó a ser menos fuerte, y los truenos y rayos menos frecuentes, alejándose el temporal. El viento no tenía ya tanto ímpetu y disminuía poco a poco.
—Ha pasado el temporal !—dijo el guía, lle¬no de contento.
—Ahora podremos subir a los árboles...
—No es necesario ; ante todo tenemos que recoger lo que nos queda...
En aquellos momentos de peligro no pensábamos, naturalmente, ni en nuestras tiendas indispensables para continuar nuestra marcha adelante, ni en nuestras camas de campana, ni en los equipajes, ni en los víveres. Pero, pasado el peligro, nos asaltó aquella preocupación, y como se verá fué el guía mismo el primero en pensar en estas necesidades...
Llamó a los negros, hizo bajar de los árboles a los que habían subido al comienzo del temporal, y les dio órdenes para que todos se pusieran en seguida al trabajo. Fueron recogidas las telas de las tiendas en estado lastimoso, es verdad, pero podían utilizarse aún más o menos.
Luego se buscaron los equipajes, que se habían esparcido tanto por el terreno aquel como por elbosque; las aguas y el viento lo habían trasladado todo y solamente los más pesados quedaron cerca del lugar primitivo.
Lo que no se encontraba eran los palanquines y se trabajó hasta el amanecer para hallarlos enredados entre unos espinos como si alguien les hubiera puesto allí a propósito. No era, pero,posible comprobar todavía los danos, pues la luz del día no había llegado por completo.
Se amontonó todo a nuestro alrededor, y cuando finalmente apareció el astro del día, se emprendió el correspondiente registro de las cosas.
Los viveres no sufrieron mucho, pues iban encerrados en cajas de madera, las cuales no dejaron penetrar el agua en el interior; lo que más sufrió fueron nuestras ropas, las camas, las tiendas, en fin, todo lo que no se podía tener encerrado. En cuanto a nuestras maletas de cuero, dejaré que imaginéis en qué estado las hallamos.
La verdad es que el sol africano seca en pocos minutos la ropa y por esto mismo desde el primer momento pensamos en ponerlo todo un poco en orden.
Como se sabe, íbamos vestidos ligeramente ; pero de todos modos es muy poco compatible con nuestro carácter el quedarnos desnudos entre los negros, casi desnudos también. Cómo hacerlo entonces? En esta circunstancia nos vimos en la obligación de quitarnos las pocas ropas que llevábamos encima para tenderías y secarlas, por ser muy malo—especialmente en aquella tierra—que se sequen sobre el cuerpo mismo.
Mientras nosotros estábamos ocupados en secar nuestros trajes o, mejor, nuestra indumentaria, el guía con unos negros intentaban secar lo que quedaba averiado de los víveres y otrascosas necesarias, y arreglando lo mejor posible las destrozadas tiendas. Este trabajo duró tanto que después se pensó que ya no era posible reanudar la marcha aquel mismo día, por estar todos los hombres cansadísimos como nosotros mismos de aquella noche pasada en tales trances. Se pensó, pues, una vez arregladas las tiendas, colocarlas otra vez en el mismo sitio para pasar aquel día sin movernos y también ta noche próxima, decididos a marchar al día siguiente.
* * *
A pesar del febril trabajo, no fué posible preparar las tiendas y armarlas antes de mediodía, porque, como se dijo ya, su estado era lamentable ; y no sólo las tiendas mismas necesitaron una reparación inmediata, sino también nuestras camas de campana, a las cuales se les perdió algún pie y se les había desgarrado la tela ; de modo que pudimos acostarnos después del desayuno del mediodía, y mientras que unos negros trabajaban aún para construir las vallas del recinto de nuestro campamento.
Yo me caía de cansancio y el doctor Corbia tambien.
Elguía indicó a todos que podían acostarse, dejando de sortear centinelas y anadiendo que los que se sintiesen más fuertes debían montar la guardia con la condición de que manana quedarían libres de portar las hamacas y llevar ios equipajes, y así fueron muchos tos que se brindaron voluntariamente.
Pero antes de dejarnos vencer por el sueno, pensamos que debíamos arreglar nuestras armas, porque por la lluvia debía de haberse deteriorado. Pronto nos dimos cuenta de que los revólveres funcionaban perfectamente; pero en cuanto a las escopetas, era ya diferente y necesitaron ciertos cuidados. Los cartuchos—y llevábamos con nosotros una gran cantidad—no habían sido mojados, y por esto sólo tuvimos que arrojar unos pocos que teníamos sobre nosotros y algunos de la caja de municiones, que se quedó enredada dentro de la tela de nuestra tienda y por esto no sufrió mucho con la lluvia.
Desde este punto de vista, salimos, pues, bien librados y lo celebramos muchísimo, porque sin cartuchos v sin armas no se puede ir muy lejas en la selva virgen. Habíamos tenido bastante suerte a pesar de todo y no podíamos quejarnos de lo que dispuso Alah—como decía AIí—si no hubiera dispuesto también que nos cogiera aquel temporal...
El guía pretendía, pero seriamente, que Alah hace sóío el bien y que por esto no podía haber mandado aquella lonnenta contra nosotros. El que mandó el temporal era «Cheitan», es decir, el diablo, y el que nos salvó es aquel que anunció a los pájaros que vendría el temporal...
—Bueno, bueno! —contestó el doctor Corbia, como para invitar al guía a dejar sus explicaciones para un momento en que no tuviéramos bastante sueno— Ahora Alah ordena que nos dejes tranquilo porque tenemos sueno...comprendes ?
—Bon soir !-dijo Alí, y salió de la tienda para dirigirse hacia la suya, un poco disgustado dé que tomáramos a broma aquellas lecciones que nos daba de su religión.
—Es que tenía acaso más sueno que nosotros y, sin embargo, quería explicarnostodavía.,introducirnos en su ciencia... — argüyó el médico.
Nos callamos. No era el momento adecuado para conversaciones porque el cansancio nos indicaba que había sobre la tierra una sola cosa interesante: la cama. Nos tendimos, pues, en
nuestras camas de campana arregladas provisionalmente por los negros, y creo que en dos o tres minutos nos entregamos en cuerpo y alma al hermano menor de la muerte...
* **
Cuando nos despertamos, el día declinaba, y los negros, ya todos de pie, preparaban las hogueras y la cena. Qué cambio más completo en la Naturaleza ! En pocas horas el sol africano había borrado toda huella de lluvia y lo del temporal parecía un sueno. Hubiera podido creer que lo habíamos sonado si no se vieran las tiendas en estado lastimoso, es decir, si no quedaran los efectos de aquella trágica noche...
De todos modos teníamos que dar algunos pasos después de aquellas horas de sueno reparador, para poder al menos tomar alimento sin temor de una indigestión...
—Vamos adar,, un paseíto—propuso el médico.
—Y a cazar algo—anadí yo.
El guía Alí llamó en seguida a tres negros y los cuatro nos acompanaron fuera del campamento.
Caminamos cerca de un cuarto de hora, siempre mirando a lo alto pero sin hallar ningún pájaro. Esto nos pareció tan extrano que tuvimos que preguntar al guía su explicación.
—Es que los pájaros no han vuelto todavía— explicó éste, después de acariciar con su mano izquierda sus mejillas y locado su nariz—, y es senal mala..., es que deben de temer todavía el temporal...
—Cómo, cómo?... Dices que habrá otro temporal esta noche ?
— No estoy cierto, Musiú: pero puede ser !...
Esta noticia nos quitó las ganas de continuar nuestro paseo y volvimos al campamento en seguida. Los negros no habían todavía ultimado la cena y nos sentamos cerca de nuestra tienda para pensar un poco. El guía se quedó con nosotros para que tomáramos determinaciones relativas a la posibilidad de un nuevo temporal. Marcharnos por la noche era absolutamente imposible y por esto no se discutió esta cuestión ; se pensó solamente si sería mejor dejar las tiendas donde estaban armadas o trasladarlas bajo los árboles aquellos que nos protegieron durante el temporal. El guía pretendía que era la mejorsolución, anadiendo que se atarían las tiendas a «los troncos de los árboles y no sobre estacas clavadas en tierra, las cuales no resisten a la furia del aire y se salen una vez mojado el suelo.
Nosotros, pero, pensábamos siempre en aquellos rayos, y por otra parte, habiendo ya olvidado algo los trances de aquella noche, pretendíamos que sería mejor armar las tiendas más sólidamente con dobles estacas y quedarnos allí al menos hasta que llegase el temporal...
— Esto es !—dijo el guía, más para contentarnos que por ser su opinión—. Esto es! si empieza la lluvia como ayer, en seguida trasladamos las tiendas bajo los árboles, v si no, las dejamos donde están ahora...
Como por otra parte el temporal había venido bastante tarde durante la noche, pensamos que lo mejor sería acostarnos en seguida apenas terminásemos de cenar para poder dormir al menos algunas horas, por si acaso viniera luego el temporal. Apenas cayesen las primeras gotas de lluvia, nos despertarían y llevaríamos las tiendas bajo los árboles. Alí pretendía que tendríamos tiempo para trasladarnos y armar otra vez las tiendas...
Así, pues, se concluyó el consejo de ministros y mientras tanto se dispuso la cena.
Comimos, pues, ante la puerta de nuestra tienda y luego entramos en seguida en la misma y nos acostamos con toda la buena voluntad de dormir. Era, pero, posible dormir después de haber dormido toda aquella tarde y de no llevar sino hora y media levantados ?
Después de media hora de intentos inútiles comunicaba al doctor Corbia que me era imposible pegar los párpados y supe que a él le sucedía igual.
—Permanezcamos acostados de todos modos— dijo éste—. Por lo que toca al sueno, es una cosa que no depende de nuestra voluntad...
Así, pues, empezamos a charlar y como siempre el doctor Corbia tenía la manía de discutir sobre cuestiones filosóficas o al menos raras, le rogué dijera algo, con la idea de que acaso sus teorías podían atraer el sueno.
—Qué quiere que le diga? Ha visto usted que el negro mordido por la serpiente no ha venido a pedir que le ponga una venda nueva en la pierna ? con los peligros olvidó el pobre aquel, lujo en su indumentaria... Pero hablando de serpientes, se imagina usted cuántas habria por estas tierras si los marabúes no las comieran y no las cazaran constantemente? E! bosque estaría lleno de serpientes, habría tantas serpientes como hierba... Se imagina esto?... Pues tienen razón en el fondo los negros al atribuir al marabú aquella leyenda del Paraíso que nos contó Alí. Es efectivamente un pájaro protector de su raza, porque si no existieran los marabúes me parece que no quedaría ni un negro en estas tierras... Las serpientes se encargarían de hacerlos desaparecer de nuestro planeta.
—Es muy justo, doctor ; pero su teoría se extiende a todos los animales que se devoran unos a otros...
—Y hasta al hombre mismo. Se extrana usted? Sí; hasta al hombre mismo, el cual es víctima de otros animales... Pasa esto: que mientras los grandes animales de la tierra se comen o hacen desaparecer a los más pequenos, en el hombre sucede lo contrario : los más pequenos de todos hacen una guerra incesante con el hombre y casi siempre vencen a su enemigo...? No comprende? Hablo de los microbios, que son nuestros enemigos, los que nos hacen morir. Nosotros somos los duenos de latierra y de todo lo que contiene. Con nuestra imaginación e inteligencia hemos fabricado las armas de fuego que bastan para dar la muerte a un elefante ; somos los duenos, en fin, de la vida de los seres inferiores, no en fuerza, sino en inteligencia ; hemos declarado la guerra a las fieras y las hemos hecho desaparecer de nuestras tierras. Si en vez de negros hubiera aquí blancos, no existiría ni una fiera tampoco aquí mismo, y llegará el día en que desaparezcan completamente, quedando ian sólo algunas en los jardines zoológicos, que entonces se llamarán museos de animales vivos... Somos los duenos de todo, como dije ya, menos de los microbios, y esto es una vergüenza para el hombre civilizado... Y, sin embargo, es así: nosotros, tan inteligentes y lan fuertes, con nuestros inventos diabólicos apenas podemos combatir aquellos animalilos, aquellos átomos invisibles, y mientras podemos combatir y vencer a un tigre, somos impotentes para vencer un microbio que haya invadido nuestro organismo...
- No siempre, no obstante !
—Efectivamente: pero más o menos nos han subyugado estos átomos porque desde ya hace muchísimos anos las mayores inteligencias trabajan para hallar el medio de vencerles definitivamente. Debo anadir, sin embargo, que la mortalidad es también necesaria para la economía general y la vida moral de los individuos que forman nuestra sociedad. Piense, por ejemplo, si murieran los hombres solamente de vejez, mejor dicho, si murieran solamente el 10 por 1oo de los que mueren actualmente... Nos convertiríamos en caníbales o estudiaríamos ios medios de reducir el número de los vivientes, porque la vida resultaría imposible. Sabe usted una cosa? La tierra puede contener los millones que contiene y ni uno más... Los que sobran mueren para restablecer la cifra necesaria y conveniente. Nosotros, los médicos, combatimos la muerte, salvando a algunos, pero no puede ser. La Naturaleza pide el equilibrio y se venga en nosotros mismos. Chocan dos trenes, se pierde un gran buque, o viene una guerra, y aquellos que nosotros hemos salvado de la muerte, mueren entonces de desgracia. Si no mueren los mismos no importa, mueren, pero, un número equivalente para conseguir el equilibrio, para que quede solamente sobre la tierra determinado número de millones de humanos...
—Qué ideas tan extranas tiene usted, doctor!...
—Nada, nada. Esta es la realidad misma. Mire usted: los peces grandes se comen a los pequenos, verdad ? Los grandes pájaros se comen a otros pájaros, las fieras comen fieras y animales, el hombre come animales, y pájaros, y peces, y, sin embargo, hay siempre de todo esto... Le dije que desaparecieron las fieras en nuestros países y que desaparecerán también aquí un día? Esto es. Pero si desaparecen las fieras, los mismos hombres se encargarán de substituirlas. Para llegar hasta se pisan cadáveres, qué más hacen las fieras ? Para vivir comen hombres u otras fieras, no es así ? Donde han desaparecido las fieras se han creado fieras de dos pies, y la situación queda igual, y el equilibrio de la Naturaleza también. Para ir más lejos, le diré que cuando acabarán los peces, los animales, las fieras, todo en fin, los hombres se convertirán todos en asesinos entre ellos. No quiero decir que se maten como matan los criminales—a pesar de que habrá muchos de éstos—, sino que se matarán mutuamente con las creaciones de su inteligencia, con las invenciones que harán, para encontrar mediosde vivir, porque la vida cada día se hará más difícil, y lo será más aún si aumenta el progreso de las ciencias y si no se mantiene el equilibrio sobre la tierra, si nacen más seres de los que mueren, si en vez de quedar un puesto más amplio para cada individuo viviente, se estrecha el espacio y se reparte entre el número crecido de los que sobran en el mundo, mien¬tras aumenta en proporciones tremendas cada día la necesidad individual creada por la misma civilización, es decir, el adelanto intelectual y material..
El médico permaneció unos momentos callado como meditando lo que había dicho y luego prosiguió :
— Usted no responde, verdad ? Veo que no duerme tampoco ; luego su silencio significa que acepta mi impresión. Resumiendo, pues, le diré que es preciso que los marabúes se coman las serpientes, que los animales grandes se coman los pequenos, que unos maten a otros, que los microbios nos maten, que haya accidentes y desgracias, que haya guerras, en fin, porque todo es guerra en la vida, para que subsista siempre el equilibrio natural de los seres vivientes sobre la superficie de la tierra ; que disminuya acaso el número de éstos, pero que no cumíente nunca, porque entonces...
- Entonces, qué?...
- Entonces... entonces... Se lo he dicho ya al principio. Entonces no podría ser ; esto es : no podría ser...
CAPITULO XII
EL REGRESO DE LAS FIERAS. Y LOS PÁJAROS
Confieso que no tengo ideas como el doctor Corbia;pero me extranó mucho que no supiera concluir su discurso, muy interesante en el fondo, a pesar de ser algo fantástico. Se había atascado en aquel «entonces... entonces...» y no pudo continuar en el desarrollo de su idea más que anadiendo «porque no podría ser»... Yo me callé mientras pensaba que el «entonces» no tenía mucha relación con el «no podría ser» y debo anadir que estabamás convencido antesque después de oir aquella conclusión, a la que faltaba la más importante consecuencia:«porque entonces...» !Nada! Todo sería igual y no cambiaría ni un ápice la situación... Esta era mi opinión personal ; pero no me atrevía a manifestarla, porque sabía que el médico tenía siempre a mano tantos argumentos que era inútil discutir con él. Siempre tenía razón, hasta cuando no la tenía...
Juzgué másconveniente desviar la conversación de aquel terreno y de repente le dije :
—Debe de ser demasiado tarde y el temporal no ha llegado aún. Me parece que esta vez se equivocó Alí.
—Es muyprobable ! — contestó lacónicamente.
—No estaba seguro, sin embargo. --- -No!...
—Tiene sueno, doctor? -!Sí!...
—-Buenas noches, pues...
—Muy buenas!...
Y de esta suerte se agotó la conversación, que no supe desviar en sentido de llevarle a hablar de otras cosas.
La verdad esque, sea la conferencia pesimista del médico, sea la larga tertulia, me habían traído algo de sueno; y lo que es mejor, la declaración del médico indicando que también lo tenía-—a pesar de que sabía que no era verdad y que era un medio de esquivar posibles
preguntas sobreel final de sus teorías—me convenció de que debía dormir de todos modos, y el. sueno vino entonces como llamado para el caso.
No sé si dormí mucho o poco ; pero recuerdo que en cierto momento me desperté y al abrir los ojos vi al médico quesaltaba de su cama de campanafusil en mano...
—Qué hay? qué pasa?
No me contestó siquiera, quizá por no haber oído mis preguntas. Salió en seguida de la tienda y entonces yo percibí voces y ruido ; pero algo diferente al de la noche pasada. No se trataba seguramente ni ele lluvia ni de temporal, sino de otra cosa.
Mientras saltaba a mi vez de la cama, entraba de nuevo el médico en la tienda seguramente para despertarme, y viéndome levantado, medijo que los serenos habían llamado senalando la presencia de fieras...
En aquel mismo momento entraba el guía en la tienda explicando que un sorprendente nŭmero de fieras pasaban por allí.
No tuvo tiempo de acabar sus explicaciones, pues yo me lancé fuera de la tienda y conmigo el médico.
- Esperad ! gritó el guía—. No hay peligro, Musíu!...
- Como !... Que dices ?
- No hay peligro, son las fieras que regresan a sus lares; no atacarán el campamento, Musíu ; se alejaránludas de nosotros ; lenónos encendidos los fuegos y si han venido por aquí, es que las barreras son bastante alias v los fuegos no se veían desde hijos, comprendéis? Ahora se avivarán los fuegos v nada... ninguna fiera se acercará. Pasarán todas alrededor y esquivarán el campamento...
Nos miramos algo sorprendidos de lo seguro que estaba elguía, sin movernos y sin pronunciar palabra. Este comprendió seguramente nuestra estraneza y anadió unas explicaciones : las fieras pasaban apresuradamente para llegar lo más prontoposible a sus guaridas ; no tenían ganasde combatir con los hombres porque debían de ir acompanadas de su prole. Si las atacáramos puede que nos atacaran también ; pero era mejor esperar y pasarían sin tocarnos tanto más cuanto que las llamas de las hoguerasles aconsejarían alejarse en seguida...
Y o creí que podíamos dar crédito a la impresión del guía ; hasta aquel día no se había equivocado en sus planes, y de todos modos es sabido que todas las fieras temen las hogueras, y por esto mismo se encienden cerca del campamento durante las noches que se pasan en el bosque.
No obstante eso, los negros todos se habían despertado a los gritos de los centinelas, y fuera había una algarabía poco común. Los negros generalmente no saben hacer nada sin gritos y ruido, y por esto creímos que era indispensable poner un poco de orden con nuestra presencia entre ellos.
Siguiendo además la opinión del guía no era preciso que permaneciéramos en la tienda, y así podríamos seguir al menos el movimiento de las fieras e intervenir en seguida si acaso alguna de éstas intentara saltar las vallas, atraída por el olor de la carne humana, o por las voces que denotaban la presencia nuestra allí.
Estando fuera cuidaríamos también mejor las hogueras porque los negros, presa de pánico, eran capaces de dejar que se apagaran los fuegos y de golpearse mientras tanto la cara en senal de desesperación, llamando en auxilio a las invisibles potencias del cielo o del infierno...
- Salgamos, de todos modos—dije—y si las cosas pasan como dice Alí, lo veremos y no tendremos que intervenir...
El médico, sincontestar palabra, salió el primero y seguimos yo y el guía. La noche era espléndida. Niviento ni nubes, y un cielo claro y limpio tachonado de estrellas como si fueran diamantes en una joya de platino. Las hogueras, que iluminaban los árboles de los alrededores banándolos en color rosado no enrojecían el. cielo, y de no oirse algunas fieras que cortaban con su rugido siniestro la quietud de la noche, junto con los gritos de los asustados negros, se creería uno en alguna región ideal y verdaderamente espiritual e inexistente...
Nos acercamosen seguida a las vallas, y practicando un agujero con un canón de nuestros fusiles, pudimos comprobar que la claridad de las hogueras no llegaba allí y la obscuridad reinante no nos permitía ver más que la forma de las plantas y los lejanos troncos de los árboles. Los astros que velaban en el cielo habían creído inútil mandarnos más luz, que nos hubiera hecho espantar acaso, al vernos rodeados de fieras, las cuales solamente anunciaban su presencia con unos rugidos más o menos lejanos.
—No se acercan ya por aquí—dijo el guía.
—Ahora las hogueras son altas y las fieras se escapan dando un largo rodeo al campamento.Si los centinelas no hubieran dado la voz y si los fuegos hubieran sido como ahora, no nos hubiéramos dado ni cuenta del paso de las mismas...
De todos modos, nosotros preferíamos que hubiesen llamado los centinelas porque, a pesar de la confianzaen Alí, me creía más en seguridad cerca de la valla con el fusil al brazo que durmiendo en mi tienda...
—Y quéanimales serán ?—preguntó el médico.
—Animales y fieras de toda clase, Excelencia. Todo lo que se encuentra en este bosque salió a la llegada del temporal como los pájaros que pasaron por sobre nuestras cabezas y ahora que el temporal ha pasado vuelven a sus nidos, a sus casas, a sustierras. Pero no son ellos quienes comprenden la llegada del temporal.
Las fieras no son amadas por Alah, y si partieron también es porque vieron los pájaros, a los cuales el mismo Alah comunicó que se fueran lejos de aquí. Las fieras vieron los pájaros igual que los vimos nosotros yse fueron comprendiendo que había peligro. Eso es...
No perdíala ocasión el pobre Alí de hacernos ver sus conocimientos, pero si bien yo al menos fingía escucharle con mucha atención, el doctor Corbia, como militar antes que médico, manifestaba abiertamente una prudente y desconfiada reserva para aquellas explicaciones de carácter religioso.
Pasaron así cerca de dos horas de espera y ele charla, y finalmente dándonos cuenta de que según la impresión del guía ninguna fiera se acercaba a nosotros, y lo que es mejor, que había terminado aquella procesión de habitantes de la selva, nos decidimos a irnos otra vez a nuestras camas.
Nos quedaban aún dos horas de sueno, y por mi parte no (pieria perderlas, puesto que aquel dormir en la hamaca con el calor del día y losmovimientos que le imprimen los negros al caminar, no descansa sino que produce un dolor de cabeza y un cansancio mayor aún.
No sé si mi companero tenía ganas de acabar su discurso aquel que no había podido acabar convenientemente, pero me parece que de todos modos no tenía ganas de dormir, pues apenas nos hallamos en nuestro palacio, me dijo algo relativo a la vida nómada de los animales y de las fieras, pretendiendo que nosotros los hombres tenemos también dicho particular de origen animal, pues nos gusta tanto viajar, trasladarnos de un país aotro,- que somos, en fin, nómadas como son ellos, pero civilizados.
—Somos anímales, no cabe duda !...
—Cuadrúpedos con dos pies. Verdad, doctor? Anadiré, empero, que puede que lo sea usted, pero no yo !...
—Usted no me comprende, amigo...
—Es muy probable, porque tengo sueno...
Y de tal suerte se acabó también esta nueva, teoría sobre la emigración de los animales y de los hombres.
Creo que el médico durmió también, a pesar de que me dijo por la manana que no pudo pegar pestana. Yo me acuerdo, sin embargo, deque al llamarnos el guía a la hora de la marcha, me desperté el primero, mientras mi companero, al despertarse preguntaba por cierto si pasaba algo, olvidando queteníamos que marcharnos y que la presencia del guía en nuestra tienda obedecía a dicha necesidad.
No había amanecido todavía del todo cuando la caravana se ponía en marcha y seguía una especie de sendero construido seguramente polla Naturaleza, porque dudo que hubiera pasado por allí otro ser viviente.
Era un sendero bordeado de árboles gigantescos con hojas rizadas que venían a unir sus ramas sobre nuestras cabezas, formando una especie de bóveda bajo la cual pasábamos como bajo un arco de triunfo. El sol no se había levantado todavía, pero de haberlo estado, no creo que sus rayos hubieran podido atravesar aquel techo verde que se formaba a lo largo, y nosotros lo veíamos mejor que nadie por ir tendidos en los palanquines con la cara hacia el cielo...
En la noche anterior, cuando fuimos a cazar algo, no encontrarnos ni un pájaro y, sin embargo, en aquel momento los árboles estaban llenos de pajaritos multicolores, los cuales saltaban acá y acullá entre las hojas verdes, dando una nota alegre a aquel paisaje tan extrano.
Yo estaba completamente absorto por la majestad de la Naturaleza, cuando percibí un grito del doctor, seguido de algunas palabras de blasfemia pronunciadas en idioma portugués. Reconocí, naturalmente, la voz de mi companero que iba algo delante, mientras que mi palanquín seguía atrás.
— Qu le pasa, doctor ?
—Un pájaro deldiablo... un pájaro del infierno... un pájaro...
—Un pájaro, qué?...
Salté de mi hamaca y me adelanté hasta la de mi companero. Lo vi que estaba ocupado en limpiarse con un panuelo la mejilla izquierda sin cesar de echar pestes contra los pájaros en dicha forma e intercalando en su ira palabras portuguesas.
—Pero expliqúese, hombre ! ? Qué le ha pasado ?
—Un poco de agua ! Diga que me traigan un poco de agua... una toalla... este pájaro del ni tierno...
Se había quitado el panuelo de la mejilla y entonces comprendí el asunto. Todos se habían parado y el guía se había acercado también a parado y el guía se habia tambíen a aquel a quien pomposamente llamaba Excelencia. Uno de los hombres corrió a traer el agua pedida mientras el guía levantaba la vara como para castigar el poto formal pájaro que tomó por retrete la mejilla o la cara del médico...
-- Se ríe usted ? me dijo.
—Tampoco hav para llorar... lis una casualidad tan extrana...
El guía anadió para consolarle:
—Has tenido suerte, Excelencia ! Si hubieras tenido la boca abierta y el pájaro...
—Cállate, imbécil!
Vino el agua y el médico se lavó con mucho cuidado. Mientras tanto Alí, que sehabía callado con el epítetode imbécil que el doctor le había propinado en tono algo iracundo, se me acercó y me dijo que la Excelencia no había comprendido lo que quería decir. Había tenido suerte, porque detener la boca abierta y el pájaro poco formal se hubiera equivocado de sitio, hubiera, de recibir en la boca lo que recibió en la mejilla...
—No lo ha comprendido !—aseguraba el pobre guía, como si fuera tan agudo que nadie más que él lo hubiera podido pensar.
Quiza on el lugar del médico, el guía hubiera dado gracias al cielo de no haber tenido la boca abierta en aquel momento y de que el pájaro no se hubiera equivocado de sitio, y por eso el pobre Alí pretendía que la Excelencia no lo había comprendido.
Cuando acabó aquel episodiocómico que puso al médicode mal humor, se reanudó la marcha en seguida, y se prosiguió adelante hasta cerca de mediodía. Los hombres iban ya cansadísimos, ya propuesta del guía y con nuestra aprobación nos paramos para el descanso obligatorio y el debido desayuno, en un sitio poco adecuado en realidad.
Queríamos pararnos cerca de alguna corriente de agua, porque los hombres tenían sed, pero no fué posible hallarla ; de modo que nos quedamos allí, con la intención de pararnos y de pasar la noche junto al primer arroyo que encontrásemos por la tarde.
CAPITULO 13
EL CORAZÓN DE LA SELVA
Arboles gigantescos con troncos enormes cu biertos de bejucos, con ramas robustas y angulosas, más gruesas que los más gruesos troncos de los plátanos de nuestras tierras, hojas verdes y espesas, bajo las cuales nunca llega el sol, guirnaldas de bejuco y de otras plantas iguales con flores pálidas, amarillas o color de rosa, variedad de tonos y de colores en todo, hierba alta de unos sesenta centímetros, más amarilla que verde por causa de la falta de sol, arbustos y plantas macizas, espinosas o no, este era el cuadro ante el cual nos hallábamos aquel mediodía.
Anadid los pájaros y pajarillos, los animalitos de toda clase que salían apresurados y temblorosos de debajo lasmatas, otros que trepaban con rapidez increíble a los árboles, que se escondían entre las hojas del bejuco o que pasaban por sus guirnaldas de un árbol a otro, los monos de raras especies y razas tirando las frutas que estaban comiendo al ver a los hombres que se acercaban al árbol, los saltos de dichos animalitos para huir por el aire de nuestra presencia,algún grunido de chacal o de zorro africano devez en cuando, y os daréis cuenta del lugar y del ambiente aquel.
Dónde estábamos? El guía nos aseguró que allí era el corazón de la selva virgen y lo explicaba diciendo que con otros tantos días de marcha siempre en la misma dirección, llegaríamos al final del bosque. Pues con otras palabras podíamos decir que estábamos en el medio del bosque, pero elambiente tan recóndito, tan íntimo, tan secreto, me invitaba a preferir la expresión mismadel guía que dijo, quizá traduciendo la expresión de su idioma, «el corazón» para decir el «centro»...
Otra vez el querido médico se quedó extasiado. Me dijo que era una lástima de que tales lugares no estuvieran al alcance de todos, y que ios hombresdebieran pensar en hacer accesibles lugares así a todos los hombres de la tierra...
Anadía, empero, él mismo la contestación que le hubiera hecho, diciendo que si fueran los hombres por allí, si instalaran en las proximidades ferrocarriles y lodo lo que pide la actualcivilización, el lugar perdería ciertamente su aspecto actual, y si no perdiera su aspecto se desvanecería ron seguridad el misterio que lo envuelve actualmente.
Los hombres harían desaparecer toda la belleza natural parasubstituirla con bellezas materiales, las cualesserían exóticas en aquella tierra exótica...
Y el companero hubiera empezado una nueva conferencia enfrascado en aquel tema si no le hubiera anunciado que el desayuno estaba ya preparado y que debíamos darnos prisa para llegar antes de la noche cerca de alguna corriente de agua, puesto que los negros tenían sed y no podíamos darles de beber de nuestra agua destilada...
- Yo me quedaría aquí unos días !—me contestó el médico
—Sí, yo también, si no fuera necesario marcharnos ahora mismo...
—Es así ;cuando uno se halla bien un momento en su vida, la suerte exige que se traslade
en seguida en busca de sitios peores... Es verdaderamente extrana dicha ley natural; somos sencillamente esclavos de la suerte que nos hace sufrir susvoluntades autoritarias, y nosotros no nos rebelamos, no le declaramos la guerra, porque no nos lopermite otra gran potencia estúpida y pedante: la lógica.
«Pensamos en lo que va a suceder manana y sacrificamos el hoy al manana y el manana al pasado manana... Somos cobardes : la lógica es el resultado de la cobardía : si A es igual a B y B a C, A debe de ser igual a C !... Esto es lo que os envenena la existencia. Pensamos lógicamente, los que no piensan en esta forma son «locos». Y los que piensan así, qué serán? Cobardes ! Nada más que cobardes; temen el manana. Nosotros debemos marcharnos porque no podemos dar a los negros a beber de nuestra agua destilada y por qué? Porque tememos beber la delos arroyos para no caer enfermos y no morir. Pensamos lógicamente que no podemos vivir sin agua y que la estilada no nos hará dano.- -Y si no conociéramos la manera de destilar el agua, qué haríamos? Beberíamos como los negros verdad? Y por qué no lo hacemos ahora ?
Somosanimales lógicos y somos cobardes, mientras los negros, que no conocen la lógica y que obransegún les obligan las necesidades de su cuerpo son, sin saberlo, más valerosos que nosotros... y más felices en la vida...
Vamos a comer, hombre !
El doctor Corbia se volvió, me miró severamente con una mirada de desprecio completamente académico, y finalmente se dispuso a seguirme al comedor instalado bajo un árbol giganteso, como todos los que se hallaban por los alrededores.
—Usted no me comprende, amigo, o no quiere comprenderme !—me dijo.
Le comprendo, doctor, pero nopuedo contestarle por la sencilla razón de que usted se encuentra por primera vez en una selva virgen y que no ha sufrido nunca como sufrí yo varias veces durante mis locos viajes... Usted creerá, ciertamente, que siempre mis viajes se acabaron así, dando un paseo por la selva sin tropezar con serios peligros, sin caer enfermo, sin perder toda esperanza de volver una vez, no ya a mi tierra, tan lejana, sino a una población cualquiera, una población negra quiero decir... Usted no puede comprender todavía que unto, viajando por estos países, tiene que tomardiariamente medidas yprecauciones sin fin, para llegar vivo entre los vivos, y no dejar sus huesos en la selva. Usted llama a eso cobardía en vez de llamarle inteligencia. Es capaz usted mismo de vivir en cualquier rincón de la tierra sin pensar en manana? Por qué vino conmigo en este viaje? No es para poder decir cuando esté de regreso en Lisboa lo que vio usted en la selva virgen ? No esesta la razón ? Pues si no tomara las debidas precauciones, si no pensara en el manana, no llegaría nunca a Lisboa, y entonces su viaje y su fatiga resultarían inútiles no para los demás, que tienen también derecho a saber algo de su viaje, sino para usted mismo, pues si dejara sus huesos a los chacales de esta selva, no le quedaría, ciertamente, lógicamente—como dice usted—ni el recuerdo de este viaje... Creo que habrá entendido, verdad?
El médicose quedó un poco pensativo después de estas explicaciones que le di sin énfasis ni giros oratorios, y luego me contestó casi sonriendo :
-No discutiré sus razones, querido amigo ; no es esto precisamente lo que decía, porqueyo no me excluía a mí mismo de los seres que dan todos sus pasos en companía de la Senora Lógica. Yo, como todoslos demás, hago igual y por esto pretendo que somos esclavos de la misma, loilos, incluso yo. Esta es mi opinión. Yo creo que somos unos infelices, precisamente porque todos nuestros actos materiales responden a las ordenes de la lógica implacable, y no es siempre que se piensa, mucho, y que se toma una infini¬dad de precauciones cuando se llega al éxito deseado, y el ejemplo lo tenemos aquí mismo: los negros que beben el agua de los arroyos..
- Esto es verdad; pero si no tomáramos ninguna precaución, sería peor aún y tendríamos aún pocas esperanzas de llegar al fin que deseamos : no lo cree usted ?
- Puede...
El guía Alí vino a interrumpirnuestros discursos, comunicándonos que teníamos que marcharanos cuente antes, puesto que los hombres se quejaban de sed; este particular me recordó ciertas ocasiones en que sin motivo tan serio fuimos abandonados por los hombres de escolia y hasta por el mismo guía.
Noté, además, con mucho gusto, que el doctor se rendíatambién a la realidad, pues preguntó al guía si conocía por allá alguna fuente o corriente de agua, o si nos aventuraríamos con la sola esperanza de hallar alguna...
—No puedosaber !—contestó el guía francamente, y después de una pequena pausa, anadió : —En lugares así hay siempre agua...
Claro está que el guía confiaba más que en nada en la providencia divina, que no dejaría a los negros sin agua, y aunque nosotros no compartiésemoscompletamente esta idea, no podíamos, por razones humanitarias, oponernos a la marcha inmediata, si el mismo médico, tan intransigente en principio, acababa de comprender que no se podía hacer menos...
Nos pusimos, pues, en marcha o mejor,se pusieron en marcha los negros, pues nuestro papel se reducía a subir en los palanquines como se sabe, y en dejarnos trasladar por cuatro negros cada uno...
El médico parecía, sin embargo,muy contrariado por la obligación de marcharnos de aquel lugar, al cual daba más misterio aún la declaración del guía de que era el corazón mismo de la selva. La verdad es que durante cierto tiempo el paisaje era siempre igual, de modo que si pronto halláramos una. corriente de aguai, el amigo Corbia se quedaría tan contento como antes.
Los negros libres de equipajes y de víveres, exploraban continuamente los alrededores y a cada grito, a cada llamada, el médico volvía la cabeza para ver si habían hallado el agua deseada...
El palanquín del médico iba delante del mío y así podía seguir iodos .sus movimientos ; e1 guía se le acercaba de vez en cuando para decirle algo, y comprendía su mal humor por sus gestos y sus contestaciones monosilábicas y cansadas. ..
La verdad es, pues, que aquella marcha fué poco divertida, y menos lo fuera aún si no hubiera tenido la suerte de tener entre mis cuatro portadores de hamaca un individuo ya bastante conocido, y otro que hablaba algunas palabras de francés. El primero era aquel a quien mordió la serpiente y que todavía conserva la «faja” aquella que le puso el doctor Corbia en la pierna, pero en qué estado!... Se había vuelto del color de su piel porque no se la quería ni quitar ni para lavarla..
En cierto momento me dirigió unas palabras incomprensibles, unos sonidos principalmente guturales difíciles de reproducir.
—Cómo, cómo?... ?Qué dices?
Su companero se encargó de traducírmelo con una sonrisa de superioridad.
—Dice... que vosotros olvidáis supierna, Musiu...
La verdad es que al decir aquella frase, el negro había levantado la pierna cubierta todavía con la sucia «faja», pero yo estaba lejos de comprender por intuición lo que quería decir. El médico le había prometido ponerle una faja nueva cuando se cayó en el pozo, pero vinieron luego los acontecimientos aquellos que nos lucieron olvidar la promesa y seguramente el in¬teresado estaba disgustado por eso..
—Cómo te llamas?—le pregunté, por decir algo.
El que servía de intérprete contestó : —Se llama Adeljir, hijo de Ulardjani... El interesado afirmó «sí, sí !» con una de las cuatro o cinco palabras cristianas que conocía al oir pronunciar aquellos nombres propios. Luego dirigió una frase al mozo que servía de intérprete, en la forma gutural ya conocida, como si vomitara un chorro de rrr y jjj…Estetradujo con mucha dificultad aquella frase, que se resumía, en lo siguiente: Quería explicarme para qué le servía la «faja» y porque quería que se la pusieran blanca y bella...
En aquel misino momento, una voz de los negros que exploraban los alrededores del camino que seguíamos, hizo detener al guía y con él toda la caravana. El doctor Corbia saltó el primero del palanquín, y entonces comprendí que se había hallado agua ..
* * *
Yo me acerqué en seguida al médico mientras todos los negros, comprendido el guía, se dirigían corriendo hacia el lugar de donde provenían los gritos de júbilo. Nosotros seguimos también el movimiento general y poco después nos hallábamos ante una corriente que pasaba al píe de un árbol cuyo tronco se dividía en dos partes, formando un arco de triunfo ; viéndolo desde lejos se creería que el tronco aquel era una fuente, pues la corriente misma se reunía por detrás del árbol para pasar entre los dos pies del tronco, los cuales debían ser, naturalmente, dos raíces puestas al desnudo por el agua que rodeaba aquel lugar.
Era tan extrano aquello, que el doctor se paró a su vista con manifiesta satisfacción; lo cierto es que el paisaje era completamente igual, dado que no llevábamos más que unas dos horas de camino desde la parada de mediodía. El cuadro general resultaba, sin embargo, mucho más bellopor la presencia de aquella corriente de agua limpia en la cual se reflejaban los alrededores, y particularmente las raíces aquellas que formaban el puente sobre la misma.
El médico no cabía en sí de gozo.
—Nos quedaremos aquí, verdad? El sitio es más encantador aún y ahora no tendremos lógicas razones de marcharnos en seguida, puestenemos agua a discreción...
Nos tumbamos, pues, cerca de la orilla de aquella corriente, sobre las hierbas, de un verde tan brillante querelucía en los sitios donde tocaba algún rayo de sol. Los misinos árboles con los troncos recubiertos de hojas de bejuco, las mismas plantasmacizas, la misma flora multicolor de antes.
—Pasaremos aquí la noche?—preguntó el guía.
—Sí, sí—contestó apresuradamente el médico, y el guía se alejó para dar instrucciones a los hombres para armar las tiendas como cada tarde.
Yo pensé entonces en el negro de la serpiente, en Adeljir, y como se trataba de matar el tiempo mientras tanto, conté al médico lo que me decía. Anadí también que quería, explicarme para qué le servía la “faja” blanca y que el hallazgo de la corriente me había impedido oir sus explicaciones.
El doctor. Corbia encontró muy interesante este particular, y como pasaba por delante de nosotros el negro, lo llamó para que nos dijera aquello, invitando al mismo tiempo al guía para que sirviera de intérprete.
Pocos minutos después nos hallábamos sentados frente a Adeljir y all guía, el cual oía con verdadera paciencia las largas explicaciones de éste, antes de explicarnos el asunto.
—Serán muy largas sus razones!—dijo el médico, toda vez que hacía ya unos diez minutos que hablaba, el negro en su dialecto explicando al guía.
—Sí. Esto digo vo también...
Finalmente secalló el mozo, y el guía se dirigió a nosotros para, interpretarnos aquel dis-
curso que no tenía ni comas ni puntos por lo visto.
—Vamos a ver, pues...
Y el guía comenzó su narración.
CAPITULO 14
EL CASO DE ADELJIR Y SUS PROPÓSITOS
Estábamos atentos como si se tratase de, algún asunto de una importancia trascendental, y el guía al vernos así, tomó un aire de gran orador, empezando aquella narración, tan esperada desde luego.
—Vosotros sabéis ya cómo se llama el mozo—comenzó diciendo, y después de una pequéna pausa,anadió—: Adeljir, un nombre bastante raro, como aquel de su padre : Ulardjani, más raro aún ;son nombres que llevan solamente jefes y reyes, Musiú, y la verdad es que el padre de Adeljir es un jefe y un gran jefe en su tierra... Conocéis Mezjan?... Es un país hermoso que se halla en la Guinea del Sur, a unos ocho días de Djorba, que es la más importante población de Tain... ?No conocéis Tain tampoco ?...
Teníamos que contestarle, porque era capaz el buen Alí de continuar explicando durante inedia hora cosas que verdaderamente no tenían mucha relación con el asunto de Adeljir.Las poblaciones, además, que nos citaba nos eran conocidas, especialmente Djorba, que era la residencia del Rey Kramaljar, que tuve la ocasión de visitar cierta vez pasando por Djorba.
— Sí, sí; yo conozco el país!—le contesté.
—Pues bien—continuó el guía— ; Ulardjani, el padre del mozo, es el jefe de Mejzan, y Adeljir es su hijo comprendéis?... El que manana será el jefe a su vez, para substituir a su padre, que ya empieza a ser bastante viejo.
-«Adeljir, pues, no se halla en buenas relaciones con su padre, porque su padre es un guerrero muy valiente que ganó todas las guerras con sus vecinos, mientras el hijo este—no tiene otro varón—una vez que fué enviado por su padre a dirigir las hostilidades, volvió atrás y se escondió en la choza de unmujer de su sueblo para que no lo viera su padre y no lo matara... Hay que decir también que era todavía joven y que no tenía bastante experiencia. Tenía entonces diez y siete anos y ahora tiene, veintitrés...
«El jefe Ulardjani se enfadó tanto al saber lo que hizo su hijo, que le mandó amigos a decirle que no volviera más a su casa hasta después de realizar un acto de valor...
«La ira deUlardjani fué grande y los amigos aconsejaron al joven que acatara las órdenes de su padre, sí quería alguna vez volver a verle, y éste se fué lejos de su tierra y vino al Norte para trabajar honradamente y ganar su pan esperando le llegara la ocasión de realizar un acto de valor. Muchas veces formó parte de mi caravana yno ocurrió ningún acontecimiento capaz de rehabilitarle...
—Yo nocomprendo qué relación puede tener todo esto con la faja de la pierna !...—me dijo el médico.
—Yo tampoco !
—Esperad, que voy a explicarlo todo—aseguró'el guía continuando—. Decía, pues, que ninguna vez acontecimiento algunoimportante fué dispuesto por Álah para restablecer el honor perdido tic Adeljir; ningunavez menos ésta... quiero decirla serpiente que mordió al joven, yque el joven curóen vez de morir ; por la voluntad de Alah, vivió, para que tenga el pueblo de Mejzan un jefe, hijo de Ulardjani...
* **
Confieso que no comprendíamos absolutamente nada de toda esta historia, y el doctor Corbia se volvió hacia mí con una sonrisa que pudiera significar solamente una cosa : Alí se vuelve loco !.....
Si el padre del negro pedía que su hijo para rehabilitarsetenía que llevar a cabo una acción valerosa y éste en vez de realizar una acción cualquiera se hizo sencillamente morder por una serpiente, no comprendía cómo juzgaban Alí y el mismo Adeljir aquello como un medio de rehabilitación moral...
El guía, sin embargo, quizá comprendiendo nuestros pensamientos sonreía también y después de unos minutos de pausa, prosiguió :
—No sabéis por qué el padre de este joven se hizo jefe de Mejzan ? Esto es lo que tendré que explicaros para que lo comprendáis todo. Aquí está la cuestión principal...
«Ulardjani—el padre de este joven-—era hijo de un jefe de una pequena población situada entre el Mejzan y el Tain. Su padre era uno de aquellos guerrerosque tomaban parte en todas las guerras y que combatían para no olvidar el manejo de las armas. El hijo de éste, es decir Ulardjani, acompanaba siempre a su padre en las guerras y todos le reconocían a los veinte anos más valor que a su padre mismo...
«Un día, combatiendo contra las tribus de Mejzan, Ulardjani fué herido por una lanza enemiga y la herida esta era en su pierna... comprendéis ?...
«Este, valiente como era, continuó mientras tanto el combate y finalmente venció a los enemigos, conquistando varios pueblos y llegando basta el pueblode Mejzan, siempre con la pierna herida y chorreando sangre...
«Los enemigos, al aceptar la dominación, desfilaron todos por delante de Ulardjani inclinandose hasta locar la tierra, y mientras tanto los amigos suyos pensaban proclamar jefe a su padre, pues el !oven Ulardjani combatía por cuenta de su padre en aquel entonces...
«Entre los habitantes de la población había un blanco que debía de ser Excelencia, porque seacercó al vencedor y le dijo que tenía que ligarle la pierna con una faja...
«El valiente se hallaba ya muy mal por haber perdido mucha sangre y aceptó la proposición del blanco, el cual le ligó la pierna en la misma forma que Su Excelencia ató la de Adeljir, luego de ser mordido por la serpiente. Poco después, Ulardjani, se encontraba mejor y pudo dar unos pasos delante de los vencidos, los cuales al ver la pierna con la faja, se echaron otra vez a tierra y le vitorearon junto con los amigos de éste, proclamándole jefe de la tribu...
«Ulardjani nopodía menos que aceptar la proclamación de los amigos y enemigos, y mandó unos hombres a su padre para anunciarle el acontecimiento tan importante y pedirle al mismo tiempo su consentimiento para instalarse en Mejzan como jefe de la comarca...
«Los enviados a su padre le explicaro.n cómo venció Ulardjani, y le dijeron que la faja aquella que le puso el blanco en su pierna, decidió a la población a proclamarle jefe, pues aquella faja le anadía una majestad y una autoridad poco común...
«El padre no se opuso a la decisión del pueblo y en seguida mandó regalos a su hijo, recono-
ciendo por lo visto su dignidad desde luego. Le decía al mismo tiempo con los enviados, que no se quitara nunca en toda su vida aquella faja que le dio inesperadamente tanta dignidad, y Ulardjani siguió el consejo de su padre, quedándose con la faja en la pierna e incluso la lleva todavía.
«Nuestro Adeljir, tenía entonces pocos anos de edad—eranino—y fué trasladado con su madre al pueblo donde su padre fijaba su residencia oficial. El pueblo, tan entusiasmado con Ulardjani, por su valor y su justicia, quiso en seguida proclamar a su hijo. Adeljir, heredero del jefe, pero entonces el padre se opuso.
«—No—dijo—. Para ser jefe de- vuestro pueblo, se necesita mucho valor y yo quiero ver si mi hijo Adeljirheredará mi valor, antes de proclamarlo futuro jefe! Dejad que sea mayor, que gane vuestra confianza por sus proezas, v la mía con su valor v con su inteligencia... No quiero que lo proclaméis ahora que es un nino !...
«Así habló Ulardjani a su pueblo v todos dijeron que tenía razón, y que mejor sería esperar su mayor edad para proclamarle heredero..
«Pasaron anos durante los cuales el jefe Ulardjani, siempre a la cabeza del pueblo de Mejzan, venció sin cesar a los vecinos que querían dominarle y el pueblo seguía esperando que el hijo del jefese mostrara valeroso como su padre. Debo anadir, también, que nadie podía creerle cobarde, porque a los doce anos manejaba la lanza, ysalía de cacería con los ancianos...
«Llegó, empero, el día en que Adeljir, aquí presente, fué encargado por su padre de dirigir las hostilidades contra un jefe que avanzaba en el país; Ulardjani se hallaba algo enfermo, y con la confianza que tenía en su hijo y además queriendo que en aquella circunstancia diera la prueba al pueblo de que era digno de ser su heredero, ordenó a su hijo Adeljir que se fuera a la guerra a la cabeza de sus guerreros.
«Adeljir diceque se fué con valor y con buena voluntad para demostrar a su padre sus cualidades y al pueblo su valor e inteligencia ; resultaba, empero, que el enemigo era muy fuerte, y en la primera batalla fueron vencidos los mejzaneses...
« Qué hacer entonces? Cómo anunciar a su padre aquel acontecimiento? Cómo decirle que los guerreros bajo su dirección se vieron por primera vez obligados a retroceder en el país, como retrocedieron cuando Ulardjani vino a do¬minar el pueblo de Mejzan?... El joven perdió la cabeza ; en vez de atacar nuevamente al enemigo para lavar la humillación venciendo, entregó el mando a un anciano, hizo advertir a su padre, y se escapó y se escondió como he dicho al principio...
«Ya sabéis el resto. Adeljir ha dejado su país y desde hacealgunos anos se encuentra conmigo trabajando por las selvas para realizar algún acto de valor y ganar la confianza de su padre, y luego la del pueblo de Mejzan.
«Es cierto que le mordió la serpiente ; nosotros le dábamos por muerto, pero la voluntad de Alah, como ha dicho también el Musiú—no fué ésta. La voluntad del poderoso Alah, fué que viviera y esto es una prueba de que tiene dere¬cho a sei reconocido por su padre. Sí, Musiú! Nadie puede impedirle vivir cuando laserpiente misma que le mordió no le causó la muerte... Alah lo salvó, verdad? Alah le dará fuerza para vencer a cualquier enemigo, ya que pudo
vencer el mayor enemigo del hombre, que es la muerte ! Alah le rehabilitará a los ojos de su padre, y su rehabilitación empezó ya desde el día que íué mordido por la. serpiente y que Su Excelencia le puso aquella, faja blanca en la pierna...
«No olvidéis que su padre fué proclamado jele por causa de la faja que le puso un blanco, y este blanco no era seguramente ni un oficial ni Excelencia. Qué dirán los mejzaneses al ver al hijo de Ulardjani eon la faja—como su padre—y cuando sopan que esta faja se la puso en la piorna un blanco que es Excelencia? Qué dirán?...Nolo comprendéis vosotros qué dirán ? Dirán que ha merecido la faja como la mereció su padre, dirán que es digno ahora de ser el herederodel jefe Ulardjani, lo proclamarán en seguida y el padre mismo al ver la faja recordará aquel tiempo, y aceptará a su hijo con los brazos abiertos...
«Después de la reconciliación con su padre, Alah le ayudará a vencer a cualquier enemigo, y los vencerá a todos seguramente, porque no puede ya temer la muerte si la serpiente que lo mordió no pudo dársela... Me comprendes ahora,Musiú.? Me comprendes, Excelencia ?...
** *
No eran pocas las ganas que tenía de romper en carcajadasy veía que el doctor Corbia apenas se contenía ; en vez de contestar que comprendíamos las razones evidentes de que Adeljir era digno de ser un día jefe del pueblo de Mejzan nos miramos mutuamente y pude notar que el médico estaba tan divertido con aquella historia, que se prestaría seguramente a continuar labroma.
Por otra parlo, pensaba que era muy posible que aquella laja que casualmente envolvió la pierna de Adeljir, podía .servirlo,electivamente, para conquistar la confianza del pueblo que dominaba su padre, puesto que los negros son tan extranos en sus concepciones que todo es posible con ellos.
El guía esperaba nuestra contestación, en nombre del mozo se entiende, y como nos veían a ambos callados se pusieron de pronto melancólicos. Penseentonces que era preciso darles ánimos y dije :
—Comprendemos demasiado lo que dices y el doctor Corbiaestá conforme en ayudar a Adeljir a que se gane la confianza de su padre y del pueblo de Mejzan, pero quiero saber una cosa ante todo: tú sabías que éste era el hijo del jefe Ulardjani?
— No, Musiú ! Me lo dijo ahora mismo por primera vez,pero lo creo porque me lo ha jurado por Alah, v porque su nombre, es un nombre raro que llevan sólo jefes e hijos de jefes, Musiú...
—Qué es lo que pide, pues, de nosotros, en pocas palabras ?
—Una sola cosa, Musiú. Pide que la Excelencia le ponga otra faja en su pierna cuando llegaremos por la voluntad de Alah al pueblo de Djorba, hacia, donde nos dirigimos, y que se halla en el final de este bosque. Adeljir se presentará entonces con la faja al Rey Kramaljar, que es un conocido de su padre Ulardjani, y se hará acompanar con escolta real a Mejzan... Su padre entonces lo aceptará en su casa y el pueblo lo reconocerá heredero de antemano... Como dices, además, Musiú, que conoces al Rey Kramaljar, lo presentarás si, quieres túmismo al Rey, diciéndole que es el hijo de Ulardjani... Entonces será más fácil aún.
—Bien, bien!... Estamos conformes! Verdad, doctor?
— Conformes!
El guía explicó a Adeljir nuestro consentimiento, y éste se dobló por dos o tres veces delante de nosotros, pronunciando palabras extranas que no podían corresponder a otra cosa que a agradecimiento infinito por nuestra decisión. El guía, además, creyó inútil traducirnos aquellas palabras, y levantándose se alejó seguido por el hijo del jefe de Mejzan.
Al quedar solos, junio al arroyo, pudimos desahogar nuestra risa, mientras el guía con el héroe de la serpiente, se alejaban hablando confidencial y misteriosamente.
Quizá Adeljir le prometía algún alto cargo en el pueblo administrado por su padre, para agradecerle su intervención cerca de nosotros de la cual dependía ciertamente el éxito obtenido.
Pasada ya nuestra extraneza y acabados los varios comentarios que el caso requería, nos levantamos con la intención de pasear un poco costeando la corriente para mayor seguridad de no perdernos.
El doctor nopodía olvidar que la faja aquella constituiría una página en la historia negra de la Guinea portuguesa, y es lo solo le bastaba para ponerle de buen humor aquella tarde..
CAPITULO XV
EL CAMINO DE LA GLORIA
Pronto se acabó nuestro paseo por el bosque y regresamos al campamento, ya cuidadosamente preparado y edificado. Los negros habían ya encendido dos fuegos y estaban preparando la cena con visible alegría. Otros cantaban y todos hacían sus bromas acostumbradas, pero pudimos echar de ver fácilmente que el mozo Adeljir estaba casi dispensado de trabajar y que sus companeros lo hacían todo para que no se molestara...
Llamamos a Alí, y le preguntamos qué era lo que les ponía a todos tan alegres aquella noche. Yo melo imaginaba verdaderamente, pero quise que el guía nos lo explicara de manera narrativa como acostumbraba, coloreando cualquier acontecimiento, el más banal y vulgar.
—Los hombres—me dijo—han conocido el secreto de Adeüjir; te juro, Musiú, que no lo divulgué yo ; sin embargo, todos lo saben y se felicitan de tener como companero el hijo de un jefe... Por esto están tan alegres...
—Empiezaya su gloria- dijo riendo el médico.
—Esto es.
Nos dirigimos otra vez hacia aquel lugar que nos sirvió de sofá al principio, cerca de la orilla de la corriente, esperando la preparación de la cena, sin dejar de estar atentos, empero, a las manifestaciones de simpatía que nuestros hombres prodigaban al hijo del jefe de Mejzan.
Comimos tranquilamente yluego nos dirigimos a nuestra tienda para acostarnos temprano. Desde fuera se oían los gritos y las risas satisfechas de los hombres de escolta, y de vez en cuando un silencio y una voz que reconocíamos perfectamente, la de Alí, el cual contaba algo, que levantaba luego la aprobación general. Así continuó la tertulia, y finalmente el sueno vino a despegarme de las cosas de la tierra.
** *
La noche pasó muy tranquila y a la manana siguiente, despertados temprano, se reanudó la marcha.
El contento de los hombres se manifestaba hasta durante la marcha fatigosa y supimos, además, que cuando le llegaba el turno a Adeljir para llevar los equipajes o portar con otros fres companeros mi hamaca o la del médico, los demás no le dejaban cansarse, ofreciéndose uno de ellos a tomarsu sitio, a pesar de sus protestas, quemás imaginábamos que comprendíamos. ..
El guía nos anunció, también, durante la marcha que todos los hombres nuestros querían acompanarle hasta su país y presentarle ellos mismos a su padre, explicándole, además, lo ocurrido con la serpiente...
-Si vosotros queréis ir hasta Mejzan—anadía el guía—, podéis aprovechar la ocasión, pues los hombres os llevarán sin que sea preciso pagarles por aquel trayecto...
El episodio de Adeljir nos hizo olvidar un poco los sistemas filosóficos del doctor Corbia,
y debo anadir que estaba encantado de que aquel particularinteresase tanto al médico hasta el punto de olvidar también su entusiasmo por la Naturaleza pensando constantemente en el asunto del mozo.
Muchas veces sin motivo determinado se ponía a reir nerviosamente.
—Qué le pasa, doctor ?—le preguntaba.
—Nada, amigo ; estoy pensando cómo una venda es bastante para elevar a un negro a la mayor dignidad en su país...
Y tenía razón en reirse de aquel particular, que yo comprendía mejor, sin duda, por haber estudiado más la mentalidad de los negros africanos.
Lo que me molestaba, sin embargo, personalmente, era que con esta casualidad me vería acaso obligado a visitar otra vez un país ya visitado, pues según el plan del guía, nos dirigiríamos a Djorba, con el objeto depresentar el mozo alRey Kramaljar. Me consolaba, empero, la idea de que el acontecimiento y la manifestación nodejarían de ser con todo bastante interesantes.
El médico me preguntaba, además, cómo era el Rey Kramaljar, y me veía en la obligación de emprender ciertas explicaciones que no gustaban demasiado a los negros, y menos al guía, que comprendía perfectamente lo que decíamos. Interesó particularmente al médico la noticia de que el Rey Kramaljar llevaba pendido a su cuello, como si fuera la mayor condecoración de su reino, un despertador de níquel de aquellos que venden por cinco o seis pesetas en todos los bazares del mundo.
—Esto es, pues, su símbolo de Majestad, verdad ?
-Naturalmente! Se lo ofreció un oficial portugués que le había visitado. Sabe usted que se hará una recepción oficial? Claro, usted es capitán y además “Excelencia”, como dicen los guinéanos. Tendremos que mandar delante algunos negros para poner en conocimiento del Rey nuestra llegada...
El doctor Corbia no cesaba de reir. Me aseguraba que toda esta historia le interesaba más aún que visitar el bosque virgen, el cual al lin y al cabo, no le,parecía que ofreciese nada de particular. La perspectiva de ser recibido en la Corte, o mejor,la choza mayor de un Rey indígena, le hacía olvidar todos los encantos del lugary no perdía sutiempo ni en mirar los alrededores que atravesábamos, fascinado por aquella casualidad de conocer alguno de aquellos que se titulan reyes porque les da la gana y porque sus administrados—que en realidad son administrados por la autoridad portuguesa—quieren reconocerles la superioridad en la comarca que ellos consideran su reino...
—Y cuándo llegaremos a Djorba, Alí ?
—Si Alab quiere, dentro de algunos días...— contestaba evasivamente el guía, que no gusta¬ba de precisar las cosas de que no estaba muy seguro.
—No sabes cuántos?
—Depende, Excelencia!... Depende de las piernas de los hombres...
** *
Pasó aquel día con su noche y otro y otro, y cuanto más nos acercábamos al final del viaje, el contento aumentaba en proporción entre los hombres y también el del médico. El contento de los hombresno se manifestaba solamente pollos gritos agudosy las risas metálicas, sino también por la marcha viva, quiero decir, apresurada, porque los hombres nuestros intentaban hacer durante el día el mayor camino posible para llegar más pronto a Djorba.
Cierta noche la caravana se detuvo en unlugar de tan sorprendente y salvaje belleza que el médico no pudo, a pesar de todo, mostrarse indiferente. El guía nos había anunciado que nos fallaban tres o cuatro días para llegar al término, y quizá la proximidad de la realización de su suenole hizo pensar nuetamenté al médico en la Naturaleza.
—Yo creo que esle rincón, sin ser el corazón mismo de la selva virgen, es más hermoso aún que aquello.
No había árboles tan alio:, ni lan majestuosos, no había una cantidad lan considerable de bejucos y otras plantas, pero de lodos modos, las plantas, los arbustos, las llores y jas hojas macizas, constituían un conjunlo lan raro en realidad que puede llamarse único. La variedad de colores y de formas era impresióname, y como el médico había pensado finalmenle cu lijarse un poco, descubrió toda la belleza del sitio, lo que no podía descubrir los días anteriores por la preocupación de llegar lo más pronto posible a la choza-palacio de Kramaljar. Se acordótambién de algo que había olvidado, y por cornpleto : eran losmonos, que en profusión decoraban el rincón aquel del bosque...
— Escucha, Alí!
— Qué mandas, Excelencia ?
— Y los monos que me prometiste?
—Es quetendremos muchos a nuestra disposición, Excelencia, andando por Mejzan... Aquel país está lleno de monos. Para qué lievarios desde aquí?...Puede, además, que nos regale el Rev Kramaljar algunos domesticados, o también el mismo Ulardjani, que vive en ei país de los monos...
El doctor Corbiaquedóconvencido de lo inútil que era cazar desde entonces monos, ya que tendríamos tantosen el país de Ulardjani, es decir, del padre de Adeljir ; se conformó, pues, con la opinión del guía.
* * *
Tres días después llegábamos a la vista del pueblo de Djorba, y entonces el guía organizó la embajada :cuatro hombres en su companía y, naturalmente, bajo su presidencia, irían a la casa del Rey Kramaljar para anunciarle lallegada de los dos blancos y del hijo del jefe Ulardjani. Mientras tanto nosotros nosquedarnos con los demás en aquel sitio, esperando la llegada de los guerreros que nos servirían de escolta para conducirnos a presencia del Rey condecorado con el despertador. El médicocumplió escrupulosamente la promesa de envolver la pierna de Adeljir con una venda nuevacompletamente blanca, y los demás companeros buscaron y cortaron una. vara menos larga que la del guía, pero bastante, gruesa, para representar la superioridad del hijo del jefe. Le regalaron luego la vara con ura manifestación de simpatía bastante conmovedora a pesar de todo.
El guía anunció al Rey que llegaban al pueblo una Excelencia y otro senor, acompanados del hijo de Ulardjani, y el soberano en seguida ordenó a unosguerreros de su guardia que vinieran a recibirnos con honores militares.
Iban mandados por un jefe,el cual, acercándose al médico, se inclinó hasta el suelo, dejó caer su lanzay entrególe un palo bastante semejante al que los negros habían regalado a Adeljir, el cual se hallaba en primera fila.
Lúego la misma ceremonia se repitió para mí y se me entregó otro palo casi idéntico.
Nos miramos sonriendo con el médico, mientras el jefe se acercaba a Adeljir, examinando atentamente su pierna envuelta en gasa blanca. Al estar cerca de éste, se le acercó y lobesó como a un hermano, cambiando entre sí unas palabras que nosotros no comprendimos, naturalmente, y que nadie, nos explicó.
El jefe aquel puso en orden sus guerreros y dos de éstos comenzaron a tocar unos tambores, poniéndose en marcha. Nosotros seguimos detrás con aquellas varas en las manos, y detrás de nosotros venía Adeljir, con la vara regalada por sus companeros, seguido a su vez por los demás negros.
Nuestro guía Alí, para no abandonar su servicio de guía, marchaba a la cabeza de la hilera y de la columna, y de tal suerte llegamos a la choza del Rey Kramaljar, que nos esperaba a la puerta de su casa con sus dignatarios, todos hombres ancianos y todos guerreros...
No vaya a creerse que la residencia real no tuviera el menor atractivo. En nuestras tierras aparecería ciertamente como unachoza cualquiera, un poco más espite i osa, desde luego, pero choza al fin.
Haré notar, sin embargo, que aquella residencia edificada sobre una pequena elevación de terreno, tenía un aspecto completamente diferente de las demás chozas del país. Ante todo por su construcción especial y luego por sus dimensiones parecía, en efecto, un verdadero palacio a los ojos de los indígenas habitantes de la comarca.
Gobernar negros es, además, algo diferente de gobernar blancos. Para ellos no solamente la persona del jefe debe ser majestuosa y aguerrida, sino tambiénel edificio que sirve de vivienda al mismodebe imponer respeto a los subditos.
Yo había ya visitado aquella choza, real y por lo tanto la impresión no fué grande. Pero el doctor Corbia no pudo ocultar su admiración, porque aquel trabajo ai quileclónieo podía considerarse como una obra de arte en aquellos países.
Mis recuerdos me permitían asegurar que no había olía choza semejante en lodo el país, recorrido durante mis varios viajes por la tierra del negro, y el doctor Corbia, por su parte, aseguraba que nunca había visto cosa semejante o parecida en Africa.
Obras arquitectónicas más o menos bien hechas había, ciertamente, en varias comarcas, pero ninguna tenía un «cachet» tan majestuoso, y ninguna de ellas estaba tan bien distribuida.
Los negros del Africa, en sus construcciones, se limitan generalmente a lo indispensable. Piensan en construir paredes, alguna vez bastante resistentes, y amontonan sobre el tejado una barbaridad de hierba o de hojas anchas que no permiten el pasoal agua de las lluvias tropicales. Muchas construcciones negras — de arquitectura negra se entiende —tienen, además, puertas que cierran al modo europeo. Pero como no les gustan los ángulos en general, se limitan a construir una cosa redonda u ovalada, es decir, unas paredes en forma de barril cubiertas porun tejado completamente primitivo, y estas construcciones sirven de vivienda.
Estas chozas no tienen, pues, ninguna separación interior. Forman sencillamente una habitación más o menos grande que constituye la casa del negro. En aquella habitación lo hace todo y amontona todo lo que necesita.
Criados y amos, y alguna vez animales, se alojan generalmente en la misma habitación, y como el confort es muy rudimentario y los muebles completamente inútiles, o a veces inexistentes por completo, hay siempre espacio bastante para la familia entera, aun cuando sea muy numerosa a causa de la poligamia que trae sus consecuencias, es decir, muchos hijos además de las varias mujeres.
Todo padrede familia es, además, el arquitecto, el albaňil y el peón para la construcción de su casa, mejor dicho, no existen hombres dedicados especialmente a tal oficio, y cada negro sabe o aprende cómo lia de construir su vivienda.
Teniendo en consideración este particular, se comprenderáfácilmente la impresión que produjo en el doctor Corbia el ver aquella choza real construida simétricamente y de todos modos diferente de las corrientes chozas grandes o pequenas. Constituía un caso verdaderamente raro tanto por su aspecto exterior como por su disposición interior y sus separaciones.
* * *
Dije ya que estaba construida sobre un pequeno altozano y por lo tanto dominaba completamente el pueblo y las demás chozas.
Alrededor de ella no había otras casas, y esto sólo ya se separa de la costumbre de los negros, que tienen la manía de edificar siempre sus chozas unas al lado de otras.
Elevada aún que aquella plaza,pues para llegar al piso de la misma, había que subir tres escalones construidos con troncos de árboles, pero bastante bien nivelados.
Estos escalones daban a una especie de acera bastante ancha sobre la cual, estaban, tiesos como cirios, unos cuantosoficiales, o por lo menos dignatarios del gran jefe, a ambos lados de la puerta principal, que era un ancho cuadrilátero por donde podían fácilmente pasar cinco hombres a la vez. Aquella puerta era, además, bastante alta—casi de dos metros—, particular muy raro por sí mismo, pues los negros entran generalmenteen sus chozas agachándose y doblándose, porque las entradas acostumbran a construirlas muy bajas.
Fuera, sobre la plaza misma y delante de los escalones que conducían a la acera de los dignatarios u oficiales, estaban unos cincuenta guerreros—en desorden completo, esto sí—, eme debían constituir seguramente la guardia de palacio.
La choza cuadrada o casi, alta de unos cuatro metros, se componía de un solo piso—el entresuelo como diríamos nosotros—y tenía por los lados unos agujeros, esta vez ovalados, que seguramente servían de ventana a las habitaciones particulares del harén del jefe.
Entrando por la puerta principal se hallaba uno en una sala bastante ancha y cuadrada. A derecha e izquierda, arrimados a la pared, había otros guerreros y en el fondo, frente mismo a la puerta, se hallaba lo que llamaremos el trono del Rey.
Este estaba formado por un estrado, construído igualmentede madera, y sobre el cual estaban amontonadas pieles de varios animales desde las de la inocente gacela hasta las de león y de pantera.Allí se acomodaba el monarca durante sus audiencias, o acaso dormía también por la noche bajoel ojo vigilante de sus guerreros, porque el rincón desfinado para el trono era demasiado ancho para servir solamente de asiento.
Detrás del estrado del Rey, había tina puerta de dimensiones más reducidas, naturalmente, pero cuadrada como la puerta principal por donde entramos. A los lados había también otras puertas idénticas, simétricamente construidas en el medio mismo de las paredes laterales, y que debían conducir seguramente a las habitaciones particulares,, porque aquella sala formaba una de las habitaciones del palacio y no tomaba todo el cuerpo de la choza.
La única observación que se podía hacer es que la sala aquellaque debía ser la de las audiencias, o mejor, la Saladel Trono, no podía tener más luz dela que venía por la puerta principal, pero en aquellas tierras, donde se evita el sol cuanto se puede, este particular no constituía un inconveniente, sino que servía por el contrariopara mantener la temperatura interior más fresca o relativamente fresca.
Muebles propiamente dichos no los había, pero lo que extranó también, al doctor Corbia fué el hecho de que se hallaban en aquella sala una especie de taburetes fabricados con troncos de árboles, y que servían de silla para los que venían a presentar sus respetos al hombre más poderoso de la comarca.
Atravesando la sala anterior que acabo de describir y pasando por la puerta situada detrás del estrado del trono, se penetraba en una habitación menos grande que la anterior, pero de proporciones idénticas. En el fondo de ésta, había otra puerta que esta vez daba a la plaza posterior de la choza, plaza menos amplia que la otra y rodeada de varias chochas más pequenas, unas cuadradas y otras construidas según el estilo verdaderamente negro.
Estas chochas constituían las dependencias y entre, ellas, al lado mismo de la choza principal y a la derecha saliendo de la puerta posterior se hallaba la cocina,es decir, el sitio donde se preparaban las comidas del jefe.
En los ladosde la sala posterior había también puertas—dos en cada pared lateral que daban asimismo a habitaciones particulares, pero éstas ya más bajitas y de menores dimensiones.
El piso de toda la choza era de madera y de tierra, es decir, de troncos de árboles paralelos y con los huecos que formaban las junturas llenos de tierra arcillosa que formaba como una especie de cemento. Pieles de fieras por doquier constituían el único adorno de la residencia real.
Lo únicoque desentonaba en aquella construcción era el tejado.
Como en las demás chozas de toda el Africa, el tejado se componía de ramas de árboles, sobre los cuales se amontonaban hierba y hojas. Tenía, empero,forma cónica y su parte más alta se apoyaba sobre unos troncos transversales que pasaban de una pared a otra.Levantando los ojos hacia lo alto se veían, pues, todos los materiales que servían para abrigar la real persona del jefe dela comarca, y este mismo particular hacía que la limpieza del piso no era ejemplar, puescaían generalmente hojas o hierbas secas desde lo alto del tejado.
Holgaría decir que esto no impresiona a los negros, pues de vez en cuando—muchas veces al ano—se dedican generalmente a amontonar más hierba y más hojas sobre los tejados de sus viviendas, y por lo tanto la choza del jefe debía sufrir constantemente la misma operación.
* * *
Resta describir a los guerreros de la guardia, que no dejaban de ser tan interesantes como los dignatarios quenos recibieron a la puerta principal de la choza, real.
Hombres todos altos y robustos, orgullosos de su fuerza corporal y de su valor militar. Por toda indumentaria llevaban una piel de gacela atada con un cordel o con una correa a la cintura. Sus armas—muy primitivas desde luego—eran palos y lanzas, estas últimas bastante largas y con las puntas recubiertas de hierro. Sus brazos y sus piernas llevaban varios aretes de varios colores y metales, y de sus cuellos pendía unainfinidad de collares más o menos bien hechosde dientes de fieras o de pedazos de marfily maderas. Algunos llevaban también colgados amuletos triangulares.
—Deben de llevar unos dos kilos de objetos colgados sobre ellos—me dijo el doctor Corbia.
—Dos kilos cada uno de ellos, quiere decir usted !
—Se entiende, hombre ! Ve usted aquel viejo a la derecha del negro que lleva un sombrero ?
Había uno efectivamente que llevaba un sombrero duro de paja, pero de fabricación indígena ciertamente si consideramos que era completamente cónico y que para mantenerlo sobre su cabeza lo tenía atado con dos cordeles, uno delos cuales se enganchaba a su nariz y el otro bajo de su barba. Y otro de los hombres que me indicaba el doctor Corbia y queestaba sentado al lado del que llevaba el sombrero, tenía atado a su persona tanto hierro y vidrio que apenas podía moverse, tomando serias precauciones para hacerlo.
— Este sí quelleva más de cinco kilos de cosas!—aseguré a mi vez.
—Es un gran dignatario afirmó el guía, que se nos habíaacercado durante estas conversaciones—. Todo lo que lleva encima son regalos del jefe entregados en varias circunstancias como recompensa a su valor y a su inteligencia.
—Y aquel otro del sombrero de paja?—-pre¬guntó el médico.
—Aquél es el capitán de los guerreros del Rey. Aquél manda en todo y a todos cuando no está el Rey, tanto durante la guerra como durante la paz. Es el primer dignatario, que tiene todos los poderes y sólo el Rey es su superior. Es un militar también, o, mejor, el jefe de los militares; pero cuando el jefe quiere le deja gobernary todo lo que hace está bien hecho. No sé cómolo llaman los blancos a un hombre así... El jefe y luego él...
- Y por qué lleva aquel sombrero extrano,
mientras los demás no llevan nada en la cabeza?
—Es que lodos deben reconocerle, Musiú, por la segunda auloridad del país... Porque nadie debe ignorar que él es él... Igual que las Excelencias llevan gorra v cordeles dorados alrededor de ella... Para reconocerse. Verdad?... Este también para ser reconocido... Es igual... Si fuera blanco sería una Excelencia !...
Esta última, frase Alí la dijo con cierta amargura, como subrayando el que un pobre negro no pudiera tener el título de Excelencia a pesar de que teníaun poder quizá análoga a su entender al de aquellos que los negros llaman Excelencias.
Yo quise consolarle diciendo que aquel negro con el sombrero de paja se imponía efectivamente alos demás mortales. No me faltaba la debida experiencia para contentar a los negros; pero el doctor Corbia, militar antes que médico, como dije ya, no pudo contener sus carcajadas al oir mis palabras de sencillio consuelo que, sin embargo, no podían atraer perjuicios de ninguna clase ni a su autoridad ni a la de nadie...
No tuvimos tiempo, sin embargo,de discutir sobre el particular, porque un guerrero llegado inesperadamente anunció al guía que debíamos proseguir hacia el interior de la choza y, por lo tanto, prepararnos para la audiencia...
Dejaré al lector el imaginar aquella burlesca recepción del Rey africano, porque si debiera describirla llenaría un volumen entero. Bastará con decir que el Rey nos trató como huéspedes de calidad ynos pidió que nos quedáramos algunos días en el pueblo...
Abrazó también al jovenAdeljir al serle presentado por el jefe de sus guerreros, que vino a recibirnos y escuchó luego con muchísima atención las explicaciones dadas por el doctor Corbia relativasa la faja de la pierna del mordido por la serpiente.
Falta anadir que Kramaljar no comprendía ni una palabra de francés ni de portugués, de modo que el guía sirvió de intérprete y naturalmente no puedo jurar que interpretase fielmente todo lo que decía el médico. Digo esto por las exclamaciones de admiración delRey, mientras que yo no veía personalmente motivo de mucha extraneza en lo que había dicho el médico.
***
Pernoctamos, pues, aquel día en Djorba y en una choza real puesta con mucho gusto a nuestra disposición.
Cuando nos quedamos solos con el doctor Corbia, le pregunté sus impresiones y supe que estaba encantado de todo de tal manera que quería continuar los viajes conmigo.
- Es tan interesante estudiar las costumbres de estos salvajes!—me dijo—. Pía visto usted el reloj del Rey ? Quiero decir, el despertador que lleva atadodel cuello... Me parece que marcaba siempre la i y cinco, y, sin embargo, hemos estado más de una hora en su companía... Me parece que no anda aquel despertador, verdad ? Quizá no sabrá darle cuerda o aquel oficial se lo regaló precisamente porque no marchaba...
— Esto será, seguramente, doctor ! Recuerdo muy bien que, hace tres o cuatro meses, al visitar a Kramaljar por primera vez en unión de un buencompanero, hicimos la misma observación, porque el despertador marcaba siempre la una y cinco minutos...
—Yo intentaré darle cuerda, por si anduviera bien.
—Pues, si resultara bueno y marchara el despertador por su intervención, como el Rey no sabe lo que es la marcha de un reloj, puede que le tomase por algún enviado del diablo y nos resultase alguna desgracia... Mejor será dejado que marque la una y cinco perpetuamente...
El médico me miró fijamente como no comprendiendo enseguida lo que le decía, y luego, rompiendo a reir, anadió:
— Vous avez certainement raison !
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